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MURGUÍA, Julián

En sucesivas escenas, el autor presenta con viveza la vida de otros tiempos y muestra con talento sus reacciones de niño. Hay, sobre todo, nostalgia hacia unos «tiempos de hospitalidad amplia y generosa», en los que «a nadie se le negaba el pernoctar, el comer y el llevarse al otro día un cuarto o un costillar de oveja “para el camino”. Y eso nunca se cobraba, era hasta ofensivo mencionarlo para aquellos hombres cuyas tradiciones resumían la nobleza gaucha y la hidalguía española. No se habían desterrado todavía las costumbres ni los hábitos de cuando el campo era de todos y el ganado del que supiese agarrarlo». Hay también descripciones formidables de gentes y oficios desconocidos para muchos, como los azuderos, «fabricantes de lagunas en los campos sin ellas», cuyo trabajo «tenía algo de mágico: ponía sobre el campo un pedazo de cielo»; y por supuesto del gaucho domador de caballos como el Viejo Santos, ágil a sus ochenta años para subirse al caballo y «cazar liebres con boleadoras, con unas boleadoras retobadas en cuero de lagarto que, según él, su padre había usado en la guerra del Paraguay, adonde lo llevó la leva». Y todo con un lenguaje rico, poderoso, entusiasta, en el que abundan modismos locales que se pueden consultar en el glosario final o que hay que ir a buscar al diccionario: y es que también nosotros sufrimos la misma «ignorancia de las cosas importantes que tienen los gurises de Montevideo. Cosas importantes como saber los nombres de los pájaros, los nombres de los árboles, los nombres de los pescados del arroyo. Cómo saber dónde buscar lombrices para pescar, dónde encontrar isocas, cómo armar una aripuca o distinguir un nido de benteveo de uno de tijereta».