Física de la tristeza (1)

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Física de la tristeza (1)

Física de la tristeza, de Gueorgui Gospodínov, es un libro inclasificable, evocador y sugerente, cuyo narrador sufre una especie de empatía patológica que le hace meterse en los recuerdos de los demás miembros de su familia. Esto se concreta en que utiliza voces narrativas de distinta clase, que además saltan de un personaje y un episodio a otros, de la primera a la tercera persona, del presente al pasado. El carácter un tanto experimental y fragmentario de lo que se cuenta hará que no guste a muchos lectores pero que fascine a otros, como yo mismo.

El narrador se  da cuenta de la extrañeza que puede causar en el lector su modo de contar y así, en un momento de su relato leemos: «UN ALTO EN EL CAMINO. Soy consciente de la incertidumbre de esta primera persona que fácilmente se convierte en tercera y luego regresa a la primera. Pero ¿quién podría afirmar con seguridad que aquel niño de hace cuarenta años era yo, que aquel cuerpo es este de aquí? Ni siquiera las hormigas de 1975 son las mismas. No encuentro nada en común con mi cuerpo de los seis años, con aquella fina piel rosa pálido ni con el invisible vello rubio en las piernas».

En otra ocasión escribe: «No sé si las cosas que voy rescatando de mi propio diluvio de manera caótica y con cierto pánico pueden conservar la vida y además dar fruto y multiplicarse. Sé que el pasado es infértil como una mula, pero eso solo consigue que le tenga aún más cariño». Y en otra más señala: «A veces tengo cuarenta y cuatro años, otras noventa y uno, a veces estoy en el laberinto de una cueva o un sótano, en la noche del tiempo, otras veces, en la oscuridad de un útero, nonato. Con más frecuencia tengo diez años».

Se ve que al autor le importa mantener atento al lector: «UN ALTO EN EL CAMINO. Esperemos aquí a las almas de los lectores distraídos. Quizás se haya perdido alguien por los pasillos de estos tiempos dispares. ¿Ha vuelto todo el mundo de la guerra? ¿Y de la feria de 1925? ¿No nos habremos olvidado a alguien en el molino? ¿Hacia dónde vamos ahora? Se supone que un escritor no debería formular cuestiones semejantes, pero como soy el más titubeante e inseguro de los escritores me lo voy a permitir. ¿Deberíamos volver a la historia del padre? ¿O bien seguir adelante, lo que en este caso sería regresar atrás, al minotauro de la infancia…? No puedo ofrecer una narración lineal porque tampoco lo son los laberintos ni las historias. ¿Ya estamos todos? Sigamos».

Un párrafo para dar idea de cómo el autor introduce consideraciones sugerentes: «Existe una suerte de gramática del envejecimiento. Infancia y adolescencia están repletas de verbos. No te puedes estar quieto. Todo en ti crece, brota, se desarrolla. Luego los verbos son reemplazados poco a poco por los sustantivos de la mediana edad. Hijos, coches, trabajo, familia: las cosas sustanciales de los sustantivos. El envejecimiento es un adjetivo. Entramos en los adjetivos de la vejez: lentos, infinitos, nebulosos, fríos o transparentes como cristales».

En cuanto al título, el narrador indica que «los asuntos que me preocupan no tienen peso. El pasado, la tristeza y la literatura: solo me interesan esas tres ballenas ingrávidas. Pero la física cuántica y las ciencias naturales les han dado la espalda». Y sigue: «en algunas personas, la empatía se desencadena a través del dolor; conmigo pasa a través de la tristeza. La física de la tristeza —inicialmente la física clásica— fue el objeto de mis ocupaciones durante unos cuantos años». Pues «la tristeza tiene olor y color. Es una especie de gas camaleónico que cambia todos los colores y olores del mundo, y a la que también todos los colores y olores pueden activar con facilidad».

Gueorgui Gospodínov. Física de la tristeza (Физика на тъгата, 2012). Madrid:‎ Impedimenta, 2026; 304 pp.; trad. de María Vútova y Andrés Barba; ISBN: ‎ 979-1387641634. [Vista del libro en amazon.es]

 

23 marzo, 2026
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