En el caso de las ficciones que tratan sobre cuestiones dolorosas reales, es particularmente necesario contrastar su lectura con los testimonios de primera mano. Un ejemplo cercano: las novelitas que, más o menos, tratan sobre la guerra civil española y obras como la citada días atrás, Un adolescente en la retaguardia [1]. Otro ejemplo: las que hablan de la segunda Guerra Mundial con las memorias de supervivientes de campos de concentración, como el testimonio de Viktor Frankl, La vida en busca de sentido [2], o, por mencionar otro que acabo de leer, Historia de mi vida, de Aharon Appelfield. Y es que, salvo casos especiales, no es nada fácil que una ficción sea un testimonio político: el ejemplo de acierto total, debido a unas circunstancias muy particulares unidas a un talento excepcional, es Un día en la vida de Iván Denisovich [3], de Alexander Solzhenitsyn [4].