En tierra de hombres

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En tierra de hombres

En tierra de hombres, un libro de memorias de Adrienne Miller, tiene dos puntos de interés: uno, que la autora fue editora y pareja un tiempo de un escritor de culto para muchos como fue David Foster Wallace; otro, para los que no conocemos a Foster Wallace, es que fue una de las primeras mujeres editoras literarias de una revista masculina en Estados Unidos —una experiencia profesional que le da mucha munición para sus reivindicaciones feministas: «hasta que empecé a trabajar en revistas de hombres, yo entendía el feminismo solo en abstracto; no entendía por qué las mujeres, de hecho, necesitaban feminismo»—, y conoce muy bien el mundillo literario estadounidense de las últimas décadas. Esto último es lo que a mí me ha interesado más, también por los comentarios tan atinados, frívolamente serios podríamos decir, a veces graciosamente autoirónicos —«soy la reina de soltar tonterías, bien lo sabe Dios»—, que, a propósito de muchas cosas, va dejando caer la autora.

Este comentario a propósito de aprendizaje como editora: habla de su jefe, Granger, y dice que «a partir de la observación de su manera de trabajar fui asimilando por ósmosis las siguientes lecciones: para ser buen editor has de ser curioso y cuestionarte las cosas; ayudas al autor a desarrollar una voz y un tono; dejas espacio al autor para que respire, explore y viva; confías lo bastante en tu escritor como para permitirle que se entregue a sus obsesiones, pero también eres la influencia moderadora y la voz de la razón. Además, debes intentar salvar al escritor de sus propios impulsos. De hecho, esa es la misión más importante de todas para un editor: salvar al escritor de sí mismo. De ese modo, ser editor ha de ser sin duda el empleo más psicológicamente íntimo del mundo».

Este comentario a propósito de las reseñas breves de libros en una revista: «En una reseña tipo cápsula hay tan poco espacio que no se puede hacer mucho más que resumir el libro, lo que, en todo caso, si el libro es mínimamente bueno, es imposible de hacer. (¿Fue Edward Albee quien dijo que si una obra podía describirse en tres líneas, la obra debería tener exactamente esa misma extensión?) Lo triste del caso: nunca llegué a mejorar en ese formato. Sin duda, desearía haber sabido entonces lo que sé ahora: la misión del redactor de reseñas es evaluar el libro por lo que es y determinar hasta qué punto consigue —o no consigue, como puede ser el caso— lo que se propone».

No son pocos los comentarios agudos a propósito de las vanidades literarias:

—«Un amigo lo expresó a la manera de Campo de sueños: «Con los famosos, solo existe una regla: si montas una gala de entrega de premios, vienen». Y una pregunta más: ¿es que no eran ya todos los hombres, siempre, «Hombres del año»?».

—«Obviedad: nada destruye más la magia de la creación literaria que una feria de libros. Allí te recordaban que los libros eran un producto como otro cualquiera: latas de sardinas, mirlitones, escobillas de váter».

—Ya cuando comenzaba, dice Miller, «a mí me parecía (…) peligroso que un escritor llegara a verse a sí mismo como un grande; la preocupación del escritor debería ser siempre llegar a la verdad, y ¿cómo vas a llegar a la verdad de la historia si tú eres la historia, y no quien se encuentra frente a ella?»

Adrienne Miller. En tierra de hombres (In the Land of Men, 2020). Barcelona: Península, 2021; 416 pp.; trad. de Juanjo Estrella; ISBN: 978-8499429731. [Vista del libro en amazon.es]

 

4 marzo, 2022
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