WELLS, Herbert George

WELLS, Herbert GeorgeAutores
 

Escritor británico. 1866-1946. Nació en Bromley, Kent. Fue profesor de ciencias naturales, periodista y, enseguida, obtuvo gran éxito con sus libros. Tuvo una gran relevancia pública también porque fue de los primeros miembros de la Sociedad Fabiana, una conocida organización socialista, y de los fundadores del PEN Club. Murió en Londres.


La máquina del tiempo
Madrid: Anaya, 2002, 9ª ed.; 203 pp.; col. Tus libros; ilust. de Miguel A. Rodríguez; intr. de Juan José Millás; trad. de Nellie Manso de Zúñiga; apéndice de Constantino Bértolo Cadenas; ISBN: 84-207-3391-1.
Otra edición en Madrid: Alianza, 2004, 2ª impr.; 144 pp.; col. El libro de bolsillo, biblioteca juvenil; trad. de Nellie Manso de Zúñiga; ISBN: 84-206-4077-8.

En la primera parte se nos cuentan los prolegómenos del viaje al futuro que realizará El Viajero a través del Tiempo. Al regreso de su aventura, El Viajero cuenta sus experiencias: cómo es el mundo del futuro, qué clase de sociedad encuentra; quiénes son sus habitantes, los primitivos Eloi y Morlocks.


La isla del doctor Moreau
Madrid: Anaya, 2000, 3ª ed.; 222 pp.; col. Tus libros; ilust. de Beatriz Ujados; trad. y notas de Catalina Martínez Muñoz; apéndice Javier Martín Lalanda; ISBN: 84-207-3599-X.
Otra edición en Madrid: Alianza, 2003; 174 pp.; col. El libro de bolsillo, biblioteca juvenil; trad. de Catalina Martínez Muñoz; ISBN: 84-206-4077-8. [Vista, en amazon.es, de una edición en la colección Tus Libros-Selección]

Edward Prendick es salvado de un naufragio y conducido a una isla donde conoce a Moreau, a quien recuerda como «un eminente psicólogo, conocido en los círculos científicos por su extraordinaria imaginación y su franqueza brutal en las discusiones». Descubre que Moreau experimenta con animales en busca de conseguir «una criatura racional de mi propia invención», y está fabricando unos seres que llama «humanimales».


El hombre invisible
Madrid: Anaya, 2001, 10ª impr.; 254 pp.; col. Tus libros; ilust. de Louis Strimpl; trad. de Julio Gómez de la Serna; apéndice de Constantino Bértolo Cadenas; ISBN: 84-207-3387-3.
Otra edición en Madrid: Alianza, 2002; 216 pp.; col. El libro de bolsillo, biblioteca juvenil; trad. de Julio Gómez de la Serna; ISBN: 84-206-7722-1.

Griffin, un científico que descubre la fórmula de la invisibilidad, se vuelve loco y provoca el terror. Un viejo amigo suyo, el responsable doctor Kemp, por cuya boca opina Wells —«nunca hago reproches a nadie. Eso está anticuado»—, se pondrá en cabeza de su persecución y captura.


La guerra de los mundos
Madrid: Anaya, 2002, 9ª impr.; 224 pp.; col. Tus libros; ilust. de Mario Lacoma; trad. de Ramiro de Maeztu; apéndice de Constantino Bértolo Cadenas; ISBN: 84-207-3410-1.

En unos enigmáticos cilindros aterrizan unos marcianos cuyo aspecto es el de unas masas grisáceas, de grandes cabezas redondas y cuyo tamaño es como el de un oso. Desplazándose en unos artefactos en forma de trípode («¿imaginan ustedes un taburete de tres patas que gira sobre sí mismo y salta con violencia sobre la tierra? Pero en lugar de un taburete imagínense un gran cuerpo sostenido en un trípode»), invaden Inglaterra, la devastan y obligan a la evacuación de Londres…



La máquina del tiempo apareció primero como serie y luego como libro y obtuvo una resonancia instantánea que consagró a su autor. El interés de La isla del Doctor Moreau, novela menos popular, también por ser más amarga que otras, está en la pintura del científico que se coloca más allá del bien y del mal: «Nunca me han preocupado los aspectos éticos de la cuestión. El estudio de la Naturaleza vuelve al hombre tan cruel como la propia Naturaleza», dirá Moreau, un digno heredero del Frankenstein de Mary SHELLEY, y del Mr. Hyde de STEVENSON, y un predecesor de tantos bárbaros investigadores de las décadas que seguirán. En la misma línea se coloca El hombre invisible, la obra más conocida y traducida de Wells, que se podría llamar más una novela fantástica que de ciencia-ficción, pues en ella lo científico es más bien una excusa. Sin embargo, La guerra de los mundos, sí se puede considerar más estrictamente una obra pionera de la ciencia-ficción.

En estas obras, Wells logra el clima de misterio e intriga necesarios en este tipo de relatos, y refleja sus deseos de reforma del mundo al tiempo que manda mensajes morales: la sociedad del futuro como resultado de los hechos del presente, el sentido de responsabilidad en el uso de la ciencia, la necesidad de la educación y la responsabilidad del hombre, etc. La prosa del autor se caracteriza más por su eficacia narrativa que por su calidad, pues lo importante para Wells son las ideas y no la estética. Al contrario que VERNE, no se pierde con disquisiciones a la hora de cualquier explicación científica. Y así, cuando en La guerra de los mundos describe el Rayo Ardiente, concluye: «Sea como fuere, lo esencial consiste en un rayo de calor, calor invisible en vez de luz visible. Y cuantas cosas pueden arder se inflaman al contacto de ese rayo». Además, según Borges, una diferencia con el autor francés es que «las ficciones de Verne trafican en cosas probables (un buque submarino, un buque más extenso que los de 1872, el descubrimiento del Polo Sur, la fotografía parlante, la travesía de África en globo, los cráteres de un volcán apagado que dan al centro de la tierra); las de Wells en meras posibilidades (un hombre invisible, una flor que devora a un hombre, un huevo de cristal que refleja los acontecimientos de Marte), cuando no en cosas imposibles: un hombre que regresa del porvenir con una flor futura, un hombre que regresa de la otra vida con el corazón a la derecha, porque lo han invertido íntegramente, igual que en un espejo».

Las sensaciones del viaje a través del tiempo

Para futuros navegantes, he aquí las experiencias del Viajero a través del Tiempo:

«Empujé la palanca hacia su posición extrema. La noche llegó como se apaga una lámpara, y en otro momento vino la mañana. El laboratorio se tornó desvaído y brumoso, y luego cada vez más desvaído. Llegó la noche de mañana, después el día de nuevo, y así sucesivamente más y más de prisa. Un murmullo vertiginoso llenaba mis oídos, y una extraña, silenciosa confusión descendía sobre mi mente.

Temo no poder transmitir las peculiares sensaciones del viaje a través del tiempo. Son extremadamente desagradables. Se experimenta un sentimiento sumamente parecido al que se tiene en las montañas rusas zigzagueantes (¡un irresistible movimiento como si se precipitase uno de cabeza!). Sentí también la misma horrible anticipación de inminente aplastamiento. Cuando emprendí la marcha, la noche seguía al día como el aleteo de un ala negra. La oscura percepción del laboratorio pareció ahora debilitarse en mí, y vi el sol saltar rápidamente por el cielo, brincando a cada minuto, y cada minuto marcando un día. Supuse que el laboratorio había quedado destruido y que estaba yo al aire libre. Tuve la oscura impresión de hallarme sobre un andamiaje, pero iba ya demasiado deprisa para tener conciencia de cualquier cosa movible. El caracol más lento que se haya nunca arrastrado se precipitaba con demasiada velocidad para mí. La centelleante sucesión de oscuridad y luz era sumamente dolorosa para los ojos».

Lo absurdo de ser un hombre invisible

El sentido del humor se muestra en algunos pasajes de El hombre invisible. Desde puntadas irónicas —«el genio anglosajón para un gobierno parlamentario quedó demostrado entonces. Hubo muchas palabras, pero ninguna acción decisiva»; el naturalista insultaba «con la amplitud y variedad que caracteriza a las maldiciones de un hombre cultivado»—; a descripciones grotescas —«deben imaginarse al señor Thomas Marvel como una persona de rostro flexible y múltiple, con una nariz en forma de saliente cilíndrico, boca amplia, alcohólica y fluctuante, y barba de una erizada excentricidad»—. Wells explota las consecuencias de «lo absurdo que es ser un Hombre Invisible y vivir en un clima frío y sucio, en una ciudad civilizada y llena de gente». Griffin se lamentará: «Antes de poner en práctica el experimento, había soñado con mil ventajas. Pero aquella tarde comprendí que todas mis posibilidades resultarían decepcionantes. Repasé mentalmente todo cuanto un hombre considera deseable. No cabía duda de que la invisibilidad permitía obtenerlo; pero hacía que resultara imposible disfrutar de ello una vez obtenido».

La infinita desolación de las calles

En La guerra de los mundos el narrador empieza con un planteamiento que será común después en la ciencia-ficción: la presentación de unas «inteligencias vastas, frías e implacables, (que) contemplaban esta tierra con ojos envidiosos y trazaban con lentitud y seguridad sus planes de conquista». Si el aspecto físico de los marcianos de Wells no resulta convincente hoy, sigue siendo óptimo el cuadro de pánico, desolación y miedo que pinta: la «infinita desolación de las calles, líneas blancas punteadas de negro por los innumerables fugitivos», las olas tumultuosas de gentes que huyen, sedientas, rendidas, «casi todas las voces eran roncas y débiles. Dominaba una frase: ¡que vienen los marcianos!». Igualmente verosímil es la descripción que hace el narrador de un Londres devastado: «No era el silencio de la muerte sino el de la espera de las cosas próximas, irremisibles […]. Londres, en torno mío, me miraba con ojos espectrales. Las ventanas de las casas blancas parecían huecas órbitas de un esqueleto. Mi fantasía encontraba millares de enemigos silenciosos que daban vueltas a mi alrededor».

Nota:
La cita de Jorge Luis Borges está en «El primer Wells», Otras inquisiciones (primera ed. en 1952, ed. revisada por el autor en 1974). Madrid: Alianza, 1999, 296 pp.; col. El libro de bolsillo. Biblioteca Borges; ISBN: 84-206-3316-X.


17 octubre, 2007
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