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jueves, 19 de noviembre de 2009

¡Aaaaaaahhhhhhhh!


Como, dentro de dos o tres meses según he leído, se estrenará una película sobre la serie de Rick Riordan titulada Percy Jackson y los dioses del Olimpo, he leído la primera novela, El ladrón del rayo, y me he conformado con echar un vistazo muy rápido a las dos siguientes. Quien esté más interesado, puede consultar la gran información que viene al respecto en Wikipedia: un recurso últimamente habitual para la promoción de libros y películas.

La idea básica de la serie es que los dioses griegos siguen jugando un papel en nuestro mundo, visitando la tierra y teniendo hijos e hijas con los seres humanos. Como Norteamérica es hoy el centro de la civilización occidental, algo así como lo que fue la Antigua Grecia (algo que afirma la novela y que no me voy a poner a discutir ahora), el Monte Olimpo está situado encima del Empire State mientras el Hades está debajo de Los Ángeles (con esto seguro que algunos estarán más de acuerdo). La primera novela comienza cuando Percy, un chico disléxico y con graves problemas de comportamiento en los muchos colegios por los que ha pasado, descubre que todo tiene una explicación más sencilla: su desconocido padre fue, en realidad, Poseidón (lo que obviamente le dará una especial habilidad para entenderse con seres marinos). Es llevado primero a un campamento especial para chicos como él y, dadas sus cualidades, es enviado luego a descubrir quién ha robado el rayo de Zeus, que está enfadado por la cuestión y a punto de desencadenar una guerra entre los dioses. En su empresa le ayudarán Grover, un joven sátiro, y Annabeth, hija de Atenea (y, por tanto, peleona y muy capaz).

Es una gran idea la de que los protagonistas semi-dioses sean chicos discapacitados y es una buena explicación la que da la novela de que tal cosa sucede porque su lenguaje natural es el antiguo griego. La novela es divertida (si a uno le divierten estas cosas y no se toma muy en serio a los dioses griegos), usa mucho lenguaje de argot y muchas admiraciones y expresiones equivalentes a los rayos y estrellitas de los cómic —«¡Zaca!», «¡Tracazás!», etc.—. Está inteligentemente construida, por medio de continuos diálogos donde cada dios o diosa habla como se le supone, más o menos, y donde se van colocando todo tipo de explicaciones. La habilidad del autor está, también, en que todo se presta extraordinariamente bien a una película de acción al uso, con persecuciones, rayos varios, explosiones, toda clase de escenarios y de posibilidades.

Es dudoso que una novela como esta sea un buen instrumento para familiarizar a los lectores con el mundo clásico, aunque hay profesores que consiguen maravillas y nunca se sabe. Para dar idea de lo anterior, dos ejemplos. Uno, la escena de la entrada de los protagonistas en el Hades, donde tienen una charla con Caronte, un negro alto y elegante con el pelo teñido de rubio, que, cuando se despiden, le dice a Percy: «Te desearía suerte, chaval. Pero es que ahí abajo no hay ninguna. Pero, oye, no te olvides de comentar lo de mi aumento (de sueldo)». Otro, que da idea de los acentos del protagonista y narrador, es cuando tiene que saltar al vacío, al final de un capítulo y, al comienzo del siguiente, dice: «Me gustaría contarte que tuve una profunda revelación durante mi caída, que acepté mi propia mortalidad, que me reí en la cara de la muerte, etcétera. Pero mi único pensamiento era: ¡Aaaaaaahhhhhhhh!».

Rick Riordan. El ladrón del rayo (The Lightning Thief, 2005). Barcelona: Salamandra, 2006; 285 pp.; col. Percy Jackson y los dioses del Olimpo; trad. de Libertad Aguilera Ballester; ISBN: 84-9838-039-1.

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