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viernes, 9 de mayo de 2008
Misterio y Maneras recoge una serie de textos de Flannery O’Connor. Incluye conferencias formales y otras intervenciones, que habían sido preparadas para coloquios y que fueron organizadas luego por los editores a partir de borradores. El subtítulo lo aclara un poco: «Prosa ocasional, escogida y editada por Sally y Robert Fitzgerald». Tres de ellos —Naturaleza y fin de la narrativa, La Iglesia y el escritor, Introducción a la biografía de Mary Ann— se habían publicado ya, junto con varios relatos, en El negro artificial y otros escritos (cosa que no entiendo muy bien teniendo en cuenta que los dos libros han sido publicados por la misma editorial).
Es un libro indispensable para, en primer lugar, quien esté interesado en la escritora y desee conocer explicaciones suyas acerca de sus cuentos. Será útil para quien quiera reflexionar en qué consisten la literatura y el trabajo literario cuando uno se los toma en serio. Dará muchas ideas a cualquier profesor de literatura: son excelentes los textos titulados La enseñanza de la literatura y La literatura en el instituto.
Y, además de otras cosas, puede aclarar a ciertos lectores cuál es la razón de la violencia en sus relatos (o en la de autores como Cormac McCarthy): «Sospecho que las razones para usar tanta violencia en la literatura contemporánea varían según cada escritor, pero he descubierto que, en mis cuentos, la violencia tiene la extraña capacidad de devolver a mis personajes a la realidad, y de prepararlos para aceptar su momento de gracia. Tienen la cabeza tan dura que esto es casi lo único que funciona». Pero no sólo con los personajes, también con los lectores: «He descubierto que quien lee lo que escribo es un público que da poco crédito a la gracia o al demonio. Descubres a tu público a la vez y de igual forma que a tu tema».
Flannery O’Connor. Misterio y Maneras (Mystery and Manners, 1969). Madrid: Encuentro, 2007; 236 pp.; col. Literatura; edición de Guadalupe Arbona, trad. y notas de Esther Navío; ISBN: 978-84-7490-894-7.
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jueves, 8 de mayo de 2008
La sabiduría del Padre Brown, y no sagacidad como a veces se ha traducido, es la segunda tanda de doce relatos del protagonista, los más cortos de todos. Si en el primer libro se subrayaba su inocencia, en este segundo se alaba su sabiduría, entendida como la capacidad de saber distinguir la realidad de las apariencias. En los casos se subraya una y otra vez que las cosas no son lo que parecen, que los muchos datos pueden ocultar la verdad, que los delincuentes son como actores que intentan vivir varias vidas distintas.
Algunas claves interpretativas del detective se declaran, por ejemplo, en El duelo del doctor Hirsch: «Siempre me resulta más fácil comprender las pruebas morales que las demás». O en El extraño crimen de John Boulnois: «Yo doy mucho valor a las ideas imprecisas. Lo que más me convence son todas esas cosas que “no constituyen pruebas”. Creo que la imposibilidad moral es la mayor de las imposibilidades». En otro momento, en ese mismo caso, afirma: «Boulnois es capaz de cometer un asesinato, pero no este asesinato».
Se puede formular lo anterior de otra manera: la importancia de aprender a observar la realidad tal como es de modo que ninguna máscara nos oculte las cosas. En El dios de los gongos el P.B. hace notar cómo un plan habitual de los ladrones es «conseguir que todo el mundo esté mirando otra cosa». Pero de él mismo se nos indica, en El duelo del doctor Hirsch, que si bien su cara «era de lo más vulgar y corriente», «podía resplandecer de ignorancia y también de perfecta sabiduría», y «siempre se producía un destello cuando se le caía la máscara de la tontería y se le colocaba en su lugar la máscara de la sagacidad».
Uno de los muchos casos en los que Chesterton demostrará su conocimiento desde dentro del mundo periodístico es El hombre del pasaje, donde, ante unas «excepcionales circunstancias, la prensa se vio atrapada entre la honradez y la veracidad». Pero tal vez el más destacado sea La peluca roja, en el que se nos cuenta que para el redactor jefe del Daily Reformer «su emoción más frecuente era la de continuo temor: temor a pleitos por difamación, temor a perder publicidad, temor a las erratas de imprenta, temor al despido. Su vida era una serie de agobiantes compromisos entre él mismo y el propietario del periódico, un anciano incondicional de los folletines, con tres ideas fijas y equivocadas, y el competentísimo equipo de trabajo del que se había rodeado para llevarle el periódico; algunos de sus miembros eran hombres brillantes y con gran experiencia y, lo que es todavía peor, auténticos partidarios de la línea política del periódico».
En esta serie también abundan los científicos como rivales intelectuales del P.B., bien sea como delincuentes o bien como detectives que buscan resolver el mismo caso. Eso permite al autor atacar actitudes cientificistas, como en El error de la máquina, donde su héroe afirma: «¡Los científicos son tan sentimentales! ¡Y seguro que los científicos norteamericanos lo son todavía más! ¿Quién, si no un yanqui, iba a pretender demostrar nada basándose en los latidos del corazón? Desde luego, tienen que ser tan sentimentales como un hombre que se crea que su mujer está enamorada de él sólo porque se ruboriza». Pero también Chesterton aprovecha la ocasión presentar una cara de los científicos que conviene no perder de vista: en El cuento de hadas del Padre Brown, se dice que «no hay gente tan aficionada a colgarse todas las condecoraciones como los científicos... como sabe cualquiera que haya asistido a una recepción de gala de la Royal Society».
Dentro de las que podríamos llamar pautas vitales que da el P.B. señalo dos. En La cabeza del César, el P.B. dice que «lo que a todos nos asusta más es un laberinto que no tenga centro. Por eso el ateísmo no es más que una pesadilla». En La peluca roja el P.B. dice: «dondequiera que haya hombres que se dejan dominar sin más ni más por el misterio, es porque se trata del misterio de la iniquidad. Si el demonio le dice que hay algo tan espantoso que no se puede mirar, mírelo. Y si le dice que hay algo tan terrible que no se puede oír, óigalo. Si cree usted que hay alguna verdad insoportable, sopórtela».
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miércoles, 7 de mayo de 2008
Una de las novelas de Katherine Paterson, ¡Sal a cantar, Jimmy Jo!, habla de un chico con un don particular para la música, country en ese caso. De lo mismo, pero en Madrid, con un protagonista estudiante de flauta travesera que tiene un talento especial, un don «más fuerte que el engaño», habla un absorbente relato de Santiago Herraiz titulado Nocturno.
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martes, 6 de mayo de 2008
Hace tiempo leí unos álbumes ilustrados cuyo texto era de Eugène Ionesco y no les hice mucho caso: como no entendí a donde iba el autor no me parecieron acertados. Pero recientemente he vuelto a leer esos cuatro relatos, que su autor tituló Cuentos para niños con menos de tres años y que publicó como entradas de su Diario, y me han gustado mucho. Además, aunque no soy un asiduo lector de obras de teatro, leí varias suyas y eso me abrió más los ojos a las peculiaridades e intereses del autor que también se revelan en esos cuentos. Tal como están, dentro del Diario y leídos en conjunto, son para adultos; leídos o contados a un niño en voz alta, tal como se plantean las cosas dentro de los mismos cuentos, sí pueden ser para lectores pequeños.
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lunes, 5 de mayo de 2008
Actualizo el comentario relativo a Sibylle von Olfers debido a la edición de tres álbumes suyos reunidos en un único volumen: Las más bellas historias de Sibylle von Olfers.

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domingo, 4 de mayo de 2008
Cuenta Dostoievski a un amigo que se propone visitar los lugares de su primera infancia y adolescencia, y el interlocutor se pregunta qué recuerdos tienen, si es que tienen alguno, los jóvenes de hoy. Y el escritor sigue:
«Que los niños de hoy también tienen recuerdos sagrados no tiene ninguna duda, pues de lo contrario se habría secado la vida viva. El hombre no podría vivir sin ese algo sagrado y precioso que le aportan los recuerdos de infancia. (...) Puede tratarse incluso de recuerdos penosos y amargos, pero hasta los sufrimientos vividos se transforman después en algo sagrado para el alma. El hombre, en general, está hecho de tal manera que ama los sufrimientos que ha padecido. Además, la necesidad le lleva a marcar mojones en su pasado que le permitan orientarse más tarde en la vida y sacar conclusiones de conjunto, con miras al buen orden y edificación personal. En ese sentido, los recuerdos más intensos e influyentes son casi siempre los que se conservan de la infancia».
Más adelante: «Sin algún vestigio de algo positivo y bello el hombre no puede salir de la infancia y entrar en la vida; sin algún vestigio de algo positivo y bello no se puede poner a una generación en el camino de la vida». Por eso, continúa, «cualquier padre responsable y razonable sabe (...) que, delante de sus hijos, en la vida cotidiana, debe abstenerse de cierta incuria (...) en las relaciones familiares, de cierta falta de disciplina y permisividad; que debe prescindir de hábitos nocivos y perniciosos, y, sobre todo, no desentenderse nunca de la opinión que los hijos puedan formarse de él, de la impresión desagradable, negativa y cómica que con tanta frecuencia despierta en su ánimo nuestra despreocupada conducta en el seno del hogar. ¿Me creeréis si os digo que un padre responsable a veces debe reeducarse por completo en consideración a sus hijos?».
Fiódor Dostoievski. Julio-Agosto de 1877, Diario de un escritor (Dnevnik pisatelia, 1873-1880). Barcelona: Alba, 2007; 630 pp.; col. Alba Maior; trad., selección, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 978-84-8428-354-6.
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sábado, 3 de mayo de 2008
«Leonardo decía, con extraña ingenuidad: “La pobre música, apenas interpretada, se evapora. La pintura, perennizada por el empleo del barniz, subsiste”. Resulta difícil acumular tantos errores en tan pocas palabras: resulta más fácil perennizar una música (por notación) que una pintura, como atestigua el estado en que “subsiste” (casi “apenas pintada") una pintura como, precisamente, la pobre “Cena” del citado Vinci, a quien costaron a menudo muy caras, y muy pronto, sus imprudentes innovaciones técnicas».
Gérard Genette. La obra del arte (1996). Barcelona: Lumen, 1997; 310 pp.; col. Palabra crítica; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 84-264-2373-6.
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viernes, 2 de mayo de 2008
En mi selección personal de grandes relatos cortos —El capote, La perla, El viejo y el mar, El estudiante, Los lisiados serán los primeros, Fiesta en el jardín, El silencio del mar, El perseguidor, La muerte de Iván Ilich...— ocupa un puesto de honor El amuleto, de Conrad Meyer, una impresionante historia de amistad y lealtad.
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jueves, 1 de mayo de 2008
El candor del Padre Brown, o la inocencia en otras traducciones, es una cualidad del Padre Brown que tiene dos caras: una, relacionada con su porte y su modo de comportarse, es la que hace que muchas personas que le rodean —delincuentes, policías, o cualquiera—, no se lo acaben de tomar en serio; otra, relacionada con sus actitudes vitales, es la que le hace intentar comprender y convertir al delincuente, la que ve la bondad como el único remedio para él, hasta el punto de que con frecuencia no hará nada por atraparlo.
Una de las ideas básicas, en esta primera colección de relatos en la que se presentaba tanto al detective como a Flambeau, un ladrón reconvertido luego en investigador privado que será en muchos casos una especie de ayudante, es que la línea que separa al delincuente de quien le persigue es, a veces, muy estrecha. Esto se verá no sólo en Flambeau sino también en la evolución del jefe de policía de París Valentín, que pasa de ser el mejor policía del mundo en el primer relato a ser un criminal en el siguiente.
La explicación de lo anterior es la misma que dará el P.B. cuando aclara por qué intuye algunas cosas: en El martillo de Dios un tipo le pregunta si acaso él no será el diablo en persona y le responde: «Soy un hombre. En consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón». Pero la técnica detectivesca del P.B. se basa no sólo en la comprensión del corazón humano sino también en el amor a la razón. Así, en La cruz azul el P.B. afirmará que «lo más increíble de los milagros está en que acontezcan; sólo el ignorante en motores puede hablar de motores sin petróleo; sólo el ignorante en cosas de la razón puede creer que se razone sin sólidos primeros principios».
A lo largo de toda la historia del P.B. irá marcándose cada vez más un rasgo: la defensa de las personas de clase humilde y el ataque a quienes actúan con prejuicios de clase social. En relación a esto, en esta primera colección hay un caso donde se habla de que «los aristócratas no viven de tradiciones sino de modas», El martillo de Dios, en el que cuando el médico dice al herrero «modere usted su lenguaje», el herrero le contesta contundentemente: «Que modere su lenguaje la Biblia y yo moderaré el mío».
Otra idea que aquí aparece todavía poco, pero que será relativamente habitual, es lo equivocados que son los juicios de la historia o, si se quiere, cuánta ignorancia histórica se aprecia en muchos comentarios. Así, en La muestra de “La espada rota” el P.B. habla de un personaje ya fallecido y dice: «Sus estatuas de mármol han de entusiasmar por siglos y siglos las almas inocentes y orgullosas de los niños; su tumba olerá a lealtad, como huele a lirios. Millones de hombres que no lo conocieron amarán como a un padre a ese hombre que fue tratado como un andrajo por los pocos que lo conocieron».
En esta primera colección aún no hay casos que, más adelante, abundarán: los que tienen periodistas y actores como protagonistas. Eso sí, son numerosas las observaciones del P.B. que indican pautas de comportamiento llenas de un sentido común sereno. Como ejemplo, en Los pecados del príncipe Sarradine, afirma: «Hemos dado un mal paso, y hemos llegado a mal sitio (...). Pero no importa: a veces hace uno bien con el simple hecho de ser la única persona buena en un mal sitio».
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jueves, 1 de mayo de 2008
Esta vez no es un niño sino un fotógrafo atento el que intuye que tal vez las cosas no son lo que parecen. Eso me hace pensar en que, a veces, es sutil la diferencia entre saber mirar y mirar más de la cuenta. Supongo que otra misión de la buena literatura es la de inculcarnos prudencia y cautela en los juicios.
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