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domingo, 20 de diciembre de 2009

El síntoma más claro de decadencia


Joachim Jeremias:
 «En ningún sitio se descubre tan claramente como en la oración el estado de descomposición y de malestar interior en que se encontraba el mundo helenista —sobre todo el próximo Oriente— en la época del Nuevo Testamento. La oración del mundo griego, incluso antes del periodo helenista, no conoce todo ese carácter de seriedad, de temor lleno de respeto que se comprueba en la oración bíblica. Nos lo demuestra un ejemplo: en la época de la comedia antigua las parodias de la oración constituyen uno de los tópicos del género: las encontramos particularmente en Aristófanes (446-385 a.C.): bufonescas, inmorales, ridículas y hasta obscenas, estas oraciones se insertan en la trama de la acción para suscitar las carcajadas del público. (...)

Más tarde, en la época helenista, fue la filosofía la que se encargó de enterrar la oración. La escuela estoica contribuyó notablemente a desarraigar la fe en Dios. Séneca pone a los dioses y a la naturaleza en el mismo plano. ¿Tiene acaso algún sentido rezar a la naturaleza? “¿Qué sentido tiene elevar las manos al cielo?... Dios está en ti” [Ad Lucilium]. Lo mismo que los estoicos, también los epicúreos afirman la inutilidad de la oración, el escepticismo invade entonces la situación. Los hombres piden cosas contradictorias, ¿cómo puede Dios escucharlos a todos? Bajo un aspecto distinto, las religiones de los misterios y la mística socavan también la oración: el ser humano es divinizado. “Tú eres yo y yo soy tú” [Papiro de Leyde]: el místico habla como un dios con Dios. Es la muerte de la oración.

La crisis de la oración en los ambientes cultos tuvo naturalmente repercusiones entre el pueblo sencillo. No es que cesaran las plegarias, pero los hombres estaban perplejos ante ellas. El desarrollo de los cultos extranjeros quebrantó la certeza que tenían en sus propios dioses. En un caso particular no sabían ya a qué divinidad dirigirse, de ahí los altares dedicados “a los dioses desconocidos” [Hechos, 17,23]. E incluso cuando saben ante quien tienen que acudir, no tienen la certeza de que les vayan a escuchar; en efecto, ¿se conoce el nombre exacto por el que la divinidad quiere que la invoquen? Los millares de papiros mágicos, cubiertos profusamente de nombres y de epítetos oscuros, constituyen otros tantos testimonios desconcertantes de una oración que ha perdido toda certidumbre. Nos enseñan además otra cosa: donde la oración está en crisis, gana terreno la superstición. La oración se convierte entonces en magia. Se quiere someter a la divinidad por medio de nombres misteriosos, se cansa a los dioses, se les amenaza.

No hay ningún otro síntoma que revele mejor la decadencia del próximo Oriente a comienzos de la era cristiana como la crisis aguda de la oración.

Es muy distinto lo que ocurre en el judaísmo, sobre todo en Palestina. Aquí la oración tiene un lugar indiscutible en la piedad del pueblo; aquí reinan en este terreno normas bien establecidas, aquí se forma a los hombres en la oración desde sus primeros años».

Joachim Jeremias. Abba. El mensaje central del Nuevo Testamento (Iesu und seine Botschaft, The Central Message of the NT, 1965, 1966). Sígueme, 2005, 6ª impr.; 356 pp.; col. Biblioteca de estudios bíblicos; trad. de Alfonso Ortiz García y Fernando Vevia, Constantino Ruiz-Garrido, José María Bernáldez, Jesús Rey, Faustino Martínez; ISBN 10: 84-301-0858-0.

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