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Notas de marzo de 2017 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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jueves, 23 de marzo de 2017

Muerte de un aviador, de Christopher St. John Sprigg, es una entretenida novela policiaca de los años treinta del siglo pasado. Todo comienza cuando un obispo australiano, el doctor Marriott, pide recibir clases de vuelo en un aeródromo inglés. A los pocos días un piloto instructor muy experto muere. Todos, menos el obispo, concluyen que fue un desgraciado accidente. Acaban entrando en acción dos policías: el inspector local Creighton que, cuando sospecha que hay tráfico de drogas detrás, pide la colaboración del inspector Bray, que trabaja para el ministerio del Interior en la sección de narcóticos.

En esta reseña se comenta bien la novela y se indica que el hilo de la investigación va y viene pero es claro, y que los personajes se hacen amables y están bien dibujados. Además, se pueden destacar otras cosas. Una, que se le va dando al lector la misma información que van comprendiendo y adquiriendo los investigadores. Otra, que hay un punto del padre Brown en el doctor Marriott: cuando el inspector Creighton lo felicita por sus deducciones, «¡tiene usted mente de detective!», él le replica: «o de criminal». Luego, que es un secundario formidable Lady Crumbles, una señora empeñada en organizar actos benéficos «cuya inconsciencia ante el sarcasmo ajeno era su mayor fortaleza». Además, no falta una distinción clásica: cuando el inspector Creighton empieza su investigación se nos dice que «si hubiera pertenecido a la policía francesa, sin duda habría empezado por indagar con discreción en las amistades femeninas del comandante [fallecido] y sobre los amigos de sus amigas. Pero aquello ni se le pasó por la cabeza como primera línea de investigación».

Christopher St. John Sprigg. Muerte de un aviador (Death of an Airman, 1934). Madrid: Siruela, 2016; 246 pp.; col. Libros del Tiempo; trad. de Raquel G. Rojas; ISBN: 978-84-16854-00-4. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 22 de marzo de 2017

Monumental. Récords y maravillas de la arquitectura, de Alexandre Verhille y Sarah Tavernier, es uno de esos álbumes informativos con los que uno puede pasarse mucho tiempo curioseando y de los que pueden avivar algunas vocaciones profesionales en los lectores pequeños. Ordenadamente, los autores presentan una imagen e información básica, a veces con algunas curiosidades, sobre 180 edificios situados en los 5 continentes y en 80 países diferentes. Hay construcciones de distinto tipo: no sólo edificios sino también grandes estatuas y espectaculares obras de ingeniería (por lo que se podría pensar en álbumes separados de cada tipo…). En algunas páginas hay comparaciones parciales por tamaños pero se echan de menos alguna o algunas otras globales.

Alexandre Verhille. Monumental. Récords y maravillas de la arquitectura (Monumental. Records et Merveilles de L’architecture, 2015). Texto de Sarah Tavernier. Madrid: Maeva, 2016; 44 pp.; col. Libros para los que aman los libros; trad. de Teresa Clavel; ISBN: 978-84-16690-03-9. [Vista del álbum en amazon.es]

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martes, 21 de marzo de 2017

Cuentos de osos, de Gustavo Roldán, no es tanto un álbum como un pequeño y chispeante relato gráfico equiparable a una larga tira de cómic. Presenta la relación entre un padre oso y su hijo, un osito decidido y enérgico como se adivina ya en la figura de la portada. El padre es escritor y en las cosas que escribe se ve que no entiende los gustos de su hijo en absoluto. El hijo sí entiende a su padre pero está un poco harto de sus párrafos poéticos, por lo que un día le hace unas correcciones en su relato sin que se dé cuenta. Sorprendentemente, por primera vez, un editor responde a su padre diciéndole que está dispuesto a publicar su historia. La tipografía cambia y aumenta cuando el narrador, el oso pequeño, se enfada, o cuando el padre habla en voz alta. Los dibujos, como siempre en el autor, son excelentes y expresan bien el talante de sus personajes.

Gustavo Roldán. Cuentos de osos (2016). Barcelona: A Buen Paso, 2016; 41 pp.; ISBN: 978-84-945038-1-8. [
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lunes, 20 de marzo de 2017

Lucy Goosey, de las australianas Ann James y Margaret Wild, es otro álbum más con una fórmula que nunca falla si se hace bien: la de reafirmar, al lector pequeño, el amor incondicional que les tienen sus madres. Es un relato que bien podría estar inspirado en el de la vieja Okka: la pequeña Lucy no se atreve a unirse a las demás ocas cuando emprenden su migración y se oculta. Pero su madre la espera y le da confianza… Las ilustraciones pictóricas transmiten bien los sentimientos de los personajes. La narración con palabras es sobria pero con los toques poéticos justos. Tal vez se podrían haber evitado los párrafos que van en negro sobre fondos oscuros para mejorar la legibilidad.

Ann James. Lucy Goosey (2014). Texto de Margaret Wild. Salamanca: Lóguez, 2016; 36 pp.; col. Rosa y manzana; trad. de Ester Sebastián López; ISBN: 978-84-942733-6-0. [Vista del álbum en amazon.es]

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domingo, 19 de marzo de 2017

He puesto datos de nuevas ediciones de La fórmula preferida del profesor, El jardín secreto y Amor y amistad.

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sábado, 18 de marzo de 2017

En la misma conferencia de la que puse un texto hace una semana, Walter Benjamin comenta el valor que pueden tener para los lectores niños y jóvenes no sólo las obras de reconocido prestigio sino también las novelas de aventuras folletinescas pues, dice, «cuando estos libros rebasaban en algunos puntos el horizonte de sus jóvenes lectores, este solo hecho los hacía más vivos y sugestivos. Porque su lenguaje y sus términos parecían encerrar el talismán que, en el momento de cruzar el umbral de la edad juvenil, los guiaría hacia la tierra prometida de la edad viril. De ahí que siempre fueran por todos devorados.

Devorar libros. Una curiosa metáfora. Da que pensar. De hecho, ninguna forma artística es consumida, desmenuzada y triturada en el grado en que lo es la prosa narrativa. Quizá se puedan comparar los actos de leer y devorar. Pero aquí hay que tener presente ante todo que la necesidad de alimentarnos y el acto de comer no obedecen a razones del todo idénticas. La vieja teoría de la alimentación es instructiva porque parte del comer. Esta teoría decía: nos alimentamos incorporándonos los espíritus de las cosas que comemos. Ciertamente, no nos alimentamos así, pero comemos para incorporarnos algo, y esta incorporación es más que una necesidad perentoria de nuestra vida. En tal incorporación consistiría también la lectura. Es decir, que no leemos para ampliar nuestra experiencia y nuestro acervo de recuerdos y vivencias. (…) Leemos no para aumentar nuestras experiencias sino para aumentarnos a nosotros mismos. Pero así es como leen muy especialmente los niños: incorporándose, no compenetrándose. Su lectura está en íntima relación no tanto con su formación y su conocimiento del mundo, como con su crecimiento y su poder. Por eso es este crecimiento tan importante como el genio que pueda haber en los libros que ellos deciden leer. Y esta es la particularidad del libro para niños».

Walter Benjamin. Radio Benjamin (Radio Benjamin, 2014). Edicion de Lecia Rosenthal. Madrid: Akal, 2015; 405 pp.; col. Cuestiones de antagonismo; trad. de Joaquín Chamorro; ISBN: 978-84-460-4244-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 17 de marzo de 2017

El Puente de san Luis Rey fue la segunda novela de Thornton Wilder. Tuvo una gran acogida, fue premio Pulitzer el año 1928, y sigue siendo considerada una de las grandes novelas del siglo XX.

En Lima, el año 1714, el hermano Junípero, un franciscano, presencia cómo colapsa un puente colgante de origen inca y se caen al vacío cinco personas. El narrador indica que «otro cualquiera se hubiese dicho con secreta alegría: “¡Si llega a suceder diez minutos más tarde, también yo…!”», pero que el hermano Junípero sin embargo pensó «¿por qué les ha sucedido esto precisamente a esos cinco?». Esto le llevó a concebir un plan, al que dedicó seis años, de investigar en las vidas de los fallecidos para poner de manifiesto el plan providencial oculto detrás de esas cinco muertes pues, pensaba, «o vivimos por accidente y por accidente morimos, o vivimos y morimos según un plan».

Este planteamiento ocupa la primera parte del relato y se titula «Quizás un accidente». Siguen luego tres capítulos dedicados a las vidas de los fallecidos: «La marquesa de Montemayor; Pepita», «Esteban», «Tío Pío; don Jaime». Y un último capítulo explica en qué acabó la investigación del hermano Junípero —ya en la primera parte se anunciaba que quemaría su libro pero que una copia ignorada se conservaría en la Universidad de san Marcos— y se titula «Quizás una intención».

Es magnífica la narración. Son excelentes las descripciones de tipos humanos. Del Tío Pío, por ejemplo, se nos dice que «poseía los seis atributos del aventurero: memoria para nombres y caras, con la maña para mudar la suya; don de lenguas; inagotable invención; discreción; el arte de trabar conversación con desconocidos; y esa libertad de conciencia que surgió del desprecio a los ricos alelados que le servían de presa». No faltan en ella los comentarios bienhumorados al paso: «La llama se interesa profundamente por los seres humanos con quienes va tropezando, y hasta tiene afición a pretender que es uno de ellos, y le gusta insertar su cabeza en sus conversaciones como si, de un momento a otro, fuese a levantar la voz y a contribuir al diálogo con un tímido y útil comentario».

Pero, sobre todo, el narrador, al ir poniendo delante del lector las vidas de sus personajes, y al hacerle ver cómo se truncan inesperadamente dando al traste con planes minuciosamente trazados, pone de manifiesto la dificultad de comprender el entramado tan estrecho entre cualidades indudables y comportamientos poco rectos —por ejemplo, cómo hay creencias religiosas desenfocadas de modo que la religión deja de ser una fe y se transforma en una especie de magia—, y reafirma en la mente del lector lo que anunciaba en el comienzo: que aunque pretendía saber mucho más que el hermano Junípero, «¿acaso no es posible que también haya dejado pasar inadvertido el verdadero resorte dentro del resorte?».

Al final, el hermano Junípero se dará cuenta de que «la discrepancia entre la fe y los hechos es mayor de lo que generalmente se presume»; que su obsesión por no prescindir del más pequeño detalle, para no «dejar escapar alguna sugestión que le sirviese de guía», le llevó a tropezar y caer «entre indicios cada vez más confusos». «Pensó ver en el mismo accidente a los malos castigados con la destrucción y a los buenos llamados más pronto a los cielos. Pensó ver el orgullo y la riqueza confundidos como lección de cosas para el mundo, y pensó ver la humildad coronada y recompensada para edificación de la ciudad. Pero el hermano Junípero no estaba satisfecho de sus propios razonamientos».

Eso sí, establecida la insuficiencia de la mente humana para entender y abarcar todas las cosas, habrá una explicación posible, en una escena final magistral en la que se nos dice que un pensamiento cruza por las profundidades de la mente de una monja: que hay un puente que une la tierra de los vivos y la tierra de los muertos, que es el amor, «lo único que sobrevive, lo único que tiene sentido.»

Thornton Wilder. El Puente de san Luis Rey (The Bridge of San Luis Rey, 1927). Barcelona: Edhasa, 2004; 141 pp.; col. Pocket; trad. de traducción de María Martínez Sierra; ISBN: 978-84-350-1715-2. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 16 de marzo de 2017

Me hablaron bien, con algunas reservas, de Pax. Una historia de amor y amistad, de Sara Pennypacker, y vi también que había recibido muchos elogios y premios en Estados Unidos.

A Peter su padre le dice que debe abandonar su zorrito Pax, al que está muy apegado, en el bosque, pues él se ha de alistar para ir a la guerra. Y, engañando al zorrito, Peter así lo hace. Cuando su padre se va, Peter ha de irse a vivir con su abuelo. Luego, sus remordimientos aumentan y decide emprender un largo viaje en busca de Pax. Pero en el camino se rompe un pie y ha de ser cuidado un tiempo por una ermitaña un tanto rara; y luego resulta que Pax está en zona de guerra… Por otro lado, Pax ha rehecho su vida con otros zorros, aunque sin dejar de pensar en su antiguo amigo.

El relato está bien escrito. Los conflictos tanto del chico como del zorrito se plantean bien al principio y luego, en capítulos alternos, vamos sabiendo qué les ocurre a cada uno. Las descripciones del modo de moverse y actuar de Pax están especialmente cuidadas: a los entusiastas de los zorros les gustarán (por cierto, y ya de paso, al mismo público le gustarán mucho estas fotografías). Pero, y aquí están los motivos de las reservas a las que aludí, la narración se hace larga y pesada: tal vez porque los dramas de los personajes están o parecen algo inflados, tal vez porque colocarle al lector máximas budistas por el medio está de más; y, sobre todo, porque los lectores (al menos yo) no pueden dejar de pensar en que la meta principal del narrador no es hacer amena su historia sino subrayar mensajes pacifistas y ecologistas. Eso sí, las ilustraciones de Jon Klassen son magníficas.

En cuanto a los aplausos y premios que ha recibido el libro me parece que se pueden poner como ejemplo de, con cuánta frecuencia, en la literatura infantil y juvenil por un lado van los intereses adultos al promover unos libros y no otros, y por otro van los intereses reales de los lectores niños y jóvenes. Hace unos días leía una cita de Carlos Pujol que ilustra un punto que muchos —escritores, editores, educadores...— olvidan: «el escritor bien educado nunca ha de aburrir al prójimo sino que ha de divertirle inteligentemente sin darse importancia».

Sara Pennypacker. Pax. Una historia de amor y amistad (Pax, 2016). Nube de tinta, 2017; 304 pp.; trad. de Ricard Gil Giner; ISBN: 978-8415594956. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 15 de marzo de 2017

Son escasos los buenos libros ilustrados informativos preparados en España... Por eso también merece ser aplaudida la edición de Peregrinar a Compostela en la Edad Media, de Chema Román y Jaime Nuño, un libro que, como Una aldea en tiempos del románico, es también un gran libro de conocimientos, bien documentado, bien estructurado, y con magníficas ilustraciones. En treinta capítulos los autores hablan de distintos aspectos del camino de Santiago entonces: otros lugares a los que se peregrinaba, motivaciones religiosas y no culturales de quienes lo emprendían, ritos, comidas, peligros y amenazas, cómo se organizaban los viajeros en una época en la que los mapas no eran fiables, etc. A la izquierda disponen las explicaciones, acompañadas de ilustraciones pequeñas de detalle, y a la derecha figuran láminas que ocupan la página completa. En relación a ellas, al final del libro se dan las explicaciones pertinentes sobre los lugares y motivos que aparecen en cada una.

Chema Román. Peregrinar a Santiago en la Edad Media (2016). Texto de Jaime Nuño. Aguilar De Campoo: Fundación Santa María la Real del Patrimonio Histórico, 2016; 80 pp.; ISBN: 978-84-15072-90-4. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 14 de marzo de 2017

Yago es un relato de María Jesús Lorente, ilustrado por Antonio Lorente, que habla del camino de Santiago. Comienza cuando el niño protagonista huye de su casa para emprender el viaje. Tiene distintos encuentros más o menos mágicos, salva a un zorrito al que llama señor Pelayo que se convierte en su acompañante, y acaba llegando a Santiago primero y a Finisterre después. Al final entenderemos el porqué de muchas cosas que, según avanza la narración, parecen un poco inexplicables. El relato no habla de una peregrinación —como Endrina y el secreto del peregrino o El bordón y la estrella—, sino del mundo interior de un niño ansioso con cumplir un deseo que ha crecido en su imaginación, no sabemos cómo. Las grandes imágenes que acompañan la narración, ricas y ensoñadoras, presentan distintas escenas con enfoques cinematográficos.

María Jesús Lorente. Yago (2016). Badalona: Meracovia, 2016; 44 pp.; col. Limbus; ilust. de Antonio Lorente; ISBN: 978-84-945087-5-2. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 13 de marzo de 2017

José Fragoso, un ilustrador español afincado en Estados Unidos, debuta en los álbumes con La increíblemente alucinante historia de Marcial, el niño normal.

Hasta la mitad del álbum se nos explica la normalidad de Marcial. En cada página vemos un dibujo de él solo, o de él con alguien más —su perro, su profesor…—, en el que le vemos haciendo algo habitual —jugar con el perro, en clase, comiendo…—, y sabemos que tiene el pelo revuelto, qué cosas le gustan y qué no, cómo se comporta… Todo muy normal. Hasta que, se nos dice, un día empezó a darse cuenta de que las cosas que miraba ya no eran las mismas: su imaginación lo empieza a cambiar todo.

Gran álbum: por sus excelentes dibujos económicos sobre fondo blanco; por la buena secuencia de ilustraciones para presentar a Marcial; por su claridad narrativa y el ritmo con el que se cuentan las cosas; por la simpatía que desprende Marcial… Por una cuestión de gusto yo le pondría un pero: algunas de las imaginaciones de Marcial, que a veces se representan con recortes de fotografías, dan un poco de grima (por ejemplo, imaginar que tus pelos revueltos son serpientes de cascabel enfurecidas…)…

José Fragoso. La increíblemente alucinante historia de Marcial, el niño normal (2017). Madrid: Narval, 2017; 36 pp.; ISBN: 978-84944642-7. [Vista del álbum en amazon.es]

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sábado, 11 de marzo de 2017

En Radio Benjamin, una recopilación de textos escritos y luego emitidos por radio entre 1927 y 1932 por Walter Benjamin, muchos para un público infantil —narraciones históricas o de noticias relativamente recientes, cuentos populares adaptados como para teatro…—, hay una intervención, titulada «Literatura para niños» (Kinderliteratur, 15 de agosto de 1929), en la que, al principio, habla brevemente de los primeros libros ilustrados para niños.

Explica que, en 1685, se publicó el Orbis pictus, en el que se presentaban «objetos de la vida cotidiana y otros en representaciones sencillas, elementales», «en cientos de cuadros del tamaño de naipes», con un texto que se reduce a un índice en alemán y latín, e indica que fue el inicio de una evolución que hoy, dos siglos después, aún no está consumada. Más adelante habla de otros libros ilustrados que continuaron el trabajo de Comenius, como la Obra elemental (1774) de Joham Bernard Basedow, y el Libro ilustrado para niños (1792,1830, doce volúmenes) de Fiedrich Justin Bertuch, todos ellos presentados en unas ediciones cuidadosas. Y luego continúa:

«Si hay algún campo en el mundo donde la especialización invariablemente fracasa en el de la creación de obras para niños. Y el comienzo de la miseria de la literatura para niños puede describirse en pocas palabras: fue el momento en que cayó en manos de especialistas. Pero la miseria de la literatura para niños no es, en absoluto, la miseria del libro para niños. Pues fue una gran suerte que durante mucho tiempo los pedagogos prestaran escasa atención a la parte ilustrada de los libros, o al menos no pudieran someterla a sus normas. De ese modo se mantuvo algo que se había vuelto cada vez más raro en la literatura: la pura seriedad de la maestría y el puro juego del diletante; ambas cosas crean para los niños sin saberlo. Aquí hay que distinguir dos épocas: la moralmente edificante de la Ilustración, que se enfrentaba al niño, y la sentimental del pasado siglo [XIX] que se le insinuaba. La primera no era siempre tan aburrida, y la segunda tampoco era siempre tan falaz como la pedagogía hoy advenida pretende, pero ambas se caracterizaban por una mediocridad desesperante».

Walter Benjamin. Radio Benjamin (Radio Benjamin, 2014). Edicion de Lecia Rosenthal. Madrid: Akal, 2015; 405 pp.; col. Cuestiones de antagonismo; trad. de Joaquín Chamorro; ISBN: 978-84-460-4244-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 10 de marzo de 2017

Termino ya con la serie de relatos con amigos imaginarios, esta vez con una novela que me ha recordado a los muchos personajes tipo Pepito Grillo que hay en la LIJ, y a los tebeos de la infancia en los que un personaje tenía un angelito bueno en un hombro y otro malo en el otro: Una voz escondida, de la iraní Parinoush Saniee.

Tiene lugar en Irán y comienza el año 2002. Su protagonista, y en muchos momentos narrador, es Shahab es un niño de cinco años que no habla: los médicos dicen que no le ocurre nada y así lo piensa su madre también, pero no así su padre y el resto de su familia. Shahab no se siente querido por su padre y este no solo no le muestra ninguna clase de afecto sino que se irrita continuamente con él —«yo, por muy pequeño que fuese, comprendía con total claridad cuál era la situación»— y de ahí que decida no hablar y mentalmente siempre se refiera a su padre como «el padre de Arash», su hermano mayor. Como represalias a cosas que ve injustas, Shahab hace fuertes travesuras ocultas que su madre procura encubrir, pues comprende un poco lo que pasa por su interior. Se sucederán los incidentes —tensiones entre su madre y su padre, insatisfacción de su madre por no poder ejercer su carrera, relaciones con un primo que se burla de Shahab, una prima que tiene un embarazo y la madre de Shahab le facilita que aborte...—. Todo cambiará cuando su abuela pase una temporada en su casa: es la primera que le reconoce su derecho a enfadarse y la primera que le dice que «en tu lugar, yo tampoco hablaría».

La narración se cuenta desde varios puntos de vista. El más importante es el de Shahab, que describe con mucho detalle (demasiado para ser verosímil) su mundo interior de entonces —sabremos al final que cuenta las cosas cuando ya es universitario—. Nos habla de sus amigos imaginarios, Asi el malo, que le azuza en sus trastadas, y Babi el bueno, que intenta calmarle, que fueron su único refugio durante mucho tiempo. El autoritarismo irracional y los comentarios insensibles del padre de Shahab, igual que los comportamientos de otros familiares, llevan de la mano al lector a ponerse del lado del chico y a gozar con Así cuando alguien recibe su merecido. El telón de fondo social también resulta más que agobiante pero, por lo que yo he podido entender, en esta novela no es más que eso, un telón de fondo, y me parece un tanto excesivo atribuir un significado de crítica política a la mudez de Shahab.

En general se dibujan bien los conflictos familiares, tanto los de la familia de Shahab como los de la gritona familia de su padre. Es una muestra de honradez que, al final, la novela reparta críticas a unos y otros sin cargar sólo la mano en el padre (o en otros varones energúmenos: se supone que la chica que aborta lo hace por temor a la reacción futura de su padre y de su hermano...). Así, cuando la madre de Shahab le dice a la abuela, su madre, que «he estudiado mucho, pero al final he acabado siendo ama de casa, exactamente igual que las mujeres de hace un siglo», la abuela Bibi estalla: «A tus hijos no les pasa nada. Los problemas los tenéis vosotros. Unos padres ariscos tienen hijos ariscos. Esos niños recogen lo que sembráis. (…) Los ancianos, aunque no habíamos estudiado tanto como vosotros, manteníamos una relación más sencilla con nuestros hijos. Tenían menos problemas, crecían de una forma más natural. ¿Sabes qué pasa? El que escribe su historia tirando de corazón no necesita libros ni cuadernos».

Parinoush Saniee. Una voz escondida (Pedar-e aan digari, 2004). Barcelona: Salamandra, 2016; 267 pp.; trad. del italiano de Carlos Mayor; ISBN: 978-84-9838-738-4. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 9 de marzo de 2017

Otro libro sobre un amigo invisible: Crenshaw, de Katherine Applegate. Su narrador es un chico llamado Jackson que tiene unos diez años. Pronto sabemos que tiene un amigo imaginario llamado Crenshaw que es un gato muy grande y un tanto sardónico; que quiere ser científico de animales —«no sé bien de qué clase. Ahora mismo me encantan los murciélagos»…—; que tiene una hermana de cinco años llamada Robin; que tienen una perra llamada Aretha; y, sobre todo, que sus padres tienen trabajos ocasionales y económicamente lo pasan muy mal por más que intenten poner buena cara. Y, como dije ayer, también en este relato hay un momento en el que se habla del antiguo amigo invisible del padre, un perro llamado Finian; y, naturalmente, la amiga de Jackson, Marisol, también tiene uno.

La narración es excelente y tiene un sentido del humor que, con alguna frecuencia, se apoya en el libro preferido de Jackson cuando era un niño: Un hoyo es para escarbar (traducido en el libro como Un agujero es para cavar). Otras se basa en cosas de la vida cotidiana: cuando Robin le dice «Bsst de brrms» Jackson explica que «quería decir “basta de bromas” en idioma golosina».

Como suele ocurrir, a veces Jackson hace consideraciones que van más allá de lo normal a su edad. Así, en un pequeño capítulo habla de sus recuerdos y explica: «cuando intento recordar toda mi vida, me parece un proyecto de Lego al que le faltan algunas piezas importantes, como un muñeco robot o una rueda de monster truck. Haces lo que puedes para que todo encaje, pero sabes que no va a quedar como la foto de la caja».

Desde un punto de vista constructivo el fallo principal es que Crenshaw, como un ser que le sirve a Jackson para lidiar con sus preocupaciones, no es un personaje conseguido. Por más que su presencia y sus peculiaridades den lugar a momentos graciosos, es fácil ver que la historia funcionaría prácticamente igual sin él: las cosas sabias que dice, como que «la vida no siempre es justa», las podría decir cualquier otro personaje.

El propósito del relato es avivar la empatía de los lectores ante situaciones como la de la familia de Jackson, que tiene que cambiar de casa varias veces e incluso vivir un tiempo en la furgoneta. Uno de los motivos de enfado de Jackson es precisamente que «a veces yo solo quería que me trataran como a un adulto. Quería oir la verdad, aunque no fuera una verdad agradable. Entendía las cosas. Sabía mucho más de lo que ellos creían».

Por otro lado, estamos en una historia en la cual, ante los problemas, a nadie se le ocurre pedir ayuda a otros (familiares, amigos), ni tampoco rezar. Más aún, el padre de Jackson se niega a usar la tan norteamericana expresión «Dios les bendiga», pues dice que no tiene ni idea de lo que pretende Dios. Y esto me hace preguntarme también si no será que los amigos imaginarios proliferan entre chicos a los que no se les ha enseñado de pequeños que tienen ángel de la guarda... Aunque debo decir que, de todas las personas a quienes pregunté si habían tenido amigo imaginario en la infancia hubo uno que me dijo que tuvo los dos: amigo imaginario y ángel de la guarda (aunque con el paso del tiempo, añadió, sólo ha sobrevivido el segundo).

Katherine Applegate. Crenshaw (2015). Barcelona: La Galera, 2016; 260 pp.; trad. de Marcelo E. Mazzanti; ISBN: 978-84-246-5835-9. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 8 de marzo de 2017

Los imaginarios, de A. F. Harrold, es otro libro de amigos invisibles con toda una explicación de qué les pasa cuando son olvidados por el humano que los imaginó. (Podríamos decir, con la sinopsis oficial, que es «una historia extraordinaria sobre la pérdida, la compañía y la identidad» pero el asunto es más sencillo, creo yo).

Rudger es el amigo imaginario de Amanda Shuffleup y, como corresponde a un amigo invisible, nadie puede verlo. Pero un día ve y es visto por un tal señor Bunting, un tipo que caza imaginarios del que además se rumorea que se los come. Cuando Amanda sufre un accidente y parece olvidar a Rudger, este comienza a desvanecerse. Intenta entonces acercarse al hospital para estar de nuevo con Amanda y acaba en la Agencia, un lugar donde los imaginarios pueden vivir un tiempo cuando empiezan a caer en el olvido, a la espera de una nueva oportunidad. Desde allí vuelve a intentar ir junto a Amanda, pero el señor Bunting lo sigue persiguiendo. Un elemento típico en esta clase de relatos, que aquí no falta y que será clave para la solución, es que la madre de Amanda también tuvo un amigo imaginario en su infancia del que se había olvidado...

Relato bien escrito. Tiene un giro argumental a la mitad que lo cambia de signo: si al principio tiene acentos divertidos y se centra en la relación entre Rudger y Amanda, luego acaba siendo una historia de huida y persecución con algo de suspense. Todo se cuenta en tercera persona pero desde la perspectiva de Rudger, un héroe amable que, como corresponde a su condición, parece algo alelado, lo que tiene su encanto. Por otra parte, como le dicen en la Agencia, los imaginarios «somos buena gente, no lo olvides» (y de ahí que no los veamos pues intentan, por todos los medios, no asustar a los humanos).

Unas pocas veces el narrador cambia de registro, como si estuviera dirigiéndose a un público adulto y olvidase a sus lectores niños. Véase: cuando Rudger llegó a la Agencia, se nos dice, «pensó que estar allí era como entrar en una película de dibujos animados después de haber estado todo el día en una película francesa en blanco y negro y subtitulada» (una comparación que no sé cuántos niños de unos diez o doce años podrán apreciar…). Un factor más a favor del libro es que viene con unas estupendas ilustraciones de Emily Gravett.

A F. Harrold. Los imaginarios (The Imaginary, 2014). Barcelona: Blackie Books, 2017; 240 pp.; ilust. de Emily Gravett; trad. de Gemma Rovira; ISBN: 978-8416290888. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 7 de marzo de 2017

Yo no tuve ningún amigo imaginario en la infancia y, de todos los amigos y conocidos a los que he preguntado, sólo uno me dijo que sí lo había tenido... Sin embargo, ahora son muchos los libros que hablan de los amigos imaginarios de los niños (aunque me han recordado, en mi pequeña encuesta, que personajes del pasado como Marcelino pan y vino y como Zezé los tenían). Pero, más o menos recientes, recuerdo Soy demasiado pequeña para ir al colegio, Pobby y Dingan, el hermano de Greg, y Fred, el amigo imaginario. Y en los próximos días pondré varios más de los últimos meses. ¿Tendrá esto algo que ver con que ahora muchos niños son hijos únicos, o no tienen con quién jugar, o que sus juegos son muy individualistas...?

El argumento de Las aventuras de Beekle, de Dan Santat, es que uno de los habitantes de la isla de los amigos imaginarios, «donde todos esperan impacientes que un niño los elija para jugar», uno de ellos, cansado de esperar, decide ir al mundo real en su busca. Después de un tiempo vagando por distintos lugares, y observando que «el mundo real era un sitio muy raro», lo encuentra una niña llamada Alicia.

El atractivo del álbum está en que sus ilustraciones son coloristas y graciosas, en que contienen muchos detalles simpáticos, en que la figura blanca y redondeada de Beekle contrasta con el entorno y resulta también atractiva. De la historia están bien el planteamiento y el comienzo de la búsqueda, pero me parece que luego la emoción del relato sólo la compartirán quienes sí hayan tenido el amigo imaginario…

Dan Santat. Las aventuras de Beekle. El amigo (no) imaginario (The Adventures os BEEKLE: The Unimaginary Friend, 2014). Madrid: Bruño, 2016; 40 pp.; col. Cubilete; trad. de Virtudes Tardón; ISBN: 978-84-696-0434-2. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 6 de marzo de 2017

Un tipo de álbumes muy populares son aquellos en los que los padres desean reafirmar a los hijos que no han de temer que algún día dejen de quererles. De ese tipo son, entre otros, Siempre te querré o Siempre pienso en ti. Uno nuevo en esa dirección, destacable por su claridad narrativa y compositiva, es Mi amor, de Pauline Martin y Astrid Desbordes. Las ilustraciones son dibujos sencillos y claros sobre fondo blanco, una fórmula que nunca falla si «el guión» es bueno. La estructura se apoya en unos textos bien pensados, que pueden apreciar igualmente bien los lectores niños y los lectores adultos (cosa que no es nada fácil), y que propician que se presenten sucesivas oposiciones entre páginas izquierdas y derechas: «te quiero cuando te parece que quiero / y cuando parece que no»; «te quiero cuando piensas en mí / y cuando te olvidas de mí», etc.

Pauline Martin. Mi amor (Mon amour, 2015). Texto de Astrid Desbordes. Madrid: Kókinos, 2016; 39 pp.; trad. de Esther Rubio; ISBN: 978-84-16126-52-1. [Vista del álbum en amazon.es]

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domingo, 5 de marzo de 2017

He puesto datos de nuevas ediciones de Crimen y castigo, Los demonios y Los novios.

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sábado, 4 de marzo de 2017

Acabo de poner en Amazon una segunda edición revisada de Formas de la felicidad, el tercero de los libros, junto a La eficacia del optimismo y Una espléndida sinceridad, preparado para completar la información sobre Chesterton contenida en Gramática de la gratitud y poner de relieve su gran categoría como crítico literario. En especial, para señalar su gran acierto a la hora de opinar sobre libros infantiles y juveniles: muchas de sus consideraciones al respecto pueden considerarse «fundacionales» de lo que acabaría llamándose Literatura infantil y juvenil.

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viernes, 3 de marzo de 2017

Hace unas semanas leí este artículo sobre algunos aspectos de interés de La muerte llega a Pemberley, una novela de P. D. James que «continúa» la vida de los personajes de Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. La busqué porque he leído poco, y hace mucho, a P. D. James, y porque me interesan las novelas actuales que prolongan o replican novelas clásicas. En realidad, según comprobé pronto, P. D. James no intenta tanto construir una novela de misterio como una novela lo más parecida posible a las de Austen que, eso sí, contenga una muerte misteriosa que activa una investigación.

Al principio el narrador explica los antecedentes y los personajes ya conocidos por los lectores de Orgullo y prejuicio. Sitúa el comienzo del relato en el año 1803, cuando Darcy y Elizabett Bennet llevan casados seis años. A última hora de la tarde, durante los preparativos de una fiesta anual que se da en la mansión de Darcy, en Pemberley, y que tendrá lugar al día siguiente, llega Lydia Wickham, la joven y alocada hermana de Elizabeth, anunciando que a su marido lo han asesinado poco antes. Varias personas salen a ver qué ha pasado y descubren a Wickam, manchado de sangre pero no muerto, junto a un amigo suyo que sí ha sido asesinado.

La historia no tiene una especial garra como novela de intriga pero sí es un relato repleto de ironía inteligente que, como los de Austen, hace preguntarse continuamente al lector, junto con los personajes, en lo que piensan y sienten los demás, y en si las decisiones que uno toma son o no las más acertadas o justas. Así, al final, Elizabeth recuerda que su madre a veces decía que «las buenas maneras consistían sobre todo en tener en cuenta los sentimientos de los demás, máxime si uno se encontraba en presencia de alguien de una clase inferior»…

El ejemplo anterior sirve también para mostrar el tipo de filtro irónico, que a veces es cómico, a través del cual se comprendían a sí mismos algunos personajes de la época. En ese sentido, tal vez el que provoca los momentos mejores sea Lady Catherine De Bourgh, que hace un comentario particularmente memorable: «Nunca he sido partidaria de las muertes dilatadas. En la aristocracia, son señal de afectación; en las clases bajas, son simples excusas para no trabajar». Y más adelante añade: «los De Bourgh nunca hemos sido dados a las muertes prolongadas. La gente debería decidir si quiere vivir o morir, y hacer una cosa o la otra, causando los menores inconvenientes a los demás».

En otro orden, no faltan explicaciones sobre la importancia y la función de algunas instituciones. Así, «suele aceptarse que los servicios religiosos ofrecen una ocasión legítima para que la congregación valore no solo la apariencia, el porte, la elegancia y la posible riqueza de los recién llegados a la parroquia, sino la conducta de cualquier vecino que pase por una situación interesante, ya sea ésta un embarazo, ya sea su ruina económica». Y el narrador también subraya que «la paz y la seguridad de Inglaterra dependen de caballeros que vivan en sus casas como buenos señores y terratenientes, considerados con el servicio, caritativos con los pobres y dispuestos, en tanto que jueces de paz, a garantizar la concordia y el orden en sus comunidades. Si los aristócratas de Francia hubieran vivido así, nunca habría estallado la revolución».

P. D. James. La muerte llega a Pemberley (Dead Comes to Pemberley, 2011). Barcelona: Ediciones B, 2013; 336 pp.; col. B DE BOLSILLO MAXI; trad. de Juan José Estrella; ISBN: 978-8498728545. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 2 de marzo de 2017

Hace muchos años leí Quintin Durward, de Walter Scott, y recientemente volví a leerla para comprobar que es una de las novelas del autor con un héroe más conseguido y con un hilo narrativo más directo. La edición antigua que he utilizado, a cargo de Antonio Martínez Menchén, tiene una buena introducción sobre La Edad Media, otra sobre las novelas acerca de la Edad Media, y una presentación certera de Scott y esta novela concreta.

A la narración le precede un prólogo del autor en el que habla de una ficticia estancia suya en Francia y que resulta superfluo. La novela tiene un marco histórico real en el que hay algunas inexactitudes en cuanto a las fechas: algunos rasgos de los personajes principales que aparecen en ella coinciden, más o menos, con los datos que tenemos de las personas en las que se basan, pero no así las fechas, pues ni la edad que tienen en la novela es la que tenían en realidad en ese año, ni algunos hechos históricos que se narran fueron el año 1468, que es cuando empieza la historia.

Quintin Durward es un joven arquero escocés que duda entre ponerse al servicio del rey de Francia, el cauteloso Luis XI (1423–1483), o de su principal señor feudal, y también rival, Carlos el Atrevido, Duque de Borgoña. Los acontecimientos le conducen a unirse a los arqueros escoceses del rey Luis, en donde ocupa un importante puesto su tío, y en donde, gracias a varios incidentes, se gana la confianza del rey. Cuando la joven condesa Isabel de Croyes, que había huido de la corte de Carlos por no querer casarse con quien le habían dicho, pide auxilio a Luis, este decide mandarla a Lieja junto al obispo Luis de Borbón, de aquella ciudad. Encarga que la escolte a Quintín, pero este averigua en el camino que las intenciones de Luis no eran exactamente las que le había transmitido a él. Consigue llegar hasta Lieja pero, una vez allí, Guillermo de la Marck, conocido como el Barbudo, o el Jabalí de las Ardenas, ataca ferozmente a la ciudad y mata al obispo. Quintin, entre tanto, huye con Isabel, a la que conduce de nuevo junto a Carlos el Atrevido, donde coincidirá con el rey Luis, que ha ido a intentar hacer la paz con Carlos en un movimiento muy arriesgado.

El párrafo anterior contiene, más o menos, la mitad del argumento, pero no refleja ni mínimamente los muchos incidentes que ocurren y los abundantes e interesantes personajes que intervienen. Están descritos con muchos pormenores el rey Luis y el duque Carlos; en un segundo escalón están aquellos que los rodean, algunos consejeros, nobles, soldados y esbirros. Naturalmente, al héroe se lo describe bien: buena presencia, gran combatiente, modo de comportarse prudente. Por ejemplo, el narrador escribe que «compareció delante del rey y del duque con aquel despejo que dista tanto de la tímida reserva, como de presuntuosa osadía: modo digno de un joven bien nacido y educado, que sabe honrar y respetar a quien corresponde, sin dejarse fascinar o intimidar por la presencia de los mismos a quienes honra y respeta». La heroína tiene menos entidad que otras del autor: aunque sus acciones —huir de Carlos, negarse a la boda, etc.— dan idea de su fortaleza, por lo demás se deja llevar de un lugar a otro pues, como ella misma dice, «la libertad solo existe para el hombre: la mujer debe buscar siempre un protector, puesto que la naturaleza le ha negado los medios de defenderse por sí misma».

La novela tiene ritmo y en ella casi no hay derivaciones. Se suceden a buen paso las escenas de rivalidades, de combates dialécticos, y de peleas individuales y colectivas. No faltan algunos secundarios característicos: algunos graciosos, que aquí son unos canallas que hacen los trabajos sucios al rey Luis; algunos nobles, que actúan rectamente y ven con benevolencia y admiración el comportamiento de Quintin. Naturalmente, abundan las frases excelentes puestas en boca de cualquiera. Así, el narrador introduce buenas frases explicativas: «La meditación de un joven rara vez es tan profunda que no ceda al impulso de la curiosidad, tan fácilmente como la más diminuta piedrecilla, al caer por casualidad de nuestras manos, agita la superficie de un limpio estanque». Uno de los consejeros del rey señala cómo «siempre es el que pierde quien ensalza el mérito de la moderación. El que gana, hace mayor caso de la prudencia que le impele a no dejar escapar la ocasión de que puede aprovecharse». El rey Luis dice sobre otro rey que «hizo un disparate, pues murió como mártir y no hizo méritos para llegar a santo».

Hay escenas que se pueden considerar modélicas, dentro de cualquier novela de aventuras y dentro de las novelas del autor. Una, a comienzos del capítulo IV, es la descripción de un almuerzo que ofrece a Quintín maese Pedro, un noble a quien ha conocido pero cuya identidad real no sabe: «Había un pastel de Périgord, sobre el cual un gastrónomo hubiera deseado vivir y morir, como los comedores de loto de Homero, olvidado de parientes, patria y toda clase de obligaciones sociales; y cuya magnífica corteza parecía levantarse como las murallas de alguna rica capital, emblema de las riquezas que están destinadas a proteger. Junto a este pastel veíase un apetitoso guiso, que a juzgar por su olor se había sazonado con ese ligero punto de ajo que tanto gusta a los gascones, y que por cierto no desagrada a los escoceses; y más lejos descollaba un suculento jamón, parte sin duda de algún noble jabalí cazado en el cercano bosque de Montrichart...».

Otra es la descripción que se hace de Luis Lesly, el Acuchillado, cuando entra en escena y tanto Quintín como el lector le ven por primera vez: «Su traje y armas llamaban la atención por su magnificencia». Después de muchos pormenores se dice que «del cinto pendía uno de esos anchos y sólidos puñales que llamaban la Misericordia de Dios, y del hombro izquierdo el tahalí para la espada de dos manos, primorosamente bordado; pero en aquel momento, el arquero llevaba en la diestra esta pesada arma, que el reglamento le obligaba a no dejar nunca». Más adelante se nos dirá que el Acuchillado no paga el vino en la posada, una «falta de memoria casual en personas de su condición, y que el dueño del establecimiento no pensó en corregir, atemorizado tal vez por la enorme espada de dos manos».

Walter Scott. Quintin Durward (Quentin Durward, 1823). Madrid: Legasa, 1981; dos volúmenes, 610 pp.; no indica traductor; edición de Antonio Martínez Menchén; ISBN: 84-85701-24-X.

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miércoles, 1 de marzo de 2017

En bienvenidosalafiesta: notas del mes de febrero. Dos buenos álbumes del mes: Tiempo libre y Había una tribu. De los reseñados no hay ningún relato infantil o juvenil que me haya enganchado: el próximo mes sí habrá aunque, por el momento, ninguna es para tirar cohetes.

Sí estoy contento de haber completado el comentario, aquí y aquí, de los libros que no han sido editados en castellano de la serie Los mundos de Chrestomanci: Diana Wynne Jones es una grandísima escritora de fantasía. También lo estoy de haber leído algunos relatos de Pushkin y Del álbum de un cazador.

En Medium publiqué las dos últimas selecciones por edades, con libros de memorias de infancia y relatos cortos para lectores jóvenes, y comencé otra serie de selecciones de libros de acuerdo con géneros, temas y otros rasgos cuya primera entrega es Primeras novelas y relatos cortos de tipo policiaco.

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miércoles, 1 de marzo de 2017

El señor Zorro y el hilo rojo, de Franziska Biermann, es la continuación de Al señor Zorro le gustan los libros. Si en aquel libro se habla del poder adictivo de la lectura este podría decirse que se refiere al poder adictivo de la escritura.

Al principio se nos explica que el señor Zorro se ha convertido en una celebridad mundial gracias al éxito que han tenido sus libros sobre las aventuras policiacas de Jacky Marrone. Conocemos a su agente, el señor López, feliz con el dinero que le hace ganar el señor Zorro. Un día que el señor Zorro decide comenzar una nueva novela —antes se nos ha contado el trabajo de documentación previo a ponerse a escribir—, descubre que han desvalijado su sótano y ha desaparecido todo el material almacenado de ideas, cuadernos, etc. Acaba encontrando un pasadizo por el que llegó y escapó el ladrón y lo sigue: para no perderse se ata un hilo rojo, del jersey de su editor, que aguarda en la superficie.

Historia disparatada y graciosa, que se sigue con interés. Como es de suponer, el señor Zorro se pregunta qué haría, en su caso, Jacky Marrone: poner en funcionamiento «su hocico buscapistas»... Las figuras caricaturescas de los personajes caen bien. Las imágenes añaden información que no se cuenta con las palabras: no hace falta, por ejemplo, que se describan los túneles por los que se mete el Zorro, porque las ilustraciones los presentan con claridad. Hay muchos cambios de color y tamaño en la tipografía que añaden dinamismo y emoción al relato. El vocabulario es rico pero el narrador es consciente de a quienes se dirige y no recarga los aspectos metaliterarios del relato en busca del elogio de los adultos.

Franziska Biermann. El señor Zorro y el hilo rojo (Herr fuchs und der rote faden, 2015). Madrid: Los cuatro azules, 2016; 60 pp.; trad. de Elena Abós; ISBN: 978-84-941866-6-0. [Vista del libro en amazon.es]

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