Los secretos de Oxford (y 2)

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Un momento de la conversación a la que me refería en la nota de ayer sucede cuando, «de entre una maraña de palabras surgió de repente el ominoso nombre de Platón, y la doctora Baring planteó una especulación filosófica tentadoramente, como quien mueve un peón de ajedrez.

Muchas personas se habrían precipitado en desastres irreparables por el peón filosófico de la rectora. Había dos maneras de tomárselo, ambas desastrosas. Una consistía en fingir que sabías de qué trataba el asunto; la otra, en manifestar un falso deseo de aprender. Su señoría [lord Peter Wimsey] sonrió amablemente y se negó a aceptar el gambito.

—Eso está fuera de mi alcance. No tengo una mente filosófica.

—¿Y cómo definiría la mente filosófica, lord Peter?

—No la definiría. Las definiciones son peligrosas, pero sé que la filosofía es un misterio para mí, como la música para quien no tiene oído.

La rectora le dirigió una dura mirada, y él le ofreció un perfil inocente, con la cabeza gacha y pensativa sobre el plato, como una garza empollando junto a una laguna.

—Un ejemplo muy acertado —dijo la rectora—. Da la casualidad de que no tengo buen oído.

—¿En serio? Sí, pensaba que podría ser su caso —replicó Wimsey con ecuanimidad.

—Qué interesante. ¿Cómo lo sabe?

—Es algo en el timbre de la voz. —Le presentó unos cándidos ojos grises—. Pero no se puede llegar a esa conclusión sin ciertos riesgos, y como quizá haya observado, no he llegado a esa conclusión. En eso consiste el arte del embaucador: en incitar a una confesión y presentarla como el resultado de una deducción».

Dorothy Sayers. Los secretos de Oxford (Gaudy Night, 1935). Barcelona: Lumen, 2009; 600 pp.; trad. de Flora Casas; prólogo de P. D. James; ISBN: 978-84-264-1700-8.

 

13 diciembre, 2013
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