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VERNE, Jules

Con Cinco semanas en globo (Cinq semaines en ballon, 1863), Verne inicia la serie de sesenta y cuatro novelas de aventuras y anticipación que componen los VIAJES EXTRAORDINARIOS. A ella siguieron Viaje al centro de la tierra (Voyage au centre de la Terre, 1864), De la tierra a la luna [1] (De la Terre à la Lune, 1865) —que continuaría en Alrededor de la luna [2] (Autour de la Lune, 1870)—, Las aventuras del Capitán Hatteras (Voyages et Aventures du capitaine Hatteras, 1866)… Y a continuación llegó Los hijos del Capitán Grant, un relato en el que aflora un romanticismo algo empalagoso, superior al de otras novelas posteriores, pero en el que surge un Verne que narra la lucha del hombre por descubrir y domar la naturaleza, con una seguridad inconmovible en las posibilidades de la ciencia y la técnica modernas.

Esto último se hace más patente aún en La isla misteriosa, donde Verne narra el desenlace de la historia del capitán Nemo, anteriormente presentado en Veinte mil leguas de viaje submarino. En La isla misteriosa, dice Verne, hay «mucha más imaginación que en las demás (novelas) y eso que yo llamo el “crescendo” va progresando de una forma como quien dice matemática». En su argumento enriquece la tradición de las novelas robinsonianas al añadir un matiz bien subrayado por el narrador: «Los héroes imaginados de Daniel DEFOE [3] o de WYSS [4], […] no estuvieron nunca en una escasez tan absoluta. […] Aquí ni un instrumento, ni un utensilio: nada. ¡Tendrían que conseguirlo todo! […] (Pero ellos) sobrepasaban cien codos a los robinsones de otros tiempos, para quienes todo era casi un milagro hacerlo. Y, en efecto, ellos “sabían”, y el hombre que “sabe”, triunfa donde otros vegetarían y perecerían inevitablemente». Y es que la confianza en la ciencia lo domina todo: los protagonistas de Verne, además de pacientes descriptores de todo razonamiento propio y de todo descubrimiento, tienen una curiosidad insaciable. Y a veces, las explicaciones científicas, más que solucionar los misterios, los acaban engrandeciendo: Cyrus Smith no temerá predecir que «cuando estén agotados los yacimientos de hulla, se producirá el calor con agua. El agua es el carbón del porvenir».

Verne mezcla hechos demostrables con hipótesis pasmosas, hace sugerencias innovadoras y convincentes sobre las aplicaciones de las nuevas ciencias: submarino que funciona con baterías, aeroplanos en los que viajan pasajeros… Pero además, aunque sus protagonistas normalmente son «unidimensionales», también puede lograr escenas conmovedoras, efectuar retratos excelentes, encadenar diálogos vivos y dramáticos, añadir contrapuntos cómicos. Esto se ve bien en La vuelta al mundo en ochenta días, un ejemplo de maestría narrativa, que cabría calificar de periodística por la cantidad de datos que da; de maestría constructiva, pues es una historia que funciona como un mecanismo de precisión, tanto al ir dando cuenta de los tiempos del viaje como al ir combinándose con la inquietud por la persecución policial; y de habilidad en la construcción de personajes, pues el narrador no entra para nada en el mundo interior del impasible Fogg al tiempo que sí da cuenta de los pensamientos del joven y alocado Passepartout, capaz de hacerse cargo de que su jefe tiene corazón.

Por otro lado, algunas veces Verne cambia un poco de registro. Miguel Strogoff será un héroe distinto a otros personajes del autor, más parecido a los que pintarán SALGARI [5] y MAY [6], un ejemplo de hombre íntegro, fiel al compromiso y leal hasta la muerte, en cuyo comportamiento no hay la más mínima fisura, algo que lo hace tan atractivo como irreal y lejano. También El faro del fin del mundo es un relato menos científico y más aventurero que otros, en el que todo es tenso y verosímil, y en el que tanto las hazañas de los héroes como las maldades de los villanos están ajustadas a lo posible. El lector tendrá la seguridad de que todo saldrá bien pues Vázquez, de cuarenta y siete años «era vigoroso, de una salud a toda prueba, enérgico, familiarizado con el peligro. Como marino, había navegado por todos los mares, habiéndose visto más de una vez a dos dedos de la muerte, de la que se salvó siempre gracias a su serenidad y arrojo». Y John Davis «era tan resuelto como Vázquez, uno de esos americanos de temperamento de hierro, que, como vulgarmente se dice, debía tener “siete vidas”, como los gatos».

Las preferencias por unas u otras novelas de Verne dependen no tanto de que la calidad de unas sea mayor que la de otras, como de las preferencias personales y del momento de la vida en que se han leído sus relatos.

Una cabeza numismática

Por las páginas de Verne pululan héroes de muchas clases. Pueden ser hombres de acción como Strogoff, pero sobre todo destacan los científicos, que pueden ir desde el riguroso y exacto Cyrus Smith de La isla misteriosa hasta el pintoresco y extravagante geógrafo Santiago Paganel, de Los hijos del Capitán Grant.

Así, Cyrus Smith, el ingeniero, era un «hombre de inteligencia privilegiada, verdadero americano del Norte, delgado, huesudo, casi esquelético, de unos cuarenta y cinco años, sus cabellos cortados al rape y su barba caneaban ya, y aunque iba completamente afeitado, conservaba un espeso bigote. Poseía una de esas cabezas “numismáticas”, que parecen hechas para ser grabadas en medallas. […] Al mismo tiempo que el ingenio mental poseía la suprema habilidad manual. Actuaba sin esfuerzo, poseyendo esa persistencia viva que desafía a toda mala suerte».

No ve lo que mira ni entiende lo que oye

El cliché de «sabio en las nubes» debe mucho a los científicos distraídos de Verne. Véase si no el retrato de Santiago Paganel en Los hijos del Capitán Grant: «Aparentaba tener unos cuarenta años y parecía un clavo de cabeza gruesa. Era alto, seco, huesudo, con una cabeza grande y achatada, nariz larga y barbilla saliente, mientras sus ojos se disimulaban tras unas enormes gafas redondas, y su mirada denotaba esa indecisión peculiar de los nictálopes, o sea, de aquellos que tienen una disposición especial del ojo que permite ver los objetos en la oscuridad. […] Sin haber hablado todavía, se le sentía locuaz y sobre todo distraído, como esas personas que no ven lo que miran ni entienden lo que oyen. Vestía americana de terciopelo color castaño, con incontables bolsillos, atestados, al parecer, de cuadernos, agendas, libros de apuntes, carteras y otros mil objetos tan molestos como inútiles. El pantalón era de la misma tela y calzaba sus pies con fuertes zapatos de color y polainas de cuero. Y para completar tan interesante indumentaria, iba cubierto con una gorra de viaje y llevaba un catalejo en bandolera».

Héroe de la curiosidad

El sentido del humor de Verne puede aflorar en las descripciones más serias de los héroes, pero normalmente se muestra en los personajes del segundo nivel: «Gedeón Spilett pertenecía a la raza de esos asombrosos cronistas ingleses o americanos, que no retroceden jamás con tal de obtener una información exacta y transmitirla a su periódico en el plazo más breve posible. Tenía la mirada del hombre que tiene la costumbre de percibir rápidamente todos los detalles de un horizonte. Fogoso en el consejo, resuelto en la acción, verdadero héroe de la curiosidad, de lo inédito, de lo desconocido, de lo imposible, era uno de esos intrépidos observadores que escriben bajo las balas. No cansaba a los hilos telegráficos con incesantes telegramas. Cada una de sus notas, cortas, claras, concisas, proyectaba la luz sobre un punto importante. Además, no le faltaba el humor. Fue él quien, tras la victoria de Río Negro, queriendo conservar a toda costa su sitio en la cabina de la oficina telegráfica, transmitió durante dos horas los primeros capítulos de la Biblia. Aquello le costó 2.000 dólares al New York Herald, pero fue el primer periódico informado. Cuando fue cogido prisionero estaba haciendo la descripción y el croquis de la batalla. Las últimas palabras anotadas en su cuaderno fueron las siguientes: “Un sudista me apunta con el fusil y…” Y erró el tiro que iba dirigido a Gedeón Spilett, porque, siguiendo su invariable costumbre, salió del tropiezo sin un arañazo».

Más información biográfica

En su biografía sobre Verne, Herbert Lottman explica que la vida del escritor francés fue, vista desde fuera, poco novelesca, incluso aburrida. Sin embargo él no la vivió así: fue un autor entusiasta, con una capacidad de trabajo abrumadora, el primero que proclamó que la investigación científica podía ser la más formidable aventura. Su influencia y su valor no se miden sólo en el terreno literario o narrativo, sino también en la importancia que sus novelas tienen como testimonio histórico del nacimiento de lo que llamamos mundo moderno y en el de la cantidad de vocaciones científicas que su lectura ha suscitado. Como dice Ray BRADBURY [7], «cada cual a su modo, todos somos hijos de Jules Verne».

Otro libro: El conde de Chanteleine [8].

Bibliografía:
—Herbert Lottman. Jules Verne (1996). Barcelona: Anagrama, 1988; 458 pp.; col. Biblioteca de la memoria; trad. de María Teresa Gallego Urrutia; ISBN: 84-339-0782-4.
—Monográfico dedicado a Julio Verne. Revista CLIJ, n. 77, XI.1995.