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Notas de septiembre de 2011 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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viernes, 30 de septiembre de 2011

Han sido un buen descubrimiento para mí los Cuentos de madurez de Machado de Assis. Aquí está una reseña.

Aparte de otras cosas, es más que sobresaliente la versatilidad del autor para usar distintos registros y narrar historias tan diferentes unas de otras. En esta selección, la única con narrador y protagonista niño es Cuento de escuela, donde un chico cuenta un incidente de clase que le supuso, además de un castigo, recibir su primera lección de corrupción, por parte de un compañero que le compra un favor, y de delación, por parte de otro que lo dice al profesor. La única con personajes no humanos es Un apólogo, donde una aguja y un carrete de hilo discuten sobre quién vale más. Puestos a destacar una, yo marcaría como mi favorita El préstamo, sobre un personaje formidable que nació con vocación para la riqueza pero sin vocación para el trabajo. Hay también un relato, titulado En el Arca, sobre las discusiones de los hijos de Noé acerca de cómo se repartirán las tierras cuando el diluvio cese y las aguas se retiren, que tiene interés: a fin de cuentas el autor construye su relato cuando el público aún no estaba cansado de este tipo de juegos irónicos posmodernos (el mismo Borges decía que él siempre se basaba en textos bíblicos que luego invertía y reconocía que «hay algo mecánico y fácil en ello»).

Joaquim María Machado de Assis. Cuentos de madurez. Valencia: Pre-textos, 2011; 458 pp.; col. Narrativa Clásicos; edición, trad., notas y prólogo de Bethania Guerra de Lemos y Juan Baustista Rodríguez; ISBN 13: 978-84-92913-90-9.
La nota de Borges está en Borges el memorioso (1982; entrevistas en 1979). Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1986, 2ª ed.; 315 pp.; col. Tierra Firme; ISBN: 968-16-1351-1.



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jueves, 29 de septiembre de 2011

Después del libro de ayer, sobre la bomba de Hiroshima, un libro extraordinario sobre la bomba de Nagasaki que, a pesar de sus deficiencias narrativas y editoriales, vale la pena conocer: Requiem por Nagasaki, de Paul Glynn.

Es la biografía de Takashi Nagai, un radiólogo de la Universidad de Nagasaki que falleció seis años después de que la bomba atómica cayera sobre su ciudad, matando a su mujer y arrasando su casa. Él, enfermo ya de leucemia debido a su exposición a la radiación durante los años anteriores, atendió a muchos enfermos y fue autor del primer libro que intentó describir científicamente las consecuencias de la radiación.

En la primera parte, se cuenta su vida y su evolución interior desde el shintoísmo hasta su conversión al catolicismo por influencia de la familia de su mujer; y, en la segunda, se habla de la bomba, de sus consecuencias, y del papel que jugó Nagai, con sus libros y con su actitud, para que, a diferencia del símbolo de Hiroshima, un puño cerrado con cólera, el símbolo de Nagasaki hoy sea el de unas manos unidas en oración.

Nagai tenía, entre sus adagios favoritos de Confucio, uno que dice que «si has encontrado el camino de la verdad por la mañana puedes ir a la muerte con paz esa misma tarde»; consideraba, tal como cuenta la parábola de la cabaña pobre, una pieza literaria sagrada del budismo, que «el mejor modo de encontrar lo sobrenatural es que tu corazón sea como una cabaña que está desprovista de todo menos de lo estrictamente necesario»; admiraba la posición de lucha no-violenta de Gandhi y decía que «deberíamos hacer que nuestras vidas fuesen poesías haiku, (…) ver más allá de la superficie de las cosas, buscar la belleza escondida de todo y descubrir las cosas gloriosas que nos rodean». Un hombre asombroso.

Paul Glynn. Requiem por Nagasaki (A song for Nagasaki, 1988). Madrid: I.M.G., 1999; 224 pp.; trad. de Francisco Sánchez Bayo; ISBN: 84-605-8437-Z. Nueva edición en Madrid: Palabra, 2011; col. Arcaduz; ISBN: 978-84-9840-559-0.

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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Sadako quiere vivir,
de Karl Bruckner, empieza el 20 de julio de 1945 cuando un avión de exploración norteamericano obtiene fotografías de Hiroshima. A partir de ahí el narrador va presentando distintas escenas de la ciudad, cuando Shigeo Sasaki, de diez años, arrastra a su hermana Sadako, de 4 años, de un lugar a otro en busca de comida. Alternando con ellas, se muestran escenas aisladas que luego no tendrán continuidad: historias de los miembros de la tripulación del avión norteamericano; una reunión del cuartel general del ejército japonés; el ambiente de la base norteamericana de Tinian, donde aterriza aquél avión, y la llegada de hombres desconocidos y de una caja negra, rodeada de secreto. Después del lanzamiento de la bomba la narración se centra en la vida de la familia Sasaki: Yasuko, el padre, vuelve a montar su antigua barbería y progresa..., hasta que, en 1955, a Sadako se le descubren los efectos ocultos de la radiación.

La narración es buena y consigue su objetivo de transmitir el dolor de sus protagonistas y de provocar rechazo hacia unas acciones bélicas tan demenciales e inhumanas. «Antes muerto que asesino de inocentes», dice Shigeo a su madre, cuando ésta le pregunta si estaría dispuesto a obedecer hasta el punto de arrojar una bomba atómica; y entonces Shigeo se dirige a su padre:

«—¿Y tú, padre? ¿Qué piensas tú?
—Yo... he crecido en otra época. A nosotros se nos dijo siempre, ya desde la escuela, que el mayor honor para un soldado nipón era que le fuera permitido caer en el campo de batalla por el emperador y por la patria. Pero tú prefieres morir a matar —suspiró pesadamente—. Y... esto... pesa más ante el dios supremo que todas las heroicidades humanas.
Shigeo se inclinó más profundamente que de ordinario. Su padre hubiera podido reprenderle por mantener una opinión opuesta a la suya. Y en vez de eso, había reconocido, con sabia visión, que el antiguo concepto de deber y obediencia ciega era erróneo. (...) Shigeo pensó que debía admirar a su padre por ello».

Karl Bruckner. Sadako quiere vivir (Sadako will leben, 1975). Barcelona: Noguer, 1989; 184 pp.; col. Cuatro Vientos; trad. de Feliciano Pérez Varas; ISBN: ISBN 10: 84-279-3167-0. Nueva edición en 2009; 256 pp.; col. Noguer juvenil; ISBN: 978-84-279-0092-9.

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martes, 27 de septiembre de 2011

Hace tiempo leí los seis primeros libros sobre La familia Mumin. No conocía, y he leído ahora, Papá Mumin y el mar, el séptimo libro de la serie, que acaba de publicar Siruela. He apreciado más, en esta lectura, con qué talento Tove Jansson logra reflejar los pensamientos y sentimientos de sus dubitativos personajes.

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lunes, 26 de septiembre de 2011

Quien tenga interés en enseñar a sus hijos limpieza y cuidado de las cosas (no pintar las paredes, no estropear la ropa, etc.), debería mantenerles lejos de Pintores, de Seung-yeoun Moon y Suzy Lee, y de ¡Oh, qué día más divertido!, de Gyo Fujikawa.

Pintores es una historia encantadora (pero sólo en un libro) compuesta gráficamente con el talento al que nos tiene acostumbrados Suzy Lee. Un niño y una niña pequeños deciden pintarse a sí mismos y pintarlo todo alrededor antes de irse a bañar. La madre les acoge felizmente y participa de sus juegos. No se nos dice cómo arregló luego todo lo que los niños habían ensuciado antes…

¡Oh, qué día más divertido! es una sucesión de escenas de vida ordinaria en las que las figuras de niños se parecen a las de Kate Greenaway pero algo modernizadas. En una de las escenas se alienta el que los niños, completamente vestidos, chapoteen en el barro...

En fin, son álbumes de los que piensas, ¡hum, qué interesantes, pero como se los regale a quiénes yo sé, sus padres no me hablan de nuevo!

Suzy Lee. Pintores (Urineun Beolgeosungi Hwaga, 2005). Texto de Seung-yeoun Moon. Barcelona: Zorro Rojo, 2011; 32 pp.; trad. de Inés Yoo; ISBN: 978-84-92412-78-5.
Gyo Fujikawa. ¡Oh, qué día más divertido! (Oh, What a busy day!, 2010). Barcelona: Juventud, 2011; 80 pp.; trad. de ; ISBN: 978-84-261-3830-9.


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domingo, 25 de septiembre de 2011

Dos citas de Borges sobre la lectura de los libros que llamamos «clásicos»:

—«Eliot pensó que sólo puede darse un clásico cuando un lenguaje ha llegado a una cierta perfección; cuando una época ha llegado a una cierta perfección. Pero yo creo que no: creo que un libro clásico es un libro que leemos de cierto modo. Es decir, no es un libro escrito de cierto modo, sino leído de cierto modo; cuando leemos un libro como si nada en ese libro fuera azaroso, como si todo tuviera una intención y pudiera justificarse, entonces, ese libro es un libro clásico». (…) «Es decir, que un clásico es un libro leído con respeto. Por eso yo creo que, el mismo texto, cambia de valor según el lugar en que está: si leemos un texto en un diario, lo leemos en algo que está hecho para el olvido inmediato (…). En cambio, si leemos ese mismo texto en un libro, lo hacemos con un respecto que hace que ese texto cambie. De modo que yo diría que un clásico es un libro leído de cierta manera».

«Creo que releer es un placer tan grato como el de leer, como el de descubrir. Además, cuando uno relee, sabe que lo que relee es bueno, ya que ha sido elegido para la relectura. Y aquí recuerdo a Schopenhauer, que dijo que no había que leer ningún libro que no hubiera cumplido cien años, porque si un libro ha durado cien años, algo habrá en él. En cambio, si uno lee un libro que acaba de aparecer, se expone a sorpresas no siempre agradables. De modo que la virtud de los clásicos sería esa: el hecho de haber sido aprobados, claro que muchas veces por la superstición, otras veces por el patriotismo… en fin, por diversas cosas. Pero, con todo, el hecho de que un libro haya durado, bueno, demuestra que hay algo en él que los hombres han encontrado, y con lo cual quieren reencontrarse».

Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari. Diálogos (1992). Selección de sesenta de las noventa conversaciones radiofónicas que tuvieron los autores entre 1984 y 1985. Barcelona: Seix Barral, 1992; 383 pp.; ISBN: 84-322-4677-8.

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sábado, 24 de septiembre de 2011

Decía Chesterton que la diferencia real entre una filosofía y una religión es (entre otras cosas) que mientras sólo la gente sutil puede entender la diferencia entre una filosofía y otra, la mayoría de la gente común, de la gente estúpida (como usted y como yo), podemos entender la diferencia entre una religión y otra, porque es una diferencia entre dos cosas diferentes. La diferencia entre dos filosofías es como la diferencia entre dos soluciones de un problema geométrico. La diferencia entre dos religiones es como la diferencia entre el olor de las cebollas y el olor del mar: no se requiere tener mucha cultura para distinguirlos. La gente normal no reconoce una filosofía como una realidad del mismo modo que reconoce una religión como una realidad. Así, una señora sabe qué puede esperar de una empleada católica o de una hindú, pero no se aclara con una hegeliana o una spinoziana. Son impresiones difíciles de explicar porque son impresiones de todo.

G. K. Chesterton. «The Daisy as Imperial Symbol – Catholic Shakspere and Protestan Milton», The Illustrated London News, artículo del 8 de junio de 1907, Collected Works volume XXVII, versión mía muy libre.

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viernes, 23 de septiembre de 2011

Allá lejos y tiempo atrás
(1918), de William Hudson, hijo de norteamericanos y argentino de nacimiento, son unas memorias de sus diez primeros años de vida en una hacienda. Escritas con asombrosa soltura, en ellas transmite su amor entusiasta por la naturaleza y sus muchos conocimientos sobre la materia, en particular sobre pájaros. Tiempo atrás puse una nota con un texto tomado de este libro en el que Hudson señalaba las dificultades del desdichado autobiógrafo.

Como decía Pedro Antonio Urbina en una reseña, «este libro de recuerdos infantiles —llamarlo memorias es como vestir un uniforme militar a un niño— ha tenido la feliz fortuna de llegar a la lengua española gracias a Miguel Temprano García. Considero admirable su trabajo de traducción porque reconstruye una literatura perfecta, y porque el texto está plagado de nombres de pájaros, de plantas, y hasta de algunos modismos de los gauchos… Además enriquece su traducción con oportunas y orientadoras notas a pie de página. La contraportada del libro cita unas palabras de Joseph Conrad sobre W. H. Hudson: "Escribe con la misma naturalidad con que crece la hierba. Es como si un espíritu benévolo y sutil le susurrara las frases que debe poner en el papel". Esta es también mi impresión recibida. No en vano escribe sus recuerdos infantiles casi a los ochenta años, y se cumple en su escritura ese distanciamiento, mejor, distancia, que pedía Isak Dinesen para que pueda darse la comprensión y el amor por todos y todo, sin sorna, sin ironía, sin amarguras, y con mejor verdad».

William Hudson. Allá lejos y tiempo atrás (1918). Barcelona: El Acantilado, 2004; 325 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: ISBN 10: 84-96136-46-9. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 22 de septiembre de 2011

Cuando, semanas atrás, puse Antón Retaco, recordé El carromato del circo, de Pedro Antonio Urbina, que trata sobre la misma cuestión. Es un libro que, cuando lo leí, lo fiché con intención de ponerlo en Bienvenidos a la fiesta (libro), cosa que al final no hice porque, ahora mismo, sólo hay cuatro ejemplares disponibles en la red de bibliotecas públicas españolas.

Cuenta la vida de una familia en la que los padres son payasos y los hijos también actúan en el circo. A lo largo de la historia, mientras viajan de ciudad en ciudad, van pasando cosas: nace un nuevo niño; se van yendo del carromato varios hijos, por razones profesionales o porque se casan...; y otros se quedan por distintos motivos: el mayor porque no es listo, el tercero porque al final es quien acaba soportando el peso de la familia, junto con la madre...

Las voces narrativas son las de los distintos miembros de la familia, que van contando momentos de la historia a la vez que dejan fluir sus pensamientos libremente. Incluso el mismo carromato tiene a veces la palabra. Aunque las separaciones indican quién habla, a veces hay irrupciones de los pensamientos de otro (en esas ocasiones se agradecería, por ejemplo, una línea en blanco para orientar al lector: es un caso en el que la complejidad resulta innecesaria). Este modo de contar es perfecto para lo que se busca: definir bien el mundo interior de cada personaje al tiempo que dar una imagen real de cómo se construye una vida familiar en la que conviven personas diferentes. Luego, el autor tiene un talento especial para dar con el tono coloquial justo en unos diálogos que respiran verosimilitud, y para mostrar con claridad los conflictos interiores y la misma confusión que inunda los pensamientos de sus personajes. Al final vemos una familia en la que unos ceden y otros se imponen, unos son generosos y otros egoístas, unos descubren las cualidades de los demás y otros parecen interesados sólo en lo propio.

La historia conserva sabor y fuerza debido a un lenguaje que a la vez es preciso y sencillo, con el modo de hablar repetitivo que se puede suponer en los narradores; y también a que deja el mismo sabor agridulce de la vida: cómo los hombres acaban llegando a un compromiso interior entre lo que ambicionan y lo que consiguen, cómo unos aceptan mal que bien las cadenas que les atan mientras que otros no hacen más que dar tirones intentando desasirse. Ciertamente, algunos lectores tropezarán con la dificultad de que los ambientes (del carromato del circo y del mundo de fuera), así como las relaciones entre hombres y mujeres que se dibujan, se corresponden a la España de los cincuenta y sesenta.

Pedro Antonio Urbina. El carromato del circo (1968). Ávila: La Muralla, 1968; 255 pp.; col. Literatura Año 2000; agotado.

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miércoles, 21 de septiembre de 2011

He puesto datos de nuevas ediciones de Zepelín, Los pingüinos de Mr. Popper y El hacha.

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martes, 20 de septiembre de 2011

Nueva y cuidada edición de un libro de Arnold Lobel: Tío Elefante. Son nueve minirelatos, con cuentos, canciones y bromas, cuyo punto de partida es que los padres de un pequeño elefantito no vuelven de un paseo en barca y su tío le hace compañía y le distrae.

El estilo es el habitual del autor: una ilustración en cada página, unas historias amables pero con el telón de fondo que marca el acontecimiento inicial y, como se podría esperar, desenlace feliz. No es el mejor de los libros de Lobel, pues los incidentes tienen menos gracia que los de otras historias, pero sólo un maestro es capaz de sostener un libro infantil después del regusto de inquietud que deja un arranque tan fuerte.

Arnold Lobel. Tío Elefante (Uncle Elephant, 1981). Madrid: Alfaguara, 1985, 2ª ed.; 66 pp.; col. Infantil Alfaguara; trad. de Pablo Lizcano; ISBN: 84-204-3716-6. Edición con pasta dura en Sevilla: Kalandraka, 2011; 68 pp.; col. Libros para soñar; trad. de Xosé M. González Barreiro; ISBN: 978-84-92608-38-6.

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lunes, 19 de septiembre de 2011

Un nuevo álbum excelente de Emilio Urberuaga: ¿Quién anda ahí?

El protagonista, Emil, era un personaje que vivía en la ilustración de un libro, pero cuando se dio cuenta de que podía romper el marco que limitaba la ilustración y pasar a una página en blanco donde acomodarse a su gusto, allí se fue. Y puso una mesa, una silla, una jaula, una cama, una luna para saber cuándo acostarse, un sol pequeño para despertarse poco a poco… Pero Coco, el protagonista del álbum del que se marchó, viene a buscarlo.

Álbum posmoderno en una línea como la de, por ejemplo, Los tres cerditos de David Wiesner, donde los personajes de un relato cobran vida y emprenden un nuevo relato. El autor hace que todo tenga su propia lógica: por ejemplo, cada rotura en el marco que Emil hace para introducir algo nuevo en la página, queda luego bien arreglada con un elegante nudo. También vale la pena observar la perfecta continuidad entre cubierta, guarda primera, guarda última y contraportada.

Emilio Urberuaga. ¿Quién anda ahí? (2011). Barcelona: Kókinos, 2011; 29 pp.; ISBN: 978-84-92750-39-9.

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domingo, 18 de septiembre de 2011

En La abolición del hombre, C. S. Lewis habla, entre otras cosas, de la necesidad de buscar armonía entre corazón y cabeza.

Antonio Damasio lo dice así: «Saber la relevancia de los sentimientos en los procesos de la razón no sugiere que la razón sea menos importante que los sentimientos, que deba ocupar un segundo lugar en relación a ellos o que tenga que ser menos cultivada. Por el contrario, evaluar el papel penetrante de los sentimientos nos puede dar una oportunidad de aumentar sus efectos positivos y de reducir su peligro potencial. De forma más concreta desearíamos, sin disminuir el valor orientador de los sentimientos normales, proteger a la razón de la debilidad que los sentimientos anormales o la manipulación de los sentimientos normales pueden introducir en el proceso de planear y decidir». Es decir, que un «reforzamiento de la racionalidad requiere probablemente que se preste una mayor consideración a la vulnerabilidad del mundo interior».

Antonio R. Damasio. El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano (Descarte’s error, 1995). Barcelona: Destino, 2011; 399 pp.; col. Imago Mundi; trad. de Joandomènec Ros; ISBN: 978-84-233-4496-3.

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sábado, 17 de septiembre de 2011

Chesterton
:
Debemos tener un credo más claro acerca del error intelectual y de la responsabilidad moral, a menos que deseemos sufrir el castigo habitual de la confusión mental: el de una ciega y brutal reacción, y el de la reentrada de la persecución cruel. No podemos estar satisfechos con la frase moderna vaga de que cada sentimiento debe ser tolerado en cuanto sea sincero. La sinceridad es un atenuante de cosas parcialmente malas, pero es un agravante de las cosas enteramente malas. Que un hombre sea un mormón sincero lo hace mejor, pero que sea un satanista sincero lo hace peor. Hay teorías tan viles, hay creencias tan abominables, que uno puede soportar su existencia sólo negando su sinceridad. La sinceridad en esos casos no tiene valor moral. Vale tanto como decir que un caníbal sinceramente goza comiendo misioneros. Quienes hablan de tolerar todas las opiniones son fanáticos provincianos que sólo tienen una opinión. Hay opiniones que son, en el sentido literal y en el legal, intolerables. De otro modo estamos diciendo que dos negros hacen un blanco, que quien ha actuado malvadamente puede ser excusado si ha pensado también malvadamente.

En «Madness and Responsability», The Illustrated London News, artículo del 24 de febrero de 1912, Collected Works, volume XXIX, versión mía muy libre.

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viernes, 16 de septiembre de 2011

Más memorias de infancia uruguayas: Muchachos, de Juan José Morosoli. En este caso los acentos son los propios de una novela de crecimiento: «no he escrito una obra de arte», dice el autor, «sino que he mirado hacia mi niñez natural y melancólicamente». Difícil de encontrar...

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jueves, 15 de septiembre de 2011

Cobra,
de Frederick Forsyth, es un thriller en el que un personaje particularmente bien preparado, por encargo del presidente de los Estados Unidos urde un plan para proporcionar un golpe mortal al tráfico de drogas. Durante varios meses recluta los hombres y da los pasos previos para, llegado el momento, actuar por sorpresa sobre los barcos y aviones que trasladan la droga y provocar una gran confusión entre los traficantes.

Como se podría esperar, lo mejor de la novela es la maestría de Forsyth para contar las cosas: da mucha información de forma ordenada y sintética, alterna escenarios y cambia de personajes con fluidez, huye de los excesos descriptivos y de (casi) cualquier exageración, y trufa su narración de las frases contundentes propias del género —como la de que sólo puedes mantener un secreto entre tres hombres si dos de ellos están muertos, o la de que hay pilotos viejos y hay pilotos osados pero no hay pilotos viejos osados—.

Pero son una verdadera lástima el comienzo empalagoso y adulador hacia Obama y su mujer; la hollywodiense y ridícula presentación del jefe antidroga, Jack Deveraux o Cobra, y el jefe de los narcotraficantes, Diego Esteban o Don, como piadosos católicos y despiadados asesinos; y esto alcanza lo vergonzoso en el inverosímil desenlace, con un encuentro entre los dos que comienza con Don esperando, rezando de rodillas en la discreta y vigiladísima iglesia del pueblo, a su archirrival, que se sienta en el banco de delante de la iglesia del pueblo para charlar un rato como quien no quiere la cosa.

Frederick Forsyth. Cobra (The Cobra, 2010). Barcelona: Plaza & Janés, 2011; 366 pp.; trad. de Alberto Coscarelli; ISBN: 978-84-01-39088-3.

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miércoles, 14 de septiembre de 2011

Ha salido una nueva edición, con otra traducción, de Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos. He aprovechado para releerlo y, aunque cuantos más años pasan más desconfío de la limpieza de cualquier narrador adulto que pone voz a un niño, y en especial a un niño que sufre como es este caso, me han vuelto a impresionar la fuerza emocional de la historia y el talento narrativo del autor.

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martes, 13 de septiembre de 2011

Ya he comentado más de una vez la gran tendencia de la LIJ a presentar amistades improbables, pero posibles y deseables en el mundo humano, poniendo ejemplos del mundo animal, donde tal cosa, en la realidad, no se da nunca. Un álbum más en esta línea, de hace tiempo, bien construido y con imágenes pictóricas y sintéticas a la vez, es El gato y el pez, de André Dahan. A la derecha, portada de una edición francesa.

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lunes, 12 de septiembre de 2011

El pequeño cuervo y la luna
,
de Marcus Pfister, es un muy buen álbum cuyo contenido, de dolor y petición de perdón por haberse portado mal con otro por envidia, y cuyo tipo de narrador, el de alguien que recuerda con arrepentimiento un suceso del pasado, son poco usuales. Además, su composición gráfica es sobresaliente.

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DamasioErrorDesc.jpg
domingo, 11 de septiembre de 2011

Antonio Damasio:
 «El efecto de una “cultura enferma” sobre un sistema adulto de razonamiento normal parece ser menos espectacular que el efecto de un área focal de lesión cerebral en este mismo sistema adulto normal. Pero existen ejemplos de lo contrario. En Alemania y la Unión Soviética durante las décadas de 1930 y 1940, en China durante la Revolución Cultural y en Camboya durante el régimen de Pol Pot, para mencionar sólo los casos más obvios, una cultura enferma prevaleció sobre una maquinaria de razón presumiblemente normal, con consecuencias desastrosas. Temo que sectores importantes de la sociedad occidental se están convirtiendo gradualmente en otros trágicos contraejemplos».

Antonio R. Damasio. El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano (Descarte’s error, 1995). Barcelona: Destino, 2011; 399 pp.; col. Imago Mundi; trad. de Joandomènec Ros; ISBN: 978-84-233-4496-3.

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sábado, 10 de septiembre de 2011

Decía ChestertonNo respeto a ninguna secta, iglesia o grupo debido a su sinceridad. Respetamos los credos que otros tienen porque deben tener algo bueno, no porque alguien los sostenga sinceramente. Un hombre honesto respeta otras religiones porque contienen parte de su propia religión, es decir, de su visión más amplia de la verdad. Respetaré a los confucianos porque reverencian a los ancianos y mi religión también lo hace. Respetaré a los budistas porque su moralidad incluye ser amables con los animales igual que hace también mi moralidad. Respetaré a los mahometanos porque admiten una justicia general como yo también la admito. Pero no admiro las torturas chinas porque se lleven a cabo con ardor; ni disfruto con el pesimismo hindú porque sea sincero y por tanto desesperanzado; ni respeto al turco cuando desprecia a las mujeres simplemente porque lo haga de corazón. Debemos tener un credo incluso en orden a ser comprensivos. Debemos tener una religión en orden a respetar otras religiones. Incluso si nuestro deseo es admirar lo bueno en otras adoraciones, nosotros debemos adorar algo o no sabremos qué admirar.

Hay cuatro personajes que parecen resumir los cuatro últimos tipos de nuestra existencia. Esos cuatro tipos son: San Jorge, la Princesa que se iba a comer el Dragón, el padre de la princesa que era, si lo recuerdo bien, el Rey de Egipto, y el Dragón. Está todo en esas cuatro figuras: virtud activa destruyendo el mal, virtud pasiva soportando el mal, ignorancia o convención permitiendo el mal, y el Mal. En esas cuatro figuras también pueden encontrarse los reales y saludables límites de la tolerancia: admiro a san Jorge por ser sincero en su deseo de salvar la vida de la princesa, pues es un deseo enteramente bueno y sano. Estoy dispuesto a admirar el deseo de la Princesa de ser comida por el Dragón como una parte de sus obligaciones religiosas, pues la Princesa es generosa aunque tal vez sea un poco perversa. Estoy incluso preparado para admirar la sinceridad del tonto y viejo potentado que entrega a su hija al Dragón porque siempre se había hecho así en su reino. Pero hay un límite, el último límite del universo: rehúso admirar al dragón porque miraba a la Princesa con entusiasmo sincero y porque honestamente creía que comérsela le sentaría bien.

En «Respecting Other Peoples’ Opinions», The Illustrated London News, artículo del 29 de octubre de 1910, Collected Works, volume XXVIII, versión mía muy libre.

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viernes, 9 de septiembre de 2011

Otras memorias uruguayas de infancia
, muy apoyadas también en la relación del narrador con algunos animales, son las de Julián Murguía recogidas en Cuentos del país de los gauchos. En ellos se habla, con acentos entusiastas y un lenguaje rico, de la «ignorancia de las cosas importantes» que tiene la gente de ciudad, «cosas importantes como saber los nombres de los pájaros, los nombres de los árboles, los nombres de los pescados del arroyo. Cómo saber dónde buscar lombrices para pescar, dónde encontrar isocas, cómo armar una aripuca o distinguir un nido de benteveo de uno de tijereta». De nuevo, no está en la red de bibliotecas públicas españolas.

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jueves, 8 de septiembre de 2011

Por favor, cuida de mamá,
de la coreana Shin Kyong-Sook, es un bestseller que ha superado con creces mis expectativas.

Cuando, durante una visita a Seúl para ver a su hijo, una mujer mayor se pierde, sus hijos intentan encontrarla de nuevo y, en ese proceso, recuerdan la vida de su madre. La narración alterna los puntos de vista de varios hijos y de su marido, y los sucesivos narradores cuentan las cosas en segunda persona, dirigiéndose a quien focaliza el relato en cada momento, así: «caes en la cuenta de que solías pensar en mamá cuando algo no iba bien en tu vida porque cuando pensabas en ella era como si las cosas volvieran a encarrilarse, te sentías revigorizada».

Los puntos de interés de la historia son que tiene calor humano, que refleja con viveza unos modos de vida poco conocidos entre nosotros, que los retratos de los hijos y de la madre son verosímiles, y que tiene un desenlace muy poderoso. Uno de los muchos descubrimientos que las hijas y los hijos hacen sobre su madre se da cuando se plantean, y le preguntan si le gustaba o no estar siempre en la cocina: «Ni me gusta ni me disgusta. Cocinaba porque tenía que hacerlo. Tenía que estar en la cocina para que todos comierais y fuerais a la escuela. ¿Cómo vas a hacer solo lo que te gusta? Algunas cosas tienes que hacerlas tanto si te gustan como si no. —Pero su expresión decía: “¿Qué clase de pregunta es esta?” Y luego murmuró—: Si sólo haces lo que te gusta, ¿quién va a hacer lo que no te gusta?»

Shin Kyong-Sook. Por favor, cuida de mamá (Please Look After Mom, 2008). Barcelona: Grijalbo, 2011; 236 pp.; col. Narrativa; trad. de Aurora Echevarría; ISBN: 978-84-253-4625-5.

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JuanGeogTierImag.JPG
miércoles, 7 de septiembre de 2011

Dos libros de aventuras fantásticas que leí en verano y que me dejaron buena impresión.

Con acentos de literatura infantil, El último vuelo del Ave Fénix, de Julio César Romano, un relato amable y bien contado. Su argumento es que, junto a un aprendiz de herrero llega un pájaro extraño, con un plumaje de púrpura y oro, que le pide que le siga; el chico lo hace y salva nada menos que a una princesa de morir ahogada; luego la sigue a su castillo y allí, con ayuda del ave fénix, deshacen una intriga.

Con acentos más juveniles, Geografía humana en tierras imaginadas, de Rocío de Juan, varios relatos cortos, e incluso cortitos, construidos con inteligencia y bien escritos, que tienen los acentos propios de las aventuras fantásticas pero cuyo fondo y guiños irónicos apuntan hacia lectores mayores.

Julio César Romano. El último vuelo del Ave Fénix (2011). Madrid: San Pablo, 2011; 112 pp.; col. La Brújula; ilust. de Josep Rodés; ISBN: 978-84-285-3751-3.
Rocío de Juan. Geografía humana en tierras imaginadas (2011). Éditions equi-librio en formato bilingüe español-francés, 2011; 90 pp.; ISBN: 978-2-918048-10-7.

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martes, 6 de septiembre de 2011

Un autor cuyos libros hace tiempo que no están en el mercado español: James Marshall. En especial vale la pena señalar el interés de la serie sobre Jorge y Marta, dos hipopótamos amigos que se podrían comparar con Sapo y Sepo, pero que no está editada en España salvo un libro que hoy está descatalogado. La portada de la derecha corresponde a una edición norteamericana.

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lunes, 5 de septiembre de 2011

Nunca es tarde si la dicha es buena: se acaba de publicar Feliz cumpleaños, luna, un álbum de 1982 de Frank Asch de la popular serie protagonizada por Moonbear, un osito con una relación especial con la luna.

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domingo, 4 de septiembre de 2011

Hace tiempo comenté una tira de Calvin y Hobbes en la nota Violencia espectacularizada. En otra sobre la misma cuestión Calvin dice: «Anoche estuve viendo una película antigua con mamá». En la segunda viñeta continúa: «No tenía violencia, acción explosiva o palabrotas. No había nada impactante». En la tercera Hobbes le pregunta: «¿Te gustó?», y Calvin contesta: «Es difícil de decir». En la cuarta comenta: «Es una experiencia extraña que no manipulen mis emociones».

En fin, como dice Antonio Damasio, «los sistemas educativos podrían beneficiarse del hecho de resaltar las conexiones inequívocas entre los sentimientos actuales y los resultados futuros predichos, y que la sobreexposición de los niños a la violencia, en la vida real, en las noticias o a través de la ficción audiovisual, degrada el valor de las emociones y de los sentimientos en la adquisición y el despliegue del comportamiento social adaptativo. El hecho de que se presente tanta violencia vicaria sin un marco de referencia moral no hace más que agravar su acción desensibilizadora».

Bill Watterson. «La buena vida», Felino maníaco homicida (Homicidal Psicho Jungle Cat, 1996), Barcelona: Ediciones B.
Antonio R. Damasio. El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano (Descarte’s error, 1995). Barcelona: Destino, 2011; 399 pp.; col. Imago Mundi; trad. de Joandomènec Ros; ISBN: 978-84-233-4496-3.

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sábado, 3 de septiembre de 2011

Dice Chesterton que casi todos los hechos fundamentales de la humanidad podemos encontrarlos en antiguas historias fantásticas. Así, hay una gran verdad en que todos los viejos monstruos —centauros, sirenas, esfinges, etc.— tenían una humanidad perfecta en su cualidad aunque no así en su aspecto externo. La idea es que no hay nada propio de un pez en el modo de ser de la sirena o que no hay nada caballuno en el modo de ser del centauro, etc. Sus partes humanas son bellas y amables como las de una ninfa o de un héroe, y sus partes animales no afectan a su perfección humana. Con esto se alude a que el hombre es un monstruo y es más monstruoso porque una parte de él es perfecta: la parte inmortal y la mortal del hombre son discordantemente distintas y siempre lo han sido. Y la mejor prueba de esto la tenemos en los juramentos de amor.

El alma de un hombre está tan llena de voces como un bosque. Allí hay caprichos, memorias, locuras pequeñas, locuras grandes, temores misteriosos y esperanzas más misteriosas aún. Todo el saber estar en la vida y el saber gobernarla radica en llegar a la conclusión de que unas voces tienen autoridad y otras no. Puedes tener un impulso de luchar contra un enemigo o un impulso de huir de él; una razón para servir a tu país o una razón para traicionarlo; una buena idea para fabricar dulces o una mejor todavía para envenenarlos. El único test que conozco por el cual podemos distinguir entre unos argumentos o inspiraciones y otros es, al final, este: que todas las necesidades nobles del hombre hablan el lenguaje de la eternidad. Cuando el hombre está haciendo las tres o cuatro cosas para las que ha sido enviado a esta tierra, entonces habla como alguien que vivirá para siempre. Un hombre que muere por su país no habla como si las preferencias locales pudieran cambiar. Leónidas no dice: “en mi estado de ánimo actual, prefiero Esparta a Persia”. Guillermo Tell no dice: “la civilización suiza, en cuanto yo puedo verlo, es superior a la austríaca”. Cuando los hombres están construyendo la sociedad o el pueblo al que pertenecen, hablan en términos absolutos, e igual lo hacen cuando están construyendo, aunque sea inconscientemente, esas pequeñas comunidades que llamamos familias. Hay en la vida ciertos momentos inmortales, momentos que tienen autoridad. Quienes se aman tienen razón cuando graban cada uno el nombre del otro en tantos sitios; se pertenecen el uno al otro en un sentido mucho más poderoso del que se dan cuenta.

G. K. Chesterton. «The Bonds of Love», The Illustrated London News, artículo del 2 de julio de 1910, Collected Works, volume XXVIII, versión mía muy libre, como todas las que haré de los textos que tomaré de esta serie de libros.

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viernes, 2 de septiembre de 2011

Así como, decía semanas atrás, hay un tipo de memorias de infancia donde abundan los personajes singulares que conoció el narrador, hay otro tipo cuyos autores recuerdan, sobre todo, su entusiasmo por los animales y la vida en la naturaleza. Un primer ejemplo es el de Buscabichos, del uruguayo Julio C. Da Rosa, un libro que habla de una infancia con muchos momentos de «alegría cosquilleante». Veo que no está en la red de bibliotecas públicas españolas así que a ver si algún editor se anima...

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jueves, 1 de septiembre de 2011

Después de Grano de trigo y de Gladiador, otra novela situada esta vez en el siglo III del Imperio Romano, que también cabe llamar histórica por más que el emperador al que se refiere nunca existió, y que combina más equilibradamente que aquellas los elementos exhortatorio y popular, es Tigre, tigre, de Lynne Reid Banks.

Dos cachorros de tigre capturados en la selva son destinados, uno al Circo Romano y otro a ser mascota de la hija del emperador, Aurelia, de doce años. La narración cuenta la evolución de cada uno: Cafre, el del circo, se convierte en un gran espectáculo por su fiereza; a Botas, el de Aurelia, lo castran, le arrancan los colmillos y le ponen unas botas, de ahí el nombre, para que no haga daño. Aurelia siente compasión por los animales y, cuando va con su padre al circo, no puede soportar el espectáculo y le avergüenza comprobar que la gente disfrute con la crueldad. Marcus, su primo y compañero de juegos, de diez años, presume de hombría en esa situación. Aurelia confía cada vez más en el cuidador de Botas, un esclavo joven llamado Julius, y él también se siente atraído por ella. Cuando Marcus y Aurelia, un día, deciden gastar una broma a Julius, Botas escapa.

Lo único que no encaja del todo bien en este relato son algunos tramos donde se cuentan las cosas como desde dentro de los tigres: no es excesivo, y sirve para mostrar el ridículo comportamiento de los «dospatas», pero no aporta nada significativo y resulta impropio en el contexto de una novela como esta. Porque, además, la historia es poderosa en lo que realmente importa: la evolución de la forma de pensar de Aurelia y su rechazo al circo, «no por miedo a morir en él, sino porque es una cosa indigna y perversa», así como su toma de partido a favor de los cristianos al ver que son tratados cruelmente. Luego, los comportamientos del Emperador, de su mujer, de Marcus y de Julius, son verosímiles también. Y el final, dentro de las posibilidades de un relato así y casi sin ninguna exageración más de la cuenta, deja un gran sabor a victoria.

Lynne Reid Banks. Tigre, Tigre (Tiger, tiger, 2004). Madrid: Bambú, 2010; 215 pp.; trad. de Lola Diez; ISBN: 978-84-8343-116-0.

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