Imperiofobia y leyenda negra (2)

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Imperiofobia y leyenda negra (2)

Indico a continuación varias ideas-guía que se repiten, y que se contrastan con los hechos, una y otra vez, en Imperiofobia y leyenda negra.

Una, la de que «es importante, cuando se trata de opiniones y prejuicios, deslindar con el mayor cuidado causas y consecuencias. El prejuicio precede a las causas, las busca y las fabrica. No al revés. De otro modo dejaría de ser un prejuicio. No quiere decirse que invente sus justificaciones. Procede desenfocando los contextos, y mezclando verdad y mentira».

Otra, la necesidad de usar el lenguaje con precisión y saber de qué estamos hablando. Por ejemplo, la autora explica que la historiografía académica no distingue mucho entre colonialismo e imperio cuando son movimientos de expansión totalmente distintos. Aclara que no se puede hablar de América como una colonia española puesto que nunca lo fue: sus habitantes indígenas fueron tan súbditos de la Corona como los españoles peninsulares; el estilo imperial español fue completamente distinto al de los países europeos durante su etapa colonial, como se prueba en la construcción de hospitales en Hispanoamérica o en que hubo veinte centros de educación superior en América de los que, hasta la independencia, salieron 150.000 licenciados. «Ni portugueses ni holandeses abrieron una sola universidad en sus imperios. Hay que sumar la totalidad de las universidades creadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia en la expansión colonial de los siglos XIX y XX para acercarse a la cifra de las universidades hispanoamericanas durante la época imperial».

Una tercera, que «la imperiofobia es una forma de racismo» pues «el racismo tiene siempre una connotación de inferioridad moral e intelectual. Los griegos ya encontraban a los romanos poco dotados intelectualmente, y la misma opinión tuvieron los italianos de los españoles, y los polacos y checos de los rusos. Ahora mismo, una parte grande de la humanidad, sobre todo europea, está convencida de que los estadounidenses, además de medio tontos, son unos ignorantes». Además, que la imperiofobia nace de un complejo de inferioridad y es administrada por una élite intelectual que «es la que le da forma y prestigio». Lo curioso es que la imperiofobia es un «prejuicio de buen tono» y da una especie de «inmunidad intelectual» a quien lo posee y lo manifiesta.

Una cuarta, que durante siglos, e incluso actualmente, ha imperado la «ley del silencio». En el relato de los hechos históricos es patente: por ejemplo, «la versión canónica de la rebelión del pueblo holandés contra la tiranía española es una narración nacionalista inspirada en la propaganda más que en los hechos»; las guerras protestantes fueron verdaderas guerras civiles que no se presentan así «según esa ley del silencio que tapa aquello que no conviene a la versión triunfadora». Esa ley del silencio se nota, en especial, en el intento de «hacer invisible cualquier logro cultural, científico y social que se produce en el mundo católico al mismo tiempo que se resaltan y se destacan continuamente los que se producen en el mundo protestante, de tal manera que los primeros parecen un hecho excepcional y los segundos una constante. Esta operación de borrado y subrayado va acompañada de su contraria: todo problema o dificultad sucedida en el mundo católico es repetida y destacada hasta la saciedad, de tal forma que parece que las sociedades católicas siempre funcionan mal. Al mismo tiempo los problemas o hechos poco edificantes que tienen lugar en el mundo protestante son presentados como excepción en una trayectoria perfecta, y rápidamente olvidados». Lo asombroso es que «el católico ha asumido ese paisaje social y habita mentalmente en la cosmovisión que el protestante ha dibujado». El ninguneo sistemático de los mejores logros intelectuales españoles ha sido ignorado también en España: el mismo Ortega y Gasset «asumió la historiografía europea triunfante desde el siglo XIX sin poner en duda sus presupuestos»

María Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra (2017). Madrid: Siruela, 2017; 482 pp.; col. Biblioteca de ensayo; prólogo de Arcadi Espada; ISBN: 978-84-16854-23-3. [Vista del libro en amazon.es]

 

9 abril, 2017
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