Los párrafos que siguen contienen algunas indicaciones para padres o educadores que desean que sus hijos y alumnos lleguen a ser buenos lectores. Fue un artículo que me pidieron para incluirlo en el libro El renacimiento de la familia.
Consideraciones previas
1 Decía Chesterton que la literatura es un lujo pero la ficción una necesidad: todos necesitamos historias de todo tipo, como es fácil comprobar, pero muchos no han conocido, no conocen y no conocerán la literatura, entendida en este contexto como esa especie particular de ficciones que alcanzan un nivel alto de belleza y de verdad. Por eso, como los niños y los jóvenes buscan, por encima de todo, historias que les atraigan y no piensan en otros factores que los lectores más expertos valoran mucho, la educación lectora y literaria debe dirigirse, sobre todo, a que sepan distinguir qué historias son valiosas y cuáles no, para que, desde ahí, puedan acceder a la buena literatura.
2 Una segunda consideración para los educadores es la de que deberían tener un buen mapa de los mejores libros y, en particular, de las mejores obras infantiles y juveniles, del pasado y actuales. Aunque no sea posible que los conozcan todos, claro está, siempre pueden haber leído un buen número, en el que más vale calidad que cantidad. Después, han de intentar personalizar las rutas en ese mapa de acuerdo con las circunstancias y condiciones de aquellos a quienes desean orientar; en ese trabajo conviene que aprendan a elogiar los libros por aquello que sólo los libros nos pueden dar, y no por aquello que otras clases de narraciones pueden transmitirnos mejor.
Cómo promover la lectura
3 «Ojos que no ven corazón que no siente»: los libros en papel, y los libros ilustrados en particular, tienen mucha importancia en la formación de buenos hábitos lectores de los niños. Con los libros es básico el «efecto escaparate», su cercanía y disponibilidad; los productos bien expuestos venden más y tenerlos a la vista siempre abre posibilidades de un descubrimiento o de un redescubrimiento. Para los niños no es lo mismo crecer en una casa donde no hay libros en papel a su alcance y con unos padres a los que no ven leer nunca, que, por el contrario, crecer en una casa donde hay decenas de libros atractivos, con unos padres a los que ven leer y gozar con la lectura, y con los que charlan habitualmente sobre los libros que comparten.
4 Es necesario aprender lo que nos enseñan los libros con éxito entre los niños. Aunque no sean los más valiosos en todos los aspectos nos dicen mucho tanto de las necesidades que tienen —o, mejor, que sienten—, sus lectores, como de las carencias que tiene la educación lectora que reciben. Se trata de aprovechar los puntos de apoyo que tenemos o, dicho de otro modo, de no derribar la escalera por la que algunos han subido ya: hay relatos que pueden cumplir sus funciones de avivar la destreza lectora, estimular la imaginación, y ser un puente hacia obras mejores, en especial si al lado del lector alguien sabe ayudarle a distinguir lo que tiene calidad de lo que no la tiene.
5 Unos padres deberían conocer de primera mano qué historias leen sus hijos y, además, leerlas con simpatía. Leer los libros que leen los hijos es algo tan importante que lo tiene que hacer uno mismo aunque lo haga mal o, mejor dicho, aunque piense que lo hace mal. Los padres han de acercarse a las ficciones que gustan a sus hijos de un modo parecido a cómo procuran conocer a sus amigos y conocidos: unos son como esas personas agradables para una buena conversación pero poco más, otros van a ser o pueden llegar a ser un gran apoyo toda la vida; en dirección opuesta, otros no aportan nada, y de otros conviene alejarse si promueven y dan forma en nosotros a deseos y proyectos injustos o puramente sensibleros.
6 Lo anterior se puede plantear de otra manera: es importante averiguar por qué a los lectores jóvenes les gustan las historias que les gustan y por qué no les gustan algunos libros que los adultos pensamos que deberían gustarles. Tanto los éxitos como los no-éxitos quieren decir distintas cosas y conviene saber cuáles son —los motivos de aceptación y de rechazo de un relato pueden deberse a su fondo, a su forma, a su tono, a la recepción personal y social del libro—, y conviene analizarlos un poco para ver cómo esos motivos ponen de manifiesto las necesidades emocionales de los lectores y las deficiencias de la educación que reciben.
Cómo valorar los libros infantiles y juveniles
1 La categoría literaria no tiene que ver con la sencillez aparente o real. A la verdadera sencillez de un relato infantil —la que rompe las barreras de la edad—, con frecuencia se llega después de un costoso trabajo (dejando al margen que la calidad del oro no depende de la facilidad con que se recoge).
2 Como en cualquier otro relato, en los infantiles y juveniles se debe mirar la calidad del lenguaje, la solidez de la trama, etc., cuestiones a las que se ha de añadir la amenidad, la capacidad de atrapar al lector. Hablamos de unos lectores que necesitan ser atraídos y de unos libros a los que han de llegar a través del entretenimiento y no por imposición. Pero esto no implica que un escritor esté legitimado para buscar a cualquier precio el enganche con su público, del mismo modo que, por ejemplo, un educador no puede mentir y presentar como real una historia edificante inventada.
3 Lo que más importa de las ficciones es su contenido: a veces la forma no es perfecta pero el relato puede ser valioso y enganchar al lector. No les corresponde a ellas dar una visión completa de un asunto y eso implica, por parte del lector, el esfuerzo de poner en perspectiva las conclusiones a las que le han podido inducir; al mediador le corresponde facilitar al lector joven un mejor conocimiento de las otras caras que tiene la realidad que presentan los relatos y, por eso, parte de su trabajo es sugerirle libros de historia, biografías, reportajes, ensayos, otras novelas, etc.
4 Igual que un relato histórico tiene la pretensión de ser verídico, un relato de ficción tiene la pretensión de ser verosímil (entendido esto en el sentido amplio de lo que nos resulta «convincente» de acuerdo con la sabiduría acumulada por la Humanidad y, en muchos aspectos formales, con lo habitual en nuestra sociedad —por ejemplo, unos dibujos animados no serían verosímiles hace siglos pero ahora sí podrían serlo—). Por eso se puede decir que a un relato de ficción se le ha de pedir que cuente siempre la verdad según su modo propio de hacerlo.

























