PERGAUD, Louis

Autores
 

Escritor francés. 1882-1915. Nació en Belmont, Doubs. Fue maestro rural y escritor. Falleció en una batalla durante la primera Guerra Mundial.


La guerra de los botones
Madrid: Anaya, 2002, 18ª ed.; 271 pp.; col. Tus libros; ilust. de Joseph Hémard; trad. y apéndice de Juan Antonio Pérez Millán; ISBN: 84-207-3414-4. Otra edición en Madrid: Alianza, 2011; 304 pp.; col. 13/20; ISBN: 978-84-206-5468-3. [Vista del libro en amazon.es]

Con un cierto aire de reportaje, se narran las peleas entre las bulliciosas pandillas de chicos de dos pueblos franceses, Velrans y Longeverne, que se saldan con la captura de los botones de los enemigos.



La guerra de los botones es el único relato del autor sobre personas y no sobre animales. En un tiempo en el que los considerados buenos escritores de dedicaban a poner por escrito sus recuerdos con intención de mostrar el hombre que eran en el niño que fueron, Pergaud redactó los suyos empleando un enfoque y un lenguaje realistas infrecuentes, entonces y ahora, en las novelas sobre y para chicos. Pergaud contempla la realidad desde su perspectiva: describe al maestro (como él mismo fue) tal como lo ven los chavales, sin suavizar para nada su imagen; defiende sin rubor el valor del comportamiento instintivo-entusiasta de los chicos sin esconder su malicia natural ni evitar las expresiones brutas; no enjuicia negativamente pero muestra con realismo actitudes como el horror al aseo de los chicos o las constantes injurias de todo tipo entre los chavales…, esos «insultos tan queridos de la infancia, como “conque eres tú, ¿eh? Perdona, creí al principio que eras un mono”», que Richmal CROMPTON menciona en Guillermo el Conquistador, ejemplo ciertamente más suave que los de Pergaud.

Barrabasadas memorables

El protagonista principal de La guerra de los botones es Lebrac, Pacho en la traducción que utilizo aquí, jefe de la pandilla de Longeverne: «Terco como una mula, astuto como un mono, vivo como una liebre, sobre todo no tenía rival a la hora de romper un cristal a veinte pasos de distancia y fuera cual fuese el sistema utilizado para lanzar la piedra: a mano, con honda de cuerda, con horquilla o con tirador; en la lucha cuerpo a cuerpo era un enemigo temible; ya había hecho barrabasadas memorables al cura, al maestro y al guarda jurado; sabía fabricar unas cerbatanas maravillosas con ramas de saúco tan gruesas como su muslo, que te lanzaban agua a quince pasos de distancia […]. Con las canicas él era el que tenía la tirada más larga: sabía apuntar y lanzar como nadie…».


15 julio, 2010
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