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sábado, 20 de julio de 2019

La religión y el origen de la cultura occidental


La religión y el origen de la cultura occidental,
de Christopher Dawson, es otro de esos libros imprescindibles para entender los orígenes del mundo en el que vivimos y para pensar qué clase de sociedad queremos. En él, Dawson sostiene que «la civilización occidental ha sido el mayor fermento de cambio en el mundo, porque el cambio del mundo se convirtió en parte integrante de su ideal de cultura». Señala que «el estudio de la religión cristiana y de la cultura occidental se puede hacer desde sus orígenes, a diferencia de lo que ocurre con otras religiones y de otras culturas», y desea mostrar que, «en los orígenes de la cultura occidental hay un elemento configurador específicamente cristiano».

Empieza por explicar que, «cuando cae el imperio romano los principales centros de cultura cristiana, y la mayoría de la población cristiana, no estaban en Europa. Sin embargo, cuando en el siglo VI se da una recristianización que procede de los misioneros que llegan a Europa desde las islas británicas, se da un nuevo punto de partida, un renacimiento de la cultura occidental europea». Tal renacimiento estuvo dominado por «un agudo antagonismo entre dos culturas, entre dos tradiciones sociales y dos mundos espirituales: la sociedad guerrera del reino bárbaro con su culto del heroísmo y de la agresión, y la sociedad pacífica de la Iglesia cristiana con sus ideales de ascetismo y renunciamiento y su alta cultura teológica».

«Cada una de las grandes civilizaciones mundiales se ha enfrentado con el problema de reconciliar el ethos agresivo del guerrero con los ideales éticos de una religión universal. Pero en ninguna de ellas la tensión fue tan vital e intensa como en la Cristiandad medieval, y en ninguna parte el resultado ha sido más importante para la historia de la cultura». La introducción del cristianismo en el mundo homérico de los reyes guerreros nórdicos, que no eran gobernantes y legisladores sino los representantes simbólicos de un pueblo, significó una revolución social y religiosa. Su alcance lo podemos ver si pensamos en lo que suponía perder el ethos heroico de la monarquía pagana: fue duro para los combativos bárbaros aceptar la ética cristiana de renunciamiento y perdón.

«La tensión entre los dos ideales y las dos formas de vida» se trocó «en una tensión psicológica interna, que a veces se manifestaba por la conversión individual del caballero en monje, pero que más a menudo cobraba el aspecto de cierto compromiso entre los dos ideales, como el voto de cruzada, la pertenencia a las órdenes militares o el intento de transformar la caballería en el arma secular de la Iglesia y del poder espiritual. La regeneración gradual del ethos heroico por influencia de la Iglesia encuentra su expresión literaria en las chansons de geste, que representan el espíritu auténtico de la sociedad feudal, en contraste con la poesía romántica de los trovadores y la épica cortesana, que parecen pertenecer a un mundo distinto».

Sin embargo, poco a poco se abrió paso un nuevo ideal secular de la caballería, ajeno a la austeridad de las órdenes militares, que «se manifestó en una nueva forma de vida y una nueva literatura –la poesía lírica de los trovadores — que había de tener inmensa influencia, no sólo en la literatura sino en las normas de conducta de Occidente». Ese nuevo culto de la cortesía y del amor fue como una planta exótica que floreció en el sudoeste de Francia, bruscamente, a partir de la España musulmana. En Italia se dio, sin embargo, una profunda y fructífera asimilación de los ideales de la cultura cortesana por parte de la Cristiandad medieval: vemos esto sobre todo en la vida de san Francisco, que muestra una transposición del ideal de cortesía al plano superior de la vida cristiana.

En cualquier caso, la pérdida del ideal de cruzada con el aumento de riqueza y lujo en la vida cortesana provocó que la figura del caballero medieval se cambiase casi insensiblemente en la del cortesano renacentista. Ocurrió también entonces que la dirección de la cultura se apartó del poder político, algo que distinguió la cultura occidental de la propia del mundo bizantino, y algo a lo que se deberá la libertad y el dinamismo de la cultura occidental. Esa libertad y dinamismo se apoyó en que el mensaje del cristianismo, aunque no modificaba las condiciones de vida, sí provocó una revolución espiritual que acabó trayendo profundos cambios sociales y políticos.

El monacato actuó como guía cultural, un papel ajeno a la institución en su origen. Instruyó a la gente no sólo en la doctrina sino en la lengua latina, enseñó a leer y a escribir, e impartió enseñanzas de artes y ciencias necesarias para la conservación de la Iglesia y la liturgia, como caligrafía, pintura, música, cronología y conocimiento del calendario. Fueron los monjes irlandeses los que, por distintas razones, más contribuyeron a crear la tradición de la enseñanza y a la actividad educativa durante la sombría época que siguió a la decadencia del imperio bizantino después de la muerte de Justiniano.

La época carolingia define la cultura medieval cristiana, que florece en Northumbria entre 650 y 750, de la que Bonifacio (680–754) y Alcuino (735–804) fueron herederos y transmisores. Es notable el programa de reformas que promueve Carlomagno (742–814): «Pocos gobernantes han poseído tan claro sentido de la educación y se han preocupado tanto de las letras». Tuvo el «propósito deliberado de crear o restaurar la cultura latina cristiana que debería ser la posesión espiritual común del nuevo Imperio cristiano occidental» y, por eso, en aquel momento proliferaron libros de texto, diccionarios, etc.

Más tarde, en Inglaterra, se debe destacar el papel del rey Alfredo (849–871): «él sólo, entre los gobernantes de su tiempo, comprendió la importancia vital del desarrollo espiritual y dedicó tanta energía a la recuperación de la tradición cultural cristiana como a la defensa de la existencia nacional». Su prefacio al tratado de san Gregorio Magno (540–604) sobre el Cuidado Pastoral (Cura Pastoralis) es «uno de los documentos más notables de la cultura medieval y el primer monumento de la prosa inglesa». En él se describe cómo la tradición de la Edad de Oro de la cultura cristiana había sido abandonada, quedando sólo el nombre de Cristiandad: «sólo amábamos el nombre de cristianos y muy pocas de sus virtudes».

El rey propuso un remedio: «verter a la lengua que todos entendemos los libros cuyo conocimiento es necesario para todos los hombres; y conseguiremos, lo cual no es difícil si tenemos paz, que todos los jóvenes libres de Inglaterra, es decir, los que tienen la oportunidad de dedicarse a ello, sean obligados a estudiar –aunque no a otra cosa útil — hasta que sepan todos cómo leer un texto inglés. Enseñad después latín a los que quieran aprenderlo y elevarse a un nivel superior». Empezó así una biblioteca de traducciones en los últimos doce años de su reinado: Alfredo quería para Inglaterra lo que Carlomagno había propuesto para la Cristiandad occidental.

La nueva cultura cristiana que se difundió en el norte, en los siglos XI y XII, derivó en gran parte de Inglaterra, desde donde llegaron la mayoría de los obispos misioneros y las primeras comunidades monásticas. Sobre todo fue en Islandia donde los sabios de los siglos XII y XIII, retomando la tradición del rey Alfredo, fundaron la gran escuela indígena de historiografía y arqueología, a la que debemos la mayor parte de nuestro conocimiento del pasado. Es decir, que estamos en deuda con los clérigos y escuelas de la Islandia cristiana por haber conservado la rica tradición nórdica de mitología, poesía y sagas.

Con el papa san Gregorio VII (1020–1085) llegó un nuevo ideal de reforma: se propuso que la Iglesia «recobrara su honor y permaneciera libre, casta y católica» frente a los ideales bizantinos y carolingios de la monarquía sagrada, que consagraba el statu quo y rodeaba los intereses creados con el halo de la tradición sagrada; deseaba librar a la Iglesia de su dependencia feudal respecto al poder secular y abandonar la concepción bizantina y carolingia del derecho divino de los reyes y de la obediencia pasiva de los súbditos. Era un momento, además, en el que el imperio ya no podía cumplir sus funciones y, en el conflicto de ideales y de fuerzas sociales, se produjo por primera vez una guerra de folletos propagandísticos para volcar las opiniones a un lado o al otro.

En este momento, señala Dawson, se produce «un nuevo punto de partida en la historia de la cultura occidental, pues significó que los hombres habían comenzado a razonar sobre los principios en los que se basaba la sociedad cristiana y a recurrir a la mención de estos principios como un modo de modificar el orden existente. Cuando Gregorio VII escribía: “El Señor dice “Yo soy la Verdad y la Vida”, no decía “soy la costumbre” sino “soy la Verdad”, estaba invocando una nueva clase de Derecho Divino que debía mostrarse posteriormente más fuerte que el derecho divino de los reyes».

En el mundo feudal había dos mundos separados: por un lado, la sociedad pacífica de la Iglesia que tenía su centro en la vida y en la cultura monásticas; por el otro, la sociedad guerrera de los bárbaros occidentales, que seguían siendo profundamente paganos a pesar de su aceptación externa y parcial del Cristianismo. Parecería que el imperio carolingio supondría el triunfo de lo cristiano, pero no fue así: la sociedad feudal seguía guiándose con los mismos criterios que la relación tradicional que tenía el jefe bárbaro con su gente, con el mismo código de honor y lealtad, de desprecio de la muerte y de implacable venganza; se podría decir que la relación personal entre vasallo y señor era la base de la organización social.

En la literatura de la época se ve cómo esto cambia cuando la antigua tradición guerrera del norte y el surgimiento de una nueva cultura feudal encuentra expresión en la nueva épica de las canciones de gesta que aparecieron en el siglo XI, una nueva literatura que «reconocía implícitamente la existencia de una ley más alta y de una lealtad espiritual más amplia». En las nuevas canciones de gesta se ve que las hazañas de los campeones no son un fin en sí mismas sino que trascienden particularismos locales pues se dirigen contra enemigos externos y se realizan en servicio de la Cristiandad. Como consecuencia, el caballero que muere en la batalla por la fe no es sólo un héroe sino un mártir, como explica el arzobispo Turpin a Rolando y sus compañeros en Roncesvalles (la Canción de Rolando es de finales del siglo XI).

Por otro lado, la introducción de motivos religiosos moralizó la relación feudal, es decir, el vínculo entre el caballero y su señor. El caballero también se separó de su trasfondo bárbaro y pagano e ingresó en la estructura social de la cultura cristiana; tomó forma un arquetipo espiritual que finalmente transformó los valores y las ideas de la sociedad medieval. La primera cruzada «señala un momento capital en la historia de Occidente: pone término a los largos siglos de debilidad, aislamiento e inferioridad cultural y reintroduce a los nuevos pueblos de la Cristiandad occidental en los antiguos centros culturales del Mediterráneo oriental».

Después de la época caracterizada «por la preponderancia de los monasterios, no solo en la disciplina intelectual de la vida religiosa sino también en el desarrollo intelectual de la vida cristiana», vino el renacimiento de la vida ciudadana y el crecimiento de la vida urbana. «La ciudad medieval realizó mejor la idea de commonwealth — la plena comunión y comunicación de los bienes sociales — que ninguna sociedad que jamás haya existido, con excepción de la polis griega; y era superior aún a esta, en la medida en que no era el sistema social de una clase ociosa fundada en el trabajo servil». En las ciudades medievales, en el siglo XI, comenzaron las escuelas catedralicias en la Francia septentrional, que ya son una especie de universidades, que irán llegando en siglos sucesivos (Bolonia, 1088; Oxford, 1096; París, 1150; Módena, 1175; Palencia, Cambridge, Salamanca, 1208…).

Parece claro, dice Dawson, que «la ciencia moderna difícilmente podría haber existido si varios siglos de disciplina intelectual no hubieran preparado el pensamiento occidental para aceptar la racionalidad del universo y el poder de la inteligencia humana para investigar el orden natural». La inteligencia crítica y el inquieto espíritu de investigación científica que han hecho de la civilización occidental la heredera y sucesora de los griegos no procede del Renacimiento y la restauración de los estudios griegos en el siglo XV, sino de tres siglos antes: de la época de las universidades.

Con la recepción de Aristóteles en las universidades europeas el pensamiento de la Cristiandad occidental reconquistó el mundo perdido de la ciencia helénica y se anexaba el mundo extraño del pensamiento musulmán sin perder su continuidad espiritual y sus valores religiosos. La síntesis intelectual del siglo XIII «coronó y completó los siglos de continuo esfuerzo para incorporar la doctrina religiosa de la Iglesia cristiana a la tradición intelectual de la cultura antigua» como lo habían deseado Casiodoro, Boecio, Isidoro… Más adelante llegaría la crisis del espíritu medieval, que se reflejará en la crítica drástica de la iglesia de su época que se formula en la Divina Comedia (1304–1321), y el momento en el desaparecerán los Estados establecidos por los cruzados y comenzarán a imponerse las nuevas monarquías.

La importancia de estos siglos medievales, termina Dawson, «no debe buscarse en el orden externo que crearon o que intentaron crear, sino en el cambio interno que produjeron en el alma del hombre occidental, cambio que nunca podrá destruirse íntegramente, salvo por la total negación o destrucción de este mismo hombre». Y la gran lección que nos dan «es que los momentos de fusión vital entre una religión viva y una cultura viva son los acontecimientos creadores en la historia, en comparación con los cuales todos los éxitos externos del orden político y económico son transitorios e insignificantes».

Christopher Dawson. La religión y el origen de la cultura occidental (Religion and the Rise of the Western Culture, 1950). Madrid: Encuentro, 1995; 228 pp.; col. Ensayos; trad. de Elena Vela; ISBN: 84–7490–374–2. Nueva edición el año 2010; 256 pp.; prólogo de José Andrés Gallego; ISBN: 978–84–9920–026–2.

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