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viernes, 12 de enero de 2018

Lecciones de un editor (y 4)


Entre los autores que Max Perkins alentó y publicó los hubo de toda clase. Por ejemplo, entre muchos, un historiador como Douglas Southall Freeman, una crítica musical como Marcia Davenport, un escritor de relatos cortos como Ring Lardner, y otros como Will James o Alan Paton

Una escritora para la que su impulso fue decisivo fue Marjorie Kinnan Rawlings, una periodista de Nueva York que decidió irse a vivir a una granja de Florida. Después de publicar algunas historias cortas en la revista de la editorial Scribner’s, Perkins le pidió algo de más calado y ella le envió una novela basada en hechos reales con bastantes palabras malsonantes a propósito de lo cual Perkins le dijo: «esas palabras (…) tienen un poder sugestivo para el lector que es muy distinto al que tiene para los que las usan; y por lo tanto no son adecuadas desde un punto de vista artístico. Deberían tener exactamente el mismo significado e implicaciones que tienen al ser proferidas. Pero su efecto es completamente distinto cuando alcanza los oídos y los ojos de quienes no están acostumbradas a manejarlas».

Luego Perkins le sugirió un libro sobre un chico que se moviese por esa zona rural, pues ya el marido de Rawlings le había comentado a ella que algunas secciones de su novela previa eran excelentes para lectores jóvenes. Perkins abundó en eso y le habló de que pensara en obras como Huck Finn, Kim, La isla del tesoro, The Hoosier Schoolboy…, y Rawlings le respondió: «¿Te das cuenta con qué cuajo te sientas en tu despacho y me dices que escriba un clásico?». Pero Perkins insistió, haciéndole distintas sugerencias, haciéndole notar que escribiese sin nada de afectación pues, le dijo, «no me sorprendería en absoluto que terminase siendo tu mejor libro».

Hay un momento en el que Rawlings le pide más consejos y remacha: «y, por favor, no me escribas otra de sus frases, en plan “debes hacerlo del modo en que te parezca adecuado”. Dime lo que realmente tienes en mente». A lo que Perkins le respondió: «si te he escrito de ese modo hazlo-como-creas-que-tienes-que-hacerlo es porque siempre ha sido mi convicción —y no veo cómo nadie podría refutarla— que un libro ha de hacerse en función de la concepción del escritor, y esto del modo más perfecto posible, y que solo después ha de entrar en juego la edición. Esto es: el editor no debe tratar de que el escritor adapte el libro a las especificaciones comerciales, etcétera. Ha de funcionar justo al revés».

Y de ahí surgió una novela excelente: The Yearling (que se publicó hace tiempo en castellano como El despertar), que obtuvo un éxito arrollador y que, en efecto, es una gran historia (lamentablemente fuera del mercado español en este momento). El talento de Perkins estuvo en darse cuenta de que la gran fortaleza de Rawlings no eran las tramas complejas sino enhebrar episodios emocionantes que debía escribir a su aire. Ella confesaba que «me siento libre para demorarme en los detalles simples que a mí me interesan. En realidad es fascinante que logre interesar a otros, lo que seguramente ocurre porque consigo ser sincera dado mi propio interés y simpatía por ese mundo…».

A. Scott Berg. Max Perkins. El editor de libros (Max Perkins: Editor of Genius, 1978). Madrid: Rialp, 2016; 579 pp.; col. Biografías y testimonios; trad. de David Cerdá; ISBN: 978-84-321-4730-2. [Vista del libro en amazon.es]

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