LENZ, Siegfried

LENZ, SiegfriedAutores
 

Escritor alemán. 1926-2014. Nació en Lyck, ciudad de Prusia Oriental que se incorporó a Alemania después de la segunda Guerra Mundial. Al terminar ésta, fijó su residencia en Hamburgo, y en esa ciudad estudió filosofía y literatura. Desde 1951, fecha de su primera novela, publicó muchas otras, así como ensayos y obras de teatro. Falleció en Hamburgo.


Lección de alemán
Madrid: Debate, 1990; 417 pp.; col. Literatura; trad. de Jesús Ruiz, revisada y corregida por Amalia Bosch Benítez; ISBN: 84-7444-362-8. Nueva edición en Madrid: Impedimenta, 2016; 496 pp.; trad de Ernesto Calabuig; ISBN: 978-8416542482. [Vista del libro en amazon.es]

En la clase de alemán de un reformatorio situado en una isla, Siggi Jepsen, un chico calificado como «difícilmente educable», no es capaz de redactar unas páginas sobre «La alegría del deber». Castigado a permanecer en su celda hasta que lo haga, se obceca en hacer una redacción exhaustiva: tardará meses y, en ella, rememora su niñez y a su padre, Jens Ole Jepsen, el policía de Rugbüll, el puesto más septentrional de Schleswig-Holstein, paradigma de funcionario obediente del régimen nacionalsocialista. Siggi fue testigo de cómo su padre, llevado de un intransigente sentido del deber, denunció a un pintor, un amigo al que debía la vida, por continuar trabajando a pesar de que se le había prohibido; y cómo destrozó la vida de sus hermanos con su intransigencia… Además de los sucesos de los años finales de la guerra, Siggi habla en sus cuadernos de su vida actual y de sus diálogos con el director Himpel, el guardián y los psicólogos del reformatorio.



Lenz emplea en varias novelas el punto de vista de un personaje disminuido o desequilibrado, como en Campo de maniobras (Exerzierplatz, 1985) o en La prueba acústica (Die Klangprobe, 1990), aunque donde luce más su destreza en no sustituir a su narrador, es en Lección de alemán, inspirada en el caso real del pintor expresionista Emil Nolde. La redacción de Siggi, lenta, minuciosa y aparentemente ordenada al narrar los hechos, se ve afectada por su desequilibrio, que coloca sucesos muy distintos al mismo nivel. Los significados se aclaran más al incluirse algunos textos cortos de un psicólogo que quiere estudiar a Siggi, y que se los enseña para que dé su opinión. Así vamos averiguando que Siggi siempre fue el mejor de su clase, que tenía una infrecuente pasión coleccionista, y que eran muy llamativas «la seguridad de su juicio, su sentido de la obstinación y si es que así puede decirse, su sentido artísticamente agresivo»; pero, sobre todo, que la presión a la que fue sometido por los acontecimientos que presenció, hizo que, a partir de un determinado momento, sufriera percepciones alucinatorias ante determinados cuadros y que adquiriera una enfermiza obsesión de «coleccionar lo amenazado» y esconderlo en lugares seguros.

Dejando fuera del campo de visión otros personajes, por ejemplo, las visitas de los superiores de su padre se nos describen con la llegada de un coche del que «descendieron dos abrigos de cuero […] largos y con bolsillos», todo se centra en la dominante figura del padre de Siggi. Y aunque no faltan rasgos de humor, como la descripción del doctor Gripp, que «no se contentaba nunca con diagnosticar una sola enfermedad; receloso como era, hacía a sus pacientes una oferta de por lo menos dos o tres dolencias», el clima resulta opresivo. Así, las conclusiones se imponen: no sólo no se puede aceptar el deber como norma absoluta, sino que el deber es sólo una ciega arrogancia, según el pintor; cuando el viejo cartero dice al padre de Siggi que «hubo alguien que preservó el honor porque en el debido momento no cumplió con su deber», la respuesta seca del policía es contundente: «En tal caso, no cumplió con su deber». A los interrogantes sobre las bases para edificar una educación moral correcta de los chicos, se añaden los que se hace Siggi al final de su redacción: «Pero yo quiero preguntar algo: ¿Por qué no hay (reformatorios como éste) para ancianos difícilmente educables? ¿Es que acaso ellos no lo necesitan? […] ¿Cuándo termina el proceso educativo, es lo que quisiera preguntar?».


31 julio, 2009
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