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bienvenidosalafiesta: cuaderno de notas y diccionario de autores y obras de literatura infantil y juvenil    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 1 de agosto de 2020

En bienvenidosalafiesta: notas del mes de julio.

Como dije en el boletín anterior, bastantes libros de este mes, leídos en las semanas del confinamiento, no son novedades sino libros antiguos, por ejemplo, los de la primera serie de los Episodios Nacionales.

También durante aquellos días preparé las notas que ahora incluyo en la sección Autores de referencia, que se prolongará durante varias semanas más, y en la que hay muchas lecturas muy valiosas.

Dos libros recientes que vale la pena conocer puestos este mes son: una prometedora primera novela de una serie de aventuras fantásticas, El lobo de plata; y una novela reflexiva de balance de una vida, La agonía de Julián Bacaicoa.

Entre los buenos ecos de las selecciones de charlas y artículos sobre LIJ que publiqué hace poco, Verdades y leyendas y Corrientes profundas, agradezco especialmente este comentario.

En nuevocuaderno: notas del mes de julio. Aquí hay, y en agosto habrá, referencias a varios libros valiosos y recientes: Sigo aquí, El señor Marbury y Encrucijadas de nuestra época.

En Libros para jóvenes: notas del mes de julio.

En medium no he puesto notas nuevas pero sí he actualizado las entradas del interior de Una especie de índice de notas. Y, como anuncié, estoy a la espera de terminar de preparar un libro electrónico con una selección de las mejores.

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viernes, 31 de julio de 2020

Sexta novela de los Episodios Nacionales.

Novela en la que hay numerosas y detallistas descripciones de acciones de combate del sitio de Zaragoza, que tuvo lugar a principios de 1809. El narrador cuenta, de oídas, una batalla que tuvo lugar el 21 de diciembre, «una de las más gloriosas del segundo sitio de la capital de Aragón», en la que no se detiene más porque, dice, «son tantos y tan interesantes los encuentros que más adelante habré de narrar, que conviene cierta sobriedad en la descripción de estos sangrientos choques». Cuenta después, ya como protagonista, «el gran trabajo, el gran frenesí, la exaltación ardiente, en que vivieron por espacio de mes y medio sitiadores y sitiados», con ataques de los franceses, contraataques de los zaragozanos, escaramuzas casa por casa en una «laberíntica guerra de madrigueras», situaciones de falta de alimentos y de fiebres que diezman la población, combatientes de toda clase, entre ellos frailes que exhortaban a los sitiados «furor místico, inspirado en el libro de los Macabeos», etc. Todo el relato resalta el esfuerzo de los franceses por conquistar la ciudad —a la que traen «grande aparato de gente, formidables máquinas, enormes cantidades de pólvora, preparativos científicos y materiales, la fuerza y la inteligencia en su mayor esplendor»—, y cómo, detrás de una deleznable defensa material, «está el acero de las almas aragonesas, que no se rompe, ni se dobla, ni se funde, ni se hiende, ni se oxida y circunda todo el recinto como una barra indestructible por los medios humanos».

Anudado con este hilo está el de la familia Montoria, con la que Gabriel entra en contacto al llegar a Zaragoza. Don José de Montoria, uno de los jefes de la resistencia, un personaje que «no conocía los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres era refractario a la mentira discreta y a los amables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía», tiene un hijo, Agustín, que está ennoviado en secreto con María, la hija de un avaro, enemigo de don José, cuya descripción dickensiana no tiene desperdicio: «viejo, encorvado, con aspecto miserable y enfermizo, de mirar oblicuo y desapacible, flaco de cara y hundido de mejillas, Candiola se hacía antipático desde el primer momento. Su nariz corva y afilada como el pico de un pájaro lagartijero, la barba igualmente picuda, los largos pelos de las cejas blanquinegras, la pupila verdosa, la frente vasta y surcada por una pauta de paralelas arrugas, las orejas cartilaginosas, la amarilla tez, el ronco metal de la voz, el desaliñado vestir, el gesto insultante, toda su persona, desde la punta del cabello, mejor dicho, desde la bolsa de su peluca hasta la suela del zapato, producía repulsión invencible. Se comprendía que no tuviera ningún amigo». Candiola dirá, en medio del caos de la batalla, que «es un pecado mortal, es un delito imperdonable dejarse matar, cuando se deben piquillos que el acreedor no podrá cobrar fácilmente».

En las acciones bélicas el narrador se detiene en las que encabezan algunas mujeres, como una tal Manuela Sancho que arrastra a un ataque primero a uno, luego a tres, «luego muchos, y al fin todos los demás, azuzados por los jefes que a sablazos nos llevaron otra vez al puesto del deber. Ocurrió esta transformación portentosa, por un simple impulso del corazón de cada uno, obedeciendo a sentimientos que se comunicaban a todos sin que nadie supiera de qué misterioso foco procedían. Ni sé por qué fuimos cobardes, ni sé por qué fuimos valientes unos cuantos segundos después. Lo que sé es que movidos todos por una fuerza extraordinaria, poderosísima, sobrehumana, nos lanzamos a la lucha tras la heroica mujer». Y, como más de una vez en la serie, el narrador contrasta estas actuaciones con las afirmaciones de algunos varones como, en este caso, Agustín Montoria, que le dice a su novia María: «tú eres una mujer, y una mujer débil, sensible, tímida, incapaz de matar a un hombre, como no le mates de amor. El cuchillo se te hubiera caído de las manos y no habrías manchado tu pureza con la sangre de un semejante. Esos horrores se quedan para nosotros los hombres, que nacemos destinados a la lucha, y que a veces nos vemos en el triste caso de gozar arrancando hombres a la vida».

Son notables las descripciones de las luchas en túneles casa por casa: «este trabajo ardoroso en las entrañas de la tierra a nada del mundo puede compararse. Parecíanos haber dejado de ser hombres, para convertirnos en otra especie de seres, insensibles y fríos habitantes de las cavernas, lejos del sol, del aire puro y de la hermosa luz. Sin cesar labrábamos largas galerías, como el gusano que se fabrica la casa en lo oscuro de la tierra y con el molde de su propio cuerpo. Entre los golpes de nuestras piquetas oíamos, como un sordo eco, el de las piquetas de los franceses, y después de habernos batido y destrozado en la superficie, nos buscábamos en la horrible noche de aquellos sepulcros para acabar de exterminamos». Llegaban luego las luchas con «arma blanca a lo largo de las galerías. Todo aquello parecía una pesadilla, una de esas luchas angustiosas que a veces trabamos contra seres aborrecidos en las profundas concavidades del sueño: pero era cierto y se repetía a cada instante en diversos puntos».

Pero, sobre todo, en la novela tiene un papel fundamental Palafox, a quien se dedican no pocos párrafos: «Debía en gran parte su prestigio a su gran valor; pero también a la nobleza de su origen, al respeto con que siempre fue mirada allí la familia de Lazán y a su hermosa y arrogante presencia. (..) Lo que más que nada hacía simpático al caudillo zaragozano era su indomable y serena valentía, aquel ardor juvenil con que acometía lo más peligroso y difícil, por simple afán de tocar un ideal de gloria. (…) Si carecía de dotes intelectuales para dirigir obra tan ardua como aquella, tuvo el acierto de reconocer su incompetencia, y rodeose de hombres insignes por distintos conceptos. Estos lo hacían todo, y Palafox quedábase tan sólo con lo teatral. Sobre un pueblo en que tanto prevalece la imaginación, no podía menos de ejercer subyugador dominio aquel joven general, de ilustre familia y simpática figura, que se presentaba en todas partes reanimando a los débiles y distribuyendo recompensas a los animosos. Los zaragozanos habían simbolizado en él sus virtudes, su constancia, su patriotismo ideal con ribetes de místico y su fervor guerrero. Lo que él disponía, todos lo encontraban bueno y justo. (…) Su rostro expresaba siempre una confianza suprema, y en él la triunfal sonrisa infundía coraje como en otros el ceño feroz. (…) Como comprendía por instinto que parte del éxito era debido, más que a lo que tenía de general a lo que tenía de actor, siempre se presentaba con todos sus arreos de gala, entorchados, plumas y veneras, y la atronadora música de los aplausos y los vivas le halagaban en extremo».

[Vista del libro en la Biblioteca Virtual Cervantes y en amazon.es]

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jueves, 30 de julio de 2020

Me interesa siempre lo que David Mamet cuenta sobre su oficio como dramaturgo y como cineasta. He leído recientemente un libro publicado en México hace años, con varios ensayos o diálogos, titulado Dirigir cine, y he vuelto a pensar en que uno de los motivos por los que me gusta Mamet es que prescinde toda palabrería solemne y explica las cosas con sencillez que todos comprenden. Otro es su concepción del cine —y esto se puede aplicar a la literatura y a la literatura infantil y juvenil también—, como un trabajo en el que uno tiene que desaparecer al servicio de la historia que desea contar: «El hecho mismo de abjurar del Culto a Uno Mismo por un pequeño rato —el culto de cuán interesantes son uno y su conciencia— será percibido y apreciado en grado extremo por el público».

Sobre la confección de guiones para cine dice:

«Casi todos los guiones han sido escritos no para el público, sino para los ejecutivos de los estudios de cine, quienes son analfabetos en lo que a leer guiones se refiere. Todos. Ninguno sabe leer un guión. Un guión de cine debe contener una yuxtaposición de tomas inintencionadas que cuentan la historia».

«No es nuestra tarea [como guionistas o como directores] hacer interesante la historia. Sólo podrá serlo si la trayectoria, el progreso del protagonista es interesante. Es el objetivo del protagonista el que nos mantiene atados a nuestros asientos.

«Nunca tienes que establecer al personaje. Para empezar, no existe tal cosa: el personaje separado de su acción inherente, como ya nos dijo el señor Aristóteles hace dos mil años. No hay tal, punto».

«¿De qué modo nos damos cuenta de si un concepto es o no es esencial? Intentando contar la historia sin él. Se le deja fuera y se ve si hace falta: si no resulta esencial hay que arrojarlo a la basura. Sea una escena, sea una toma, si no son esenciales hay que deshacerse de ellas».

Sobre la forma en que tiene que hacer su trabajo un director de cine dice:

«El trabajo del director (…) es contar la historia a través de la yuxtaposición de imágenes inintencionadas, esto no por un capricho, sino porque está en la naturaleza esencial del medio utilizar yuxtaposiciones, es así como mejor opera, ya que está en la naturaleza de la percepción humana advertir dos eventos, determinar una progresión y desear saber qué va a pasar a continuación».

«Eisenstein afirma que las mejores imágenes son aquellas que no están cargadas de intencionalidad alguna. Una toma de una taza. Una toma de una cuchara. Una toma de un tenedor. Una toma de una puerta. Que sea el corte el que cuente la historia, porque de otro modo no hay acción dramática, hay narrativa (si no es el corte el que cuenta la historia, si la contamos nosotros a través de tomas que quieren "decirlo todo", tomas que cargamos de una intencionalidad cualquiera, entonces lo que hay es narrativa y no acción dramática). Si resbalamos hacia la narrativa, estamos sugiriendo que se están diciendo cosas importantes y la gente tendrá que estar adivinando por qué son importantes para la historia. Y eso no es importante. Sólo importa que la historia avance y que el público se sorprenda con ella».

«El trabajo del director es el de armar la lista de tomas a partir del guión. (…) Todo lo que hay que hacer es mantenerse despierto, seguir el plan, ayudar a los actores a no ser intensos ni enigmáticos, sino simples, inafectados, y conservar el sentido del humor. (…) Más tarde, todo se reducirá a registrar lo que se decidió debía ser registrado. Es el plan el que hace la película».

«Una vez, en el río Volga, Stanislavsky cenaba con el capitán de un barco de vapor y le dijo: "¿Cómo es que entre todos los derroteros del río, mayores y menores, tantos y tan peligrosos, usted se las arregla para maniobrar el barco con seguridad?" Y el capitán contestó: "Me apego al canal, está señalado." Y lo mismo es verdad aquí. ¿Cómo es que, dadas las muchas, muchas maneras en que una película puede ser dirigida, uno puede siempre ser capaz, con cierta economía y tal vez cierta cuota de gracia, de contar la historia? La respuesta es: "Apégate al canal, está señalado." El canal es el superobjetivo del héroe, y las boyas señaladoras son los pequeños objetivos de cada escena y los aún más pequeños objetivos de cada golpe o compás dramático, y la más reducida de todas las unidades: la toma. Sólo se cuenta con las tomas. No hay más. Sólo se cuenta con la elección que se haga de las tomas. De eso estará hecha la película. Una vez en el cuarto de edición no será posible hacerla más interesante. Y tampoco se puede confiar en que los actores salvarán las fallas. No se puede confiar en ellos para "hacerla más interesante". Ni es su trabajo. Se espera que ellos sean tan simples como el director en su elección de las tomas».

Sobre el trabajo de los actores:

«Así como la toma no tiene que ser intencionada, tampoco la actuación tiene que serlo, ni debiera serlo. La actuación debe ser la ejecución de una simple acción física. Punto. Ve a la puerta, manipula la perilla, siéntate. No tiene que caminar por el pasillo en actitud respetuosa. Ésta es la mayor lección que puede ser enseñada respecto a la actuación: ejecutar los movimientos físicos que pide el guión de la manera más simple posible. No hace falta andar "ayudando a la obra"».

«Los actores hacen muchas preguntas. "¿Qué pasa por mi cabeza en este momento?" "¿Cuál es mi motivación?" "¿De dónde acabo de llegar?" La respuesta en todos estos casos es: no importa. Y no importa porque todas esas cosas no pueden ser actuadas. Reto a cualquiera a que actúe "de dónde acaba de llegar". Si no es posible actuarlo, ¿para qué pensar en ello? En vez de perder el tiempo, la mejor apuesta será pedir al actor que lleve a cabo sus simples acciones físicas del modo más simple posible.

«La totalidad de los actores de este país están mal preparados. Han sido entrenados para cargar con la responsabilidad de la escena, para abusar de sus emociones y utilizar sus personajes para ganarse a como dé lugar su siguiente papel. Desperdician cada pequeño y precioso momento en el escenario o la pantalla buscando tanto "entregar" la obra entera como exhibir sus talentos; actúan, en efecto, como si su eterna línea fuese: "Pueden sentarse, yo soy el rey de Francia".»

«Lo que el actor tiene que hacer es ejecutar una acción física simple durante un lapso de diez segundos. No se requiere que pretenda hacerse cargo de la "ejecución del filme" en su totalidad. Los actores hablan "del arco —de principio a fin— de la película" o "del arco de la actuación". Eso no existe en el escenario, no está ahí. La representación misma se encarga de todo lo que tiene que suceder. No hay un "arco de la actuación", un acto de controlar las emociones —ir soltando aquí, conteniendo acá—. Es como un pasajero que sacara su brazo por la ventana del avión y lo agitara para propulsar o dirigir a la nave; es innecesario».

David Mamet. Dirigir cine (On Directing Film, 1991). México: El Milagro. Instituto Mexicano de Cinematografía, 1997; 135 pp.; trad. e introducción de Otto Minera; ISBN: 968-6773-40-1.

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miércoles, 29 de julio de 2020

Zoolibro. Curiosidades animales, de la ilustradora Marije Tolman y con textos de Jesse Goosens (aunque la ficha del libro en amazon cambia de papel a escritora e ilustradora), es un vistoso álbum que podríamos llamar de conocimientos, con comentarios en líneas bromista o pintoresca. En las tres cuartas partes, en vertical, de cada doble página se ve la ilustración de un animal, hasta 27, y en la franja blanca se dice alguna pecularidad que tiene, con querencia hacia los datos que pueden provocar las risitas de los más pícaros.

La ilustradora combina técnicas pictóricas con dibujos de línea, que a veces siluetean la figura del animal (como el hipopótamo debajo del agua) o presentan alguna comparación de tamaño con otros seres (como el buceador al lado del pulgo gigante). Busca el impacto visual de las imágenes, elegantes y bien compuestas, sin atender mucho a las proporciones, ni en el interior de cada ilustración ni en la representación de los distintos animales —la mariposa morfo azul ocupa casi todo el espacio de la ilustración pero no así la oruga—. Otras veces lo que se busca es un cierto tono cómico, como en el del armadillo, del que se ofrecen varias escenas en las que actúa como animal de compañía. El libro no lleva título en la cubierta, no sé la razón.

Marije Tolman. Zoolibro. Curiosidades animales (Springende pinguins en lachende hyena`s, 2019). Texto de Jesse Goosens. Barcelona: Ekaré, 2019; 60 pp.; col.Narrativa Para Jóvenes; trad. de Cisca Corduwener; ISBN: 978-8494890093. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 28 de julio de 2020

He abierto voz en el diccionario a Ellen Duthie, Daniela Martagón y Carmen Queralt.

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sábado, 25 de julio de 2020

Aprecio mucho los textos de crítica literaria de Umberto Eco (1932-2016) y, en especial, aquellos en los que analiza la literatura popular. En la página, además de que figura como autor del texto de La bomba y el general (1966), álbum ilustrado por Eugenio Carmi, he puesto notas tomadas de distintos libros:

—De «Lo cómico y la regla», La estrategia de la ilusión (1973-1977-1983): Reglas para la conversación.

—De «I Beati Paoli y la ideología de la novela “popular”», El superhombre de masas (1978): textos mencionados en las notas Una novela histórica «popular» y en Novelas históricas exhortatorias.

—De Seis paseos por los bosques narrativos (1994): textos en la voz de Alessandro Manzoni a propósito de Los novios.
 
—De Sobre literatura (2002): Profundo respeto, Lectores de segundo nivel, Una de las funciones principales de la literatura, Derivas interpretativas.

—De Umberto Eco, en conversación con Jean-Claude Carrière. Nadie acabará con los libros (2009): Obras maestras desconocidas (1) y Obras maestras desconocidas (2).

—De la presentación a una edición de Krazy Kat: Terquedad lírica.

—De la presentación a El gran libro de Charlie Brown (1965): texto en la voz de Charles Schulz.

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viernes, 24 de julio de 2020

Quinta novela de los Episodios Nacionales.

En ella se detalla el cerco de los ejércitos napoleónicos a Madrid, y luego su entrada en la capital. «La población, antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido al del 2 de Mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación popular, y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres». Todo termina cuando, al fin, José Bonaparte es proclamado rey. Por otro lado, Gabriel está en medio de un maremágnum de personajes, intentando no perder contacto con Inés y siguiendo, sobre todo, las andanzas del insensato don Diego Rumblar, que no hace más que pedirle dinero para las deudas que adquiere: «D. Diego me hizo una pintura horrenda de la plenitud de sus apuros y vaciedad de sus bolsillos; dijo después que se iba a suicidar, y luego me llamó insigne varón, ilustre amigo y el más caballeroso y caritativo de los hombres, siendo de notar que todos estos rodeos, elipsis, metonimias e hipérboles terminaron con pedirme dos reales».

Galdós escribió esta novela en un mes, cosa que se nota en que se deja llevar por su ímpetu dialéctico y en que hace desfilar por su obra muchos personajes de las clases populares, podríamos decir que innecesarios para el desarrollo de sus hilos argumentales. Dedica espacio a las andanzas de un tal señor de Mañara, «persona de alta posición por aquellos días, (...) a punto de ser nombrado regidor de Madrid». Cuando el narrador cuenta un episodio en el que los españoles fueron engañados se pregunta si fue Mañara el autor de la traición y dice: «Histórica, no hija de nuestra invención, es la persona de Mañara; histórica es también su vida licenciosa, sus hábitos manolescos, sus aventuras y trato con la gente de los barrios bajos; histórica es también la Zaina, y tan históricos como la jura en Santa Gadea y el compromiso de Caspe, son sus amores con el regidor, su abandono, sus celos, su despecho, su ira, su sed de venganza (...). Para saber todo esto basta leer media página de la historia mejor y más conocida que sobre aquellos tiempos se ha escrito. Pero ni en este eminente libro, ni en otro alguno, ni en boca de ningún viejo oiréis razones para contestar categóricamente a la pregunta que antes hice» de si Mañara fue o no el responsable de la traición.

Se suceden las escaramuzas y combates callejeros, siempre con malos resultados para los patriotas. «En resumen: mucha, muchísima gente de última hora; pocas y malas armas; ningún concierto, falta de quien supiese mandar aunque fuese un hato de pavos; mucho mover de lenguas y de piernas; un continuo ir y venir, con la añadidura inseparable de gritos, amenazas y recelos mutuos, y la contera de los gallardetes, escarapelas, banderolas, signos, letreros y emblemas, que tanto emboban al pueblo de Madrid». En otro momento, el narrador se lamentará de que «el pueblo español, que con presteza se inflama, con igual presteza se apaga, y si en una hora es fuego asolador que sube al cielo, en otra es ceniza que el viento arrastra y desparrama por la tierra. Ya desde antes del sitio se preveía un mal resultado por la falta de precaución, la escasez de recursos y la excesiva confianza en las propias fuerzas, hija de recuerdos gloriosos a todas horas evocados, y que suelen ser altamente perjudiciales, porque todo lo que aumenta la petulancia, lo hace quitándoselo al verdadero valor».

También en estas situaciones proliferan los personajes de todo tipo, unos miserables, o simplemente aprovechados, como «el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos», y otros dignos sucesores de don Quijote, como el veterano Gran Capitán, cuyos parlamentos asombran y encienden a Gabriel: «Eche Vd. a los moros, descubra y conquiste Vd. toda la América, invente usted las más sabias leyes, extienda Vd. su imperio por todo lo descubierto de la tierra, levante Vd. los primeros templos y monasterios del mundo, someta Vd. pueblos, conquiste ciudades, reparta coronas, humille países, venza naciones, para luego caer a los pies de un miserable Emperadorcillo salido de la nada, tramposo y embustero. Madrid no es Madrid si se rinde. Y no me vengan acá con que es imposible defenderse. Si no es posible defenderse, deber de los madrileños es dejarse morir todos en estas fuertes tapias, y quemar la ciudad entera, como hicieron los numantinos. ¡Ay! todos mis compañeros se han portado cobardemente. España está deshonrada, Madrid está deshonrado. No hay aquí quien sepa morir, y todos prefieren la mísera vida al honor».

Es Inés, con todo, quien sostiene la esperanza de Gabriel con palabras que, aunque se refieren al amor que se tienen, también se aplican a la difícil situación social y política que les rodea: «Tengamos confianza en Dios y esperemos. Lo que parece más difícil, se hace de pronto fácil. Yo sé, sin que nadie me lo haya enseñado, que cuando las cosas deben pasar, pasan, y que la voluntad de los pequeños suele a veces triunfar de la de los grandes». El narrador lo acepta: «al decir estas palabras que indicaban junto con un firme amor, un profundo sentido, Inés me mostraba la superioridad de su alma, bastante fuerte para poner las leyes inmortales del corazón sobre todas las conveniencias, preocupaciones y artificiosas leyes de la sociedad».

[Vista de la novela en la Biblioteca Virtual Cervantes y en amazon.es]

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jueves, 23 de julio de 2020

En La muerte de Iván Ilich, León Tolstoi habla de un importante juez que, con cuarenta y cinco años, enferma de gravedad y, en el tiempo que tarda en morir, adquiere una progresiva lucidez para enjuiciar su vida anterior, compara su vida con la de su bondadoso cuidador, entiende que no había vivido como debía y, aunque trata de justificarse, al fin reconoce que «no había nada que defender».

El mismo esquema sigue, pero dando un paso más, La agonía de Julián Bacaicoa, de Cristián Sahli Lecaros: un prestigioso oncólogo, experto en la leucemia infantil, está muriéndose a los 93 años; mientras el enfermero de la residencia le atiende con gran bondad, a lo largo de unas pocas horas rememora su vida. Recuerda su brillante carrera profesional y su poco interés por su vida familiar, que le supuso la enemistad con su hijo, que su esposa le dejase y se marchase a Argentina, y que su trato con su hija Carmen sea escaso.

Todo está contado con sencillez, con precisión en las referencias médicas, y con fluidez a la hora de llevar la narración del pasado al presente y del presente al pasado. El enfermero intenta serenar los pensamientos angustiosos del paciente, haciéndole ver todas las cosas buenas que hizo en su vida, pero también se plantea la gran dificultad de «confortar a un enfermo que piensa que la muerte es el punto final». El enfermo reflexiona en el empeño de toda su vida por el prestigio profesional, un ídolo al que lo sacrificó todo.

La novela conmueve, sobre todo si a nuestro alrededor conocemos situaciones semejantes, tan difíciles de recomponer, en las que se ve cómo los mayores éxitos profesionales nunca compensan los fracasos personales y familiares. El relato hace pensar al lector en la necesidad de perdonar y de pedir perdón, que puede sentirse al final de la vida con tanta fuerza, y también en el dolor permanente que dejan las oportunidades de reconciliación perdidas, en este caso y en especial, entre padres e hijos.

Cristián Sahli Lecaros. La agonía de Julián Bacaicoa (2019). Madrid: Didaskalos, 2019; 222 pp.; ISBN: 978-8417185305. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 22 de julio de 2020

La máquina de exterminar pesadillas, de Emilio Carballido, es un divertido relato bien contado y bien armado, ya de hace unos años.

Polo es un chico que tiene pesadillas muy malas y sus padres, informados de que los indios raramuri fabrican unos aparatos que parece ser que acaban con ellas, le compran uno. El narrador describe esos artefactos como «unas ruedas de bejuco muy raras, forradas de piel y cruzadas por un tenue tejido de cuerdas en las que hay cuentitas de cristal, o semillas, o caracoles, o plumas. O varias muestras de todo esto: como telas de araña pero radiantes de alguna fuerza que no conocemos». Pero a Polo también le gustan las películas de momias y de vampiros y le gusta asustarse; y, además, Polo «era de esos niños curiosos que despanzurran al oso de peluche para ver si tiene tripas», así que no resiste la tentación de desmontar el aparato a ver cómo funciona. Y todo se complica.

Dirá luego el narrador que «la magia, generalmente, es natural, sólo que usa tiempos más rápidos. Y así justamente funciona la máquina que descompuso Polo. Llegan las pesadillas, las atrapa y las absorbe muy velozmente; las guarda unos momentos, en que circulan por las cuerditas entretejidas y los diversos elementos que ahí están (cuentas, plumas, semillas); limpia y purifica sus insubsistencias e impulsos, las vuelve sueños deliciosos. Eso es todo, así de sencillo, como la composta» (la basura que «se convierte en un gran abono, una tierra tan negra y tan rica que las plantas se chupan las raíces de gusto alimentándose con ella», un cambio que podríamos llamar mágico pero que es natural...).

Emilio Carballido. La máquina de exterminar pesadillas (2004). México: Editores Mexicanos Unidos, 2004; 94 pp.; col. Tesoros para niños; ISBN: 9789681517441. [Se puede descargar aquí]

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martes, 21 de julio de 2020

He abierto voz en el diccionario a Anuska Allepuz, Eileen Browne y Shinsuke Yoshitake.

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sábado, 18 de julio de 2020

Notas tomadas de libros y declaraciones de Andrei Tarkovsky (1932-1986), todas ellas recogidas en dos extensos libros que analizan su vida y su obra:

—En el volumen 1 de Rafael Llano, Andréi Tarkovski: vida y obra (2002): Respeto por la gente, Tener al público en cuenta, Confianza en el público, Relación emocional con el arte, Políticos eficaces, ¿Símbolos en la naturaleza?, A qué vamos al cine (algunos).

—En el volumen 2 de Rafael Llano, Andréi Tarkovski: vida y obra (2002): Moriremos atormentados..., Lo que tiene que hacer el cine, Progreso en el arte, ¿Rumbo equivocado?, Lucha por la sencillez, La libertad del artista.

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viernes, 17 de julio de 2020

Cuarta novela de los Episodios Nacionales.

La batalla de Bailén, en la que el general Castaños hizo frente y derrotó a tres divisiones francesas, avivó mucho el sentimiento patriótico nacional pues fue la primera derrota que sufrió el ejército napoleónico en Europa. La novela contará con detalle cómo fue la batalla y, antes, la extraña composición del ejército español: «Se formó de lo que existía; entraron a componer aquel gran amasijo la flor y la escoria de la Nación; nada quedó escondido, porque aquella fermentación lo sacó todo a la superficie, y el cráter de nuestra venganza esputaba lo mismo el puro fuego, que las pestilentes lavas. Removido el seno de la patria, echó fuera cuanto habían engendrado en él los gloriosos y los degenerados siglos; y no alcanzando a defenderse con un solo brazo, trabajó con el derecho y el izquierdo, blandiendo con aquel la espada histórica y con este la navaja».

Pero, antes de llegar a ese punto, veremos a Gabriel y otros compañeros viajando hacia el sur para terminar alistándose como soldados de caballería del «pequeño pero brillante ejército de San Roque»: Gabriel esperaba encontrar a Inés en Córdoba y quería entrar en esa ciudad como soldado y no como un andrajoso vagabundo. Entre sus compañeros, que desempeñarán papeles importantes en el futuro, estarán un hombre algo mayor, un afrancesado llamado Luis de Santorcaz, que más adelante sabremos que es masón, y un joven aragonés de unos veinte años, Andresillo Marijuán, que «iba a servir de mozo de mulas a un pueblo de Andalucía, en casa de la señora condesa de Rumblar, su ama y señora, pues en las fincas que esta poseía en tierra de Almunia de Doña Godina, había nacido aquel mancebo». Más adelante conocerá al joven y pánfilo hijo de la condesa, don Diego, y a sus jóvenes, bondadosas y románticas hermanas, una destinada al claustro y otra al matrimonio, que, nos dirá el narrador, «las pobrecillas veían desaparecer un mundo y nacer otro nuevo sin darse cuenta de ello».

Este hilo de la novela sirve sobre todo para poner las bases de lo que ocurrirá en las posteriores y desplegar las intrigas familiares que se van urdiendo en torno a Inés. Importa más, por un lado, la descripción de la opinión pública nacional, en la que toman parte sabihondos de salón que se presentan como expertos conocedores de todos los secretos y que nunca son capaces de reconocer su ignorancia: «cesen las impertinentes preguntas que en vano amenazan el inexpugnable alcázar de mi discreción»; y en la que interviene la prensa de la época, que «reproducía despachos y noticias que remitían de todas partes. Dictábalas el entusiasmo y las devoraba la credulidad, y como nadie las discutía, el efecto era inmenso». A la vez, el narrador explica y se recrea en cómo se dio en aquel momento una creciente marea de patriotismo que lo acabó inundando todo y se tradujo en donativos de toda clase para equipar al ejército: «Aprended, generaciones egoístas. Leed las listas de donativos hechos por los gremios, por los comerciantes, por los nobles y hasta por los mendigos».

Por otro lado, lo fundamental está en todos los pormenores de la gran batalla. En primer lugar, por ejemplo, esta es la descripción que hace Gabriel cuando ve por primera vez al general Castaños pasando revista a las tropas: «Parecía tener cincuenta años, y por cierto que me causó sorpresa su rostro, pues yo me lo figuraba con semblante fiero y ceñudo, según a mi entender debía tenerlo todo general en jefe puesto al frente de tan valientes tropas. Muy al contrario, la cara del general Castaños no causaba espanto a nadie, aunque sí respeto, pues los chascarrillos y las ingeniosas ocurrencias que le eran propias las guardaba para las intimidades de su tienda. Montaba airosamente a caballo, y en sus modales y apostura había aquella gracia cortés y urbana, que tan común ha sido en nuestros Césares y Pompeyos».

Luego, he aquí un ejemplo de una intensa descripción de unos combates que presencia Gabriel: «El regimiento de Órdenes, uno de los más valientes del ejército, se arrojó sobre el enemigo con una impavidez que a todos nos dejó conmovidos de entusiasmo. Su coronel D. Francisco de Paula Soler, parecía dar fuego a todos los fusiles con la arrebatadora llama de sus ojos, con el gesto de su mano derecha empuñando la espada que parecía un rayo, con sus gritos que sobresalían entre el granizado tiroteo, sublimando a los soldados. La metralla y la fusilería enemiga se recrudecieron de tal modo, que casi toda la primera fila del valiente regimiento de Órdenes cayó, cual si una gigantesca hoz la segara»… Pero entonces los soldados imperiales «avanzaron a la bayoneta, pujantes, aterradores, irresistibles. ¡Momento de incomparable horror! Figurábaseme ver a dos monstruos que se baten mordiéndose con rabia, igualmente fuertes y que hallan en sus heridas, en vez de cansancio y muerte, nueva cólera para seguir luchando».

Y otro ejemplo, pero esta vez de un combate que protagoniza el mismo Gabriel: «mi caballo flaqueó de sus cuartos traseros. Intenté hacerle avanzar, clavándole impíamente las espuelas: el noble animal, comprendiendo sin duda la inmensidad de su deber y tratando de sobreponerle a la agudeza de su dolor, dio algunos botes; pero cayó al fin escarbando la tierra con furia. El desgraciado había recibido una violenta herida en el vientre, y falto de palabra para expresar su padecimiento, bramaba, aspirando con ansia el aire inflamado, sacudía el cuello, parecía dar a entender que hallando un charco de agua en que remojar la lengua sus dolores serían menos vivos, y al fin se abandonó a su suerte, tendiéndose sobre el campo, indiferente al ruido del cañón y al toque de degüello».

Al final, el narrador quiere conducir al lector a comprender que «España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, iba a probar, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las Naciones son invencibles». Y, también, a que reflexione acerca de los misteriosos designios de la Providencia: «Así los granos de arena pesan a veces como montañas en el destino de un ser humano, y lo que es gota de agua en el cauce de la generalidad, es río impetuoso en el de uno solo, o viceversa, según lo que nosotros llamamos antojos de allá arriba, y no es sino concierto sublime, que no podemos comprender, como no puede una hormiga tragarse el sol».

[Vista del libro en la Biblioteca Virtual Cervantes y en amazon.es]

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jueves, 16 de julio de 2020

El Lobo de Plata, de Benjamín Franzani, es el primer libro de una saga de fantasía épica de ambiente medieval titulada Crónicas de una espada, cuyas dimensiones no conozco. Es una novela que tiene catorce capítulos que, primero, presentan personajes y escenarios; luego, cuentan una larga e intensa batalla de asedio y resistencia de la ciudad de Siar; y, en tercer lugar, una expedición de los dos jóvenes héroes, enviados por los gobernantes de la ciudad cuando ven que hay pocas esperanzas, para que avisen a la ciudad de Gáradras de que, a continuación, el Azote Negro se dirigirá contra ella.

Los protagonistas son los jóvenes escuderos Damián, hijo adoptivo de un valeroso capitán, y Julián, hijo de Lord Edwin, gobernador de Siar. Esta primera novela termina cuando ambos se separan, debido a una fuerte ventisca: Damián acaba internándose por unos túneles y cavernas donde acaba encontrando una espada misteriosa y a un dragón parlante; Julián consigue pasar al otro lado de la cordillera de las Montañas Dentadas mientras espera a su amigo y se pregunta si, a pesar de que su destino parecía ser gobernar, y seguir los pasos de su padre, su misión no será otra.

La novela comienza con una Profecía misteriosa, los héroes tienen sueños premonitorios, y una misteriosa leyenda sobre las Grandes Espadas fabricadas en el pasado sostiene la moral de los protagonistas. La narración va dando cuenta de la historia del imperio de Dáladon y de su enemistad antigua con los fenóritos, los seguidores de un antiguo druida rebelde llamado Fenórito. Son claros los parecidos con otras novelas de fantasía épica pero a los lectores no les importará: el relato está escrito con cuidado, la narración es conducida con orden, los capítulos sucesivos están bien secuenciados, los héroes son atractivos, las acciones bélicas son intensas y el tono épico es algo solemne pero no recargado.

Benjamín Franzani. Crónicas de una espada: Canto I: El Lobo de Plata (2019). Barcelona: Universo de Letras, 2019; 188 pp.; ISBN: 978-8418034350. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 15 de julio de 2020

El círculo de la suerte, de Andrea Ferrari, es una novela simpática de intriga y enredo cuyo argumento empieza con la pérdida de una pulsera y continúa luego con una laboriosa búsqueda en la que interviene mucha gente.

Comienza con Nicolás Costa, un chico listo y bajito, a quien le gusta pero le pone nervioso la guapa y alta Isabel, una compañera que dice cosas que a él le resultan completamente irracionales y no sabe cómo contestar. Cuando Isabel pierde una pulsera de su abuela, que según parece tiene algo de amuleto de la buena suerte, Nicolás se ve obligado a buscarla. Entran en acción un inmigrante ruso, la directora de un colegio y su amable vecino, una empleada del mismo colegio, el tímido Maximiliano y su compañera Gaby, otra chica mayor un tanto delincuente…

En fin, muchos hilos bien anudados unos en otros, con diálogos vivos y personajes bien caracterizados. La narración, aparte de hablar de lo elusivo que resulta el concepto de «buena suerte», plantea con habilidad cómo nos confundimos muchas veces acerca de lo que de verdad piensan quienes tenemos alrededor.

Andrea Ferrari. El círculo de la suerte (2015). Buenos Aires: Loqueleo, 2015; 144 pp.; col. Serie azul; ilust. de Martina Arce; ISBN: 9789504635079.

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KitamuraIgor2.jpg
martes, 14 de julio de 2020

He puesto datos de ediciones más recientes de Igor, el pájaro que no sabía cantar, Fernando furioso y Sencillamente tú. También he añadido datos al magnífico álbum Diapasón.

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