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jueves, 18 de septiembre de 2008

Un novelista cuando no había novelas


Del mismo modo que, años atrás, Chesterton había buscado reivindicar las figuras de Browning, Dickens, Stevenson o Cobbett, años más tarde se propuso mostrar tanto los méritos literarios como la personalidad de Chaucer. Y, como había dicho ya en la biografía de Browning pero aquí desarrolla más, Chesterton comenta que su aproximación al personaje se parece a la de los detectives porque, como ellos, también él busca cazar a su héroe, debe deducir sus conclusiones de unos documentos fragmentarios, debe no perderse con lo anecdótico para buscar y reconocer lo significativo.

En lo que se refiere a la obra de Chaucer, señala Chesterton que la otra cara de que Shakespeare sea el gigante literario inglés es que su presencia bloquea toda la perspectiva de la historia inglesa. Pero, continúa, «quien ha leído a Shakespeare y no a Chaucer, no sabe de Inglaterra más que sabe de Italia quien ha leído a Tasso y no a Dante, y más que sabe de Francia quien ha leído a Ronsard y no a Villon; porque mayor cinismo en la literatura francesa se deriva de Villon que de Ronsard, y mayor es la nueva visión italiana que se puede encontrar en el imperialismo de Dante que en la caballería ornamental de Tasso. Esto no obsta para que yo haya oído decir a muchos que la cultura inglesa nació con Shakespeare. En ese caso, bien pudiera ser que la cultura de quienes así hablan se interrumpiera con Shakespeare».

Y si en ese párrafo brilla el talento particular de Chesterton para enmarcar bien a su autor, lo mismo se puede decir de la cita en la que dice que Chaucer fue más sano y jovial que la mayoría de los escritores posteriores: «fue menos delirante que Shakespeare, menos áspero que Milton, menos fanático que Bunyan, menos amargado que Swift». Hace notar que su obra no sólo marca el momento en que el lenguaje inglés comenzó a formarse sino que también «hizo la novela. Fue novelista cuando no había novelas. Entiéndase por novela la narración que no es esencialmente una anécdota o una alegoría, sino que funda su valor en la casi total variedad accidental de los caracteres humanos».

En cuanto a la personalidad de Chaucer, Chesterton sitúa cuatro puntos cardinales para comprenderlo: era inglés, cuando la identidad nacional inglesa estaba en sus comienzos; era católico, cuando la unidad católica de Europa estaba cerca del fin; pertenecía al mundo de la caballería y de la heráldica, cuando entraba en su otoño; era burgués pues nació entre burgueses y vivió entre ellos, cuando ya eran más fuertes que un sistema feudal que se desvanecía. Un punto particular que Chesterton precisa bien es el del supuesto anticlericalismo de Chaucer: afirma que si satirizaba al fraile era porque deseaba protestar contra el relajamiento de la disciplina, que su idea era que «el sacerdote no solamente es malo cuando debe ser bueno, sino que, aun siendo bueno, es malo porque debe ser mejor».

Toda la obra está impregnada del amor por la Edad Media que sentía Chesterton pero siempre con realismo, y en contraposición con el Renacimiento posterior y con el momento presente: Chesterton explica bien que los siglos medievales sin duda encerraron fanatismo, ferocidad, desenfrenado ascetismo y todo lo demás..., pero que algunos afirman «que sólo encerraron fanatismo, ferocidad y todo lo demás». Aclara cómo, «al mundo medieval, con todos sus crímenes y crudezas, le interesaban las ideas como tales ideas. Pero a los modernos, especialmente a los modernistas, les interesa el hecho de que las ideas modernas sean modernas». Subraya la prudencia y el equilibrio del pensamiento de la época —«era esencia de la filosofía medieval que en todas las direcciones hay peligros, lo mismo que en todas las direcciones hay ventajas»—, y de su biografiado: un hombre sensato —que «no sólo estaba seguro de su sentido común, sino de que el sentido era realmente común»—, y muy religioso, con una devoción a la Virgen «mayor quizá que la de Dante».

G. K. Chesterton. Chaucer (1932). En Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; de la p. 509 a la 693 de 1261 pp.; trad. de M. J. Barroso-Bonzon. Nueva edición en Madrid: ELR Ediciones, 2007; 209 pp.; edición de María Gil Ortega; ISBN: 84-87607-24-1. Otra edición en Sevilla: Espuela de Plata, 2010; 218 pp.; col. Clásicos y modernos; trad. de Victoria León; ISBN 13: 978-84-96956-71-1.

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