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domingo, 22 de diciembre de 2013

Enseñanzas de los belenes (1)


Después de señalar cómo, en la época navideña, vemos a nuestro alrededor episodios grotescos que forman parte de «los vanos intentos en Europa de liquidar no ya la memoria religiosa sino también cultural de las fiestas navideñas», elogiaba José Jiménez Lozano, en un texto del año 2010, la costumbre de poner belenes.

Recordaba que, cuando san Francisco de Asís popularizó el belén, «lo que entonces sucedió, en un principio, fue que, mientras a muchos y a los más sencillos llenó de encanto esa representación del belén, en otros ambientes suscitó extrañeza y rechazo. Y esto por dos razones principales. La primera era porque no se entendía bien cómo era que los grandes de este mundo no ocupaban el lugar central que siempre ocupan, y que, en el belén, era ocupado por una pobre gente para pasar la noche, y quienes acudían a visitar al niño recién nacido también eran gentes del común, y ciertamente que no había ni hay en un belén nada contra nadie, sino que está todo él bañado por el aire de un misterio y luego de la simple y pura poesía escondida en la vida diaria. Pero los poderes de entonces no lo entendieron así, y los de ahora tampoco.

Al fin y al cabo, el belén era lo que podíamos llamar en sentido muy serio —y no en el miserable sentido de los partidos e ideologías— “la política de Nochebuena”, o verdadera hermenéutica histórica de la realidad, y algo así como la prueba del nueve de una actitud intelectual y vital de cada uno de nosotros, según después lo haría en pleno siglo XX, Nadejda Mandelstam, subrayando que ese Belén que no se había permitido en la educación de los muchachos, allá en la URSS, dejaba en ellos un vacío de alegría, misericordia y esperanza que sería una tragedia».

José Jiménez Lozano. Revista de la Asociación Belenistas de Valladolid. Navidad, 2010.

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