bienvenidos a la fiesta
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martes, 9 de febrero de 2010
En el comentario a Mil millones de tuberías daba motivos por los que, a veces, puedo empezar a leer un libro bien predispuesto y, también, logros en el interior del relato que minimizaban los defectos que pudiera tener. A ellos se puede añadir, en aquél caso y en el de Maarja y la Dama del Tiempo Gris, de Juan Antonio Arizcun, que ambos son una primera incursión en la literatura infantil y, por tanto, una promesa de posibles libros futuros de calidad. Además, este segundo libro sirve también como ejemplo de algo que ocurre de vez en cuando: el de un comienzo excelente que deja bien dibujados a los protagonistas principales y crea una intriga que impulsa el deseo del lector de saber qué pasará.
En un país frío del norte, Maarja y su hermano mayor Tuk se ven obligados a emprender un viaje debido a que sus padres han desaparecido: se dejan guiar por una impertinente golondrina llamada Linnot que, sorprendentemente, habla, y en el camino serán protegidos por otro no menos impertinente lobo llamado Huntvalge. Aunque la historia pierde algo de fuelle según avanza, se sostiene porque los diálogos son vivos, con buenos golpes de humor e ironía, y porque también tiene interés el núcleo del problema que deben resolver Maarja y Tuk: contrarrestar la cizaña que la Dama del Tiempo Gris había extendido para envenenar la convivencia.
Juan Antonio Arizcun. Maarja y la Dama del Tiempo Gris (2009). Madrid: Palabra, 2009; 144 pp.; col. La Mochila de Astor; ilust. de Ignacio Galilea; ISBN: 978-84-9840-270-4.
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lunes, 8 de febrero de 2010
Un álbum que intenta recoger emociones cotidianas: De otra manera, con ilustraciones de Mónica Gutiérrez Serna y textos de Ana Tortosa. En cada doble página un breve texto poético en primera persona se corresponde con una ilustración. Las escenas se agrupan de dos en dos: la narradora dice algo que le atemoriza primero, como el miedo a la oscuridad, y luego lo presenta de otro modo más positivo, como la satisfacción cuando llega la mañana. Las excelentes ilustraciones, modernas sin estridencias, son dibujos realistas de la niña protagonista contra un fondo, normalmente de papeles pintados, que sugieren los escenarios. Sin énfasis ni simbolismos excesivos, con calidez y claridad, los textos describen inquietudes interiores reconocibles.
Mónica Gutiérrez Serna. De otra manera (2009). Texto de Ana Tortosa. Barcelona: Thule, 2009; 28 pp.; col. Trampantojo; ISBN 13: 978-84-92595-31-0.
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domingo, 7 de febrero de 2010
Robert Spaemann: «La diferencia entre la clase de religión y la clase de ética radica en que en la clase de religión, cuando merece tal nombre, lo ético está inserto en un determinado contexto de vida histórico que se funda en una fe en la revelación; inserto en una comprensión dramática del mundo que se articula en conceptos como “caída”, “redención”, “pecado”, “perdón” y “resurrección”. La clase de ética prescinde de tal contexto de la historia de la salvación. Pero eso no significa que deba prescindir de la religiosidad en cuanto constante antropológica y adoptar el punto de vista del ateísmo práctico o del agnosticismo, el punto de vista del “etsi Deus non daretur” [como si Dios no existiese]. Si fuera ese el caso, entonces habría que apartar de la clase de ética la mayoría de los textos de la gran filosofía europea. Pues en ellos, cuando se trata de ética, casi siempre se está hablando, de una manera o de otra, de Dios. Y esto en tres sentidos. En primer lugar, en el sentido de que se pregunta por el origen de esa característica experiencia de incondicionalidad que se vincula a la exigencia moral, y que no puede derivarse de la estructura empírica de la, absolutamente condicionada, conditio humana. En segundo lugar, en el sentido de que la acción moral, sobre todo en condiciones extremas, sólo es posible desde una perspectiva que prohíbe pensar que el bien es, a fin de cuentas, en vano, y que el bueno es, a fin de cuentas, el tonto. Desde el “bien mismo” de Platón, hasta el “bien supremo” de Kant, Dios es el nombre para tal perspectiva del “a fin de cuentas”. Y por último, en tercer lugar, en toda la tradición de occidente, Dios es pensado como el punto de referencia más elevado de la praxis moral misma. De forma evidente, lo santo figura en el lugar supremo de la jerarquía de valores o se hace sencillamente invisible. En esta tradición la religión es también una virtud moral, y adorar a Dios es un deber de toda persona racional, si bien desde antiguo se discute si la adoración de Dios precisa acciones de culto específicas, o si la propia vida moral es el único culto divino esclarecido y digno».
Robert Spaemann. «Sobre el sentido de la clase de ética en la escuela», en Limites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001). Madrid: Eiunsa, 2003; 512 pp.; col. Ética y sociedad; trad. de Javier Fernández Retenaga y José Carlos Mardomingo Sierra; ISBN 10: 84-8469-074-1.
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sábado, 6 de febrero de 2010
Después de su conversión al catolicismo en 1922, Chesterton escribió varios libros sobre la fe católica. Primero fueron varios artículos que después de su muerte serían recogidos en Adonde todos los caminos conducen. Luego vino un relato contando el proceso intelectual de su conversión: La Iglesia Católica y la conversión, con ideas a las que volvería en su posterior Autobiografía. Unos años más tarde reuniría distintos artículos en los que se consideran sus dos libros más importantes sobre la cuestión: The Thing o Por qué soy católico, y El Pozo y los charcos o El manantial y la ciénaga (según las traducciones). A esos libros se añade un breve comentario a unos cuadros sobre las escenas del Via Crucis titulado El camino de la Cruz.
Es interesante apuntar que Chesterton siempre intentó hablar de los motivos positivos de su conversión y evitar cualquier crítica contra el anglicanismo de la que pudiera desprenderse que había dado el paso por rechazo: «he abordado esta cuestión dando deliberadamente un rodeo que puede parecer excesivo, pero es que estoy convencido de que es la mejor manera de hacerlo, por ser la más cargada de sutileza y amabilidad» («En defensa de la complejidad», Adonde todos los caminos conducen). Sí es cierto, sin embargo, que con el paso del tiempo no pudo dejar de responder, a veces con agresividad, a comentarios no menos agresivos que provenían de figuras prominentes de la Iglesia anglicana como Dean Inge y E. W. Barnes, dos personajes que representaban bien que la única tradición viva del legado anglicano era el anticatolicismo.
Para valorar estos libros tiene importancia considerar que Chesterton se dirige al mundo  inglés para dar testimonio ante él de que llegar a ser católico no es dejar de pensar sino aprender a pensar; que la vieja fe católica es la única que permanece siempre nueva; que, al fin, la Iglesia Católica ha quedado como la institución que defiende hasta el final los verdaderos valores de la razón y de la libertad. Todo parece indicar que la posición católica de Chesterton, tan nítida en los años treinta y cuarenta, influyó en la cada vez más tibia recepción de sus obras en su propio país. Él lo sabía pero, lo mismo que sus declaraciones de tipo político y social, estas sobre sus creencias las formulaba con la conciencia de que «si digo estas cosas no puedo pedir a la mayoría de ustedes que concuerden conmigo; si digo cualquier otra, no puedo pedirles que me respeten» («Donde está la paradoja», El Pozo y los charcos).
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viernes, 5 de febrero de 2010
Desde que me deslumbró con El legado del rey Tsongor, he ido leyendo las demás novelas de Laurent Gaudé. Ahora le ha tocado el turno a La puerta de los infiernos, un relato con resonancias míticas y que habla de oportunidades desaprovechadas en las relaciones entre padres e hijos que sólo se aprecian cuando ya no es posible o es muy difícil aprovecharlas.
La historia se desarrolla en Nápoles. Comienza con algo que parece un ajuste de cuentas y luego cambia de dirección y toma derroteros sorprendentes: se cuentan las vidas del padre y la madre de un chico, Pippo, que muere cuando tiene seis años en un tiroteo callejero; pero también conocemos la vida de Pippo con veintipocos años a la busca de sus padres; además, aparecen unos personajes estrafalarios que propician una visita de Pippo al mundo de los muertos.
En una entrevista con el autor se menciona una de las razones por las que, a mi juicio, no es una historia conseguida: el comienzo de la novela en el mundo real y el giro posterior hacia lo mitológico es desconcertante y, al final, ambas partes no encajan bien; se podría decir que cambiar de género en medio de una novela es siempre un ejercicio arriesgado. Otra es que los guías de Pippo, que se tratan con una simpatía y condescendencia que yo llamaría frívola, no resultan creíbles: ni el anciano cura, ni la prostituta transexual, ni mucho menos el catedrático pederasta (por muchas resonancias de la Grecia clásica que pueda tener esto).
Aunque admire la capacidad narrativa y constructiva del autor, y que intente argumentos novelescos serios y tan distintos, me ha dejado la impresión de que la historia habría necesitado más elaboración.
Laurent Gaudé. La puerta de los infiernos (La porte des enfers, 2008). Barcelona: Salamandra, 2009; 247 pp.; trad. de Teresa Clavel Lledó; ISBN: 978-84-9838-245-7.
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jueves, 4 de febrero de 2010
Una clásica y antigua novela policiaca: El misterio del cuarto amarillo, de Gaston Leroux. La historia está bien narrada y el héroe tiene por delante resolver un caso policial más difícil todavía que Los crímenes de la calle Morgue  y que «La banda de lunares» (Las aventuras de Sherlock Holmes), de Conan Doyle. Un caso posterior que plantea un mismo tipo de misterio fue «La sombra del tiburón», un relato de 1929 de Chesterton en El poeta y los lunáticos.
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miércoles, 3 de febrero de 2010
Mil millones de tuberías, de Diego Arboleda y Raúl Segospe, trata sobre qué pasa, en una ciudad llena de fábricas, metal y tuberías, cuando en el jardín de la casa de un niño llamado M cae un meteorito: los científicos del reino lo desean a toda costa pero M no se lo da y acaba envuelto en una rebelión contra el gobierno.
A mí me ocurre que hay relatos que, por alguna o algunas razones previas a la lectura (o más bien motivos y no razones), me caen bien. En este caso fueron: que el texto de contraportada es tumbativo y que, a simple vista, la integración con las imágenes parecía conseguida y sugerente. Luego, al entrar en la historia, lo leí rápido con interés por saber el final y esto es otro tanto a favor. Y los defectos que me pareció ver —como que podría tener un desarrollo más claro— quedaron en segundo plano ante algunos hallazgos de palabras —Alboratorio, por ejemplo—, y ante la personalidad cabezona del protagonista —«uno de esos niños que sabían contestar y fastidiar a la vez»—.
Diego Arboleda. Mil millones de tuberías (2009). Madrid: Anaya, 2009; 215 pp.; ilust. de Raúl Sagospe; ISBN: 978-84-667-8485-6.
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martes, 2 de febrero de 2010
Dos autores que recopilaron muchos cuentos populares: el estonio Friedrich Reinhold Kreutzwald y el finlandés Zacarias Topelius
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lunes, 1 de febrero de 2010
Millions of Cats, de Wanda Gág, fue un álbum que introdujo importantes novedades en el modo de concebir los álbumes para niños: ilustraciones a doble página, movimiento de izquierda a derecha siguiendo el camino del protagonista, texto bien integrado con los dibujos en blanco y negro.
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domingo, 31 de enero de 2010
En De este y otros mundos, de C. S. Lewis, hay ensayos, reseñas, artículos e intervenciones variadas del autor, bastantes relativas a la literatura infantil. El prólogo de Walter Hooper, que fuera secretario y albacea de Lewis, explica el origen de cada texto. Muchas de sus ideas, tan jugosas, son muy muy deudoras de  Chesterton: no sé por qué no hay referencias a esto, ¿tal vez porque se da por supuesto? En cualquier caso, los lectores de las Crónicas de Narnia encontrarán aquí algunas explicaciones acerca de su origen y muchas de las opiniones de Lewis sobre la literatura infantil. También es particularmente importante una reseña que hizo, cuando salió, de El Señor de los anillos.
Los títulos y las fechas de publicación de cada texto son: «Sobre la historia o fábula» (1940), «Las novelas de Charles Williams» (1940), «Tributo a E. R. Eddison» (1958), «Tres formas de escribir para niños» (1952), «A veces los cuentos de hadas dicen mejor lo que hay que decir» (1956), «El gusto infantil» (1958), «Todo comenzó con una imagen» (1960), «Sobre la ciencia-ficción» (1955), «Réplica al profesor Haldane» (1955), «El hobbit» (1937), «El Señor de los anillos» de Tolkien (1954 y 1955), «Panegírico de Dorothy L. Sayers» (1958), «El don mitopoético de Rider Haggard» (1960), «George Orwell» (1955), «El Partenón y el optativo» (1944), «Críticas de épocas» (1946), «Gustos distintos en literatura» (1946), «Sobre la crítica» (1963), y un coloquio con otros escritores acerca de la literatura de ciencia-ficción titulado «Territorios irreales» (1962).
Notas en las que aparecen referencias a este libro son: Ensayos sobre crítica literaria, Enseñar a leer a un niño, Libros falsos, No es bueno cualquier palo.  También pertenecen a él algunas de las citas que se contienen en la nota Una magia profunda. Y he usado, en las reseñas correspondientes, ideas de sus comentarios a Rider Haggard y a George Orwell.
C. S. Lewis. De este y otros mundos: ensayos sobre literatura fantástica (On Stories and Other Essays / Of This and Other Worlds, 1982). Barcelona: Alba Editorial, 2004; 213 pp.; col. Trayectos; edición de Walter Hooper; trad. de Amado Diéguez Rodríguez; ISBN: 84-8428-211-2.
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sábado, 30 de enero de 2010
A lo largo de su vida, Chesterton fue dejando por escrito comentarios a propósito de sus viajes a otros países. Habló muchas veces del espíritu del viajero, como en «La filosofía del curioseo», en Alarmas y digresiones; sobre Bélgica publicó «La balada de una extraña ciudad», en Enormes minucias; en Charlas hay artículos titulados «Sobre Polonia» y «Sobre Holanda»; de sus estancias en Francia se puede recordar, entre otros, «Un ensayo sobre dos ciudades» en All Things considered; la edición española de The Glass Walking-Stick se titula El color de España y otros ensayos porque aparecen en ella varios artículos sobre España; en las últimas recopilaciones de ensayos de su vida hay muchos también sobre los Estados Unidos; y muchos más.
Pero, específicamente, son libros de viajes los titulados Irish impresions, The New Jerusalem, Lo que vi en América y The Resurrection of Rome. Además, se pueden considerar como tales Christendom in Dublin, que narra una estancia en la capital irlandesa, y la segunda parte de Sidelights on New London and Newer York, donde hay catorce artículos relacionados con su viaje a Estados Unidos a principios de los años treinta. Dejando al margen las peculiaridades del estilo de Chesterton, y que siempre se dirige a lectores ingleses y por tanto menudean las referencias a la historia y los hábitos de su país, estos libros muestran bien algunas de sus singularidades, que podrían llamarse defectos o limitaciones como el mismo autor afirma en The Resurrection of Rome.
Una, en el mismo comienzo, cuando dice que le pidieron escribir un libro sobre Roma y él explicó francamente que se veía como un mal reportero y un mal reseñador por su falta sentido de la proporción: «encuentro demasiadas cosas interesantes y poseo pocas cualidades para lo que se requiere, las cualidades de selección y de concentración. Soy un mal reportero porque todo me parece merecedor de un reportaje; y un mal reseñador porque cada sentencia en un libro me sugiere un ensayo independiente».
Otra la manifiesta poco después: «Del mismo modo debo confesar (...) que soy un mal viajero o, al menos, un mal turista. Y de nuevo debo decir que tengo respeto por el turista pues lo mismo es verdad de un peregrino. Yo soy la clase de peregrino que nunca ve al Papa porque se queda demasiado tiempo mirando a la Guardia Suiza».
Una tercera se ve cuando habla de su entrevista con Mussolini, que tuvo lugar en francés y eso también propició, se lamenta, que «no le entrevisté porque él me entrevistó a mí». La conclusión que saca Chesterton es que «no soy un buen periodista», debido a verse atado por esos modales victorianos que le llevan a permitir a su interlocutor que hable: «pido perdón por este mal ejemplo para cualquier Guía del Periodista Joven».
Y otra más, quizá la más importante y uno de los grandes placeres que produce la lectura de Chesterton, es su inclinación a tomar ocasión de cualquier pequeño motivo para abrir grandes panoramas al lector: «Sé bien que la impresión general que producirá este libro es que yo no puedo hablar acerca de algo sin hablar acerca de todo. Es un riesgo que debo aceptar pues es un método que defiendo»
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viernes, 29 de enero de 2010
Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, es una novela compuesta por más de veinte relatos o escenas que se desarrollan en la ciudad de Winesburg. La mayoría tratan, directa o indirectamente, sobre George Willard, un joven periodista. El narrador presenta una vida provinciana gris y con escasos alicientes, y una gente bondadosa pero sin muchas luces: resulta lógico que, al final, el periodista deje su pueblo para marcharse a la ciudad en busca de nuevos horizontes, o tal vez se desea sugerir que, sin el cronista, lo que pueda ocurrir en el pueblo quedará enterrado para siempre.
La he leído con interés pues conocía su valor y su influencia en tantas novelas posteriores con igual aspecto de mosaico. Los personajes tienen vida y las piezas encajan para fijar un retrato concreto de un pueblo: el que se opone al de las historias que pintan la vida provinciana como idílica y a sus habitantes como más naturales y sencillos que los estirados y vanidosos de la gran ciudad; el que presenta un mundo que parece terminarse y unos personajes que viven abrumados por la soledad.
En este sentido la novela de Anderson tiene la falta de objetividad propia de quien gasta demasiadas energías en rebajar a sus paisanos. Además, tiene la falta de perspectiva que da no coger altura: indirectamente lo señala el mismo autor en la dedicatoria a su madre cuando indica que sus «agudas observaciones acerca de todo lo que la rodeaba» despertaron su «inquietud de mirar por debajo de la superficie de las vidas ajenas», a ras de tierra podríamos decir. Contiene, sí, observaciones valiosas sobre algunos cambios sociales a peor: «en nuestros días, un granjero junto a la estufa de una tienda de su pueblo tiene la cabeza llena a rebosar de opiniones ajenas. Los periódicos y revistas se la han llenado de pájaros».
Al releer lo anterior me pregunto si este comentario está condicionado por la lectura previa de Ángulo de reposo, que tan buena impresión me dejó, o si mi visión un tanto negativa del planteamiento quejoso de la historia se debe a ser yo mismo provinciano y a que, al leerla, la contrastaba con novelas ambientadas en la misma época y en ciudades semejantes como, por ejemplo, La comedia humana. Sea como sea, buen libro.
Sherwood Anderson. Winesburg, Ohio (1919). Barcelona: Acantilado, 2009; 256 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 978-84-92649-16-7.
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jueves, 28 de enero de 2010
Un clásico de aventuras: La Pimpinela escarlata, de la Baronesa Orczy. Cuando lo leí por primera vez, hace años, absorbido por la historia, no me di cuenta del clasismo que respira. Más tarde sí, claro, pero sigue siendo un buen relato. Una interesante pregunta es: ¿cuál es el clasismo inconsciente de las novelas populares de hoy?, o, mejor, ¿qué presupuestos de las novelas de hoy serán vistos en el futuro como reveladores de mentalidades tan o más despreciables que la de tantos aristócratas del pasado?
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miércoles, 27 de enero de 2010
El nonsense como género es de origen inglés pero en su evolución hay obras clave que no lo son. Por ejemplo, El tablero ante el espejo, de Massimo Bontempelli.
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martes, 26 de enero de 2010
Una grandísima narradora, extraordinariamente popular durante mucho tiempo: la Condesa de Segur. Sus obras fueron el origen y la inspiración de muchos relatos posteriores: basta echar un vistazo a obras como Memorias de un burro o Las desgracias de Sofía para darse cuenta.
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