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martes, 7 de septiembre de 2010

A favor y en contra


Me han preguntado algunas veces qué opino de los libros de Gerónimo Stilton y Tea Stilton.

La primera salvedad que hago es la de que no los he leído todos, sino sólo unos diez, por lo que mi comentario no puede ser completo. La segunda es que son libros que han de juzgarse como lo que son, como un producto cuyas pretensiones son comerciales, y en este sentido pocas pegas se les pueden poner: son un éxito arrollador. Esta forma de confeccionar historias es muy antiguo en la literatura popular y, por supuesto, en la literatura infantil y juvenil: el ejemplo más característico es el de las series que, a principios del siglo XX, puso en marcha Edward Stratemayer (en su juventud secretario de Horatio Alger, otro maestro de los libros infantiles de gran éxito popular), y que duran hoy todavía.

Dicho lo anterior, lo positivo que tienen los libros de Stilton es que son libros bien hechos, y que al lector niño le aportan diversión y una experiencia placentera de la lectura, por lo que pueden ser la puerta para otros libros. Esto es mucho y, por eso, merecen aplausos. Además, en los ejemplares que yo he leído no he tropezado con historias que tengan pasajes zafios (como algunos que sí vi en libros de Pablo Diablo).

Las razones para explicar por qué no me gustan del todo tienen que ver con mis propias preferencias y con lo que yo espero de los libros. Una es la misma por la que no me gusta comer en un MacDonald: dada mi edad y mi biografía prefiero otro tipo de establecimientos y otro tipo de comidas. Otra es la misma por la que no me gustan algunas versiones de cuentos clásicos de Disney: no por el hecho de que sean más o menos edulcoradas, que a eso todo el mundo tiene derecho, sino por lo que tienen de «saqueo» de relatos que merecerían ser tratados de otra manera, o que yo prefiero que lleguen a los lectores de otra manera. Y otra más, que los libros de Stilton comparten con muchos otros libros actuales, es la clara intención que tienen de presentar tantos buenos sentimientos enlatados (que, no lo voy a discutir, suelen ser mejores que los malos sentimientos enlatados), y que, por tanto, muchas veces suenan falsos.

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