A la conquista de los apaches

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A la conquista de los apaches

Traigo aquí A la conquista de los apaches, de José Luis Olaizola, un relato novelado sobre Alvar Núñez Cabeza de Vaca, para sumarlo a los que dedicó el autor a Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Bartolomé de las Casas y Juan Sebastián Elcano. También en este caso el narrador adopta el tono de un cronista del momento, pues es un escribano, marido de una sobrina de Cabeza de Vaca, e hijo de quien fuera su hombre de confianza, Pero Hernández.

Así lo explica él: «Algún lector avisado puede preguntarse de dónde me viene a mí tanta ciencia para escribir sobre aquella conquista, puesto que no anduve en ella, y razón no le falta para dudar de la veracidad de lo que cuento, pero a mí favor abona ser hijo de quien soy, a quien en las largas noches de invierno, al calor del fuego de la chimenea, siendo yo tan sólo un mozo, se le iban las horas narrando lo que sucedió tanto en la Tierra Firme, y años más tarde en el Río de la Plata, siempre dando muestras de gran devoción hacia la persona de don Álvar Núñez de Vaca, de manera que sin conocerle ya le tenía por uno de los hombres más notables y, por fin, cuando le conocí fue un día muy señalado para mí. Por eso entiendo, aunque pueda sonar a inmodestia, que nadie que siga vivo está más capacitado que yo para narrar aquella conquista. Los que la vivieron son muertos. Además así le prometí a mi padre que lo haría, cuando se encontraba en su lecho de muerte, y aunque no me hizo jurarlo sobre los sagrados evangelios, es como si lo hubiera hecho».

Después de contar la vida de su biografiado hasta la expedición con la que llegó, en 1527, a las costas de Florida, su narración se centra en lo que el mismo Cabeza de Vaca contó en su obra Naufragios: los casi diez años que, junto con otros tres hombres, pasó recorriendo el sur de los Estados Unidos y el norte de México, tratando con distintas tribus indias. Se hacen notar las dotes humanas del héroe, que actuaba muchas veces como curandero entre los indios y que procuraba obrar rectamente con ellos. Se cuentan bien las costumbres de los indios, y se hace notar cómo hay asuntos y sucesos que su protagonista no recuerda bien…

El narrador tiene su mirada puesta en los lectores de hoy, por ejemplo cuando apunta que «me dice la Felicidad Merino [su mujer y sobrina del héroe] que a don Álvar no le gustaba que a los indios los nombremos como salvajes, ya que ni todos lo son, y los que lo son no por eso dejan de ser hijos de Dios, según lo tienen declarado los teólogos de Salamanca. Discurro yo que don Álvar, al final de sus días, era muy mirado en estos extremos, pero cuando comenzó la conquista, era de otra manera de pensar, y el nombrarlos como salvajes es costumbre que se encuentra en todos los conquistadores que, precisamente, emprenden la conquista para que dejen de serlo. De todos modos, por dar gusto a mi señora esposa, dejaré de llamarlos así, cuando me venga a la memoria ese reproche».

Al final, brevemente, el narrador cuenta las restantes empresas de Cabeza de Vaca que, cumplidos ya los cincuenta años, cruza de nuevo el océano para irse al Mar de la Plata: «bien cara había de pagar don Álvar esta nueva aventura, que no es para descrita en este memorial; solo decir que hizo grandes descubrimientos, entre otros las famosas cataratas de Iguazú que según cuentan, no las hay igual en el mundo entero, pero oro y plata tampoco lo hallaron».

José Luis Olaizola. A la conquista de los apaches (2014). Madrid: LibrosLibres, 2014; 204 pp.; ISBN: 978-8415570448. [Vista del libro en amazon.es]

28 mayo, 2021
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