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martes, 1 de enero de 2008

A quién llamamos sabio


Cuando, según cuenta el primer libro de los Reyes, Dios se aparece a Salomón en sueños y le dice «pide qué quieres que te dé», la petición de Salomón se reduce a un corazón sabio y prudente, un corazón que sepa «escuchar» (1 Re 3, 9), una imagen que parece proceder del antiguo Egipto, cuyos sabios pensaban que el corazón era el órgano que servía al hombre para entender el significado y el orden del universo. «Lo que deseaba el rey, el sabio por antonomasia, no era lo que los modernos entendemos por razón, es decir, una cualidad interna, que dicta sus leyes y dispone soberanamente de las virtualidades inertes de la naturaleza, sino una razón “abierta” a la percepción de la verdad que brota del universo y llega al hombre como interpelación personal. Frente a esa realidad, la actitud de Salomón era de total apertura, de extremada receptividad. Pero eso no quiere decir, en absoluto, que se trate de una postura meramente pasiva, sino que consiste en una actividad tensa hacia la respuesta adecuada y hacia una articulación coherente de los materiales recabados.

Por el contrario, la búsqueda de la verdad, basada en el concepto moderno de razón, produce una sensación de dominio, capacita para disponer de la realidad y no es privilegio de individuos particulares. Nuestra razón está condicionada por el utilitarismo. Se reduce al conocimiento de las posibilidades humanas y, consiguientemente, no sólo se opone a la actitud receptiva propia de la sabiduría, sino que incluso llega a atacar directamente a cualquier clase de predisposición basada en la confianza. A pesar de todo, aún se conserva en nuestro lenguaje actual —por ejemplo, cuando hablamos de un “sabio”— una cierta huella de la concepción que tenían los antiguos sobre este fenómeno de la razón. Llamamos “sabio” al que es capaz de aportar algo más que una suma de conocimientos puramente utilitarios y aplicables al mundo de la técnica».

Gerhard von Rad. Sabiduría en Israel (Weisheit in Israel, 1982). Madrid: Cristiandad, 1985; 408 pp.; trad. de D. Mínguez Fernández; ISBN: 84-7057-377-2.

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