- Bienvenidos a la fiesta - https://bienvenidosalafiesta.com -

LARS, Claudia

Escuela de pájaros es una obra que, como la restante producción poética de la autora, se adscribe al postmodernismo. Sirve para dejar constancia de su particular sensibilidad y como testimonio de lo que afirma en Tierra de infancia: que debe «a la poesía lo mejor de mi vida y la gracia de comprender —con alma y sangre— que la belleza eterna es al mismo tiempo justicia y bondad».

De Tierra de infancia puede destacarse, primero, que no son pocos los personajes singulares que desfilan por sus páginas, siempre presentados con cordialidad, como el manco Anselmo, un fabulador maravilloso que «mentía a cada rato y por costumbre, pero no lo hacía por engañar a nadie ni por sacar provecho de su mentira, sino porque su imaginación le impulsaba a mirar las cosas del mundo a través de un cristal encantado». Segundo, que abundan escenas formidables, como la pintura del mercado —un «lugar afanoso, recio, entusiasta, dicharachero, mal hablado, colérico y compasivo al mismo tiempo, y a pesar de su rudeza, está colmado de una ternura cálida, que satisface y enriquece a quien la recibe»—; o como el episodio, excepcionalmente intenso, que ilustra la pasión del campesino salvadoreño por las peleas de gallos, los «giros» en el lenguaje local, que combaten con navajas sujetas a sus patas…

Además, tienen sabor y penetración psicológica las observaciones sobre las conductas: la autora muestra la bondad de tantas personas con agradecimiento hacia ellas, sin presentar a ninguna con luces negativas, pero tiene la honradez de reconocer sus reacciones de maldad de niña y no hace un planteamiento ingenuo sobre los cimientos de aquella infancia feliz: «Éramos demasiado inocentes para imaginar que nuestra felicidad de entonces se asentaba en el largo esfuerzo de toda una clase de gente explotada, y como nuestras familias nos parecían compasivas y generosas —si las comparábamos con otras— no es extraño que fuéramos tan felices en nuestro estrecho mundo rural, y que viviéramos confiadas y jubilosas como los alborozados gorriones de los huertos».

Como una boa gigantesca

Si toda la narración tiene como fondo el espectáculo habitual del volcán Izalco, no es éste quien estalla sino el voluminoso Quezaltepec, un volcán dormido durante muchísimos años. Con ese dramático capítulo termina la estancia de la autora en el campo y, con ella, su adolescencia. Cuenta la narradora que, al comenzar la cena, «cuando iba a partir un trozo de carne sentí que la tierra se sacudía debajo de mi asiento como una boa gigantesca, y que la casa del abuelo temblaba desde sus bien cimentadas bases hasta sus tejas rojinegras. No sé como hice para llegar al patio en menos de un segundo. Todos los de la familia —jóvenes y viejos— demostraron que eran tan rápidos como yo». Pero las convulsiones siguieron, […] y «vimos que el cielo se había iluminado intensamente, y que el patio de nuestra casa parecía el interior de un inmenso horno. Todo lo que nos rodeaba adquiría un fulgente color ambarino, y como las paredes de los corredores no se habían derrumbado por completo, estábamos metidos en medio de ellas sin que pudiéramos descubrir la causa del aquel fenómeno».

Llegó entonces un hombre gritando:

«—¡Salgan, señores!… […] ¡Salgan antes de que llegue el fuego del volcán!… […]

«Las palabras me faltan, y me faltan también el vigor, la exactitud y la habilidad, para describir como se debe aquel chispeante río caudaloso, que baja de las alturas como miel encendida, y que iba buscando camino por los terrenos planos. Morado trémulo, hasta llegar al púrpura; azul que se cambiaba en lila; rojo en cien tonos distintos y confundidos; anaranjado extendiéndose en abanicos de oro, con plumas blancas en sus vibrantes orillas… Saltaban incandescentes piedras y se rompían en el salto, produciendo un despliegue de peces voladores y de luceros de pirotecnia. La campiña entera se iluminaba con una luz comba; las cosas lejanas parecían aproximarse hasta nuestros dedos, y las sombras de las bestias que huían tomaban proporciones de sueño fantástico. […] El telegrafista del pueblo —hombre humilde pero de veras heroico— cumplía su deber como soldado en batalla, enviando llamadas de auxilio a diferentes lugares del país. Los primeros cadáveres de las víctimas se iban colocando en sitio seguro, mientras los deudos lloraban amargamente. Para colmo de males, la lluvia de junio empezó a caer…».