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Un panorama de la LIJ del año 2009


Para responder a la petición de que presente un panorama de la literatura infantil y juvenil (LIJ) y de que hable de sus tendencias actuales debo, primero, decir algunas cosas para despejar el terreno y aclarar al lector qué clase de balances o análisis puedo hacer.

En primer lugar, conviene fijar a qué nos referimos cuando hablamos de LIJ. Podemos reducir a tres las posibilidades: una, los libros infantiles y juveniles en sí mismos tal como siempre han sido para quienes ya tenemos una edad; dos, los libros infantiles y juveniles que ahora mismo uno encuentra en la sección correspondiente de una librería, donde abundan toda clase de objetos y libro-juegos o juguete-libros; tres, las instituciones que configuran lo que hoy llamamos LIJ (editoriales, bibliotecas, colegios, los planes de promoción de la lectura, la investigación académica sobre la cuestión, etc.).

Dentro de la primera, la que yo puedo comentar, es necesario también señalar mis limitaciones. Estas se derivan de que mi atención está centrada en conocer los libros valiosos del pasado y en descubrir, entre ellos, algunos menos conocidos que merecen ser rescatados o algunos de otros lugares que son menos conocidos entre nosotros; y en leer buenos libros actuales, a partir de los que algunas personas me recomiendan, o de los que se contienen en las selecciones que publican distintos medios e instituciones, o de los que yo mismo descubro. Además, no voy a ferias, no me interesan las políticas editoriales, tampoco hago caso a los premios, no dedico tiempo a ese mundo tan interesante de los libros de conocimientos, no presto particular atención a las películas sobre libros, etc. O, dicho de otro modo, de la trastienda de los libros sólo conozco lo que algunos amigos me cuentan y de lo que se suelen llamar «tendencias» sé lo que leo en la prensa y lo que veo en los escaparates; de casi todas las novedades voy unas semanas o unos meses por detrás y los éxitos no sólo me pillan igual de improviso que a todo el mundo sino que, a veces, incluso me sorprenden mucho más.

En ese contexto, mi propio «balance del año» es una relación de qué libros me han gustado más entre los leídos a lo largo del 2009. No es una discusión sobre qué libros han sido más prestados en las bibliotecas, o más vendidos en librerías, o estadísticas semejantes. Además, a estas alturas todos sabemos que la gran mayoría de los libros que se leen o se venden más, con frecuencia lo son porque la editorial es más potente y sus libros llegan a más sitios, y no por razones de calidad. Y, en el caso de la LIJ, esa clase de cifras también depende de la eficacia con que las editoriales, a veces con la colaboración de los mismos autores, hagan sus promociones en redes de colegios, cuestión sobre la que no voy a opinar aquí.

En segundo lugar, mi «análisis» tampoco tiene que ver con las novedades que vienen, ni con las campañas publicitarias que preparan las grandes editoriales, ni mucho menos con las películas que se anuncian. Tiene que ver con las tradiciones a las que pertenecen los libros, con las novedades que significan respecto a otros del pasado, con la realidad de que los temas de libros para niños y jóvenes son y serán los mismos siempre. Está basado en lo que conozco de la historia y de la producción actual de LIJ, y luego en las conjeturas, espero que se sensatas, que proceden de lo que observo y comento con otras personas.

Dicho lo anterior, y pido disculpas por una introducción tan larga, comienzo con lo anunciado: un panorama y comentario de los álbumes ilustrados y la narrativa infantil y juvenil que me ha gustado más del año que termina; pero no sin aconsejar antes al lector que ha de buscar por su cuenta otras perspectivas, también porque no hay distancia mayor entre lectores que la que se da entre un niño y cualquier supuesto experto en libros infantiles.


Se puede afirmar que el mundo de los álbumes ilustrados entendidos como libros específicamente dirigidos a niños está en su madurez. Ahora mismo tenemos a nuestro alcance muchos álbumes de calidad y se reconocen pacíficamente las posibilidades que ofrece tanto cada estilo artístico por separado como las que se derivan de la fusión de distintos estilos. Al mismo tiempo, es difícil pensar en álbumes para niños que supongan una ruptura como en su momento fueron, por ejemplo, Pequeño Azul y Pequeño Amarillo o Donde viven los monstruos. Sin duda siguen y seguirán apareciendo álbumes nuevos de calidad pero es raro pensar que pueda surgir ya un álbum infantil que signifique una gran innovación gráfica o argumental.

Dejo de lado que los álbumes parecen haber llegado a una encrucijada debido a su mismo progreso y a su afianzamiento como un medio expresivo propio: ahora se ve que las posibilidades del álbum no se agotan en la literatura infantil y, por eso, abundan las tentativas de autores y editores de borrar fronteras y dirigir álbumes específicamente a destinatarios adultos. Pero lo apunto para señalar que, si hablamos de álbumes que queremos dar o compartir con los niños, mi opción es la de los que son propiamente infantiles: los que me consta, o me parece, que gustarán más a sus destinatarios naturales, y no tanto aquellos tal vez más interesantes para un lector adulto a la caza de guiños cultos y sofisticados.

Pues bien, de una posible selección de álbumes editados en el 2009 aunque la fecha original de publicación de algunos sea muy anterior, un primer bloque lo formarían aquellos relatos más o menos clásicos en cuanto a sus temas y que intentan y consiguen ser instructivos y divertidos. Por ejemplo, uno sobre temores infantiles es Los monstruos tienen miedo de la luna, de la ilustradora y dibujante de cómic persa Marjane Satrapi. Otro, un relato de amistad que atrae por unas ilustraciones coloristas y por su argumento sencillo, simpático e informativo, es La sorpresa de Nandi, de la inglesa Eileen Browne. Dos más, unos antiguos álbumes reelaborados para una nueva edición, supergraciosos, son El palo de hockey volador y Pastel de crema de pepinillos, del norteamericano Roger Bradfield, un extraordinario dibujante: se han publicado cuatro del autor entre el 2008 y el 2009 pero estos dos son los más ingeniosos.

Un tipo de álbumes de los que van llegando más todos los años, entre los que siempre hay agradables sorpresas, son los de procedencia oriental. Recientemente me ha encantado El pequeño inventor, un álbum sobre cómo puede nacer una futura vocación profesional, de los coreanos Cho Mi-ae y Hyun Duk, igual que el año pasado disfruté con los brillantes Espejo y La ola, de la también coreana Suzy Lee. Dentro del mismo epígrafe podría ir Mao y yo, la narración de su propia infancia en China del ilustrador Chen Jian Hong, que también puede servir para encabezar otro apartado en auge, el de los álbumes autobiográficos. A este grupo pertenece La libreta del dibujante, comentarios ilustrados sobre su vida, y su trabajo, y las costumbres de su pueblo, del egipcio Mohieddin Ellabbad. Otro álbum sobresaliente más en la misma dirección es Cómo aprendí geografía, de Uri Shulevitz, un reconocido ilustrador norteamericano de origen polaco-judío que narra un episodio de su infancia.

Uri Shulevitz sirve como ejemplo de los muchos autores de álbumes excelentes (en su caso como Snow) que no han llegado al mercado español. Esta, la recuperación de álbumes clásicos de los que no había edición aquí o la reedición de álbumes que pasaron inadvertidos hace tiempo, es hoy una línea particular. En el segundo grupo estarían los citados antes de Roger Bradfield, y en el primero Sé muchas cosas, un álbum del año 1956 de descubrimiento del mundo, que Paul y Ann Rand prepararon para su hija recién nacida, y Un niño, un perro y una rana, un álbum sin palabras sobre juegos de niño que firmó el también norteamericano Mercer Mayer en 1967.

Por último, dos ejemplos positivos de que muchos álbumes contienen detalles de sofisticación gráfica y constructiva que apreciará mejor un lector habituado al género, o, si se quiere decir de otra manera, que los mejores álbumes requieren que sus autores no sólo sean buenos ilustradores sino que también dominen muy bien el medio. Uno, El enemigo, de Serge Bloch y Davide Cali, un relato que cuenta los pensamientos y las acciones de dos soldados enfrentados en una guerra mientras el tiempo pasa, y que se ilustra con dibujos económicos y fotografías. Otro, El hilo de Ariadna, con texto de Javier Sobrino y unas ilustraciones minimalistas y sutiles de Elena Odriozola, acerca del disgusto interior de una niña.


En la narrativa lo primero que se ha de señalar es algo parecido a lo dicho más atrás: todo parece indicar que ahora mismo podemos esperar grandes éxitos, sí, pero no grandes novedades. Hace tiempo que no vemos un autor que añada obras singulares que reconocemos como distintas al modo en que, por ejemplo, lo hicieron Tolkien, C. S. Lewis, Roald Dahl, Gianni Rodari o Michael Ende. Supongo que la posmodernidad es lo que tiene: todo el mundo anda escribiendo historias mirando al espejo retrovisor y multiplicando las remezclas y los guiños a obras anteriores, mientras que ser original implica ir a los orígenes, bastante más atrás.

Lo que si encontramos en las últimas décadas, a veces, son novedades en la presentación de una historia —narradores tan especiales como el de Una serie de catastróficas desdichas, por ejemplo—, o ambientes actuales distintos a los de otras generaciones —por ejemplo, las novelas escolares donde se plantean los retos que significa la emigración—. O, sobre todo, que algún autor mezcla los géneros y da con una tecla que no es nueva pero a la que logra sacarle una música un poco distinta, o bien obtener un tipo de música que tiempo atrás no aceptaríamos pero ahora sí porque ya tenemos el oído preparado para ella (o ya estragado completamente, que todo puede ser). Las series de Harry Potter y Crepúsculo serían ejemplos de cada caso.

En concreto, una novela que pulsa teclas conocidas pero que obtiene música distinta es Cosmic, para mí la novela más inteligente y divertida del año, de Frank Cottrell Boyce, un escritor ágil e ingenioso como Roald Dahl que consigue acertar en el blanco del lector joven y del lector adulto; por cierto, no sé por qué no ha llegado al mercado español Framed, su segunda novela, anterior a Cosmic. Y una historia para un público familiarizado con todas las referencias de los relatos y series televisivas o películas de terror, es El libro del cementerio, de Neil Gaiman, un escritor con un excepcional dominio de los recursos del género fantástico pero cuyas obras de narrativa, aunque a mi parecer esta sea la mejor, resultan artificiales y frías; pero también se puede pensar que no hay manera de poner mucha más alma en obras así, o que yo no tengo particular querencia por lo gótico, cosa verdadera.

En cuanto a la proliferación de series de aventuras fantásticas, que cualquiera puede ver en los expositores de las librerías, es necesario comenzar por una obviedad: si leer lleva tiempo, leer esas largas series de libros largos lleva mucho tiempo, y más tiempo todavía si uno los lee con la intención de hacer una crítica seria. Es decir, nadie con amor a la literatura o con el propósito de ganarse la vida invierte decenas de horas en leer unos libros que, con frecuencia, ya desde las primeras páginas dejan de manifiesto poca calidad literaria y poca originalidad; y que, además, ningún medio que publicaría reseñas de esos libros las podría pagar conforme al tiempo invertido por el lector (y a la pesadez del trabajo, menos). Por tanto, los editores saben bien que tales series llegarán a los lectores jóvenes antes de que, y muchas veces sin que, nadie las critique como merecerían; saben bien que la publicidad que las acompañe y el barullo mediático que puedan organizar sus propios fans será la única información que muchos medios de comunicación repetirán en sus comentarios (cosas tan reveladoras como que se traducirá a otros idiomas o que la famosa agencia Tal está estudiando compra sus derechos para una posible película...).

También hay casos en los que sí se aprecia detrás un buen trabajo narrativo, constructivo e imaginativo, pero, como la inversión de horas es enorme, con la lectura de la primera o de las dos primeras entregas a mí al menos me parece suficiente para hacerme cargo. Si tuviera que señalar una de las series comenzadas así últimamente mi elección sería, sin duda, la de ciencia-ficción steampunk que Philip Reeve arranca con Una casa en el espacio: un pastiche de las novelas de la época victoriana realmente brillante —y quizá precisamente por su gran contenido literario yo la he disfrutado pero puede que muchos otros lectores no tanto—, que además usa con gran talento el recurso, que últimamente es cada vez más frecuente, de integrar en el texto unas magníficas ilustraciones de David Wyatt. Por razones no literarias pero sí narrativas, y también por lo que revela de la sociedad en la que vivimos, menciono una novela de ciencia-ficción de mucho éxito (de la que hablo en Novelas juveniles inquietantes o sociedad inquietante): Los juegos del hambre, de Suzanne Collins, un relato absorbente y cruel que pone de manifiesto que, ahora mismo, no hay escrúpulos para dirigir a un público juvenil relatos llenos de violencia.

Muchas novelas de aventuras fantásticas cuentan con descripciones de abundantes momentos de acción que, claramente, han sido pensados para ser filmadas o para evocar en el lector las imágenes tal como las vería en una pantalla. Al menos a mí eso me hace pensar que, ya puestos, mejor es acudir directamente a la película y obviar los libros o, dicho al revés, si a uno le gusta la literatura debe buscar en los libros aquello que sólo ellos pueden ofrecer: los mundos interiores invisibles de los hombres. En el género de las novelas que se suelen llamar históricas, El águila de la novena legión, de Rosemary Sutcliff, es todo un clásico inglés que se ha publicado en castellano hace pocos meses; por cierto, tampoco sé por qué, de las muchas excelentes novelas de Sutcliff, no hay en el mercado español más que esa y The Lantern Bearers, cuyo título en castellano es Aquila el último romano. Otra buena reconstrucción ambiental e histórica es Soy la hija de Rembrandt, de Lynn Cullen, un relato centrado también en los conflictos interiores de la protagonista. Indico estas dos novelas porque, al contrario de mucha LIJ de hoy y de siempre, ni estrechan la mente de los lectores jóvenes ni les crean ninguna falsa conciencia de superioridad moral: no intentan reescribir la historia con criterios de ahora ni se dedican a dar golpes en el pecho de nuestros antepasados.

Luego, en el terreno de las novelas sobre vidas cotidianas, hay algunas, aparentemente sencillas y ligeras, que dan con el punto justo de realismo e intriga, como El misterio de la noria de Londres, de Siobhan Dowd, una historia divertida, bien construida, bien contada, y que sobre todo cuenta con un protagonista y narrador muy especial, no tan sólido pero parecido al de Mark Haddon en El curioso incidente del perro a medianoche. Es también una buena novela de ambiente de instituto Una habitación en Babel, de Eliacer Cansino: es un acierto, me parece, que se centre no en los alumnos sino en los dilemas del profesor que ha de lidiar con su propia conciencia y con los problemas que sufren y le causan algunos alumnos inmigrantes; es un relato de los que se puede leer junto con Mal de escuela, de Daniel Pennac. Otra novela que pertenece a una larguísima tradición de relatos de vida familiar amable y humorística, es En casa de las Penderwick, de Jeanne Birdsall, una segunda entrega que no desmerece de la primera, una muestra de cómo se puede modernizar un género sin traicionarlo.


La literatura específicamente infantil es el terreno en el que resulta menos fácil hablar con precisión porque, en ella, el acento hay que ponerlo más en infantil y secundariamente en literatura: en libros que cumplan dignamente sus funciones de avivar destrezas lectoras y literarias y de ser puentes hacia otras obras mayores, funciones a las que ayuda normalmente más los adultos cercanos al niño que los mismos libros. Así, por razones difíciles de resumir, a mí no me atraen los libros de Gerónimo Stilton, pero sé que gustan a sus destinatarios naturales y, sin duda, su confección es muy vistosa. Es un caso que me recuerda un sucedido de hace años, cuando estaba comentando con una bibliotecaria muy experta otros libros de mucho éxito entre los niños y, al decirle que no me creía la teoría de que «con tal de que lean vale cualquier cosa», ella me cortó: «te equivocas, si leen, déjamelos, que ahí comienza mi trabajo».

Sea como sea, una de las mejores cosas del momento actual es que ahora mismo están a nuestro alcance muchos libros clásicos en apetecibles ediciones nuevas. Así, es una gran noticia para la LIJ la reedición de obras del antiguo catálogo de Noguer —como Orzowei o La Perla negra, por citar sólo dos—, o la estupenda edición en un sólo libro de los surrealistas Cuentos para niños con menos de tres años, o Cuentos 1-2-3-4 de Eugène Ionesco y con ilustraciones de Etienne Delessert (aunque su condición de relatos infantiles sea mucho más que discutible: nadie debería llamarse a engaño por el título). En este punto es oportuno recordar una vez más el viejo chiste del tipo que, cuando está llegando a su casa por la noche, ve a un individuo a gatas que parece buscar algo a la luz de una farola; cuando el primero le pregunta qué busca, el otro le responde: «las llaves»; el primero se agacha para buscarlas también y, después de un rato, le dice: «¿y dónde se le cayeron?»; el otro señala con el dedo hacia un lugar distante y oscuro y comenta: «por allí»; «¿y por qué las está buscando aquí entonces?», pregunta el primero; «porque aquí hay luz», contesta el segundo. Pues igual: salvo excepciones, algunas mencionadas en este artículo, los mejores libros no hay que buscarlos donde hay más luz.


NOTA: Este artículo fue preparado a petición del suplemento CULTURAS de La Vanguardia, donde, por motivos de espacio, se publicó una versión reducida.


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