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MERINO, José María

Con el tono de las antiguas Crónicas de Indias, las aventuras de Miguel Villacé sirven para mostrar comportamientos humanos de vividores y truhanes capaces de las mayores bajezas, pero también otros de gentes de buena voluntad movidas por las mejores intenciones. El autor busca reflejar de modo equilibrado cómo la codicia y las crueldades de conquistadores, y también de los conquistados, conviven con la generosidad y el sentido común de algunos frailes, soldados e indígenas como el mismo protagonista.

En un panorama sorprendentemente vacío, sobre todo por comparación con la literatura juvenil anglosajona, las tres novelas de José María Merino componen el mejor intento español de acercarse a un mundo con tantas posibilidades novelescas como el del descubrimiento de América. Ciertamente, algunas situaciones parecen resueltas con escasa verosimilitud, como el poco creíble capitán francés de la segunda novela, o la comunicación a través del pensamiento entre Miguel y el anciano indio de la tercera. Hay también insuficiencias derivadas de la imposibilidad de abordar todos los matices de una realidad donde las miserias y las grandezas humanas han convivido tan estrechamente. Con todo, y siendo cierto que «no hay escritura inocente», como asegura el capitán francés a Miguel, no deja de serlo igualmente que, «una vez escritas, las historias pierden los límites que sus autores han creído poner en ellas y adquieren sólo los que los lectores quieren admitir y reconocer».

Registros distintos emplea Merino en No soy un libro. Con el supuesto de que «puede haber millones de universos, infinidad de ellos, coincidiendo todos sin que se sepa cómo», como afirma uno de los protagonistas que quizás ha leído Universo de locos [1], de Fredric BROWN [2], el autor compone un relato que se desarrolla en dos planos, separados también tipográficamente. Esta especie de juego literario imprime ritmo a la narración, por debajo de la cual se sugieren muchas cosas: «Cada uno de nosotros quiere convertirse en el único centro sensible del mundo. Pero cada uno de nosotros es el otro para los demás, el ajeno, el que pasa, el que no se siente», piensa Juan Luis. Es decir, cada uno de nosotros es un mundo paralelo, en el que podemos entrar si nos esforzamos por entendernos… Y las novelas son otros mundos paralelos: «Muchos piensan que leer una novela es un puro entretenimiento, o algo superfluo. Pero precisamente en las novelas se encuentran conocimientos que no es posible hallar en ningún otro sitio», verdaderos mundos paralelos, lugares de cuento «donde las penas se vuelven lejanas y no se siente ningún dolor al evocarlas… Y otras (veces), llegas al borde del absurdo, a ese lugar donde las cosas muestran claramente su pequeñez y su irrelevancia». Y, para los protagonistas de este relato, «leer es la única vía para resolver la situación» en la que se encuentran. Es decir, a veces un libro no es sólo un libro, es mucho más que un libro.

La verdadera caballerosidad

En el carácter de Miguel Villacé hay una parte proclive a la ensoñación, a causa de su sangre india según dice de sí mismo. A la vez, también siente grandes deseos de aventuras. En la primera novela, Miguel responde a doña Ana que «si de mi corazón dependiese, emularía las hazañas de don Amadís, por más que los encantadores pretendieran impedírmelo». Al comienzo de la segunda, el buhonero Luengo el Maragato le aclara que «todo son aventuras, rapaz. Cualquier lance de tu vida lo es, si sabes encontrar sus sorpresas y hasta sus tesoros. No hacen falta los riesgos de tanta gente y tantas muertes y fracasos. El oro es la industria que cada cual puede hacer con su ingenio, sin ir a arrebatárselo a ningún lejano emperante». Y cuando Miguel le replica que «no es esa la idea común de las aventuras, según libros tan renombrados como el de don Amadís», el sabio Luengo sentencia que «de esas lecturas viene el resecarse de muchas honestas y razonables seseras y la proliferación de tantos reinos quiméricos»… Al final de todo, habiendo sentido en sus carnes también el tirón de la codicia, manifiesta su desengaño: «Ya no soy un niño y […] he comprendido, con decepción, que se trata solamente de fábulas». Pero doña Ana, conmovida por un gesto de nobleza y desprendimiento de Miguel, pone las cosas en su sitio: «Miguel, ciertamente ha existido, en la imaginación de los autores, una andante caballería, pero hay otra que florece en la misma vida que vivimos, aunque no sea tan fácil descubrirla».

Otros libros: Las antiparras del poeta burlón [3].