Los guerreros del invierno

Los guerreros del invierno

Los guerreros del invierno, de Olivier Norek, cuenta la guerra entre Finlandia y Rusia de los años 1939 y 1940: la agresión de Rusia buscando anexionarse Finlandia y la respuesta de Finlandia con una guerra de guerrillas que, al fin, contuvo casi por completo a los rusos. El autor aclara, al final, que su libro es una novela pero que, «sin embargo, los diálogos a menudo proceden de archivos o han sido transmitidos por entusiastas, militares e historiadores. No se inventó ningún hecho de armas, ni ninguna anécdota. Ningún acto de valentía fue exagerado». La narración sigue las peripecias de varios soldados y oficiales del ejército finlandés, en especial las del joven Simo Häyhä, el francotirador que llegó a ser una leyenda con el nombre de La Muerte Blanca.

Muy bien escrito, describe bien los ambientes en los que se desarrollaban los enfrentamientos: «A pocos kilómetros de la frontera rusa, la región de Kollaa resultó inhóspita. Densos bosques de abedules y abetos bordeados de pantanos, lagos rodeados de llanuras graníticas que dejaban a los hombres constantemente expuestos, y solo una carretera lo suficientemente ancha como para transportar soldados y tanques rusos…»

Se hace notar una de las peculiaridades del país: «Sisu es el alma de Finlandia. El estado mental de un pueblo que vive en la naturaleza salvaje, en un frío gélido, con un sol excepcional. Una vida austera, en un entorno hostil, ha forjado sus mentes con un acero que resiste hoy. Diría que también habla de su valentía, pero aún faltan muchas palabras para definir qué es Sisu. Tendríamos que añadir terquedad, agallas, fuerza interior, tenacidad, resistencia, determinación, voluntad…»

La narración atrae mucho porque da cuenta del mundo propio del silencioso y bajito Simo: «Para Simo, la primera muerte del día siempre era difícil. La siguiente anestesiaba la poca piedad que le quedaba, y con la tercera, no era más que una máquina de gestos mecanizados, optimizando cada uno de sus movimientos para ganar velocidad y precisión, olvidando, para no volverse loco, que eran hombres, olvidando la cantidad de padres y hermanos que envió a dos metros bajo la nieve, aunque fueran rusos y agresores. (…) Cuando Simo rezaba, solo le pedía al cielo una cosa. Que cada noche, al regresar a la tienda, el recuento de sus amigos fuera siempre exacto».

Y es Simo mismo quien explica a un compañero sus técnicas para camuflarse y no ser sorprendido, y para ser tan certero: «Primero, observa tu entorno. Nadie camina tan despacio como para no dejar rastro. La tierra, las ramas, las hojas y, sobre todo, la nieve te dirán lo que necesitas saber. Cuántos enemigos pasaron, si se detuvieron, si portaban cañones o ametralladoras. Busca con calma, con el mínimo esfuerzo; una vez posicionado, el sudor te helará todo el cuerpo. No dispares desde una casa o un edificio; un solo proyectil rojo te dejaría bajo sus escombros. No dispares desde la copa de un árbol; una vez descubierto, no tendrás tiempo de bajar. Intenta tener el sol de espaldas para que deslumbre al enemigo. Finalmente, elige un lugar con una ruta de escape despejada a tus espaldas, para una posible retirada. Y si tienes que huir, no olvides lanzar algunas chispas para que se arrepientan de habernos declarado la guerra. (…) Nunca uses una mira telescópica; allí también, el sol podría dar en la lente y revelar tu posición. Muchos rusos podrían habértelo confirmado, si no los hubiera conocido. Ponte nieve en la boca para evitar que se empañe, y si tu rifle está en el suelo, compacta la nieve delante de ti para que no salga volando por la explosión expulsada por la boca. (…) Cuando los enemigos estén en tu punto de mira, tendrás que elegir. Busca el mejor objetivo, no el más fácil. Si hay varios, establece un orden. Primero los francotiradores. Después, el que está detrás de la ametralladora; tercero, el artillero o el mortero. Cuarto, los oficiales. Los demás morirán últimos si no han huido ya, y no importa, porque solo serán soldados rasos, y la mayoría no pidió estar allí. (…) Si el objetivo se mueve, dispara cincuenta centímetros por delante. Si corre, añade un metro. No apuntes a la cabeza; es pretencioso y no es más efectivo que cualquier parte del torso. Respira. Aprieta el gatillo suavemente, déjate casi sorprender por el inicio del fuego. Si aciertas, inténtalo de nuevo. Si fallas, cambia de posición. Dos sentimientos interferirán especialmente en tu disparo: el miedo a fallar. Y porque no somos asesinos… el miedo. (…) Desafortunadamente, después de unos días, matar te hará sentir menos culpable. Listo, ya lo sabes prácticamente todo. El resto es práctica, y vas a practicar mucho». Y, cuando alguien le pide que dispare a un cuervo, responde: «Solo mato porque la defensa de mi país es legítima —lo reprendió Simo—, y los rusos harían lo mismo si tuvieran la oportunidad. En cuanto al resto, solo mato lo que como. Así que ve a por ese cuervo, es tu cena».

Olivier Norek. Los guerreros del invierno (Les Guerriers de l’Hiver, 2024). Barcelona: Istoria, 2025; 416 pp.; trad. de Elia Maqueda; ISBN: 979-1387714086. [Vista del libro en amazon.es]