Continúo con Misterio y fe,la entrevista a Jon Fosse, esta vez con un comentario que se puede titular
EL ARTE LITERARIO DE JON FOSSE
Fosse empezó muy joven a escribir: relatos, ensayos, mucho teatro. Pasado el tiempo dejó de publicar artículos y ensayos —«porque sencillamente no tenía tiempo para hacer todo lo que estaba haciendo» y «porque comprendí que la teoría y los conceptos no daban buen resultado»—, abandonó también el teatro —después de unos cincuenta textos escénicos—, y decidió escribir sólo poesía y ficciones —porque «me acercaba mucho más a una verdad digna haciendo literatura»—; es decir, aceptó su posición como «un prosista modernista en el seno del libro neonoruego». Indico a continuación cómo describe Fosse mismo su arte literario.
Escribir como escuchar
Aunque dice que no le gusta admitirlo, desde que empezó a escribir la escritura se convirtió en su terapia: fue «una especie de automedicación. Durante años, lo primero que hacía al despertar era vomitar. Menuda manera de enfrentarse al día». Ya cuando conoció «la simpleza positivista de la sociología» en la universidad, empezó a estudiar filosofía —Heidegger, Wittgenstein, Tomás de Aquino («el mayor de todos los teólogos»)— y, a su manera, se convirtió en un creyente sin vinculaciones religiosas claras: «se podría decir que la literatura, la escritura, pasó a ser una especie de religión» para él; fue una época en la que se vinculó con el movimiento de los cuáqueros: «le encontraba mucho sentido a eso de sentarme en silencio entre un círculo de cuáqueros».
Cuando dejó la bebida, explica, empezó a leer muchísimo más que antes y, en concreto, muchos más autores y libros relacionados con el catolicismo. En esas lecturas ocupó un lugar importante el Maestro Eckhart, que le hizo pensar que si en la Iglesia católica había sitio para Eckhart, debía de haber sitio también para él. Así que, afirma, «escribir se ha convertido en mi modo de vida. Si no escribiera, el vacío me resultaría demasiado grande. Para mí, escribir es lo que ahuyenta el dolor de la oscuridad. Escribir y, ahora, también la fe. Creo que me moriría si dejara de escribir, por lo menos si dejara de intentarlo».
Varias veces vuelve a la idea de que la escritura le abrió a Dios pues, para él, escribir es escuchar y con frecuencia ha notado que, cuando algo le salía bien, «no era yo quien escribía, sino que había en mí algo que escribía, algo que no era yo». De ahí que cualquier obra la recibe como un regalo pero, aclara, «no me atrevo a usar la palabra gracia. Sería demasiado grande, suena casi un poco blasfemo. Pero sí que se trata de un don». Eso sí, para conseguir ese don ha de trabajar duramente: «no sirve de nada sentarte a esperar que de pronto caiga algo sobre el papel. Hay que sacarlo a la luz por medio de la escucha. En parte, hay que forzarlo a salir. Porque escribir puede ser un trabajo duro».
Sin ocupar uno mismo el centro
Fosse huye de un arte centrado en el propio artista, algo así como una autoveneración, que le produce rechazo. Intenta evitar sus vivencias privadas: «nunca he usado nada que yo mismo haya vivido sin reescribirlo. Jamás. He probado a hacerlo, pero lo que sale no es literatura. La literatura hay que inventarla, hay que escucharla, sacarla a la luz y elevarla. Hay que darle vuelo. Debe volar. Para mi propia escritura, esto implica ponerme a escribir sin haber planeado nada». En otro momento lo dice así: «nunca he creído en la escritura basada en experiencias personales, imponerse uno mismo en la literatura imposibilita, como quien dice, la literatura».
Tampoco está a favor «de toda esa palabrería sobre los sentimientos, de eso de que “hay que hablar de los sentimientos”. Para eso, me gusta mucho más el viejo ideal masculino de que de los sentimientos no se habla. Es fácil que un estado de ánimo se pierda en la palabrería». Y también huye de predicar: «el arte y la predicación son antagónicos. Si pruebas a sermonear, acabas haciendo literatura cristiana de kiosco. (…) Un artista que opina, que introduce a la fuerza opiniones, mensajes o sermones políticos, religiosos o lo que sea, en la obra, renuncia al misterio que es el arte en sí. Renuncia a la escucha abierta. Y con ello renuncia al arte».
Una literatura de palabras pequeñas
Fosse intenta una literatura de la sencillez: «a mí siempre me han disgustado las metáforas, tanto en las obras de teatro como en las novelas y los relatos breves, porque las obras literarias son en sí mismas metáforas. Y las metáforas dentro de la metáfora enfangan, de alguna manera, la metáfora fundamental». Señala que, para él, escribir nunca ha sido un deseo de expresarse, «ni tampoco de decir algo sobre eso que la mayoría de la gente entiende por realidad», pero sí de abrirse «paso a la verdadera realidad, la realidad que no está mediada, ideologizada ni interpretada. Es un deseo de acercarme a lo verdaderamente elemental de la realidad. Supongo que será una especie de deseo fenomenológico, un intento de escribir fenomenológicamente. Puede que haya gente a la que esto le dé miedo, a mí me da seguridad».
Piensa que si el escritor asume que tenemos «la facultad espiritual de transcender la propia facticidad», «esta facultad acaba abriéndose camino en la mejor literatura realista, dotándola de dimensiones transcendentales; al que escribe con talento le resulta sencillamente imposible evitarlo». Aclara que no cree que haya que plantearse una literatura abierta a la dimensión religiosa o espiritual, sino que eso es algo que «al final ocurre de todos modos. Es algo subyacente a lo literario, al arte en cuanto que arte, cuando es arte. Y esto implica que el arte no necesita esforzarse por ser novedoso, innovador. Si es arte, será por definición innovador». En otro momento explica que «las palabras pequeñas son las que forman mi mundo, y con ellas escribo para hacer surgir mi mundo en mi obra. Porque incluso un poema pequeño es un pequeño mundo. Y también en los pequeños mundos, desde ellos, puede aparecer el misterio, aunque sea de modo negativo, alegórico».
El ideal de la omnitemporalidad
Señala que Wittgenstein, famoso por haber dicho que de lo que no se puede decir nada, es mejor callar, también dijo que lo que no se puede decir, hay que mostrarlo, «y esto es justamente lo que hace el arte, ¿no? Las artes plásticas lo hacen en sentido literal, pero el arte del lenguaje también lo hace, al igual que, a su manera, lo hace la música». Así que entiende que «la literatura poderosa revela algo que no se puede decir, o mostrar, de otra manera que justamente como se escribe en ese momento y en ese lugar. Dice, o muestra, lo indecible. Lo característico de esta clase de literatura es que no se deja resumir, porque al resumirla desaparece aquello que la hace buena, aquello que le concede calidad».
En otros párrafos lo dice así: «Todo artista tiene, o crea, un lenguaje propio que permite que la existencia se revele en toda su unicidad, su particularidad, su idiosincrasia. Eso, por lo menos, es lo que trato de lograr yo. Al escribir, aúno la forma y el contenido para generar una especie de distancia que permita ver aquello que es tan evidente que, por lo general, no se puede ver; es decir, lo básico y, en cierto sentido, lo banal». Al explicar que «la temporalidad no solo es constitutiva de la existencia, sino también de la narrativa como arte de la escritura», declara que un ideal de su escritura es el intento de sacar a la luz una “omnitemporalidad”, que comprenda como «una especie de anulación del tiempo, por medio del tiempo. Que el pasado y el futuro desaparezcan en una especie de ahora —el prefijo latino omni significa todo».
En busca de la verdad
Fosse no hace grandes distinciones entre los diversos tipos de arte pues piensa que, «en el fondo tratan todos de lo mismo, tanto la literatura como la música y las artes plásticas»; y que, aunque en lo exterior unos se distinguen de otros, en lo interior no, pues «en todos los casos se trata de mostrar lo que no se puede decir» y, en la literatura, se trata de «abrir una senda entre lo creado y lo no creado que normalmente no puede avistarse o conocerse». Señala que llama «poesía» a lo que es común a la escritura en los diversos géneros, que al hablar de poesía se refiere a una manera de denominar la calidad de la buena literatura, no al nombre de un género literario. La verdadera literatura «dice algo decisivo de la realidad en la que vivimos», y por eso «escribir literatura, poesía, es avanzar escuchando, y no inventar»; es, por decirlo así, «sacar a la luz algo que ya existe», de ahí que, «en el encuentro con la gran literatura, a veces se tiene la sensación de ver algo que ya se sabía, sin ser consciente de ello».
Avanzar escuchando «requiere que domines tu oficio, que sepas escribir, o pintar, o tocar. Y cuanto mejor domines tu oficio, y más sepas sobre él, mejor. A un escritor le viene bien todo lo que sepa de métrica, retórica, narratología, dramaturgia, incluso de gramática e historia de la lengua», aunque todas estas teorías no acaben de alcanzar el objetivo: «No llegas a la magia del poema por medio de las teorías literarias. No es lo que sabes lo que hace grande la vivencia del poema, sino lo que no sabes. La poesía es lo contrario de las “ocurrencias”, y de la “creatividad”, que por cierto es una palabra que detesto. Y al escuchar, callas. Cuando escuchas, permites que se te diga algo. Y eso es lo que escribes». Así que, al escribir poesía, «se escucha, y en la escritura se desvela y se muestra la verdad, al menos la verdad en cierto sentido de la palabra». Para mí, dice Fosse, escribir « se parece más al rezo que a un reportaje, o a un tratado científico, o a otras cosas con las que a uno se le puede ocurrir compararla. Por lo menos la poesía que me gusta a mí, y la poesía que yo trato de escribir».
Jon Fosse. Misterio y fe: Una conversación con el teólogo Eskil Skjeldal (Mysteriet i trua. Ein Samtale mellom Jon Fosse og Eskil Skjeldal, 2015). Barcelona: Debate, 2025; 168 pp.; Col. ENDEBATE; trad. de Kirsti Baggethun y Cristina Gómez-Baggethun; ISBN: 978-8410433045. [Vista del libro en amazon.es]




























