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viernes, 26 de septiembre de 2008

Cómo lograr que la gente ame su servidumbre


Las dos utopías futuristas más influyentes y citadas son Un mundo feliz y 1984. Leídas ahora no conservan la frescura de otras, como Farenheit 451, y se les ven mucho los defectos narrativos, pero tienen el mérito de haber planteado algunas cosas con gran agudeza y de haber acuñado expresiones que han pasado al lenguaje común.

En Un mundo feliz todo el planeta está bajo un gobierno pacífico que ha eliminado la guerra, la pobreza, el crimen y la infelicidad; los protagonistas, Bernard Marx y Lenina Crowe, pasan unos días de vacaciones en una Reserva y allí conocen a John el Salvaje. En 1984 hay un único estado totalitario en el que todo discurre bajo el ojo siempre vigilante del Gran Hermano; Winston Smith, funcionario del Ministerio de la Verdad, cuya misión es reescribir la Historia e inventar los héroes, se rebela y es sometido.

Sobre 1984 hay un breve juicio en la voz de George Orwell con ocasión del comentario a Rebelión en la granja. Sobre Un mundo feliz se puede señalar cómo, en el prólogo que puso a una reedición de su novela quince años después, Aldous Huxley indicaba las carencias que veía ya en su obra pero señalaba que seguía vigente su punto central: en el futuro el problema de la felicidad, en el que trabajarán científicos y políticos, será «el problema de lograr que la gente ame su servidumbre» y, para eso, a medida que la libertad política y económica disminuya la libertad sexual aumentará. Eso sí, el autor se confundía al decir que «todavía estamos muy lejos de los bebés embotellados» y de los grupos de «adultos con inteligencia infantil».

Vistas las denuncias de ambas novelas en paralelo, Juan José García-Noblejas comentaba tiempo atrás que el peligro que parece más real hoy no es el fascismo que temía Orwell sino el olvido y la irrelevancia que preveía Huxley: «Orwell temía a quienes podían prohibir los libros, privarnos de información y alejarnos de la verdad, secuestrando nuestra cultura. Huxley, sin embargo, temía que no hubiera razón para prohibir los libros, porque nadie quisiera ya leerlos; temía que tuviéramos tanta aparente libertad, que nos convirtiéramos en seres pasivos y egoístas; temía que la verdad se ahogara en un mar de asuntos irrelevantes, temía que nos convirtiéramos en una cultura trivial».

Aldus Huxley. Un mundo feliz (Brave New World, 1931). Buenos Aires: Orbis, Hyspamerica, 1969; 191 pp.; introducción del autor de quince años después; trad. de Ramón Hernández; ISBN: 950-614-471-0.
George Orwell. 1984 (1948). Barcelona: Destino, 2002, 28ª ed.; 333 pp.; col. Destinolibro; trad. de Rafael Vázquez Zamora; ISBN: 84-233-0983-5.
Juan José García-Noblejas. Medios de conspiración social (1997). Pamplona: Eunsa, 1998, 2ª ed.; 144 pp.; col. Comunicación; ISBN: 84-313-1553-9.

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