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Ficha del autor 'DOYLE, Roddy' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
DOYLE, Roddy
Escritor irlandés. 1958-. Nació en Dublín. Estudió, en esa ciudad, en el University College. Fue catorce años profesor de inglés y geografía. Con Paddy Clarke, ja, ja, ja obtuvo el «Booker Prize» de 1993, año desde el que se dedica por completo a escribir. Varias de sus novelas han sido llevadas al cine.

Paddy Clarke, ja, ja, ja
(Paddy Clarke Ha Ha Ha, 1993)
Madrid: Espasa, 1998; 247 pp.; col. Espasa narrativa, Espasa de bolsillo; trad. de Juan Antonio Molina Foix; ISBN: 84-239-9659-X.
18 años: lectores expertos.
Narrativa: Vida diaria.
Años sesenta, imaginario barrio dublinés de Barrytown. Paddy, de unos diez o doce años, va contando su vida: las relaciones con sus padres y su hermano Simbad, sus correrías con los amigos, todo su mundo interior... Poco a poco va dándose cuenta de la tensión que hay entre sus padres, va notando que las discusiones aumentan y suben de tono, hasta que un día su padre golpea a su madre... A su modo, Paddy procura llevar paz a su casa e intenta comprender la situación.
Relato ambientado en los años sesenta, con muchas referencias de la época: a programas de televisión populares como Viaje al fondo del mar o El agente de CIPOL; a jugadores del Manchester United como Bobby Charlton y, sobre todo, George Best; a juegos que surgieron entonces como el scalextric; a marcas comerciales muy anunciadas en los medios de comunicación, como el detergente Persil... Con talento para construir los diálogos cotidianos y para fabricar el hilo de los pensamientos de un niño, Doyle va componiendo el mundo exterior e interior del pequeño protagonista, desgranando anécdotas de vida familiar, colegial y vecinal, que hacen sonreír una y otra vez. Paddy habla de sus juegos de niño, de sus gamberradas con la pandilla, de cómo «las imágenes de los indios en los libros no se parecen a las de las películas», o de los rituales propios de chaval: «Me puse un libro encima de la cabeza. Tenía que subir la escalera sin que se cayera. Si el libro se caía, me la cargaría. Era un libro de tapa dura, pesado, ideal para llevar en la cabeza. [...] Había una bomba en el libro. Era mejor ir despacio, a paso lento, que precipitarse. El apresuramiento era tan malo como la excesiva lentitud. Al final le entraba a uno pánico». Y también puede sorprender al lector con párrafos como éste: «Cuando un poney está sano, su piel es fláccida y flexible; si está enfermo, la piel está tirante y dura. La televisión fue inventada en 1926 por John Logie Baird. Era un escocés. Las nubes que traen lluvia se llaman normalmente nimboestratos. La capital de San Marino es San Marino. [...] Yo sabía todas esas cosas. Las había leído. Solía leer bajo las mantas con mi linterna, y no solamente después de acostarme; era más emocionante así, como si estuviese espiando y corriese el riesgo de ser atrapado».

Pero el tono cordial con el que comienza el relato va cambiando y enrareciéndose según Paddy va percibiendo la tensión en la que viven sus padres, y su modo de narrar se contagia también de la enorme confusión interior que siente. Hay un momento en el que describe la situación de sus padres como un combate de boxeo «de los viejos tiempos, en que no llevaban guantes y se daban puñetazos hasta que uno de los combatientes estaba noqueado o moría. Papá y mamá hacía tiempo que habían pasado el decimoquinto asalto; habían estado peleándose durante años —ahora quedaba claro— pero las pausas entre cada asalto cada vez eran más cortas; esa era la gran diferencia. Uno de los dos no tardaría en caer. Seguramente mamá. Aunque yo preferiría que fuese papá. Era mayor. No quería que fuese él tampoco. [...] Yo no quería que hubiese un vencedor. Quería que el combate continuase siempre, que nunca acabase».

El protagonista de Doyle no es agrio, ni siquiera cuando va señalando los defectos de su padre, incluso cuando ve cómo le da un bofetón a su madre: «Le quería. Era mi padre. Aquello no tenía sentido. Ella era mi madre». O cuando reflexiona, más adelante, sobre la enemistad hacia su madre: «Papá debía tener sus motivos. A veces no los necesitaba: bastaba con su mal humor. Pero no siempre. Normalmente era justo y nos escuchaba cuando andábamos metidos en líos. A mí más que a Simbad. Debía de haber algún motivo para que odiase a mamá. Debía de haber en ella algo malo, al menos una cosa. Pero no podía imaginármela, aunque quisiera. Quería comprender a ambas partes. Al fin y al cabo era mi padre».
Las cartas a Santa Claus deben ser personales

Una línea que recorre la narración es la relación entre Paddy y su hermano Francis, al que Paddy llama Simbad, que da lugar a escenas memorables. Una es ésta:

«—No es Adidas. Es A-díí-das.

—No. Es Adidas.

—Que no. Es una i prolongada.

—No. Es una i normal.

—Ííí.

—I.

—No seas tarugo, es íííííííí.

—Iiiiiiii.

Ninguno de nosotros tenía botas de fútbol Adidas. Nos las íbamos a comprar por Navidad. Yo quería una con tacos atornillados. Eso le puse en mi carta a Santa Claus, aunque no creía en él. Le escribí únicamente porque mamá me lo pidió, ya que Simbad le iba a escribir. Simbad quería un trineo. Mamá le ayudó a escribir su carta. Yo había terminado la mía. Ya la había metido en el sobre, pero mamá no me dejó que lamiese la solapa porque la carta de Simbad también tenía que ir dentro. No había derecho. Yo quería un sobre para mí solo.

—Deja de gimotear —dijo mamá.

—No estoy gimoteando.

—Sí que lo estás. Déjalo ya.

No estaba gimoteando. Meter dos cartas en el mismo sobre era una tontería. Santa Claus creería que era una sola carta y traería a Simbad su regalo y a mí no me traería el mío. De todas formas, yo no creía en él. Sólo los niños creen en Santa Claus».
Utilizó su cinturón

Un momento crítico, antes aún de que Paddy note que la relación entre sus padres se viene abajo, es el momento en que roba unas revistas en un quiosco y su madre le ve. «Se lo contó a papá y me la cargué. Ni siquiera me dio ocasión de negarlo. Casi mejor. Lo habría negado y me habría metido en un lío más gordo. Utilizó su cinturón. Lo guardaba sólo para esto. Las pantorrillas, el dorso de la mano con que intenté protegerme las piernas y el brazo del que me agarró, me dolieron durante varios días. Dando vueltas al cuarto de estar, intenté adelantarme al barrido del cinturón, para que no me hiciese tanto daño. Debería haber hecho lo contrario, ir reculando hacia su terreno para dejarle menos sitio para tomar impulso. Todo el mundo lloraba en la casa, no sólo yo. El cinturón zumbaba; papá trataba de darme un buen golpe. Desorientarme, jugar conmigo, eso es lo que hacía. Luego se detuvo. Seguí moviéndome y dando trompicones; no sabía si había terminado de verdad. Me soltó el brazo y noté que me dolía. Arriba, donde se juntaba con el hombro, ahí me dolía mucho. No pude contener los sollozos. No quería eso; ya no me divertía. Contuve la respiración. Se acabó. Se acabó. Ya no iba a pasar nada más. Había merecido la pena.

Papá estaba sudando.

—Ahora sube a tu cuarto. Venga.

Su voz no sonó tan severa como él hubiese querido.

Miré a mamá. Estaba blanca. Con los labios apretados. Le estaba bien empleado».
Otros libros: Como un galgo.

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