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Notas de julio de 2011 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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domingo, 31 de julio de 2011

David Mamet:
«La tarea del dramaturgo consiste en llenar la sala donde se representa la obra, y la tarea del director y los actores consiste en que nadie levante el culo de su butaca. Punto. (…)

El propósito del teatro no es instruir, mejorar, explayarse. Es entretener. Un gran artista del entretenimiento puede recibir y, por tanto, transmitir alguna comprensión insólita y profunda de la naturaleza humana, o incluso del destino de los hombres (lo que es decir que puede hacer algo más que entretener). Pero eso no es necesariamente mejor que el entretenimiento».

Bien, y «¿cómo se hace para entretener al público? ¿Cómo se hace para que empiece a preguntarse qué ocurrirá a continuación? Se hace mediante la estructuración de una trama.

En esto consiste el teatro, y la tarea del autor. La trama, la estructura de los incidentes, es lo único que le importa al público. (…)

¿Cómo se aprende a estructurar, es decir, a crear una trama?

Leamos la Poética de Aristóteles.

En ella vemos que la trama es la estructura necesaria de los incidentes (es decir, las escenas), donde el fracaso en cada escena conduce al protagonista hacia un nuevo intento de solucionar el objetivo que se marcó en el planteamiento de la obra».

David Mamet. Manifiesto (Theatre, 2010). Barcelona: Seix Barral, 2011; 174 pp.; col. Los Tres Mundos; trad. de Ramón Buenaventura; ISBN: 978-84-322-0920-8.

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sábado, 30 de julio de 2011

Algunos consejos de Chesterton acerca de cómo escribir y cómo no escribir relatos policiacos, tomados del libro reseñado hace dos semanas.

Primero, unos consejos positivos:

—«La primera regla fundamental es que el objetivo de un relato de misterio (…) no es la oscuridad sino la luz. El relato se escribe pensando en el momento en que el lector comprende, y no sólo en los muchos momentos preliminares en que no lo hace».

—«El segundo gran principio es que el alma de la ficción detectivesca no es la complejidad sino la simplicidad».

—«En tercer lugar, (…) el hecho o el personaje que lo explique todo debería ser un hecho o un personaje familiar».

Segundo, unos consejos negativos:

—«Es una total pérdida de tiempo ver a la policía sospechando de alguien de quien nosotros mismos no podemos sospechar».

—«Hay una ley no escrita que obliga a que la historia avance hacia su solución, y no debería incluir un largo bucle que pueda cortarse sin afectar al auténtico nudo».

—Evitad cualquier vasta organización criminal «no porque amenace vuestra vida, sino porque amenaza vuestra alma literaria. Una vasta organización criminal es tan aburrida como una vasta recopilación de estadísticas».

Tercero, varios relativos a la relación especial entre autor y lector:

—«El relato de detectives se distingue de cualquier otro tipo de relatos en que el lector sólo está satisfecho si se siente un tonto».

—«El verdadero objetivo de una novela de detectives inteligente no es confundir al lector, sino iluminarlo de tal modo que cada fragmento sucesivo de la verdad sea una sorpresa».

—«El relato detectivesco no es más que un juego en el que en realidad el lector no compite con el criminal sino con el autor».

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viernes, 29 de julio de 2011

He leído rápido Cultura "mainstream": cómo nacen los fenómenos de masas, de Fréderic Martel. La rapidez en la lectura se ha debido a que no creo demasiado en este tipo de libros periodísticos que acumula muchas informaciones. Aparte de que, pienso yo, la cultura tomada en serio no es ni lo que dice que dejamos atrás, ni lo que dice que viene ahora. Con todo, es un buen trabajo. Pongo dos párrafos que anoté.

En uno habla de que venimos asistiendo al final de las jerarquías culturales y dice: «El crítico antes era un gatekeeper, un guardián de la frontera entre el arte y el entertaiment, y un tastemaker, el que definía el gusto. Ahora es un “mediador del entertainment” o un trendsetter, el que decide la moda y el buzz acompañando los gustos del público. Al nuevo crítico le importa sobre todo lo cool y, precisamente, lo cool detesta las distinciones culturales. Y una vez abolidas las clasificaciones, es muy difícil restablecer una jerarquía. Además, ¿quién lo desea?». Dicho de otro modo: la vieja jerarquía se basaba en criterios reconocibles y, por tanto, la podías criticar; la nueva jerarquía se basa en criterios delicuescentes y, por tanto, no puedes quejarte pues con responderte que no eres cool ya te quedas fuera.

En otro momento habla de cómo, en los Estados Unidos…, las selecciones de libros están amañadas y los puestos destacados que ocupan los libros en las grandes librerías están comprados con el sistema de pay-for-display (pagar por ser expuesto), que no se realiza comprando espacios sino dando un porcentaje suplementario a los libreros por las ventas realizadas, el mismo sistema que, por otra parte, usa Amazon. El resultado es que «los lectores se fían de unas selecciones supuestamente independientes pero que de hecho están compradas por las multinacionales del libro. En inglés se ha encontrado un hermoso eufemismo para definir este marketing disfrazado de espíritu crítico entre las tiendas y los editores: un cooperative advertising agreement. En los ambientes de la edición se habla simplemente de acuerdo Co-Op. Lo cual suena mejor».

Fréderic Martel. Cultura "mainstream": cómo nacen los fenómenos de masas (Mainstream, 2010). Madrid: Taurus, 2011; 458 pp.; col. Pensamiento; trad. de Núria Petit Fontserè; ISBN: 978-84-306-0803-4.

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jueves, 28 de julio de 2011

La niña que iba en hipopótamo a la escuela
,
de Yoko Ogawa, no tiene tanto encanto como La fórmula preferida del profesor, tal vez porque ya no sorprende del mismo modo al lector, pero también desborda originalidad y calidez.

Después de la muerte de su padre, como su madre ha de ausentarse, Tomoko, de doce años, ha de irse a vivir con unos tíos a los que no conoce. Cuando llega, todo le sorprende: los escenarios y las personas. Le fascinan la enorme casa con aire occidental, pues su tía-abuela es alemana, y el jardín, que fue un pequeño zoo en el que todavía vive Pochiko, una hipopótamo enana que había traído su tío-abuelo de Liberia. Sobre todo, entabla una relación muy especial con su lista prima Mina, más pequeña que ella, asmática, por lo que suele ir al colegio a lomos de Pochiko; y queda fascinada por su tío, un hombre muy atractivo y amable, pero que, sorprendentemente, a veces desaparece durante días de casa.

La misma Tomoko cuenta la historia pero cuando han pasado ya varias décadas. La narración desprende buen humor, una cordial ironía, y una fuerte nostalgia. Los personajes resultan amables y las situaciones más curiosas acaban pareciendo «normales». El lector queda enganchado por algunos enigmas que, poco a poco, van aclarándose. Ciertamente, con otros criterios novelísticos se podría decir que sobran páginas, como las de algunas historias que Mina inventa tomando pie de las cajas de cerillas que colecciona, o las que contienen descripciones de voleibol —tan precisas y tan poéticas que suenan impropias— cuando las chicas se entusiasman con que Japón gane la medalla de oro de voleibol en la Olimpiada de Munich. En cualquier caso, ni eso ni alguna exageración lírica, preocupará mucho al lector enganchado por una narración tan buena y unos personajes tan atrayentes.

Yoko Ogawa. La niña que iba en hipopótamo a la escuela (Mina no kõshin, 2006). Madrid: Funambulista, 2011; 413 pp.; trad. de Yoshiko Sugiyama; ISBN: 978-84-966001-98-7.

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miércoles, 27 de julio de 2011

Alicia en el País de las maravillas
es un libro que han «versionado» muchos ilustradores consagrados. Para ellos significa enfrentarse a una historia que les permite desplegar su talento y su imaginación, ofrecer su propia lectura de un texto que todos conocemos, y afrontar el desafío de la comparación con el trabajo de otros colegas para ver si, con el paso del tiempo, el suyo logra ser uno de referencia. La interpretación que hace Rébecca Dautremer de la historia de Carroll será, seguramente, una de esas versiones que muchos recordarán en el futuro. Y no sólo porque la popularidad de Dautremer le conseguirá muchos lectores hoy, sino porque, como cabría esperar, ha hecho un trabajo con personalidad propia.

Es un acierto que la edición no se complique la vida y alterne dibujos en blanco y negro, excelentes, con ilustraciones de página o doble página completa, unas un poco anodinas pero varias impactantes y con multitud de detalles en los que fijarse. Pero, lógicamente, lo importante es cómo Dautremer transmite los sentimientos de fascinación e inquietud de la historia, más adulta que infantil, y con qué ciudado construye sus imágenes. En este sentido, vale la pena detenerse a ver la contraportada: en el que podría parecer un dibujo abigarrado se contienen todas las claves de las ilustraciones del interior —pues no hay detalle de cada una que no esté representado también en ese dibujo—, aparte de que responde también a lo que sugiere la historia de que todo fue un sueño de Alicia.

Lewis Carroll. Alicia en el País de las Maravillas (Alice´s Adventures in Wonderland, 1865). Ilust. de Rébecca Dautremer. Zaragoza: Edelvives, 2011; 137 pp.; trad. de Elena Gallo Krake; ISBN: 978-84-263-7969-6

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martes, 26 de julio de 2011

He actualizado los datos editoriales y portadas de Las mellizas cambian de colegio, Aventura en la isla, Misterio en la villa incendiada; y he puesto información de nuevas ediciones de Hugo y Josefina, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, El Señor de las moscas.

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lunes, 25 de julio de 2011

Entre los álbumes sobre juguetes que cobran vida y sobre relaciones afectivas entre un niño y su juguete, Corduroy, de Don Freeman, fue y sigue siendo uno de los más populares ya desde finales de los años sesenta.

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domingo, 24 de julio de 2011

David Mamet:
La «obra con víctima» «tiene un significado definible (tal y tal grupo padecen opresión, y las personas bienintencionadas deben aprender a superar sus prejuicios y acudir en su ayuda), pero es un significado que halaga al público más bajuno (qué listo eres: tú ya sabías que los sordos también son personas…), llamándolo elevado (¿no estás orgulloso de ti mismo? Yo, que soy el autor, estoy orgulloso de ti) y hace que el público salga del teatro convencido de tener razón y ratificado en su potencial para la violencia (¿Cómo es posible que esa depravada maestra de escuela no se diera cuenta de que los sordos son también personas? Mira, me gustaría…). Estas obras temáticas son, pues, una forma suavizada de la propaganda, que no propone los puntos de vista del Estado, pero que, quizá más peligrosamente, postula la existencia y hace proselitismo de un grupo mayor que el propio Estado: la confraternidad de los sensatos. El pensamiento correcto. Esta invitación es en parte el modo de arranque suave del fascismo». Pues, sigue más adelante, «la corrección política sólo puede existir dentro de la opresión totalitaria (a quien sirve como herramienta). El verdadero significado del término es “ortodoxia ideológica”».

David Mamet. Manifiesto (Theatre, 2010). Barcelona: Seix Barral, 2011; 174 pp.; col. Los Tres Mundos; trad. de Ramón Buenaventura; ISBN: 978-84-322-0920-8.

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sábado, 23 de julio de 2011

Algunas ideas de Chesterton acerca de cómo han de ser los buenos relatos policiacos, tomadas del libro citado la semana pasada:

—Un «principio preliminar: la clave de una historia de misterio radica en que el secreto debe ser simple».

—«La cualidad específica de esta clase de relatos es estrictamente eso que llamamos ingenio; es necesario que tengan inventiva, que estén bien construidos y posean agudeza, igual que un chiste en un periódico satírico».

—«Un buen relato de misterio debería limitar sus círculos como un águila que está a punto de lanzarse en picado. La espiral debería curvarse hacia dentro y no hacia fuera».

—«Para que el novelista pueda matar a alguien, antes tiene que insuflarle vida».

—«Un mal relato de misterio se va haciendo más y más misterioso; uno bueno, es misterioso y cada vez lo va siendo menos».

—«La novela de detectives es, después de todo, un drama de máscaras y no de rostros. Depende más de las personalidades falsas de los protagonistas que de las reales. El autor no puede contarnos lo más interesante de los personajes que más nos atraen hasta el último capítulo. Es un baile de máscaras en el que todo el mundo va disfrazado de otra persona y nadie tiene realmente ningún interés hasta que el reloj da las doce. Eso significa, como he dicho, que no podemos entrar en la psicología, la filosofía, la moral y la religión del caso hasta que hayamos leído el último capítulo. Por lo tanto, creo que es mejor que el último capítulo sea también el primero. La longitud del relato breve es la longitud legítima para este peculiar drama de confusión de los hechos».

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viernes, 22 de julio de 2011

Otras
memorias de infancia ficcionadas ambientadas en Grecia, también con acentos líricos y nostálgicos: Tierra de Eolia, de Ilias Venezis.

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jueves, 21 de julio de 2011

Ya que, días atrás, han salido varias novelas sobre caballos, otra, bastante distinta, con un caballo magnífico como acompañante fiel del héroe, es Abderramán, el príncipe Omeya, de Anthony Fon Eisenun buen relato de aventuras que también se puede llamar novela histórica.

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miércoles, 20 de julio de 2011

Una muy buena escritora, de las que tratan emociones infantiles con sutileza, es Patricia Maclachlan. Estaria muy bien que salieran nuevas ediciones de Sarah, sencilla y alta, y sus continuaciones, Como una alondra y Caleb. Hay que decir que no a todos les gusta su estilo superlacónico, de los que un escritor busca para conseguir provocar emoción por una resistencia a la emoción, como decía Robert Bresson. Pero a mí me parece formidable.

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martes, 19 de julio de 2011

Alois,
un relato de María Ángeles Sánchez-Ostiz, ilustrado por María Luisa Sánchez-Ocaña, está pensado para explicar el Alzheimer a los niños.

Un abuelo se inventa varios narradores para explicarle la enfermedad a su nieta: uno es una señora llamada Historia; otro es un perro salchicha, Wurst, que cuenta la infancia del descubridor de Alois Alzheimer; otro es el mismo abuelo, que se inventa un cuento acerca de dos neuronas gemelas, Hilda y Helga.

Es un libro informativo claro, bien escrito y, por momentos, con mucha gracia —en especial el tramo en el que narra Wurst, pero también el que describe como trabajan las neuronas—. Las distintas historias están bien integradas entre sí y añaden variedad al libro. Las ilustraciones, graciosas y eficaces, acompañan bien el texto.

María Ángeles Sánchez-Ostiz. Alois (2010). Pamplona: Foro QPEA, 2010; 137 pp.; ilust. de María Luisa Sánchez-Ocaña; ISBN: 978-84-614-5340-5.

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lunes, 18 de julio de 2011

Hay álbumes pensados para satisfacer los intereses de los niños y otros pensados para reflejar los sentimientos de los niños. Tal vez esta segunda línea, cuando se hace bien, sea la que da lugar a los más perdurables, a los que nos siguen gustando cuando pasa el tiempo por más que les veamos deficiencias. Un ejemplo antiguo: Play with Me, de Marie Hall Ets.

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domingo, 17 de julio de 2011

David Mamet
, hablando de teatro: «La performance no es carne ni pescado; es la hija bastarda de la represión estalinista (obras carentes de significado) y del deconstruccionismo (obras sin texto).

El deconstruccionismo y el existencialismo, en lo que se me alcanza, sostienen que no hay significado en nada, salvo el que cada individuo quiera aportar.

Esto, por descontado, es una salvajada intelectual y moral, y procede de fuentes en cierto modo relacionadas. La primera, como más arriba señalamos, es la posición del artista bajo un régimen totalitario; la segunda es lo útil que resulta el deconstruccionismo a los intelectos de segunda fila.

No todo el mundo puede levantar un granero, pero cualquiera puede incendiarlo. Y si tal acto no es envidia brutal sino expresión de libertad nietzscheana, es decir, si al pirómano no sólo se le permite su crimen, no sólo no es castigado, sino que se le alaba, habrá a continuación muchos frustrados en su ansia de reconocimiento que se pondrán a la tarea de quemar graneros».

David Mamet. Manifiesto (Theatre, 2010). Barcelona: Seix Barral, 2011; 174 pp.; col. Los Tres Mundos; trad. de Ramón Buenaventura; ISBN: 978-84-322-0920-8.

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sábado, 16 de julio de 2011

Cómo escribir relatos policiacos
es una excelente recopilación de textos de Chesterton relativos a los relatos policiacos —formada por artículos de prensa sobre todo, pero también por prólogos, reseñas y dos extractos de libros—, que incluye varios no publicados hasta el momento en castellano. La edición contiene un apéndice final con el o los títulos que tuvo cada texto, y la fecha y lugares donde fueron publicados todos: un detalle de rigor editorial que no tenía Correr tras el propio sombrero, otra miscelánea de textos publicada por Acantilado, en la que hay varios artículos acerca del tema que también están aquí.

El título del libro, que corresponde a uno de los ensayos, puede confundir pues Chesterton no sólo habla de cómo escribir relatos policiacos, sino que también explica cuáles son sus méritos y su valor, qué rasgos hacen que una historia detectivesca sea buena y cuáles la estropean, y cómo influyen esos relatos en la sociedad en la que vivimos. Además, hace aclaraciones jugosas acerca del origen del género, cita y comenta los relatos que consideraba los mejores, y analiza los puntos fuertes y los débiles de la serie de Sherlock Holmes. En conjunto, es todo un manual que ningún aficionado al género debería perderse y que, a quienes no lo sean, puede hacerles descubrir el interés que tienen las novelas policiales.

Para las afirmaciones que hace, Chesterton se apoya en su condición de lector compulsivo de novelas policiacas populares y de autor fallido de relatos detectivescos (que, dice, como un político cuando habla del desempleo, no acierta nunca pero tiene un largo historial de fracasos y un claro conocimiento del ideal). Podemos darle la razón, y él mismo lo explica bien, en el caso de una novela policiaca larga como El hombre que fue jueves, aunque las aclaraciones que aquí da respecto a lo que pretendió son más que interesantes, pero no en cuanto autor de relatos policiacos cortos, en los que fue un auténtico maestro: decía Borges que si el género policial desapareciese sólo permanecerían algunos relatos de Chesterton; en concreto, para los curiosos, dos que a Borges le gustaban especialmente eran El ojo de Apolo (en El candor del Padre Brown) y Los tres jinetes del Apocalipsis (en Las paradojas de Mr. Pond).

G. K. Chesterton. Cómo escribir relatos policiacos. Barcelona: Acantilado, 2011; 255 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 978-84-15277-12-5.

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viernes, 15 de julio de 2011

Dos libros poco conocidos que, cuando los leí hace años, me interesaron y me gustaron: El demonio y Cuentos de la niñez, del griego Yorgos Zeotokás. Tienen mucho de memorias ficcionadas de infancia y juventud, llenas de añoranza, que se distinguen de obras semejantes de otros lugares por su dolorosa conciencia de vivir a la sombra de una historia gloriosa: «En la antigüedad —piensa el narrador— pasaban por estas mismas calles nuestros emperadores, y ahora pasa hasta el último gato».

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jueves, 14 de julio de 2011

Dentro de poco se estrenará la película de Spielberg basada en Caballo de batalla, de Michael Morpurgo

En la novela, Joey, un caballo de granja de buena presencia, es el narrador. Al principio, como caballo de trabajo, le cuida un chico joven, Albert, con quien hace buenas migas. Luego es comprado por el ejército para ser montura de caballería. El capitán Nicholls, experto en caballos, se hace cargo de él. Más tarde lo llevan a Europa para participar en las últimas batallas de la primera Guerra Mundial donde intervinieron caballos. Es capturado por los alemanes, pasa un tiempo con unos granjeros franceses, y al fin acaba reencontrándose con Albert.

Como novela es eficaz: Morpurgo es un autor experto, que cuenta bien, que consigue transmitir sentimientos de afecto a los caballos y de rechazo profundo a la guerra, y termina su relato de forma satisfactoria para la mayoría de los lectores. Su novela sigue la tradición de las autobiografías de caballos: Belleza Negra, el gran clásico inglés, y Smoky, el modelo norteamericano (de un caballo en el Oeste). Se le podría reprochar que los acentos con los que se dirige Albert a Joey son algo cursis —«te daría un beso, tontuelo»—, más bien impropios de un granjero inglés de principios del siglo XX, creo yo. Los interesados en la cuestón deberían conocer también Horses in Battle. Y ahora, dos añadidos completamente distintos uno del otro.

Uno. En un contexto más amplio que el de esta novela vale la pena señalar que los relatos infantiles acentúan, con razón, el rechazo a la guerra, pero nunca deberían olvidar que no todas las guerras son iguales, pues no es lo mismo atacar que resistir, no es lo mismo agredir que defenderse, no es lo mismo luchar para expandir un imperio que luchar para proteger la propia casa. Tener esto presente puede orientar un poco en medio de tantos libros que se dirigen hoy a los niños y que propugnan un pacifismo simplista que, al mismo tiempo que reclama para sí una especie de superioridad espiritual, prácticamente parece decir que si ves a un hombre pegarle a una mujer de ninguna manera debes golpearle para evitarlo. En cualquier caso, tanto la vida cotidiana de los niños como sus preferencias literarias históricas por determinados relatos de aventuras (y no por otros) demuestran su pasión instintiva por la justicia y por la lucha de los héroes que salen en defensa de los débiles. En ese sentido, Caballo de batalla es un ejemplo más.

Otro. El capitán Nicholls dice a Joey que lo va a pintar y añade: «No será un Stubbs: será mejor porque Stubbs nunca tuvo un caballo tan bello como tú de modelo». Pues bien, de George Stubbs dice Robert Hughes lo siguiente: «Como todos los grandes artistas, Stubbs era muy poco sentimental, y su trabajo nos recuerda cuán reciente es en realidad la idea de que “los animales también son humanos”. Sus animales están siempre presentados en su total calidad de “ser otro” de su naturaleza animal. Se mantiene fiel a este principio incluso cuando pinta el foco tradicional de la emoción sensiblera: el perro».

Michael Morpurgo. Caballo de batalla (War Horse, 1982). Barcelona: Noguer, 2011; 188 pp.; trad. de Isabel Murillo; ISBN: 978-84-279-0126-1.
La cita de Robert Hughes está en A toda crítica. Ensayos sobre arte y artistas (Nothing If Not Critical, 1990). Barcelona: Anagrama, 2002; 497 pp.; col. Argumentos; trad. de Alberto Coscarelli; ISBN: 84-339-1360-3.

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miércoles, 13 de julio de 2011

Antes de hablar, mañana, de una novela de actualidad, pongo información sobre Smoky, the Cow-Horse, una autobiografía de un caballo que firmó Will James, un escritor canadiense que también fue un buen dibujante de caballos y de la vida en el Oeste, como puede verse aquí.

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martes, 12 de julio de 2011

Aunque no conozco edición española reciente, una colección de optimistas minirelatos de vida cotidiana para pequeños que vale la pena conocer: los de Mila y Yaco, de Annie Maria Schmidt.

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lunes, 11 de julio de 2011

Otro álbum clásico de los años cuarenta: Caps for sale, de Esphyr Slobodkina. Está basado en un gracioso cuento popular cuyo contenido y estructura impone un ritmo narrativo perfecto a las imágenes y cuyo texto tiene la sonoridad apropiada para la lectura en voz alta.

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domingo, 10 de julio de 2011

Cuando habla de que, a lo largo de la historia, se han ido dando desgracias que la humanidad ha vivido como si fueran fines del mundo, dice Adam Zagajewski: «¿Cómo vivir tras tantos fines del mundo? Adorno consideraba que la poesía era imposible después de Auschwitz. Pero la ropa se seca tendida en las cuerdas blancas y resuena la risa de un niño. El niño crecerá y será policía o cura. Por eso creo que, después del fin del mundo, hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Naturalmente, es preciso recordar lo que ha ocurrido y pensar en lo que ocurrirá, pero, así y todo, hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Dar largos paseos. Contemplar las puestas de sol. Creer en Dios. Leer poesías. Escribir poesías. Escuchar música. Ayudar al prójimo. Hacer la pascua a los tiranos. Alegrarse del amor y llorar la muerte. Como si no hubiera pasado nada».

Adam Zagajewski. Solidaridad y soledad (Solidarność i samotność, 1990). Barcelona: Acantilado, 2010; 188 pp.; trad. de A. Rubió y J. Slawomirski; ISBN: 978-84-92649-72-3.

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sábado, 9 de julio de 2011

Muchos no se dan cuenta de que hay concepciones del mundo en las que hay poesía y otras en las que no la hay. Nos agraden o no, decía en su época Chesterton, el nacionalismo aguerrido de los polacos, el profundo catolicismo de los irlandeses o el fascismo italiano, «son concepciones por las que se puede llevar a los hombres a un verdadero rapto de sacrificio. Las imágenes con las que son presentados al mundo, especialmente al de sus adoradores, el águila de oro o plata, la coraza de San Patricio, el saludo romano, son cosas que de hecho elevan el corazón, y fueron pensadas para que lo elevaran. En pocas palabras, hay en ellas poesía, y la poesía es la cosa más práctica del mundo». En cambio, seguía, no hay poesía ninguna en las doctrinas de los nuevos imperialistas que hablan de todo en términos de caja y contabilidad. («Términos de intercambio», El Pozo y los charcos)

Lo que se trata de comprender es que «la poesía presenta las cosas tal como son para nuestras emociones, no según lo son para cualquier teoría, por plausible que sea, o para cualquier argumento, por concluyente que parezca. Si el amor es en verdad una gloriosa visión, la poesía dirá que es una gloriosa visión, y no habrá filósofo que pueda persuadirla para que diga que es la exageración del instinto del sexo. Si la muerte es algo amargo y continuamente penoso, la poesía dirá que así es, y ningún filósofo podrá persuadirla para que diga que es un periodo evolucionario de gran valor biológico. Y aquí aparece el valor total y el objeto de la poesía, que está desafiando perpetuamente a todos los sistemas con la prueba de una terrible sinceridad. El valor práctico de la poesía es el de ser realista sobre un punto en el que nadie más puede serlo: el punto de los deseos actuales del hombre. La ética es la ciencia de las acciones, pero la poesía es la ciencia de los motivos. Algunas acciones son feas y, por lo tanto, algunas partes de la ética son feas. Más todos los motivos son hermosos, o se presentan como hermosos por el momento, y, en consecuencia, toda la poesía es bella». (Robert Browning)

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viernes, 8 de julio de 2011

Se acaba de publicar una nueva edición de la novela corta de Henry James titulada El alumno. En común con Lo que Maisie sabía tiene a un protagonista niño especialmente perceptivo, Morgan, que nota y sufre cada vez más la bajeza de sus padres. Estos son los Moreen, una familia norteamericana que vagabundea por ciudades europeas de hotel en hotel haciéndose pasar por más adinerados de lo que son. La narración está filtrada por la mirada de un preceptor inglés, Pemberton, a quien contratan cuando Morgan tiene once años, y que acaba pasando varios años con él.

La intriga es mínima y los sucesos escasos, pero aquí el estilo irónico y sutil de James está concentrado y, por eso, la historia puede ser más asequible para los lectores que no llevan bien las vueltas y revueltas de sus obras más largas. El núcleo del relato es el efecto destructivo de la irresponsabilidad de los Moreen en un chico que no comprende por qué sus padres y hermanos son y se comportan como unos «esnobs abyectos», y que se lamenta de que «lo único que les importa es aparentar y hacerse pasar por esto y por lo otro. ¿Qué quieren aparentar que son?».

Henry James. El alumno (The Pupil, 1891), Relatos. Madrid: Cátedra, 1985; 50 de 253 pp.; col. Letras universales; trad. de Eduardo Lago; edición de Javier Coy; ISBN: 84-376-0534-2. Nueva edición en Madrid: Eneida, 2011; 100 pp.; col. Confabulaciones; trad. de Amaia Monroy; ISBN: 978-84-92491-81-0.

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jueves, 7 de julio de 2011

Por su interés histórico pongo información sobre un libro antiguo en el que un padre recuerda la vida y educación de su hijo: Vida de Dominguito, de Domingo Faustino Sarmiento.

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miércoles, 6 de julio de 2011

Las verdaderas confesiones de Charlotte Doyle,
de Avi, es un relato que atrapa: el lector desea saber cómo saldrá Charlotte del lío en el que se mete. Pero, en mi opinión, tiene graves problemas constructivos.
La narración se sitúa en 1832. Charlotte Doyle tiene trece años y ha pasado varios años en Inglaterra en un colegio para señoritas. La novela cuenta su travesía, en un barco de la compañía de su padre, desde Inglaterra a Rhode Island: aunque iba a viajar acompañada de otras familias al final no es así y ella es el único pasajero. Todo le resulta extraño y, además, percibe una gran tensión que no identifica ni comprende. Al principio el capitán le parece un caballero y los marineros unos tipos desagradables.

A pesar de los elogios que ha recibido la novela, ni el artificio narrativo está conseguido, ni su argumento y la evolución de sus personajes resultan mínimamente creíbles. Aunque en la introducción la narradora diga que todo sucedió años atrás, y que haber escrito entonces un diario de la travesía le facilita recordarlo todo ahora, en este caso eso no sólo no explica nada sino que lo hace más improbable, pues ni los acentos del relato encajan ni los hechos son convincentes. Entre muchas otras cosas, es más que raro que Charlotte pase, en dos meses de travesía, de ser una chica que nunca ha viajado en barco a ser una marinera consumada; y es más raro todavía que su pensamiento cambie tantísimo en tan poco tiempo…

Además, la narración intenta ganarse al lector con modos de pensar de hoy y, así, conecta el destino de Charlotte, la única mujer a bordo, con el del único negro de la tripulación; o busca que los lectores se irriten con el rigidísimo y ridículo comportamiento del padre de Charlotte… En fin, como decía el viejo Aristóteles, «es verosímil que ocurran muchas cosas contra lo verosímil» pero «hay que preferir lo imposible verosímil a lo posible increíble»; o, dicho de otro modo, una historia en la que un elefante vuela moviendo furiosamente sus orejas es más fácil de aceptar que otra con una protagonista como Charlotte.

Avi. Las verdaderas confesiones de Charlotte Doyle (The True Confessions of Charlotte Doyle, 1990). Madrid: Alfaguara, 2011; 270 pp.; trad. de Rocío Isasa; ISBN: 978-84-204-2342-5.

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martes, 5 de julio de 2011

Ha fallecido hace unos días Juan Farias, un autor que ha dejado una profunda huella en la LIJ española. En este enlace hay comentarios con ese motivo. En mi archivo tenía un comentario a una obra suya que no había puesto en su momento aquí: Gallego.

O Rapaciño, un anciano de 90 años que fue marinero, espera la muerte mientras recuerda su noviazgo y rumia su añoranza de la que fue su mujer durante muchos años. La narración habla también de su vida con su hija y su yerno, de su relación con su nieto, de sus escapadas al mar para salir con su vieja barca.

El texto es rico y evocador, al mismo tiempo que sencillo. La historia tiene una fuerte componente de amor al mar y al oficio propio de las gentes del mar. Debido a los acentos fuertemente nostálgicos tal vez conecte mejor con personas mayores que con niños, aunque para ellos puede ser también una forma de acercarse al modo de ver la vida de alguien que ya sólo puede mirar atrás.

Las ilustraciones acompañan y potencian la historia con acierto. Al final va un glosario con las palabras gallegas usadas en el texto.

Juan Farias. Gallego, a la orilla del mar (2006). México: Fondo de Cultura Económica, 2006; 44 pp.; col. Los especiales de A la Orilla del Viento; ilust. de Xosé Cobas; ISBN: 968-16-8277-7.

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lunes, 4 de julio de 2011

Un álbum de los años cuarenta: Little Toot, de Hardie Gramatky. En él se ve que ya entonces se veían algunos avances técnicos con preocupación nostálgica. Además, trata bien el tema, tan idealizado en el mundo del deporte, del viejo veterano al que todo el mundo da por amortizado pero que ha de volver en un momento crítico para dar una lección inolvidable.

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domingo, 3 de julio de 2011

Novelas que más me han gustado de los últimos meses:

   El viejo juez. Jane Gardam.
   Nieve en otoño. Irene Nemirovski.
   El alfabeto de los pájaros. Nuria Barrios.
   El pájaro espectador. Wallace Stegner.
   A merced de la tempestad. Robertson Davies.

Y libros de no-ficción:

   Los cuadernos de Rembrandt. José Jiménez Lozano.
   La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda. Eva Illouz.
   El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo. Eva Illouz.

Y biografías:

   John Henry Newman. Una biografía. Ian Ker.
   El hechizo de la comprensión: vida y obra de Hannah Arendt. Teresa Gutiérrez de Cabiedes.
   G. K. Chesterton, mi amigo. William Richard Titterton.

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sábado, 2 de julio de 2011

Libros infantiles que más me han gustado en los últimos meses:

   Tom Trueheart y el País de las Historias Oscuras. Ian Beck.
   Jacobo Dos-Dos y Colmillo Encapuchado. Mordecai Richler.
   El libro de las fábulas. Varios autores.
   Arriba el cielo, abajo el suelo. Andrés Barba.
   El poder superior de Lucky. Susan Patron.
   La cueva de los Doblones. Julio César Romano.
   Mi vecino de abajo. Daniel Nesquens.

Y juveniles:

   Muerte en el aire. Shane Peacock.
   Tuerto, maldito y enamorado. Rosa Huertas.
   Yo conocí a Muelle. Jorge Gómez Soto.
   Estrella Negra, Brillante Amanecer. Scott O’Dell.
   El asombroso Mauricio y sus roedores sabios. Terry Pratchett.
   Amo a Will Shakespeare. Carolyn Meyer.
   Erik, hijo de Árkhelan. El amanecer del guerrero. Miguel A. Jordán.
   Theodore Boone, joven abogado, John Grisham.
   Bajo bandera enemiga y Una batalla ganada. Thomas Russell.

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viernes, 1 de julio de 2011

Los mejores álbumes para prelectores (y primeros lectores...) leídos en los últimos meses:

   Zoo. Suzy Lee.
   En el silencio del bosque. Cristina Pérez Navarro.
   El tigre que vino a tomar el té. Judith Kerr.
   Splat el gato. Rob Scotton.
   En blanco. Lucía Serrano.
   ¿A dónde van los niños? y Pequeña luna. Elzbieta.
   El gran libro de las palabras. Richard Scarry.

Y para primeros lectores (y prelectores...):

   El pez que sonreía. Jimmy Liao.
   Dos hermanas reciben visita. Sonja Bougaeva.
   Johanna en el tren. Kathrin Schärer.
   La casa del árbol. Marije y Ronald Tolman.
   Los bolsillos de Lola y Doña Eremita sobre ruedas. Quentin Blake.
   Mi primer coche era rojo. Peter Schössow.
   Cuando Findus era pequeño y desapareció. Sven Nordqvist.

Y para lectores más mayores:

   Lucas. Tony Ross.
   El jardín curioso. Peter Brown.
   El pájaro negro. Suzy Lee.
   La maceta vacía. Demi.
   Esto es París y Esto es Londres. Miroslav Sasek.
   Juguetes de la naturaleza. Historias y secretos para fabricarlos. Christine Armengaud.
   El mar y otras cosas de las que también me acuerdo. Monica Gutiérrez Serna.


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