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viernes, 11 de enero de 2013

Matar y morir por la poesía


Nueva edición del extraordinario Contra toda esperanza: memorias, de Nadiezhda Mandelstam. Escrito a partir de 1956 y publicado en Occidente en 1970, en él se recogen las memorias de la viuda del poeta Osip Mandelstam quien, después de dar a conocer un poema contra Stalin en 1934, fue detenido y exiliado hasta que, finalmente, falleció en un campo de prisioneros en 1938. En capítulos que van adelante y atrás en el tiempo, la autora deja constancia de la vida de su marido y suya en los años veinte y treinta, así como del comportamiento de los escritores que se relacionaban con ellos: Gorki, Alexei Tolstoi, Pasternak, etc.

Uno de los aspectos del libro, el que ocupa más espacio, es el que da testimonio de cómo fue la persecución estalinista. Afirma que «tanto Mandelstam como Ajmátova fueron los primeros que sintieron en su propia piel lo que significaba la época estaliniana, pero poco a poco lo fueron sintiendo todos». Indica que, al principio, «escogimos todos el camino más fácil: callábamos en la confianza de que no nos matarían a nosotros sino al vecino. No sabíamos siquiera quién entre nosotros mataba y quién se salvaba simplemente, gracias a su silencio». Hasta que todo fue patente: «los hombres que ejercían la profesión de exterminadores inventaron un proverbio: “Dadnos al hombre, que la acusación ya la encontraremos”», expresión que «oímos por primera vez en Yalta (en 1928)». Con lo que llegó un momento en el que «proscribimos la pregunta “¿por qué lo han detenido?”, “¿por qué?”, gritaba furiosa Ajmátova cuando alguien de nuestro entorno, contagiado por el estilo general, hacía esa pregunta, “¿Cómo por qué? Ya es hora de saber que a la gente se la detiene por nada”…». También se anota cómo muchos intelectuales deseaban encontrar alguna justificación a la realidad con unos deseos patéticos de no quedarse al margen de la revolución, una palabra que poseía una fuerza grandiosa: «Mi hermano Evgueni decía que no fue ni el miedo ni el soborno —aunque hubo bastante tanto de lo uno como de lo otro— lo que jugó un papel decisivo en la domesticación de la intelectualidad, sino la palabra “revolución”, a la cual nadie quería renunciar. Con esa palabra no sólo sometía ciudades, sino también a muchos millones de seres».

Otro aspecto, como es lógico, es el de la personalidad de Osip Mandelstam, un hombre que, aunque provocó su propia muerte al escribir y difundir su poema contra Stalin, estaba contra el suicidio que, a veces, su mujer se planteaba como última salida. Además de decirle que «la vida es un don al que nadie tiene derecho a renunciar», usaba un argumento que, a ella, era el que le resultaba más convincente: «“¿Por qué se te ha metido en la cabeza que debes ser feliz?” Mandelstam era un ser lleno de amor por la vida que jamás buscó el infortunio, pero tampoco orientó su vida en busca de la así llamada felicidad. Para él esas categorías no existían». Es muy poderoso el capítulo titulado «El camino funesto», donde la autora se plantea por qué su marido actuó como lo hizo: «al elegir su forma de morir, Mandelstam utilizó una sorprendente peculiaridad de nuestros dirigentes: su excesivo, casi supersticioso, respeto por la poesía: “De qué te quejas”, me decía, “éste es el único país que respeta la poesía: matan por ella. En ningún otro lugar ocurre eso”…». Y, concluye, «Creo que no quiso abandonar la vida sin dejar un claro testimonio de todo cuanto sucedía ante nuestra vista».

Y otro más son los comentarios que, acerca de la creación poética, van apareciendo en distintos lugares. Así, dice la autora, «la atención —anotó en uno de sus borradores— es una virtud del poeta lírico. La distracción y la desidia son los subterfugios de la pereza lírica». O, en otro momento, afirma: «Creo que para todo artista la eternidad se hace perceptible en cada instante que existe y transcurre, instante que él detendría encantado para hacerlo aún más perceptible. La nostalgia del artista no es producida por el anhelo de la eternidad, sino por la pérdida temporal del sentimiento de que cada segundo tiene volumen, es ubérrimo, está lleno de sentido y equivale, por sí mismo, a cualquier eternidad».

Nadiezhda Mandelstam. Contra toda esperanza: memorias (Hope Against Hope. A Memoir, 1970). Madrid: Alianza, 1984; 500 pp.; col. Alianza tres; trad. de Lydia K. de Velasco; ISBN: 8420631350. Nueva edición en Barcelona: El Acantilado, 2012; 656 pp.; col. El Acantilado; trad. de Lydia Kúper; prólogo de Joseph Brodsky; ISBN: 978-84-15689-10-2.

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