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domingo, 11 de marzo de 2007

Mira el mundo


Cuenta Zagajewski una escena que presenció en un tren, cuando un chico hablaba a su padre de los nuevos modelos de coches «con un increíble fanatismo, con amor y conocimiento de causa». La voz del chico «dejaba entrever el doloroso deseo de esos vehículos, legendariamente bellos; hablaba de ellos como del unicornio. De cuando en cuando se volvía hacia su melancólico padre, arredrado por la euforia del chico, y le hacía la pregunta: “¿Comprarías ese coche si tuvieras dinero? Di, ¿lo comprarías?”.

“Pues sí, claro que sí”, respondía el padre con fingido desdén, procurando calmar la inquietud de su hijo. Al mismo tiempo, una y otra vez intentaba —sin resultado alguno— distraer la atención del hijo de los vehículos rápidos y le señalaba los indistintos paisajes del mundo nocturno que se hallaban tras la ventanilla. Mira qué bosque más alto. Son pinos, magníficos, soberbios, como mástiles de un barco. Mira la luna, hacía mucho que no la veía tan enorme. Mira, estamos llegando seguramente a una ciudad grande.

Pero con el enardecido muchacho aquello no funcionaba en absoluto; en un murmullo dramático —no podía hablar a plena voz, porque otros pasajeros dormían (yo no)—, seguía dirigiéndose a su padre, cada vez más cansado: ¿Comprarías este coche? ¿Este modelo? ¿Un Ferrari o un Jaguar? ¿Preferirías la carrocería roja o azul? Di, ¿te lo comprarías, si tuvieras dinero?

Seguro, por supuesto que me lo compraría, pero mira cómo brillan las estrellas, mira el mundo».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena.

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