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Notas del archivo 'Literatura' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 5 de noviembre de 2016

En Sobre la escritura se reúnen citas de Francis Scott Fitzgerald tomadas en su mayoría de su correspondencia pero, también, de sus novelas. Pongo algunas frases que he anotado sobre literatura en general y sobre cuestiones de técnica narrativa.

—«Las dos historias básicas de la literatura son Cenicienta y Jack, el cazagigantes: el encanto de las mujeres y la valentía de los hombres».

—Una de las maravillas de la literatura: «uno descubre que sus anhelos son universales, que no está solo, aislado del mundo».

—«Para los verdaderos artistas, el precursor de un estilo es infinitamente superior a quien se ocupa de refinarlo».

—«Contar las cosas extraordinarias como si fueran normales te introducirá en el arte de la ficción».

—«Da lo mismo que escriba sobre algo que pasó ayer o hace veinte años: tengo que partir de una emoción que sienta vivamente y que comprenda».

—«Las cosas sobre las que uno escribe son, por mucha atención que ponga en ellas, tan huidizas como el momento en que sucedieron, a menos que se vean purificadas por un estilo incorruptible y una emoción intensa».

—«En literatura, el cansancio, el tedio, el agotamiento, etc., no se deben transmitir mediante los signos que revisten la vida, puesto que el aburrimiento es esencialmente aburrido, y la fatiga, esencialmente fatigosa».

—«En una obra cómica, los personajes más interesantes han de ser los primeros en aparecer. Y es que, una vez que un personaje queda retratado como gracioso, todas sus acciones se vuelven cómicas. Por lo menos así sucede en la vida».

—«Más vale ceñirse a un puñado de expresiones sencillas y comunes, las que han servido a millones de antepasados nuestros y siguen sirviendo a todo el mundo menos a una ínfima minoría. […] Así que olvídate de todo cuanto te haya atraído hasta ahora de nuestro complejo código de gruñidos y vuelve a los más elementales, los que han superado la prueba del tiempo».

Francis Scott Fitgerald. Sobre la escritura (F. Scott Fitzgerald on Writing, 1985). Alba, 2014; edición para Kindle; trad. de Pablo Sauras; prólogo de Charles Scribner III; introd. y ed. de Larry W. Phillips; ASIN: B00OROEEYI. [
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JohnsonEnsayos.JPG
viernes, 11 de diciembre de 2015

En el pasado he dedicado algunas notas a Samuel Johnson: Milagros del amor, Ojalá los generosos fueran ricos, Juicios ajustados, Opiniones incontestables, Sensibilidad exacerbada, Consejo para escritores primerizos, Para escritores que aspiran a la fama, Motivos para leer, Burbujas de fama postiza, Qué cosas merecen ser deseadas, Viajar para no llegar.

Y como en los últimos meses he disfrutado leyendo con calma la magnífica edición de sus Ensayos literarios —que contiene tres partes: «William Shakespeare», «Vidas de los poetas ingleses», y una selección de «Ensayos en periódicos»—, pondré varias notas con citas que he apuntado. Unas serán cortitas e incisivas —como la de que «El verso blanco, dijo un crítico ingenioso, sólo le parece verso al ojo»—; otras serán igualmente precisas pero más extensas. Como, por ejemplo, este comentario acerca del trabajo de un escritor:

«El tedio es la peor de las faltas; la negligencia o los errores son siempre puntuales, pero el tedio lo invade todo; los otros errores los censuramos y los olvidamos, pero el poder del tedio se propaga. Aquel que se agota a la primera hora todavía está más agotado a la segunda, como un cuerpo obligado a moverse, contrario a su voluntad, que avanza más y más despacio. Por desgracia, este pernicioso error es el más difícil de descubrir para los autores. Rara vez nos cansamos de nosotros mismos; y el acto de composición llena y agrada a la mente con los cambios de lenguaje y con la sucesión de imágenes. Cada pareado, al enlazarse, es nuevo, y la novedad es el gran recurso del placer. Tal vez ningún hombre jamás consideró un verso superfluo al escribirlo, o contrajo su obra hasta que las ebulliciones de la invención amainaron. E incluso si debiera controlar el inmediato deseo de renombre y mantener su trabajo nueve años inédito, seguirá siendo el autor, y seguiría en peligro de engañarse a sí mismo; y su consulta a sus amigos probablemente descubra que los hombres disponen de más amabilidad que juicio, o de más miedo a ofender que deseo de instruir».

Samuel Johnson. Ensayos literarios. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2015; 580 pp.; trad. de Gonzalo Torné de la Guardia, Antonio José Rodríguez Soria, Ernesto Castro Córdoba; edición y prólogo de Gonzalo Torné; ISBN: 978-84-15863-87-8. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 15 de noviembre de 2014

Tres apuntes sobre el realismo que hace Julio Cortázar:

«El cuento realista que se va a fijar en nuestra memoria es aquel en el que el fragmento de realidad que nos ha sido mostrado va de alguna manera mucho más allá de la anécdota y de la historia misma que cuenta. Ir más allá puede significar muchas cosas: puede significar un descenso en profundidad hacia la psicología de los personajes. Se puede mostrar realísticamente la conducta y la vida de una pareja o de una familia; pero el cuento llegará a volverse inolvidable cuando, además de eso que nos ha sido contado, lo que ocurre en el cuento nos permita entrar en el espíritu, en la psicología, en la personalidad profunda de los integrantes del cuento y que no necesariamente se explica en el cuento mismo».

«El cuento realista es siempre más que su tema: el tema es absolutamente fundamental pero si un cuento realista se queda en el tema es uno de los muchísimos cuentos que leemos con frecuencia en que los principiantes, por el hecho de haber encontrado un episodio que los conmovió ya sea en un sentido histórico, amoroso, psicológico o incluso humorístico, pensaron que bastaba escribirlo para que eso fuera un buen cuento realista. En ese caso no lo es nunca porque el tema se reduce exclusivamente a la anécdota y muere en el momento en que la anécdota, el relato mismo, termina; con la última palabra el cuento empieza inevitablemente a caer en el olvido».

La literatura realista no es la de los naturalistas franceses, ni «ese realismo que consiste simplemente en poner un espejo tipográfico delante de cosas que podemos ver igual o mejor en la calle todos los días, sino esa alquimia profunda que mostrando la realidad tal cual es, sin traicionarla, sin deformarla, permita ver por debajo las causas, los motores profundos, las razones que llevan a los hombres a ser como son o como no son en algunos casos».

Julio Cortázar. Clases de literatura. Berkeley, 1980 (2013). Madrid: Alfaguara, 2013; 312 pp.; edición de Carles Álvarez Garriga; ISBN: 978-84-204-1516-1. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 18 de enero de 2014

Además de HawthorneBorges señala que también Melville es un predecesor de Kafka en un comentario que hace sobre Bartleby. Dice que este es un relato que pertenece al «género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Franz Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento» y que su «argumento esencial anticipa las obsesiones y el mecanismo de El castillo, de El Proceso y de América; se trata de una infinita persecución, por un mar infinito». Sin referencias directas a Kafka, también un comentario que hace a otro cuento de Melville, Billy Budd, va en la misma dirección: «ese admirable relato de Melville trata del conflicto entre la justicia y la ley. La ley es una tentativa, bueno, de codificar la justicia, pero muchas veces falla, como es natural».

Jorge Luis Borges. «Bartleby, de Melville» (prólogo en 1944), Ficcionario. Una antología de sus textos (1985). Edición, introducción, prólogos y notas por Emir Rodríguez Monegal. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997, 2ª reimpr.; 483 pp.; col. Tierra Firme; ISBN: 968-16-2028-3.
Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari. Reencuentro. Diálogos inéditos (1998). Veintiocho de las noventa conversaciones radiofónicas que tuvieron los autores entre 1984 y 1985. Buenos Aires: Sudamericana, 1999; 235 pp.; col. Señales; ISBN: 950-07-1994-0.

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sábado, 11 de enero de 2014

Si lo pensamos bien, es muy notable la sofisticación de algunos escritores norteamericanos del siglo XIX como Irving, Hawthorne, Poe, Melville... Un relato cortito que lo ejemplifica es Wakefield, de Nathaniel Hawthorne. Comienza cuando el narrador habla de que una vez leyó que, en Londres, un hombre se fue de casa como para un viaje de dos o tres días pero se alojó en la calle de al lado y allí vivió durante veinte años observando la vida de su esposa y sus vecinos, hasta que un día, volvió como si nada hubiera pasado. A partir de esa noticia el narrador se pregunta cómo ha podido ser su vida en ese tiempo y la recrea.

A propósito de este relato, tan bien construido y contado, que hace pensar en la dificultad de conocer las causas profundas y el verdadero entramado de las decisiones humanas, hacía Borges un comentario justamente famoso: «La circunstancia, la extraña circunstancia, de percibir en el cuento de Hawthorne, redactado a principios del siglo XIX, el sabor mismo de los cuentos de Kafka que trabajó a principios del siglo XX, no debe hacernos olvidar que el sabor de Kafka ha sido creado, ha sido determinado, por Kafka. Wakefield prefigura a Kafka, pero éste modifica, y afina, la lectura de Wakefield. La deuda es mutua; un gran escritor crea a sus precursores. Los crea y de algún modo los justifica. Así ¿qué sería de Marlowe sin Shakespeare?».

Merecen un último comentario, a propósito de la edición que cito, las atmosféricas ilustraciones en blanco y negro de Ana Juan. Responden a una lectura que cabría llamar surrealista de la historia, y contribuyen a darle al relato un tono alucinado que, sin duda, tiene. Sin embargo, al menos en este caso, yo siempre preferiría una edición sin ilustraciones que dirijan la lectura en una determinada dirección y apostaría por la normalidad: creo que ahí está la fuerza particular de un relato como este.

Nathaniel Hawthorne. Wakefield (1835). Madrid: Nórdica Libros, 2011; 76 pp.; edición bilingüe; trad. de María José Chuliá García; ilust. de Ana Juan: ISBN: 978-84-92683-41-3.
Jorge Luis Borges. Otras inquisiciones (1952). Barcelona: Destino-Emecé, 2007; 301 pp.; col. Áncora y Delfín; ISBN: 978-84-233-3964-8.


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viernes, 14 de septiembre de 2012

A mis amigos interesados en aclararse de qué hablamos cuando hablamos de la posmodernidad, y de los problemas asociados con la identidad propios de un mundo posmoderno (eso siempre implica primer mundo, clase alta o bastante acomodada, carnaval cultural, etc.), les estoy recomendando estas últimas semanas Aire de Dylan, de Enrique Vila-Matas.

El narrador, un escritor barcelonés, habla de Vilnius, un personaje híbrido entre Hamlet y Oblomov interesado en el fracaso, que se plantea escribir sobre su padre, un escritor posmoderno, reconstruyendo la autobiografía que se supone que destruyó. Al final, al menos a mí, me queda la sensación de que tal vez el libro sea una especie de autobiografía inventada, de modo transversal y típicamente posmoderno, del mismo autor. O no.

No voy a dar más explicaciones ni a poner textos, que pueden ser interesantes, que lo son, y estar muy bien escritos, que lo están, pero que tienen mucho de pedaleo narcisista. Los problemas que se derivan de la frivolidad y la estupidez de los privilegiados pueden ser reales, y subjetivamente trágicos, pero, a fin de cuentas, en buena medida están causados por ellos mismos, y hay otros mucho más importantes y gente mucho más merecedora de atención.

Pero rescato una nota que, me parece, refleja bien un tipo de literatura que perdura siempre: «Los escritores que sobreviven (…) [son los que] aún muestran fuerzas para prestar atención a quienes, como ellos, traten de poner en orden a la enmarañada conciencia. Ese trabajo secreto con la conciencia no se ve jamás en la televisión, no es mediático, habita en las viejas casas de la vieja literatura de siempre».

Enrique Vila-Matas. Aire de Dylan (2012). Barcelona: Seix-Barral, 2012; 328 pp.; col. Biblioteca Breve; ISBN: 978-84-322-0964-2.

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sábado, 8 de septiembre de 2012

James Wood: «La gente, como decía Edith Wharton, es como las casas de las demás personas: sólo sabemos de ellas lo que linda con las nuestras. Digamos que el hombre de pantalones descuidados entra en una habitación en la cual se encuentran de pie un hombre y una mujer. Habla primero a la mujer e ignora al hombre. Ah, nos decimos, es ese tipo de hombres. Pero luego el novelista nos revela que la mujer a la que habla es llamativamente poco atractiva. Y de repente habla la extraordinaria capacidad de la novela: a diferencia de una película, digamos, la novela nos puede decir qué está pensando un personaje. Y en ese momento el novelista decide añadir, en estilo indirecto libre, nada menos: “Mamá, muy tradicional a su manera, le había enseñado siempre que un caballero debe hablar primero a la mujer menos atractiva que hay en la habitación, para que se sienta a gusto. Simple caballerosidad”».

James Wood. Los mecanismos de la ficción. Cómo se construye una novela (How Fiction Works, 2008). Madrid: Gredos, 2009; 198 pp.; trad. de Ana Herrera; ISBN: 978-84-249-3610-5.

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domingo, 10 de junio de 2012

A Jiménez Lozano le parece «muy claro que el lenguaje de diseño de hoy está absolutamente reducido a instrumento y comunicación, y para él las imágenes y los símbolos no existen, y hay que repetir que no son comprendidos, si se los oye o se los lee. El lenguaje se torna cada día más abstracto y, por lo tanto, más fácil de manipular y de hacerle decir incluso lo contrario de lo que dice. Y, para comprobarlo, sólo es preciso pensar en el lenguaje políticamente correcto, del que ya decía Tucídides que se utilizaba para nombrar los crímenes de otro modo. Un lenguaje simbólico y lleno de imágenes no permite estos jueguecitos verbales o encubrimientos de realidades a veces terribles».

Ese lenguaje simbólico y con imágenes es el propio de un buen relato, que «debe ser una historia que acontezca cada vez que se lea, no un documento. Lo escrito como libro (acontecimiento) siempre es susceptible de ser presentizado y reinterpretado y, por tanto, tornado contemporáneo, y el mismo libro rejuvenece al lector porque le dice siempre algo nuevo. Y el relato de una injusticia, por ejemplo, tiene la virtud de situar a la víctima, al menos en el acto de la escritura, y luego en el acto de la lectura, en el centro del mundo, haciendo comulgar a los que lean con su sufrimiento o con su esperanza o su alegría, en su caso. Una narración verdadera no pasa; una noticia, una información, una comunicación, un documento de cualquier tipo sí pasan, quedan en un archivo. A un documento le afecta la gloria del mundo, que pasa; la narración no tiene gloria de mundo».

Guadalupe Arbona. Las llagas y los colores del mundo. Conversaciones literarias con José Jiménez Lozano (2012). Madrid: Encuentro, 2011; 163 pp.; ISBN: 978-84-9920-109-2.

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domingo, 3 de junio de 2012

Una observación de Jiménez Lozano acerca de lo que podemos esperar de la literatura:

«La literatura como crítica sociológica o política, como “arma cargada de futuro” que decían los camaradas de la poesía, no va más allá de comportarse con un componente de lucha en ese sentido social y político, y pienso que para eso hay otros medios que son los adecuados.

Los griegos ofrecían las tragedias como “catarsis” a su público, pero este ya no es el caso. A nuestro mundo no le importa nada de nada y, con frecuencia, todo eso de las denuncias son un bla-bla-bla de politiquería y negocio. Adorno decía que todo lo que en política no es teología es negocio, y algo así puede decirse de la literatura.

Lo que cabe esperar es que si se cuenta lo injusto de algún modo se esté haciendo justicia y se contagie el deseo de la misma, y si, a la vez, se ofrece hermosura, como debe ser, se ofrece un tejadillo como poco contra el odio, un rinconcillo de alegría, un trozo de vida».

Guadalupe Arbona. Las llagas y los colores del mundo. Conversaciones literarias con José Jiménez Lozano (2012). Madrid: Encuentro, 2011; 163 pp.; ISBN: 978-84-9920-109-2.

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domingo, 11 de diciembre de 2011

Dos aproximaciones filosóficas valiosas a la obra de BorgesEl centro del laberinto y La eternidad de lo efímero, de Juan Arana.

Una idea del primer libro: «la literatura de Borges es incomparablemente variada y multiforme, pero no está tan carente de unidad como a primera vista parece: “Unos pocos argumentos me han hostigado a lo largo del tiempo; soy decididamente monótono”. Si alguna palabra hay que elegir para caracterizarla entre las que forman sus leitmotivs más notorios (laberinto, espejo, biblioteca, infamia, rosa, tigre, espada, etc.), yo escojo “eternidad”. La ha puesto en el título de uno de sus libros, pero en el fondo es el tema y el objetivo de todos ellos. Lo prueba la insistencia con que escudriña todas las doctrinas que la prometen; la tenacidad y optimismo con que combate a su enemigo, el tiempo; el denuedo con que modela, con el barro de sus versos y la colaboración de los protagonistas de sus cuentos, una idea de ella que quiere ser de todos, universal, hospitalaria, serena».

Una idea del segundo: apunta la concepción metafísica de la literatura que tenía Borges, su deseo de llegar a la verdad de las cosas a través de la verdad del arte, y afirma que la actividad literaria, que para «muchas personas puede representar un mero pasatiempo, un entretenimiento (…) o una forma de evadirse de las urgencias y angustias de la vida», para «otro colectivo, del que Borges forma parte, es mucho más que eso: una fuente de alegría, un camino por el que tal vez se encuentre la felicidad y el sentido de la existencia».

Juan Arana. El centro del laberinto: los motivos filosóficos en la obra de Borges (1994). Pamplona: Eunsa, 1994; 183 pp.; serie: Biblioteca NT, Lengua y literatura; ISBN: 84-313-1275-0.
Juan Arana. La eternidad de lo efímero: ensayos sobre Jorge Luis Borges (2000). Madrid: Biblioteca Nueva, 2000; 155 pp.; prólogo de Arturo Echavarría; ISBN: 84-7030-858-0.

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viernes, 16 de abril de 2010

Algunos aforismos tomados de Cuadernos de Escritura, una recopilación de textos de Carlos Pujol acerca del oficio de escribir y de criticar libros:

—«Las novelas malas son una mina de enseñanzas profesionales. El único inconveniente es tener que leerlas».

—«Sumisión al adjetivo esperado, al cliché que tranquiliza, al terminacho de moda, guiño al lector de periódicos. Así muere el estilo, generalmente antes de nacer».

—«Como sucedáneo de la religión, la literatura da poco de sí, ya puestos en este trance es mejor el ateísmo que la idolatría».

—«Un escritor no existe porque haya gente que hable bien de él, sino porque sabe hablar muy bien de lo que es la gente».

—«La poesía es la expresión esencial de las cosas. El que se lo toma como una forma adornada de escribir va listo».

Y dos citas tomadas de dos artículos:

—«Si es malo y erróneo hacer de la literatura una copia de la vida —con lo cual se obtiene una imagen plana y empobrecida—, aún es peor invertir los términos; vivir literariamente es un desastre y un engaño, confundir la luz del sol con las sombras significativas que sólo existen en el territorio de los sueños, aunque sean en el fondo una verdad tan necesaria como el uso de la imaginación». («Lenguaje y verdad»)

—«Criticar al crítico es una magnífica labor de aseo literario, no mejora la literatura pero se limpia el espejo en el que aparece su imagen pública, que mucha gente —esperemos que con talante desconfiado— confunde con la realidad». («Criticar al crítico»)

Carlos Pujol. Cuadernos de Escritura (2009). Valencia: Pre-Textos, 2009; 150 pp.; ISBN: 978-84-8191-982-0.

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viernes, 19 de febrero de 2010

A partir del análisis de distintas novelas —varias de Dostoievski, Don Quijote, Rojo y Negro...René Girard habla, en Mentira romántica y verdad novelesca, de la unidad de los finales de las obras grandes. Explica cómo, en cada ocasión, el héroe renuncia a la quimera que le insuflaba su orgullo y acaba triunfando en la derrota. Señala que «todos los finales novelísticos hacen pensar en el cuento oriental cuyo héroe se aferra con los dedos al borde de un acantilado; agotado, acaba por dejarse caer al abismo. Espera aplastarse contra el suelo pero el aire lo sostiene; la gravedad ha sido abolida». Apunta que todos estos finales de novela son como conversiones, que todos son comienzos y son «le temps retrouvé»: precisamente Proust también indicó que todos los grandes escritores han escrito la misma novela. Dice que Balzac, en el final de Cousin Pons, «resume, en pocas frases, las características esenciales de los finales de novela: el doble rostro de la muerte, el papel del dolor, el desapego de la pasión, el simbolismo cristiano y esta lucidez sublime, a un tiempo memoria y profecía, que proyecta una claridad igual sobre el alma del héroe y sobre el alma de los personajes restantes». En definitiva, dice, «son los propios novelistas, a través de la voz de sus héroes, quienes acaban por confirmar (que...) el mal está en el orgullo y el universo novelesco es un universo de endemoniados. El final es el eje inmóvil de esta rueda».

Por su lado Paul Ricoeur, en Tiempo y narración, habla de cómo «la configuración de la trama impone a la sucesión indefinida de los incidentes “el sentido del punto final”, el punto desde el que puede verse la historia como una totalidad. Esta función estructural del cierre puede discernirse, más que en el acto de narrar, en el de narrar-de-nuevo. De hecho, una nueva cualidad del tiempo emerge de comprender los episodios conocidos como conduciendo a ese fin». Y, a partir de «la reconsideración de la historia narrada, regida como totalidad por su manera de acabar», se abre «una alternativa a la representación del tiempo como transcurriendo desde el pasado hasta el futuro. Al leer el final en el comienzo y el comienzo en el final, aprendemos también a leer el tiempo mismo al revés, como la recapitulación de las condiciones iniciales de un curso de acción en sus consecuencias finales». Por eso, cuando un final es falso —no cuando es feliz, porque puede ser feliz—, la novela falla.

René Girard. Mentira romántica y verdad novelesca (Mensonge romantique et verité romanesque, 1961). Barcelona: Anagrama, 1985; 285 pp.; col. Argumentos; trad. de Joaquín Jordá; ISBN: 84-339-0078-1.
Paul Ricoeur. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico (Temps et Récit. L’histoire et le recit, 1983). Madrid: Cristiandad, 1987; 377 pp.; serie Libros Europa; trad. de Agustín Neira; ISBN: 84-7057-415-9.

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viernes, 1 de mayo de 2009

¿Para qué sirve la literatura?,
de Antoine de Compagnon, es una breve conferencia en la que se dan y contrastan muchos argumentos acerca de la utilidad y la permanencia de la literatura, con oportunas citas de autores famosos. Se habla de que la vida es más rica para los que leen que para los que no lo hacen (aunque supongo que tal cosa dependerá de qué leen); de que, si bien durante tiempo se pensó que la cultura literaria hacía mejores a los hombres, esto es más que dudoso (al respecto se puede recordar a George Steiner cuando dice que «me siento incapaz de afirmar con seguridad que las humanidades humanizan»). Se advierte que la literatura puede llegar a ser una especie de religión sustitutiva; que la lectura puede tener un poder terapéutico pero también de que, como cualquier remedio, también puede ser un veneno. Se constata que los poderes de la literatura son agradar, enseñar, reunificar la experiencia, restaurar la lengua; que «hay cosas que sólo la literatura puede ofrecernos» y que, con todas sus limitaciones, «la lectura sigue siendo el lugar por antonomasia del conocimiento de uno mismo y del otro». Total: sin descubrimientos, como era de esperar, pero bien.

Antoine de Compagnon. ¿Para qué sirve la literatura? (La littérature, pour quoi faire, 2006). Barcelona: Acantilado, 2008; 73 pp.; col. Cuadernos; trad. de Manuel Arranz; ISBN: 978-84-96834-78-1.
La cita de George Steiner está en «La formación cultural de nuestros caballeros», texto contenido en Lenguaje y silencio: ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano (Language and Silence, 1976). México: Gedisa, 2003, ed. completa y revisada; 475 pp.; trad. de Miguel Ultorio, Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar; ISBN: 84-9784-008-9.

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viernes, 7 de marzo de 2008

De El negro del Narcissus, Joseph Conrad afirma en su prólogo que «es el libro mediante el cual, quizá no como novelista, sino como un artista que busca la máxima sinceridad de expresión, pretendo perdurar o desaparecer. Sus páginas constituyen el homenaje de mi afecto inalterable y profundo por los barcos, los marinos, los vientos y el mar inconmensurable: los forjadores de mi juventud, los compañeros de los mejores años de mi vida». En él se narra la travesía del Narcissus de regreso a Inglaterra desde Bombay y todo en ella se centra en la psicología del negro James Wait, enrolado a última hora, que tiene una extraña enfermedad, y la del perezoso y escaqueador Donkin, un «hombre de ojos ariscos y cara amarilla y flaca como el filo de un cuchillo».

Además, contiene un prefacio en el que Conrad define cómo entiende su trabajo: «como una tentativa decidida de hacer la más estricta justicia al universo visible, trayendo a la luz la verdad, múltiple y una, que entraña cada uno de sus aspectos. Es una tentativa de descubrir en sus formas, en sus colores, en su luz, en sus sombras, en los aspectos de la materia y los hechos de la vida, lo que es fundamental, lo que es perdurable y esencial, su cualidad única iluminadora y convincente, la verdad misma de su existencia». La labor «que trato de realizar es, por el poder de la palabra escrita, hacer que ustedes oigan, hacer que ustedes sientan... es, ante todo, hacer que ustedes vean. Nada más que eso, y eso lo es todo. Si lo consigo, allí encontrarán con arreglo a sus merecimientos: aliento, consuelo, temor, encanto —todo cuanto piden— y, acaso, también ese destello de la verdad, que se olvidaron de pedir».

Joseph Conrad. El negro del "Narcissus" (The Nigger of the “Narcissus”, 1897). Madrid: Valdemar, 2007; 212 pp.; col. Gran Diógenes; trad. de Fernando Jadraque; ISBN: 978-84-7702-566-5.

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domingo, 19 de agosto de 2007

Según Cyril Connolly, las seis causas interrelacionadas de la mediocridad de la narrativa inglesa en 1936 eran:

—la servil apatía de muchos críticos;

—los autores que se veían obligados a ejercer el periodismo o a producir más libros de la cuenta y no dedicaban a sus libros el adecuado tiempo de gestación;

—la intransigencia de quienes abastecían al público y presionaban a los editores para que publicaran las obras más largas y aburridas de los valores más seguros, una antología si era posible; y si no era posible una antología, una saga, una cabalgata de ciento veinticinco mil palabras;

—la ignorancia de los propios editores, su falta de rigor, su desesperada ambición por publicar un best seller que les costeara la obra maestra con la consiguiente confusión: si el veredicto de la posteridad obsesionaba al escritor popular y el escritor de obras maestras soñaba con Hollywood, el editor mantenía un difícil equilibrio entre una vaga inclinación hacia la buena literatura y el firme deseo de duplicar su capital;

—la imbecilidad de los bibliófilos, que (interesados sólo por la rareza y el estado de conservación del libro, y movidos por ciertas experiencias incompletas de su infancia) se limitaban a echar un vistazo a Howards End o Prufock y corrían en busca de Winnie the Pooh o Beau Geste;

—la bovina indiferencia del público lector, incapaz de desarrollar siquiera la actividad discriminatoria de rumiar.

Nos tranquiliza recordar que esto sucedía en Inglaterra y en 1936. Aquí y ahora hemos avanzado mucho.

Cyril Connolly. Texto tomado, algo recortado y modificado, de «Críticos» (1936), en Obra selecta. Barcelona: Lumen, 2005; pp.; col. Ensayo; trad. de Miguel Aguilar, Mauricio Bach y Jordi Fibla; ISBN: 84-264-1520-2.

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domingo, 1 de julio de 2007

En Autorretrato con radiador, Christian Bobin afirma: «La manera más pertinente de conocer a una sociedad es mirarla a partir de esos lugares donde lo humano está en vías de olvido, y orientar de ese modo el pensamiento: de abajo hacia arriba. (...) Porque con las sociedades pasa como con los individuos: lo real se encuentra siempre del lado de lo refractario, de lo fugitivo, de lo resistente, de todo lo que tratamos de calmar, ordenar, hacer callar, y que a pesar de todo vuelve, y vuelve de nuevo, y vuelve sin cesar —incorregible. La escritura está de ese lado. Todo lo que se empeña en vivir está de ese lado».

Y Adam Zagajewski, en En la belleza ajena, dice: «La posición de la literatura es muy ambigua. Es ella —suele serlo— la reina de la cultura, la gran dama, la gran experiencia, revelación y temblor, pero con una facilidad pasmosa cae de estas cumbres para convertirse en pasatiempo, en jeroglífico, en exhibición de destreza verbal. A veces, en la creación de un poeta eminente puede encontrarse una recaída en la lengua, en la retórica, en la palabrería incluso».

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jueves, 19 de octubre de 2006

«En su práctica como novelista y escritor de cuentos, Henry James había desarrollado una fe firme en que el punto de vista restringido daba una expresividad y una verosimilitud superiores. Creía que un narrador debía representar la vida tal como una conciencia individual la experimentaba en la realidad, con todas las lagunas, enigmas y falsas percepciones y reflexiones que entrañaba una perspectiva semejante; y si varios personajes tenían que compartir esta función a lo largo de una novela, debían transmitírsela unos a otros, como el testigo en una carrera de relevos, con un esquema más o menos regular. La antítesis de este método (...) [se producía cuando] el narrador del relato, a la manera de Thackeray, sacaba a sus títeres de la caja, los ponía a hacer cabriolas y te decía con su voz confidencial y meditabunda de autor lo que todos estaban pensando exactamente en un momento determinado, y les concedía puntos por buenos o malos motivos, por si había algún peligro de que el público tuviera que hacer un esfuerzo interpretativo por su cuenta».

David Lodge. ¡El autor, el autor!

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sábado, 10 de junio de 2006

Alejandro Llano: 
«Es sorprendente, pero no contradictorio, que los más hondos mensajes que se han dirigido a los hombres vengan casi siempre transmitidos a través de relatos: no porque semejante conducto pueda ser más bello y convincente, sino porque la vida humana no se puede comprender cabalmente de manera impersonalmente inductiva o deductiva; ha de ser contada por unas personas a otras».

Alejandro Llano. Deseo, violencia, sacrificio – El secreto del mito según René Girard (2005). Pamplona: Eiunsa, 208 pp.; col. Astrolabio; ISBN: 84-313-2197-0.

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viernes, 6 de enero de 2006

A estas alturas habrá quedado claro que Dostoievski es uno de mis autores favoritos. Entre otras cosas, como explica Joseph Frank, porque fue un maestro en la creación de personajes que actuaban como encarnaciones de ideas y actitudes socioculturales, en tomar incidentes reales y ampliarlos y magnificarlos de acuerdo con la técnica de su realismo fantástico hasta convertirlos en los núcleos de sus historias. Quizá, para un lector joven, el primer libro a recomendar sea Crimen y castigo.

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viernes, 25 de noviembre de 2005

Explica Northrop Frye que la literatura es un laboratorio de posibilidades: «en literatura el criterio no es lo real. Es lo concebible. Lo concebible significa que hay muchas cosas que no están aquí, pero podrían estar. De modo que la literatura es un acicate constante del sentido de la posibilidad, de lo potencial».

David Cayley. Conversación con Northrop Frye.

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sábado, 15 de octubre de 2005

Flannery O'Connor: «Tiendo a desconfiar de cualquiera que defina la novela y lo que no lo es. Me temo que alguien me excluya. La gente tiene sus motivos para usar la novela: Hemingway tenía que probar su hombría; V. Woolf tenía que hacer de ella un laboratorio y A. Huxley tenía que convertirla en un lugar para dar charlas. En su caso, supongo que ninguno de ellos podría haber escrito de otro modo. Puedes criticar lo que hicieron con ella, pero tienes que permitir que la definición sea lo suficientemente vaga para incluirlos».

Flannery O´Connor. El hábito de ser.

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viernes, 12 de agosto de 2005

La importancia de cuánto debe la literatura rusa a la obra de Nikolai Gógol la sintetizó Turguenev en su famosa declaración de que «todos hemos salido de El capote de Gógol». Y es que, nos dice Nabokov, si «el formal Pushkin, el realista Tolstoi, el comedido Chéjov» nos han dejado en sus obras momentos en los que se producen como cambios de plano, momentos en los que se nos revelan significados secretos de la realidad, «con Gógol estos cambios constituyen la base misma de su arte». Y, por eso, cuando Gógol abandona cualquier deseo de seguir la tradición literaria y de seguir cualquier lógica, y se deja ir, como en El capote, «se convertía en el mayor artista que Rusia haya producido jamás».

Vladimir Nabokov. Nikolái Gógol (1944). Barcelona: Littera, 2002; 206 pp.; col. Ensayo; trad. de Anna Renau; ISBN: 84-95845-10-5.

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viernes, 17 de junio de 2005

La gran literatura enfoca la realidad para enseñarnos a verla. Puede cansarnos, puede aburrirnos, pero no nos engaña. Anton Chéjov es grande por eso: porque nos enseña a mirar no el momento álgido de una pelea o de una pasión, sino el antes o el después, justo esos instantes en los que uno se juega la vida. Otra forma de verlo es, como dice Andrés Amorós, observar que cuando leemos a Chéjov o vemos su teatro pensamos «así es tanta gente que yo conozco», mientras que al ver una obra de Shakespeare lo que se nos ocurre es que «a gente así me gustaría conocer». Y, como decía días atrás acerca de los cuentos de Flannery O’Connor, los cuentos sobre niños y jóvenes del autor ruso son particularmente luminosos para cualquier buen lector.

Andrés Amorós. Momentos mágicos de la Literatura. Madrid: Castalia, 1999; 398 pp.; col. Literatura y Sociedad; ISBN: 84-7039-801-6.

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viernes, 20 de mayo de 2005

Escribía Dostoievski, cuando estaba inmerso en la escritura de la desigual pero excepcional El idiota, que «de las figuras bellas de la literatura cristiana, la más completa es la de Don Quijote. Pero sólo es bueno porque al mismo tiempo es ridículo. También es ridícula la figura del Pickwick de Dickens (concepción infinitamente menor a la de Don Quijote, pero, aún así, enorme), y esa es la única razón de que triunfe. La compasión hacia el hombre bello que es ridiculizado y que no tiene conciencia de su propio valor despierta la simpatía del lector. Y esta capacidad de despertar compasión es el secreto del humorismo. Jean Valjean constituye otro poderoso intento, pero despierta la simpatía por causa de su terrible infortunio y de las injusticias que con él comete la sociedad. Pero no hay nada de esa índole en mi novela y por ello tengo un miedo terrible de que sea un auténtico fracaso».

Joseph Frank. Dostoievski. Los años milagrosos, 1865-1871 (Dostoevski. The Miraculous Years, 1995). México: Fondo de Cultura Económica, 1997; 575 pp.; col. Lengua y estudios literarios; trad. de Mónica Utrilla; ISBN: 968-16-5155-3.

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miércoles, 26 de enero de 2005

Don Quijote: «Ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser, como la comedia y los comediantes».

Don Quijote de la Mancha. Capítulo XII, 2ª parte.

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