bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
TintiBuenLadrón.jpg
viernes, 3 de septiembre de 2010
El buen ladrón, de Hannah Tinti, es una novela que se desarrolla en Nueva Inglaterra, en el siglo XIX, y cuyos protagonistas son pícaros con grandes dosis de humanidad aunque saqueen cementerios y cadáveres, como algunos personajes dickensianos de Historia de dos ciudades o de Nuestro común amigo.
Comienza en un orfanato llevado por unos frailes, donde un chico de doce años al que le falta una mano, Ren, es reclamado un día por un tipo con mucha labia, Benjamín, que dice ser familiar suyo. Ren acaba siendo cómplice de las andanzas de Benjamin y su socio Tom, que ganan dinero desvalijando cadáveres o, incluso, los cadáveres completos (fresquitos, porque si no, no sirven) para venderlos a un médico con intereses científicos.
A pesar de lo grotesco de tipos y situaciones, y de que también hay momentos de crueldad, la novela se deja leer bien. Está bien contada, tiene pasajes y ambientes originales —como el de la fábrica de ratoneras—, tiene momentos propios de cuento popular —como los de un enano que baja cada noche por la chimenea—, y toda ella está guiada por la incógnita de siempre: ¿quiénes fueron los padres de Ren?
Hannah Tinti. El buen ladrón (The Good Thief, 2008). Barcelona: Anagrama, 2008; 360 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Jesús Zulaika; ISBN 978-84-339-7529-4
Enviar Imprimir
PeacockHolmes.jpg
jueves, 2 de septiembre de 2010
El ojo del cuervo, de Shane Peacock, es un relato pensado para enganchar a todos los seguidores de Sherlock Holmes o, al revés, para conducir a otros lectores hacia el personaje de Arthur Conan Doyle.
La historia tiene lugar en 1867, en Londres. El joven Sherlock Holmes tiene trece años y es un chico especial: «una máquina de observar». Deja de ir a clase muchas veces porque allí se siente acosado y vagabundea por el centro de la ciudad. Sus padres tienen pocos medios económicos: su padre es un científico judío pobre y su madre una mujer rechazada por su aristocrática familia debido a su matrimonio. Cuando sucede un cruel asesinato, Sherlock decide investigar: le ayudará una chica también especial, Irene Doyle; gracias a ella también lo hará una banda de chicos, los Irregulares; y competirá con un joven inspector llamado Lestrade.
La novela es eficaz pues se sigue con interés. Todo está contado con relativa sencillez, aunque parezcan exagerados algunos pasos del argumento (para un detective como Holmes al menos), y suenen excesivas algunas frases en boca de unos protagonistas tan jóvenes. Como se puede suponer, el pequeño Holmes tiene ya las cualidades que le harán famoso: sus deducciones son asombrosas, es incansable, no se altera por nada, tiene gran sentido de la justicia. Naturalmente, la historia cuenta con algunos toques pensados para conectar con el lector de hoy: la oponente femenina es una chica progresista que se mueve con una soltura envidiable, pues su padre es un filántropo y librepensador que se lo facilita; el acusado injustamente al que Holmes libra de ser condenado es un chico árabe que pasaba por allí...
Shane Peacock. El ojo del cuervo (Eye of the Crow, 2007). Madrid: Almadraba, 2010; 347 pp.; col. El joven Sherlock Holmes; trad. de Maia Figueroa Evans; ISBN: 978-84-92702-49-7.
Enviar Imprimir
PratchettJohnnyB.jpg
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Hace pocos meses se publicó Johnny y la bomba, de Terry Pratchett, el tercer libro de la trilogía de Johnny Maxwell: el primero fue Sólo tú puedes salvar a la humanidad y el segundo, no traducido al castellano, que yo sepa, fue Johnny and the Dead.
El protagonista es un chico tímido —«era un perdedor. (...) Titubeaba. Decía mmm a todas horas»—, pero a cuyo alrededor pasan cosas, y en sus aventuras le acompañan unos compañeros con apariencias de delincuentes o de colgados, y que también tienen sus problemas. A través de un juego de ordenador, en el primer libro entra en contacto con unos alienígenas. En el segundo libro descubre que puede comunicarse con los espíritus del cementerio de la ciudad, a punto de ser demolido. En el tercero, por medio de un carrito de cachivaches de una vagabunda, viaja en el tiempo hacia un día del año 1941 en el que los alemanes están a punto de bombardear su ciudad.
Las historias no están bien armadas del todo a pesar de que Pratchett hila los hechos y elude las dificultades propias de un relato que se desarrolla en mundos alternativos, con la soltura que se le supone. Lo importante, para sus seguidores, son las muchas descripciones breves ingeniosas y los diálogos chispeantes. Por ejemplo: en la primera novela se dice que Bigmac, uno de los amigos de Johnny, «siempre llevaba botas militares y pantalones de camuflaje. Con esa vestimenta, se le veía a dos kilómetros de distancia»; y en la tercera se dice que Bigmac «no era un delincuente, simplemente solía estar cerca cuando se cometía un delito».
Una muestra de la inteligente ironía de Pratchett, tomada de la primera novela, está cuando La Capitana, la jefa de los extraterrestres, oye a Johnny mencionar la palabra «sexista» y le pregunta qué significa. Y Johnny responde:
«—Sólo significa que es preciso tratar a las personas como personas, como seres humanos. Se trata de no dar por sentado que existen determinadas cosas que las chicas no saben o no pueden hacer. En la escuela tuvimos una charla sobre todo eso. En realidad, hay montones de cosas que la mayor parte de las chicas no saben hacer, pero lo correcto es fingir que sí pueden, para que muchas más lo consigan. De eso se trata.
—Entonces, presumiblemente habrá cosas que los chicos no sepan hacer, ¿no?
—Oh, desde luego, pero siempre serán cosas de chicas —dijo Johnny».
Terry Pratchett. Sólo tú puedes salvar a la humanidad (Only You Can Save the Mankind, 1992). Madrid: Alfaguara, 1998; 184 pp.; col. Infantil-Juvenil; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-204-4840-0.
Terry Pratchett. Johnny and the Dead (1993). Corgi Childrens, 2004; 199 pp.; ISBN-13: 978-0552551069.
Terry Pratchett. Johnny y la bomba (Johnny and the Bomb, 1996). Barcelona: Timunmas, 2010; 235 pp.; trad. de Albert Vitó i Godina; ISBN: 978-84-480-3826-7.
Enviar Imprimir
martes, 31 de agosto de 2010
Ya que puse, no hace mucho, a Elena Fortún y Celia, le toca el turno a su sucesora de los años cincuenta, Antoñita la fantástica, de Borita Casas. Como se puede ver en el comentario, los quejosos de ahora pueden comprobar que ya entonces se lamentaban de ¡cómo estaba la juventud!
Enviar Imprimir
ImaiOveja.jpg
lunes, 30 de agosto de 2010
La oveja número 108, de Ayano Imai, me ha recordado, por el argumento, Cuando los borregos no pueden dormir, de Satoshi Kitamura.
Paula, una niña que ha intentado todos los remedios para dormir, no lo consigue. Se pone a contar ovejas pero la oveja 108 no puede saltar por encima del cabecero de su cama y bloquea el paso de las demás, aunque todas ellas y la misma Paula intentan ayudarle a saltar. Total, que debe encontrar una solución distinta.
Relato gracioso. Las ilustraciones van en recuadros grandes en cada página y el texto va con las imágenes de las páginas izquierdas. Con frecuencia tanto las ovejas como Paula se salen del marco de los recuadros, un recurso que también alude a la confusa frontera entre lo real y lo soñado. Un pequeño acertijo visual completa el libro.
Ayano Imai. La oveja número 108 (The 108 th Sheep, 2006). Madrid: Macmillan, 2010; 24 pp.; no indica traductor; ISBN: 978-84-7942-566-1.
Enviar Imprimir
domingo, 29 de agosto de 2010
Algunos escolios de Nicolás Gómez Dávila sobre los libros del pasado.
Sobre los grandes libros:
—«Los grandes libros tienen cortesía de reyes magnánimos: acogen al lector como si fuese su igual.
El escritor mediocre trata de humillarnos para ocultar su baja posición».
—«El que no confronta su vida a través de los grandes textos la confronta a través de los tópicos de su tiempo.
Toda visión es conquista y no punto de partida; necesita, por lo tanto, aliados».
—«No es entre pequeños en donde nos sentimos grandes, es en la luz de los grandes en donde nos sentimos crecer».
—«Los máximos triunfos literarios son a veces combates de retaguardia».
(Jane Austen, v.g., o Proust)».
Sobre los viejos libros inteligentes:
—«El viejo libro inteligente no se torna nunca obsoleto, porque el nuevo libro inteligente sólo vuelve explícitas ideas que implícitamente englobaba el libro viejo.
La inteligencia es paisaje cuya iluminación varía, pero cuyo relieve no cambia».
—«Las grandes obras necesitan años para emerger del acervo de cadáveres literarios que las asfixian».
—«El tiempo destaca la desigualdad entre los libros con una implacable crueldad».
—«Leídos al cabo de decenios, los libros buenos pueden aburrir, pero los malos no divierten».
—«Mientras los contemporáneos sólo leen con entusiasmo al optimista, la posteridad relee con admiración al pesimista».
—«Sólo las letras antiguas curan la sarna moderna».
—«Sólo en los libros mismos de quienes las inventaron no envejecen las ideas».
Sobre la historia de la literatura:
—«Llamamos historia de la literatura la enumeración de las obras que se evadieron de la historia».
—«Al cabo de unos años, solo oímos la voz del que habló sin estridencias».
—«En las historias de la literatura no son los primeros capítulos los que se apergaminan con los años, sino los últimos».
—«Los colores fuertes, en literatura, se desvanecen con el tiempo; sólo los tonos pálidos son indelebles».
Enviar Imprimir
sábado, 28 de agosto de 2010
Decía Chesterton que, al hablar del pasado más remoto, deberíamos recordar que, «estrictamente hablando, no sabemos nada de los hombres prehistóricos por la sencilla razón de que eran prehistóricos. La historia del hombre prehistórico es una evidente contradicción en los términos. Es ese tipo de sinrazón al que sólo los racionalistas pueden acogerse. Si a mil sacerdotes en su predicación se les ocurriera comentar que el Diluvio fue antediluviano, probablemente se suscitarían comentarios irónicos acerca de su lógica». (El hombre eterno)
Deberíamos tener en cuenta, también, que «no existe ninguna evidencia de que el gobierno primitivo fuera despótico y tiránico. (...) Si existe un hecho que realmente se puede probar, partiendo de la historia que conocemos, es que el despotismo puede ser consecuencia del progreso, de un progreso tardío, muchas veces, y, con más frecuencia, el fin de sociedades altamente democráticas. El despotismo se podría definir como una democracia fatigada. Cuando el cansancio se cierne sobre una comunidad, los ciudadanos se sienten menos inclinados a esa perpetua vigilancia, que con acierto se ha denominado el precio de la libertad, y prefieren colocar un único centinela mientras duermen». (El hombre eterno)
No estaría mal tampoco que pensásemos por qué, entre nosotros, «se desliza demasiado a menudo la pésima costumbre de usar los nombres de épocas pretéritas como términos ofensivos. Si algo no nos gusta, lo llamamos tribal, lo llamamos feudal, lo llamamos medieval, lo tachamos de digno de los Eduardos, lo tachamos de despótico, de oligárquico, de bárbaro o de militarista y hablamos de aristócratas y burócratas como si todas esas cosas fueran lo mismo y el mundo entero las padeciera a excepción de nosotros. Nos olvidamos del hecho evidente de que la mayoría de esas cosas no sólo no van unidas, sino que jamás podrían mezclarse. Es obvio que todo déspota trata de acabar con una aristocracia. Es obvio que toda aristocracia trata de acabar con un déspota». («Los pecados de los príncipes rusos», Lectura y locura)
En definitiva, tal vez deberíamos enfrentarnos con más valor y con más sensatez a nuestro pasado, primero, «porque el pasado está lleno de hechos que no se pueden pasar por alto; de hombres más sabios que nosotros y de cosas realizadas que no podríamos hacer nosotros» (George Bernard Shaw). Luego, porque la mejor forma de comprender las cosas es reconocerlas tal y como fueron: «No soy capaz de convencerme de admirar esa propuesta de que deberíamos cambiar algunos nombres como el de la Estación de Waterloo por delicadeza con los franceses. Si el recuerdo de una victoria nacional debe ser considerado como un insulto internacional, Francia misma debería disculparse ante todos los países de Europa. Un recuerdo de los vencedores no es un reproche para los vencidos» («El código de Napoleón», El color de España y otros ensayos).
Enviar Imprimir
GrubbNocheC.jpg
viernes, 27 de agosto de 2010
La noche del cazador, de Davis Grubb, es una novela sobre cuyo argumento se basó una famosa película de suspense de los años cincuenta. No es significativa como «novela de niños», pero toda ella encierra y se dirige a una conclusión de fondo que pocas veces se ha formulado tan bien: la necesidad de protección que tienen los niños en esos momentos en que se ven solos y mudos, incapaces de contar con palabras el miedo que sienten.
Enviar Imprimir
jueves, 26 de agosto de 2010
Mañana de abril, de Howard Fast, es una novela entre psicológica y bélica que ha sido a veces comparada con El rojo emblema del valor, de Stephen Crane, y eso es mucho decir; y que, por sus escenarios y argumento, también se puede poner en paralelo con Johnny Tremain, de Esther Forbes. Una lástima que, ahora mismo, sólo se pueda conseguir en bibliotecas. (En fin, la misma dificultad hay con Tony y la puerta maravillosa, otra novelita de Fast que, aunque tenga un marco de fantasía, también puede llamarse «histórica»).
Enviar Imprimir
MasefieldMedianoche.jpg
miércoles, 25 de agosto de 2010
Los personajes de la medianoche y su secuela, La caja de las delicias, de John Masefield, son unos antiguos relatos de fantasía ingleses, muy valorados por su buen lenguaje y por unos argumentos inquietantes que abrieron camino a otros parecidos. Vale la pena conocerlos por eso, aunque su artificiosidad y la falta de convicción del autor en el poder de sus historias se notan mucho. A la derecha, cubierta de una edición inglesa reciente que no conozco y que, por lo que veo, viene con ilustraciones de Quentin Blake.
Enviar Imprimir
martes, 24 de agosto de 2010
Y, al revés de lo dicho el otro día, también se da que, a partir de los libros que triunfan con un protagonista chico, nacen luego libros de protagonista chica. Un ejemplo: Ramona, de Beverly Cleary.
Enviar Imprimir
HoplitaFonchito.jpg
lunes, 23 de agosto de 2010
El pequeño hoplita, de Arturo Pérez-Reverte y Fonchito y la luna, de Mario Vargas Llosa, inician una colección que se titula “Mi primer...”(mi primer Pérez Reverte, mi primer Vargas Llosa, etc.) Debo comenzar por reconocer que no siento ninguna simpatía por este recurso comercial, que supongo que será eficaz para quienes compran los libros a partir del prestigio previo de los autores. Además, si soy partidario, siempre, de recomendar los libros uno a uno y por sí mismos, y nunca por el nombre del autor ni por la colección o editorial en la que se publican o por cualquier otra razón, mucho más lo soy en el caso de los libros infantiles. Dejo de lado que no faltan los ejemplos que indican que escribir bien sobre algo no equivale a escribir bien sobre cualquier cosa, y que escribir bien para un cierto público no es igual que escribir bien para cualquier público.
El pequeño hoplita cuenta que, antes de que comience la batalla de las Termópilas, el jefe de los 300 espartanos, manda a un niño que regrese a Esparta a contar lo sucedido. Tal como está, la historia que inventa el autor es poco consistente. Además, el tirón particular que puede tener Pérez-Reverte no es el apropiado para lectores pequeños. En cuanto al contenido, puestos a contarle a un niño algo mayor, tanto cosas de la antigua Grecia como los sucesos de una batalla como la de las Termópilas, tal vez habría que dar más y mejores explicaciones y, para eso, mejor sería usar otros apoyos. En cualquier caso, las ilustraciones de Fernando Vicente son buenas y adecuadas.
Fonchito es un niño que desea dar un beso a Nereida, una niña de su clase; pero, cuando vence su timidez y se lo pide, Nereida le dice que se lo dará si antes baja la luna del cielo y se la regala. El relato es simpático y está contado con el buen lenguaje que se le supone al autor. Esto también quiere decir que gustará más a algunos adultos que a los niños y, dentro de los niños, menos a los niños y más a las niñas. Son excelentes las ilustraciones de Marta Chicote, bien compuestas, y con figuras un tanto modiglianescas.
Arturo Pérez-Reverte. El pequeño hoplita (2010). Madrid: Alfaguara, 2010; 30 pp.; col. Mi primer; ilust. de Fernando Vicente; ISBN: 978-84-204-0568-1.
Mario Vargas Llosa. Fonchito y la luna (2010). Madrid: Alfaguara, 2010; 30 pp.; col. Mi primer; ilust. de Marta Chicote Juiz; ISBN: 978-84-204-0589-6.
Enviar Imprimir
domingo, 22 de agosto de 2010
Algunos escolios de Nicolás Gómez Dávila sobre la lectura.
Sobre los buenos lectores:
—«La literatura toda es contemporánea para el lector que sabe leer».
—«Un poco de polvo sobre un texto ahuyenta al lector común.
Como si un soplo de inteligencia no dejara el mármol limpio».
—«Pocos lectores saben leer sin sentirse vigilados por las modas literarias de su tiempo».
Sobre los malos lectores:
—«La literatura contemporánea, en cualquier época, es el peor enemigo de la cultura.
El tiempo limitado del lector se gasta en leer mil libros mediocres que embotan su sentido crítico y lesionan su sensibilidad literaria».
—«Tal vez no haya necedad parecida a la de pasar la vida leyendo a escritores mediocres porque son nuestros contemporáneos».
—«Con la corrupción del escritor pululan libros malos, con la del lector mueren los buenos».
—«La mediocridad inevitable de lo que se escribe es más explicable que la evitable mediocridad de lo que se lee».
Sobre la lectura:
—«En la intimidad de la lectura el gran escritor no parece limitarnos, sino completarnos».
—«La lectura es droga insuperable, porque más que a la mediocridad de nuestras vidas nos permite escapar a la mediocridad de nuestras almas».
—«Sólo debemos leer para descubrir lo que debemos releer eternamente».
Sobre la relectura:
—«Aprender a leer es descubrir que se debe perpetuamente releer».
—«Sólo se puede releer al que sugiere más de lo que expresa».
—«Tradición, propaganda, casualidad o consejo, escogen nuestras lecturas.
Nosotros sólo escogemos lo que releemos».
—«Releer entierra con frecuencia, y rara vez resucita».
Enviar Imprimir
sábado, 21 de agosto de 2010
Si, en ocasiones, Chesterton defendió lo que solemos llamar sentimentalismo y a las personas que solemos llamar sentimentales, otras veces también señaló cuál es el sentimentalismo engañoso y los comportamientos sentimentales dañinos. Hay referencias al respecto en el artículo Los otros lados de las cosas.
Otra buena descripción de la cuestión está en este texto: «El sentimental es el hombre que quiere comer su dulce y tenerlo. Carece del sentido del honor en cuanto a las ideas; no quiere admitir que hay que pagar por las ideas como por cualquier otra cosa. No quiere admitir que cualquier idea digna, como cualquier mujer honesta, pueda únicamente ser conquistada en sus propios términos, y con su lógica cadena de lealtad. Una idea lo atrae, otra idea lo inspira realmente, una tercera idea lo halaga, una cuarta idea lo recompensa. Las quiere tener todas a la vez en un harén salvaje e intelectual, sin importarle si se pelean y se contradicen entre ellas. (...) Ésta es la esencia del sentimental, que se desvive por gozar de cada idea sin la secuencia, y de cada placer sin la consecuencia». («El sentimental», Alarmas y digresiones)
Entre los ejemplos del persistente e insano intento de conseguir placeres sin pagar por ellos, habló de cómo, en política, hay quien propone ser al mismo tiempo un país cómodo y un país duro, y, en religión, hay quien intenta cantar al mismo tiempo a la Virgen y a Príapo; de cómo los partidarios del amor libre hablan de ofrecerse a sí mismos sin ningún compromiso personal, y de que ya sólo falta que algunos reclamen el derecho a suicidarse un número ilimitado de veces («Defensa de los votos», The Defendant). Criticó al imperialista, que deseaba tener el esplendor del éxito y ninguno de sus peligros, que deseaba extender el cuerpo de Europa pero no su alma, que deseaba esclavizar a otros porque es halagador pero no liberarlos porque implica una responsabilidad («El sentimental», Alarmas y digresiones). Se pronunció contra los planteamientos divorcistas pues lo característico del matrimonio como institución es la lealtad y no la emoción: «puedo entender fácilmente por qué creen en el divorcio. Lo que no entiendo es por qué creen en el matrimonio» («The Sentimentalism of Divorce», Fancies versus fads).
En las discusiones acerca del modo de tratar a los delincuentes, se refirió al sentimental humanitario, el «sentimental inflexible que perora como si el problema no existiese en absoluto, como si la bondad y la suavidad físicas pudieran curarlo todo, como si no hiciese falta otra cosa que hacer mimos a Nerón y dar palmaditas en la espalda a Iván el Terrible»; y añadía que «si la vida suave y cómoda diese virtud a los hombres, las clases que llevan una vida suave y cómoda habrían de ser virtuosas, lo cual es absurdo». Lo distinguió del sentimental brutal, un «sentimental más débil aún (...) que dice “¡Duro con los brutales!”; o que manifiesta con inocente descaro lo que haría él con ciertos hombres, claro es que siempre en el supuesto de que las manos de esos hombres estuviesen bien amarradas». Y, frente a esos planteamientos, endebles y desequilibrados, habló del «sentimental emotivamente decente» que, «lejos de expansionarse acerca de los castigos abominables que podrían infligirse a los criminales, siente acerbamente cuanto mejor sería si no se necesitara hacer nada», pero se da cuenta de que algo hay que hacer: un hombre cuerdo, decía, es «un hombre que puede albergar la tragedia en su corazón y la comedia en su mente». («Los viajeros», Enormes minucias)
Enviar Imprimir
viernes, 20 de agosto de 2010
Comentarios de Ernst Jünger sobre algunos autores y libros que, a mí al menos, me han dado pistas:
—«Maupassant es uno de los autores que aprendo a estimar cada vez más (...). Existe una clase de ligereza que encubre lo difícil y aún inimitable del trabajo, y eso hace que en un primer momento la subestimemos. Sólo el original nos proporciona una idea exacta. En la lectura he visto claramente la perfecta elegancia de una expresión tan sencilla como nous faisons –veía refulgir esa expresión en la frase como un pez que saltara bruscamente del agua. Son insuperables las pointes, las ingeniosas frases finales; arrojan un último destello que vuelve a iluminar el contenido de la narración, proporcionan, por así decirlo, su fórmula».
—Sobre Huracán en Jamaica:  lo leí «hace años con una tensión penosa, como alguien que estuviese contemplando cómo se da a unos niños navajas de afeitar para que jueguen con ellas».
—A propósito de las Memorias de Alejandro Dumas: «lo irritante de tales textos es que su autor no reacciona a las impresiones sutiles y ligeras –percibe únicamente las estridentes, que además acentúa. Uno se pasea así a través de sus libros como a través de prados donde se alzasen flores de tamaño gigantesco, pero faltasen la hierba y el musgo».
—Sobre El Gran Meaulnes: «Es una de las ramas secas con que el Romanticismo se adentra en el siglo XX. Se nota que a cada decenio que pasa resulta más difícil transportar la savia hasta lo alto de las ramas».
Ernst Jünger. Los tres primeros comentarios son de Radiaciones I (Strahlungen I: Gärten und Strassen, Das erste Pariser Tagebuch, Kaukasische Aufzeichnungen, 1979). Barcelona: Tusquets, 1989; 461 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-110-0. El cuarto es de Radiaciones II (Strahlungen II: Das zweite Pariser Tagebuch, Kirchhorster Blätter, Die Hütte im Weinberg -Jahre der Okkupation, 1979). Barcelona: Tusquets, 1992; 605 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-480-0.
Enviar Imprimir
publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo