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OGOLA, Margaret Atieno

Con todo el sabor de las grandes historias orales, y con un enorme talento literario para las descripciones justas y las observaciones certeras, la autora logra una narración rica y fresca, llena de buen humor y de muchísima información sobre costumbres y modos de vida de los distintos pueblos que componen su país. De modo directo y positivo, pero sin ocultar en ningún momento la dureza de las vidas de sus personajes, se conduce también al lector a la reflexión en torno al papel de la mujer, a la influencia del cristianismo, al sentido ambivalente de los cambios sociales que se han producido en África en el siglo XX… Los personajes, en especial el de Akoko, tienen mucha fuerza y se ganan la simpatía del lector, pues se nos presentan con verosimilitud, bajo una luz favorable que sin embargo no ignora sus temores y debilidades.

Según los estándares comerciales al uso, El río y la fuente no es una novela juvenil. Según unos criterios más amplios y seguramente más coherentes, sin duda lo es, y de ahí que sea un libro recomendado en las aulas de su país de origen: porque presenta el crecimiento de personajes jóvenes de distintas generaciones; porque capta el interés desde la primera página; porque contiene referencias a modos educativos de lugares y épocas que viene bien comparar con los propios; porque amplía horizontes (y se distancia de tanta novela insustancial sobre los problemitas de quien tiene resueltas todas sus necesidades inmediatas); porque combina realismo en lo que se cuenta con un alto nivel humano y literario que logra eludir cualquier fácil simplificación y cualquier tonta complicidad.

En su edición castellana le hubiera venido bien añadir, al apéndice final con expresiones características, un pequeño mapa y algunas orientaciones acerca de las etnias que pueblan los distintos territorios.

Afila el hacha con calma

Akoko, que siente con viveza el peso de las injusticias que la mujer ha soportado por tiempo inmemorial en un mundo dominado por hombres, sabe actuar con una fortaleza e inteligencia extraordinarias.

Con su ejemplo, a su hija y a su nieta les transmite un talante poco común: «Una chica debía ser inteligente, muy trabajadora y rápida en la acción. Inteligente, porque la estupidez en la mujer era un defecto mayor que en el hombre: un hombre siempre puede encontrar una mujer astuta para encubrir sus locas aventuras, pero no existe el hombre capaz de rellenar el hueco abierto por una mujer insensata. Rápida, porque Were en su infinita sabiduría nos había concedido unas horas limitadas para hacer y terminar nuestro trabajo, y el tiempo nunca espera a nadie. Trabajadora, porque no hay nada peor en el mundo que una mujer ociosa».

Cuando decide viajar a la ciudad para presentar su causa en los tribunales de los hombres blancos y su hija le pregunta, temerosa, que cómo puede confiar en alguien tan blanco como las nubes…, «quizás no sean ni siquiera humanos… madre», Akoko le responde: «¡Nyabera! No puedo creer que una hija mía parezca tan tonta. Naturalmente que son humanos. Por eso se les llama hombres blancos, no animales blancos. Y la confianza es algo que se concede a la gente que la ha ganado, y para eso tienes que darle una oportunidad. Nunca confiaría en tu tío Otieno, aunque sea más negro que la olla en que cuezo el maíz y las judías».

Y sabe aguardar con calma el momento adecuado para un enfrentamiento inevitable: «No era inteligente dar cabezazos contra un árbol: sólo conseguiría arrancar unas briznas de corteza, y su cabeza terminaría amoratada y herida. “Si quieres cortar un árbol, afila el hacha con calma”, dice un proverbio».