bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
miércoles, 10 de marzo de 2010
Rita y el secreto de la piedra negra, de Mikel Valverde, comienza cuando Rita, diez años, está con su tío Daniel en una expedición arqueológica en Libia. A partir de que a un chico del grupo le pica una serpiente, Rita, su tío, el profesor Visconti y el libio Nadim, acaban viajando por distintos países africanos en busca de unas misteriosas piedras negras. Una profecía que le hace un brujo a Rita le dará las pistas para entender y enfrentarse a todo lo que sucederá después, especialmente cuando se cruzan con unos peligrosos ladrones y con un misterioso millonario que les ayuda en sus indagaciones. A todo esto, como a Rita le roban la cámara de fotos, se pasa todo el viaje haciendo dibujos: el libro incluye su cuaderno de viaje con ellos.
Relato extenso y ameno. Los muchos y magníficos dibujos añaden más sabor «tintinesco» a una historia con algunos elementos argumentales como los de las clásicas aventuras de Rider Haggard. A Rita, una chica espabilada y audaz, se le coge simpatía también por su aspecto tan decidido y activo en las ilustraciones. El lenguaje es claro y recurre a expresiones coloquiales de ahora y de aquí, como un «Me lo está poniendo a huevo», que dice para sí Rita, o un «lo tiene claro, colega» de un inspector de policía namibio a un delincuente. La narración apunta, de paso pero con claridad, los turbios negocios de algunas industrias farmacéuticas que prueban sus medicamentos en gente a la que usan como conejillos de Indias (al respecto se puede leer Farmacéuticas y África).
Mikel Valverde. Rita y el secreto de la piedra negra (2009). Madrid: MacMillan, 2009; 300 pp.; ilust. del autor; ISBN: 978-84-7942-449-7.
Enviar Imprimir
SantosSevendeMama.jpg
martes, 9 de marzo de 2010
Se vende mamá, de Care Santos, es un relato muy divertido cuyo protagonista es un excepcional narrador. Óscar, de ocho años y medio, desea cambiar a su mamá por otra pues está cansado de que la suya le diga tantas veces que ha de ser responsable y de que no le deje hacer muchas cosas que le apetecen. Además, desde que apareció en escena El Garbanzo, su hermano pequeño, su relación con ella ya no es la misma. Con ayuda de su amiga Nora, hija de un famoso presentador de televisión, pone un anuncio en internet: «se vende mamá».
Dejando de lado las peculiaridades de los narradores niños en este tipo de libros, Óscar resulta convincente porque, a través lo que cuenta, quedan claras algunas preocupaciones interiores de los niños y sus necesidades de una vida familiar ordenada. Él no lo formula explícitamente así pero, si le damos un poco de tiempo, no tardará en decirlo: «a veces los niños necesitamos dos años para entender algo, pero al final lo conseguimos, todo es cuestión de no perder la confianza en nosotros». Están bien hilados los enredos que se suceden y abundan los golpes excelentes: unos por la indecisión del narrador —«mi padre siempre dice que mis neuronas se colapsan cuando tienen que tomar decisiones»—, otros por su capacidad para encontrar imágenes plásticas —«los remordimientos se parecen al queso derretido»—, otros por el recurso al humor hiperbólico —«anda, déjame a mí, que eres más lento que un caracol lesionado»—.
Care Santos. Se vende mamá (2009). Madrid: SM, 2009; 129 pp.; col. Barco de Vapor; ilustraciones de Andrés Guerrero; ISBN: 978-84-675-3571-6.
Enviar Imprimir
Escr-Punc-hat01.jpg
lunes, 8 de marzo de 2010
Tiempo atrás hablé de cómo la estructura de muchos álbumes es un paseo. Entre ellos, algunos son paseos circulares, como Madlenka, de Peter Sís, o Un hatillo de cerezas, de Viví Escrivá y María Puncel, un álbum descatalogado y excelente.
Enviar Imprimir
LewisMeroCristianismo.jpg
domingo, 7 de marzo de 2010
Mero cristianismo, de C. S. Lewis, es una recopilación y reescritura de unas charlas que dio el autor en la BBC sobre cristianismo a partir del año 1941. La palabra «mero» podría traducirse como esencial o básico, pues Lewis desea exponer en este libro las creencias que comparten todos los cristianos.
Es muy conocida la formulación que hace de la divinidad de Jesucristo, el punto central del cristianismo: «Un hombre que fue meramente un hombre y que dijo las cosas que dijo Jesús no sería un gran maestro moral. Sería un lunático —en el mismo nivel que un hombre que dice ser un huevo escalfado—, o si no sería el mismísimo demonio. Tenéis que escoger. O ese hombre era, y es, el Hijo de Dios, o era un loco o algo mucho peor. Podéis hacerle callar por necio, podéis escupirle y matarle como si fuese un demonio, o podéis caer a sus pies y llamarlo Dios y Señor. Pero no salgamos ahora con insensateces paternalistas acerca de que fue un gran maestro moral. Él no nos dejó abierta esa posibilidad. No quiso hacerlo».
Al igual que Chesterton había repetido que quien se convierte ha «pensar las cosas más seriamente que lo ha hecho en toda su vida» (Irish impressions) y ha de «estirar su mente como alguien despertando de un sueño estira sus brazos y piernas» (El pozo y los charcos), C. S. Lewis afirma lo mismo del siguiente modo: «A Dios no le disgustan menos los perezosos intelectuales que cualquier otra clase de perezosos. Si estáis pensando en haceros cristianos, os advierto que os embarcáis en algo que lo exigirá todo de vosotros, cerebro incluido. Pero afortunadamente esto funciona también al revés. Cualquiera que esté sinceramente intentando convertirse al cristianismo pronto descubrirá que su inteligencia se agudiza».
Nota tomada de este libro: Juegos de niños.
C. S. Lewis. Mero cristianismo (Mere Christianity, 1952). Madrid: Rialp, 1995; 233 pp.; col. literaria: trad. de Verónica Fernández Muro; ISBN: 84-3213-077-X.
Enviar Imprimir
sábado, 6 de marzo de 2010
Un texto como el de Leyes educativas muestra bien el tipo de político iluminado y de mente totalitaria que se cree con derecho a modelar las vidas ajenas. En el de La decencia de los antiguos sacrificios humanos se aprecia cómo algunos comportamientos de los gobernantes del pasado que deploramos pueden verse como mejores que algunos propios de hoy que ignoran derechos elementales de las personas.
Siguiendo este modo de argumentar, de comparar el pasado con el presente, Chesterton señala que, durante la Edad Media, los gobernantes consideraban la posibilidad de arrepentirse y, en consecuencia, podían decidir abandonar el cargo y pasar los años finales de su vida en un monasterio reconociendo el daño que hicieron y, mal que bien, reparando por él. Entre los políticos truhanes que tanto abundan hoy, decía, esto es impensable: «Hemos perdido la idea de arrepentimiento; especialmente en las cosas públicas; por eso no podemos de ningún modo acabar con los grandes abusos de la tiranía económica ni con la avaricia de los ricos» («The Mediaeval Villain», A Miscellany of Men).
Por eso, señalaba, lo primero «que necesitamos hoy no es optimismo o pesimismo, sino una reforma del Estado cuyo nombre propio es "arrepentimiento", pues es la reforma de un ladrón y eso supone que ha de admitir previamente que ha sido un ladrón. Los políticos y gobernantes no deben dedicarse a inventar consuelos o a profetizar desastres, sino que, primero y antes que ninguna otra cosa, deben confesar sus maldades. No deben decir que el mundo va a ir a mejor gracias a una especie de cosa misteriosa llamada progreso, algo así como una providencia sin propósito. Deben reconocer lo que han estado haciendo mal y entonces podrán felicitarse de estar por fin en lo correcto; no deben de ningún modo dedicarse a insinuar que, en cierto modo, estaban en lo correcto cuando estaban equivocados. En este aspecto hay progresistas que son la peor especie de los conservadores pues insisten en conservar, de la forma más obstinada y oscurantista, los rumbos marcados por ellos mismos en el pasado. Es humano cometer errores; pero el único error mortal, entre todos los errores, es el de negar que nos hemos equivocado» («A Note on Old Nonsense», Fancies versus Fads).
Enviar Imprimir
viernes, 5 de marzo de 2010
No tenía en la cabeza que se cumpliera este año el centenario de la revolución mexicana que se recrea un poco en Cartucho, un libro extraño e inolvidable de Nellie Campobello que leí hace años gracias a la recomendación de quien hace este comentario.
Enviar Imprimir
WisterVirginian.jpg
jueves, 4 de marzo de 2010
Hay un tipo de libros a los que podemos poner con toda justicia la etiqueta de literatura juvenil: los libros que han leído generaciones enteras de gente joven de muy distintos ambientes. Sí, tal vez algunos ahora los jóvenes los lean menos por la razón que sea, pero sin duda son más literatura juvenil que los que no han pasado aún esa doble prueba del tiempo y de la conexión con públicos jóvenes diferentes.
Entre los libros de los que podemos decir lo anterior, son especialmente importantes aquellos que aportaron algo distinto, como abrir un subgénero o crear un personaje arquetípico, porque un aspecto básico de la educación literaria es saber quién fue el primero en algo. Así, El virginiano, de Owen Wister, (libro del que no conozco edición en castellano y que muchos recordamos por una serie famosa de televisión de hace décadas), fue una novela de 1902 que fijó los estereotipos de muchísimas novelas y películas del Oeste posteriores.
Enviar Imprimir
GarcíaTrondheim.jpg
miércoles, 3 de marzo de 2010
Cómo hacer un cómic, de Lewis Trondheim y Sergio García, es un álbum de cómic cuyo título dice con exactitud qué contiene aunque no diga lo clara y ordenamente que presenta y explica cada uno de los recursos narrativos y gráficos propios del cómic: el dibujo, la viñeta, el texto, el tiempo entre las viñetas, etc. El libro podría haberse titulado también Aprenda usted a leer cómics o Iniciación al lenguaje del cómic pues será muy útil para quien no sea lector de cómic pero quiera descubrir las particularidades de su lenguaje.
Lewis Trondheim y Sergio García. Cómo hacer un cómic (Bande dessinée apprendre et comprendre, 2006). Vigo: Faktoria K, 2009; 36 pp.; trad. de Pedro A. Almeida; ISBN: 978-84-96957-59-6.
Enviar Imprimir
ZimnikTigreRugidor.jpg
martes, 2 de marzo de 2010
El pequeño tigre rugidor, un relato de Reiner Zimnik, se alinea con los libros infantiles que tratan sobre un protagonista joven que abandona su casa para salir a un mundo diferente.
En este caso el pequeño tigre, tan acostumbrado a que unos habitantes del bosque de Sosnovia le miraran con simpatía y otros se asustaran de su rugido, prueba fortuna fuera. Pero su encuentro con una banda de ladrones le hará darse cuenta de que, lejos de su ambiente, las cosas son distintas.
La historia plantea de modo amable las dificultades del protagonista y su aprendizaje de cómo funcionan algunas cosas en el mundo. Es amena, porque los lectores quedan atrapados por saber cómo acabarán las andanzas del pequeño tigre. Es visualmente divertida, porque los sintéticos dibujos a plumilla de Zimnik transmiten simpatía, son sugerentes y complementan bien la narración.
Reiner Zimnik. El pequeño tigre rugidor (Der kleine Brülltiger, 1960). Sevilla: Kalandraka, 2009; 68 pp.; trad. de Maruxa Zaera; ISBN: 978-84-96388-95-6.
Enviar Imprimir
SisMuro.jpg
lunes, 1 de marzo de 2010
Peter Sís es un gran autor de álbumes, unos con relatos y otros de carácter informativo (que otra vez merecerán un comentario aparte). De origen checo pero afincado en los Estados Unidos desde mediados de los años ochenta, hace poco ha publicado El muro, un álbum autobiográfico de infancia y juventud, con recuerdos y explicaciones de sus años en la Chequia controlada por la Unión soviética. Es un gran álbum aunque, a priori, poco atractivo para lectores niños: por un lado, contiene comentarios y referencias visuales propios de la historia y la cultura de la época; por otro, todo él es en blanco y negro, con toques rojos en los símbolos comunistas, salvo en las ilustraciones que va pintando el autor ya desde niño, donde sí van asomando los colores.
Peter Sís. El muro. Crecer tras el telón de acero (The Wall. Growing up behind the iron curtain, 2007). Barcelona: Norma, 2009; 50 pp.; trad. de Arnau París Rousset; ISBN: 978-84-9847-556-2.
Enviar Imprimir
domingo, 28 de febrero de 2010
Joseph Ratzinger: Si libertad «significa que el propio deseo es la única norma de nuestras acciones, que nuestra voluntad puede desearlo todo y que puede poner en práctica todo lo que le apetezca», surgen enseguida varias preguntas: «¿Hasta qué punto es realmente libre la voluntad?, ¿y hasta qué punto es razonable?; y una voluntad no razonable, ¿es realmente libertad?, ¿es realmente un bien? Por consiguiente, la definición de la libertad que habla del poder querer y del poder hacer lo que se quiere, ¿no habrá que completarla ligándola con la razón, con la totalidad del hombre, para que no se convierta en la tiranía de la sinrazón? ¿Y no pertenecerá también al concierto entre la razón y la voluntad el buscar luego la razón común de todos los hombres y de esta manera la compatibilidad mutua de las libertades? Es evidente que en la cuestión acerca de la racionalidad de la voluntad y de su vinculación con la razón se plantea ya conjuntamente, de manera tácita, la cuestión acerca de la verdad».
Por tanto, no se puede aislar «el concepto de la libertad, falsificándolo: la libertad es un bien, pero lo es únicamente en asociación con otros bienes con los cuales constituye un conjunto indisoluble». Tampoco se puede restringir, «reduciéndolo al derecho individual a la libertad». (…) «La libertad está ligada a una medida, que es la medida de la realidad; está ligada a la verdad. La libertad para la destrucción de sí mismo o para la destrucción del otro no es libertad, sino su parodia diabólica. La libertad del hombre es libertad compartida, libertad en la coexistencia de libertades que se limitan mutuamente y que se sustentan así mutuamente: la libertad tiene que medirse por lo que yo soy, por lo que nosotros somos; en caso contrario se suprime a sí misma».
Joseph Ratzinger. Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (Glaube, Warheit, Toleranz. Das Christentum und die Weltreligionen, 2003). Salamanca: Sígueme, 2006, 6ª ed..; 237 pp.; trad. de Constantino Ruiz Garrido; ISBN: 84-301-1519-6.
Enviar Imprimir
sábado, 27 de febrero de 2010
No es nuevo que haya ladrones que entran en la política y políticos que se convierten en una banda de ladrones, aunque tengamos la impresión de que cada vez haya más. Tiempo atrás ya puse un texto de Chesterton al respecto titulado Yo también elegiría la piratería. En la misma línea va una escena de El hombre que sabía demasiado en la que un policía le dice al protagonista: «Si es usted un chantajista, le prometo que irá a la cárcel», y él le contesta: «Los chantajistas no van siempre a la cárcel. A veces van al Parlamento».
En otras ocasiones habló del secretismo y la hipocresía de los políticos modernos. Ya me referí a las contundentes afirmaciones que hace en «El busilis de la yedra» (Enormes minucias). Vuelve a lo mismo cuando comenta una obra teatral en la que su amigo Shaw mostraba que la nueva astucia del político no es ocultar las emociones sino mostrar emociones falsas, y afirma que los políticos nunca han parecido tan francos y nunca han sido tan trapaceros: ahora lo sabemos todo acerca de sus mascotas pero nada sobre los fondos de sus partidos. («Bernard Shaw and Breakages», Sidelights)
Más en general, otras veces indicaba dónde se ha comenzado a perder el respeto a unos gobernantes como los que tenemos: «Lo que más daño ha hecho al gobierno moderno es cierta cualidad que raras veces se menciona (...). Se trata de la pérdida del viejo ideal que asociaba el amor por la libertad con el desprecio del lujo. Los primeros y mejores idealistas democráticos fueron siempre tajantes en ello. Exigieron que el senador republicano mostrara una republicana austeridad, pues precisamente eso era lo que había de distinguir al senador del cortesano y del afeminamiento de la corte». («El rey Jorge V», El color de España y otros ensayos)
En positivo manifestaba su admiración por William Cobbett como ejemplo de político inusual que «hablaba por los innumerables hombres que no pueden hablar y trataba de ayudar a los que no podían ayudarlo. No le pagaban los pobres para que fuera el paladín de su causa, porque es un hecho curioso, no descubierto por la mayoría de nuestros doctores en sociología, que la riqueza se obtiene de los ricos». (Maestro de ceremonias)
Enviar Imprimir
AppanahÚltimohermano.jpg
viernes, 26 de febrero de 2010
El último hermano, de Nathacha Appanah, se desarrolla en la Isla Mauricio, en los años cuarenta. El narrador, Raj, es un hombre mayor y cansado que recuerda su infancia. Sus primeros años de vida los pasa en una plantación de caña de azúcar, en Mapou, hasta que sus dos hermanos fallecen trágicamente. Luego, él y sus padres se trasladan a vivir a Beau Bassin. Allí su padre trabaja como guardián en la prisión, donde también está un grupo de judíos europeos que no fueron aceptados en Palestina. Raj tiene nueve años entonces y, cuando pasa unos días en el hospital de la prisión, se hace amigo de David, un chico judío de diez años cuyo pelo rubio le fascina. Cuando un ciclón causa el caos en la isla y David escapa del campo, Raj lo esconde en su casa.
Buena historia, diferente a otras con tema parecido pues los escenarios son diferentes y la perspectiva del protagonista también dado que no sabe nada de nada ni de la segunda Guerra Mundial ni de los judíos. Por otra parte, aunque el episodio de la amistad con David es el central, la novela desarrolla también las condiciones extremas en las que vive Raj, debido sobre todo al comportamiento violento de su padre, aunque un tanto aliviadas por la figura bondadosa de la madre. La historia es fluida y está bien escrita, pero algunas expresiones aisladas suenan raras —«los ojos se le llenaron de lágrimas de forma asaz repentina»—, y otras un tanto cursis —«sus rizos dorados y su tacto sedoso me pertenecen eternamente»—. Por otra parte, los acentos dolientes del narrador sin la más mínima concesión al humor, que indudablemente son legítimos y posibles, acaban siendo un tanto agotadores y restan impacto a lo que cuenta: el narrador no conoce el consejo de Robert Bresson de producir emoción mediante una resistencia a la emoción.
Nathacha Appanah. El último hermano (Le dernier frère, 2007). Madrid: Alfaguara, 2010; 177 pp.; trad. de Ramón de España; ISBN: 978-84-204-7392-5.
Enviar Imprimir
TeyHijadelT.jpg
jueves, 25 de febrero de 2010
Ya que hablé, no hace mucho, de biografías de Shakespeare, y ya que las semanas anteriores colgué reseñas de importantes novelas policiacas, traigo aquí un breve comentario de una interesante novela: La hija del tiempo, de Josephine Tey (no They, como pone la portada de la edición que cito abajo).
El protagonista, el inspector de Scotland Yard Alan Grant, está en cama sin poder moverse. A partir de que le muestran un retrato de Ricardo III se pregunta qué clase de persona fue y, con ayuda de las enfermeras y de compañeros amigos, va recopilando información histórica para saber si fue o no el autor del asesinato de sus dos sobrinos. Sus conclusiones serán muy distintas a las que los textos escolares habituales enseñan y a las del estereotipo difundido por la obra de Shakespeare.
Supongo que para entrar en esta historia se requiere tener interés en el personaje o en la historia de la época. En cualquier caso, la estructura de la novela es sobresaliente y es magnífica la forma en que Grant realiza la investigación, por medio sobre todo de un joven norteamericano que le ayuda. Además, reconozco que a mí me gustó en su momento porque me interesa mucho la discusión de cómo los libros escolares engañan tanto y no de modo inocente: la idea de fondo que preside la narración y que se anuncia en el título, para quien lo pueda ver, es que la verdad (esa clase de verdades históricas al menos) es la hija del tiempo, frase de una obra de Bertold Brecht.
A propósito de lo mismo léase Cánones.
Josephine Tey. La hija del tiempo (The Daughter of Time, 1951). Madrid: Debate, 1994; 186 pp.; col. Debate bolsillo; trad. de Flora Casas; ISBN: 84-7444-800-X.
Enviar Imprimir
VambaJuanito.jpg
miércoles, 24 de febrero de 2010
El diario de Juanito Torbellino, de Vamba, es uno de los libros humorísticos sobre travesuras infantiles que inauguran el subgénero de los relatos de vida cotidiana en los que un autor adulto se vale de la mirada de un niño para criticar los comportamientos adultos.
Enviar Imprimir
publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo