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Física de la tristeza (2)

En Física de la tristeza [1], son interesantes las reflexiones que va dejando caer Gueorgui Gospodínov acerca del mundo socialista-comunista en el que vivió su infancia. Por ejemplo, esta broma: «Estamos bien, pero ya se nos pasará. Una respuesta graciosilla de los tiempos del socialismo». O, en especial, este párrafo sobre algo que le ocurrió en la escuela después de haber visitado el cementerio de su ciudad y de haberse fijado allí en las letras que figuraban en las tumbas: «Tras el abecedario del cementerio, me encontré con el verdadero abecedario de primer grado y me sentí a la vez iniciado y confuso. Cada letra estaba relacionada con una palabra y un dibujo. ¿Qué palabra empieza por la D? «Dios», grité apresuradamente, qué pregunta tan fácil. Algo no iba bien, la maestra se estremeció, ya no me sonreía tanto. Se me acercó, como si temiese que fuera a soltar algo más. ¿Dónde aprendiste esa palabra? En el cementerio. Una chica de la primera fila gritó: «Danubio, el río Danubio, camarada maestra». Esa era la respuesta correcta, y la maestra se agarró a ella como a un clavo ardiendo, bravo, mi niña. Yo me sentí tan solo con mi Dios. Qué raro que no pudiese haber dos palabras con la misma letra, como si el lomo de la D fuera demasiado endeble para dos cosas tan enormes. Por la D empieza la palabra Danubio. ¡En Bulgaria tenemos el Danubio, nada de Dios, en Bulgaria no hay Dios! ¡Todo eso son de-lirios y dis-parates —la maestra enfatizaba cada D—, ya lo veréis porque lo estudiaremos más adelante! ¿Está claro? —Pero en los cementerios sí que hay… —Aquí estamos en un colegio, no en… Diosss, qué de líos por una palabra, estoy empezando ya a aborrecer este colegio. Esa noche, mi madre y mi padre tuvieron una charla muy seria conmigo. La camarada maestra se lo había contado todo. Bueno, de acuerdo, pero Dios existe, ¿no? Parecía que les hubiera hecho la pregunta más difícil del mundo. Verás, empezó mi madre (era abogada), tú sabes que existe, pero no hace falta que vayas soltando su nombre por todas partes, él se enfada si lo mencionas en vano ante desconocidos. —Y, en general, mantén la boca cerrada —añadió mi padre. Dios fue el primer secreto. El primero de los asuntos prohibidos de los que solamente se podía hablar en casa».

Gueorgui Gospodínov. Física de la tristeza (Физика на тъгата, 2012). Madrid:‎ Impedimenta, 2026; 304 pp.; trad. de María Vútova y Andrés Barba; ISBN: ‎ 979-1387641634. [Vista del libro en amazon.es [2]]