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Notas de mayo de 2011 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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martes, 31 de mayo de 2011

Writing with pictures
,
de Uri Shulevitz, e Ilustración de álbumes infantiles, de Martin Salisbury, son dos libros de referencia para todo autor de álbumes ilustrados. Pues Uri y Martin estarán en las Jornadas de Ilustratour, en Valladolid, y tendré la suerte de presentar un coloquio entre los dos el domingo 10 de julio a las 6,30 de la tarde.

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lunes, 30 de mayo de 2011

La maceta vacía,
de Demi, es una bonita historia, basada en una leyenda oriental que desea dar una lección de honradez.

Su protagonista es un niño llamado Ping a quien gustan mucho las flores. Cuando el Emperador emite una proclama, diciendo que todos los niños del reino deben acudir al Palacio y allí el Emperador les dará unas semillas de flores especiales y, quien traiga las flores más bellas al cabo del año, será el sucesor al trono, Ping se presenta también. Pero los cuidados que Ping tendrá con su semilla durante todo el año resultan infructuosos y, al fin, debe acudir a ver al Emperador con la maceta vacía.

Cada página contiene una ilustración detallista, que va encerrada en un contorno casi circular. En cada una se da un paso de la historia y las luces y paisajes van mostrando el paso del año que dura el concurso. Las figuras de los niños y personajes tienen el mismo tamaño y se ven siempre, más o menos, a la misma distancia. Como para subrayar su modo de ser, Ping suele aparecer solo en escenas de colores más suaves, beiges y verdes, mientras que los otros niños que se ven aparecen en grupos, y tienen mucho más colorido.

Demi. La maceta vacía (Empty Pot, 1990). Barcelona: Juventud, 2010; 32 pp.; trad. de Teresa Farran; ISBN: 978-84-261-806-4.

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domingo, 29 de mayo de 2011

Además de la obra de Rabelais y de Huck Finn, otro libro que Wayne Booth analiza en Las compañías que elegimos es Emma, de Jane Austen.

«Muchas críticas feministas han defendido a Austen como la retratista más perceptiva, sin la menor duda, del destino de las mujeres de su tiempo. De hecho, consideran que sus obras contienen una crítica muy penetrante al mundo dominado por los hombres, y la han visto como a una suerte de madre fundadora de la crítica feminista. Estoy de acuerdo con esa valoración. Simplemente no encontramos [en sus novelas] ningún signo abierto de sexismo. Ni siquiera la crítica feminista más hostil encontrará aquí esas marcas de misoginia agresivas y ridículas que estropean las obras de un Henry Miller, un Hemingway… y un Rabelais. Austen no dice ni insinúa jamás que las mujeres son inferiores a los hombres, de hecho nunca habla de “todas las mujeres” ni “todos los hombres”, y se burla de aquellos que piensan en grandes estereotipos.

Si hemos de considerar seriamente la cuestión, una vez más debemos mirar no a las proposiciones pronunciadas por este o aquel personaje o narrador, sino al poder formador de la obra mientras experimentamos su patrón de deseos y consumaciones. Al vivir con los personajes favorecidos por Austen durante muchas horas y muchos días, aprendo a anhelar lo que esos personajes anhelan (o, como en el caso de Emma Woodhouse, lo que el personaje debería anhelar, si supiera desde el principio lo que sólo aprende hacia el final). Aprendo cómo anhelar, de esa manera, esa clase particular de felicidad. Se me enseña al mismo tiempo cómo desear y qué desear».

Wayne Booth. Las compañías que elegimos. Una ética de la ficción (The Company We Keep, 1988). México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2005; 556 pp.; col. Lengua y Estudios Literarios; trad. de Ariel Dilon; ISBN: 968-16-7478-2. [Vista del libro en amazon.es]
Jane Austen. Emma (1816). Madrid: Cátedra, 1997; 617 pp.; col. Letras universales; edición y trad. de Juani Guerra; ISBN: 84-376-1560-7. Otra edición en Madrid: Alianza, 2013; 576 pp.; col. 13/20; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN: 978-8420678405. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 28 de mayo de 2011

No he puesto hasta el momento comentarios a las obras de poesía de Chesterton. En sábados siguiente pondré algunos, pero breves: si no soy un buen juez de la poesía mucho menos lo soy de la poesía en cualquier otro idioma. Aparte de que si «los cuadros no necesitan que se los traduzca, los poemas no pueden traducirse» («Sobre Holanda», Charlas).

Chesterton publicó varios libros de poesía durante su vida: Greybeards at Play (1900, cuatro poemas), The Wild Knight and Other Poems (1900, una breve obrita teatral y otros poemas), The Ballad of the White Horse (1911, un poema sobre la victoria del rey Alfredo el Grande sobre los daneses en 878), Poems (1915, que incluye el poema épico Lepanto), Wine, Water, and Song (1915, canciones previstas para la versión teatral-musical de La taberna errante), The Ballad of St. Barbara and Other Poems (1922), The Queen of Seven Swords (1922, varios poemas religiosos), The Turkey and the Turk (1930, una obrita teatral navideña), The Collected Poems of G.K. Chesterton (1926, una selección de poemas ya publicados). Además, publicó más poemas aislados como Gloria in Profundis (1927) o Ubi Ecclesia (1929).

Dejando de lado las dos piezas teatrales, todos estos poemas pueden dividirse en tres o cuatro clases. La primera y la segunda, que podrían ser una sola, la componen los que hablan de cómo mirar o comprender el mundo, que se podrían llamar metafísicos, y los que son bromistas, festivos, o amistosos, que inciden también en la formar de mirar alrededor. Una tercera se puede formar con los que tienen un tema explícitamente cristiano. Y la cuarta es la que agrupa los poemas épico-narrativos largos relacionados de un modo u otro con los acontecimientos de la primera guerra mundial: Lepanto, el más popular; The Ballad of the White Horse, el mejor; The Ballad of St. Barbara, el más breve.

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viernes, 27 de mayo de 2011

El pájaro espectador,
de Wallace Stegner, es una buena novela que, sin embargo, se queda por debajo de En lugar seguro y Ángulo de reposo, mejor hiladas y más poderosas. Las tres tienen un narrador semejante —un hombre mayor, escritor, historiador o, aquí, agente literario— que, aparte de otras cosas, hace balance, reflexiona sobre la sociedad en la que vive, habla sobre su condición de padre y esposo, y hace frente al envejecimiento que le llega. El pretexto para eso es que, el protagonista, un hombre ya retirado, lee a su mujer los fragmentos de un diario que llevó durante un viaje que hicieron a Dinamarca poco después de la muerte de su hijo. Con ese motivo ajustan algunas piezas sueltas de sus vidas.

Quien haya leído las novelas citadas de Stegner (que son mejores para comenzar con él), disfrutará también con esta. En particular, encontrará diálogos matrimoniales magníficos. Un ejemplo: cuando el protagonista despotrica contra los conductores que le molestan, su mujer le dice: «”De qué te sirve? (…). ¡Si no te oyen! Sólo te sirve para molestarme a mí”. “Me sirve para soltar presión —le digo—, porque si no, reviento”. “¿Y esto que haces ahora no es reventar?”, me pregunta. Tiene razón. Tiene toda la razón. Encontrar faltas a los demás no es un modo de soltar presión, sólo sirve para aumentarla».
Otro: «Me gustaría ser capaz de aguantar a los tontos con mejor humor. Tiendo a despreciar a las personas cuyas mentes no funcionan al menos tan deprisa como la mía». Y, con otro motivo, dos páginas después su mujer le dice: «”A veces pienso que deberías seguir tu propio consejo”. “¿Qué consejo?” “Aguantar a los tontos con mejor humor. Empezando por ti”».

Wallace Stegner. El pájaro espectador (The Spectator Bird, 1976). Barcelona: Libros del Asteroide, 2010; 308 pp.; trad. de Fernando Gónzalez Fernández-Corugedo; ISBN: 978-84-92663-28-6. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 26 de mayo de 2011

El poder superior de Lucky,
de Susan Patron, es un relato con un narrador encantador, comparable con los de las novelas de Kate DiCamillo. Su protagonista es Lucky Trimble, una chica de diez años, que colecciona y estudia insectos, y que tiene una perrita llamada HMS Beagle en honor de Darwin (entusiasmo que comparte con más protagonistas de novelas norteamericanas premiadas en los últimos años, como La evolución de Calpurnia Tate). La tutora de Lucky es Brigitte, una chica francesa que fue novia de su padre antes de que su padre la tuviera a ella. Viven en una caravana en Pote Seco, California, un poblado en el que sólo hay unas cuarenta personas que tienen detrás unas historias tristes y sobreviven gracias a las ayudas estatales. Lucky sueña con llegar a tener un Poder Superior, idea que ha oído, a escondidas, en las reuniones de Anónimos —alcohólicos, jugadores, comedores compulsivos, fumadores…—: en ellas ha escuchado una y otra vez «que la situación empeoraba y empeoraba y empeoraba antes de tocar fondo, y que sólo después de tocar fondo lograban hacerse con el control de sus vidas. Y sólo entonces encontraban su Poder Superior». Y, cuando los indicios le hacen sospechar que Brigitte la dejará para irse a Francia, Lucky decide escaparse…, justo cuando estalla una gran tormenta de arena.

Lo mejor, aparte de la maestría del narrador, son personajes como la misma Lucky, su amigo Lincoln, un chaval obsesionado con hacer nudos, y el niño de cinco años Miles, que vive con su abuela y se alegra de que su madre esté en la cárcel porque, dice, «entonces es que no está lejos de mí a propósito». Luego, el libro tiene interés como una pieza más del puzle social actual: presenta situaciones personales y sociales muy desastradas e indirectamente hace notar que si los adultos están desorientados en sus vidas cómo no van a estarlo los niños (en este sentido siempre pienso si ese tipo de narraciones, a la vez lacrimógenas y bienhumoradas, no son una especie de analgésico que provoca una compasión que no cuesta nada e incluso es entretenida...). Otro asunto, que ha sucedido no pocas veces con novelitas infantiles norteamericanas, es que la primera página contiene una pequeña historia que Lucky oye acerca de una serpiente que pica a un perro en el escroto, palabra cuyo significado desconoce: el asunto no tiene relevancia narrativa ninguna y, por tanto, parece ser sólo una maniobra publicitaria para, tal como sucedió, provocar reacciones escandalizadas a las que se responde con el escándalo de quien dice no comprender que otros puedan escandalizarse antes. En fin, barullo.

Susan Patron. El poder superior de Lucky (The Higher Power of Lucky, 2006). Barcelona: Noguer, 2011; 150 pp.; iIust. de Núria Feijoo; trad. de Alberto Jiménez Rioja; ISBN: 978-84-279-0120-9.

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miércoles, 25 de mayo de 2011

Hace años, cuando escribí un artículo largo sobre Katherine Paterson, intenté leer todos sus libros. Uno que no leí fue El clan de los perros, un relato corto que se publicó por entregas en su momento y que ha llegado a mis manos ahora.

Como es habitual en la autora, la narración se cuenta en tercera persona pero enfocando las cosas tal como las siente su protagonista, Josh, un chico recién trasladado a Vermont desde Virginia. Siguiendo a su perro Manch, un día le ve jugar con otros perros e incluso entiende la conversación que tienen entre sí. En su nuevo colegio hay un chico mayor que intenta gastarle novatadas. De fondo está que no acaba de aceptar a su padrastro.

Como el mundo interior de Josh y la forma en la que logra comprender a los perros están bien narrados, y como los conflictos que se desencadenan tienen tensión, la historia se lee con interés. Los tres hilos argumentales —vida familiar, vida colegial, peleas entre bandas de perros— están tan bien entretejidos como uno puede esperar de Paterson. A la vez es cierto que todo se plantea y se resuelve demasiado rápido, y que la traducción no le hace justicia.

Katherine Paterson. El clan de los perros (The Field of Dogs, 2001). Barcelona: Noguer y Caralt, 2006, 2ª ed.; 95 pp.; col. no indica traductor; ilust. de Emily Arnold McCully; ISBN: 84-279-3554-4.

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martes, 24 de mayo de 2011

Equestrienne
, una de las canciones del disco de Natalie Merchant que cité semanas atrás, tiene letra de un poema de Rachel Field, la primera escritora que obtuvo el premio Newbery con una novela cuya protagonista y narradora es una muñeca: Hitty, Her First Hundred Years. No conozco traducción al castellano.

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lunes, 23 de mayo de 2011

Hay ilustradores cuyos álbumes tienen unos rasgos «marca de la casa» muy reconocibles. Uno es Quentin Blake que, aparte de su modo de dibujar abocetado, tiene querencia por personajes estrafalarios en el centro de sus historias.

Se ve claro en dos álbumes editados recientemente: Los bolsillos de Lola y Doña Eremita sobre ruedas. A las dos señoras protagonistas les pasa de todo: de los bolsillos de la primera puede salir cualquier cosa; y la segunda sólo piensa en nuevos inventos para mejorar las prestaciones de su bicicleta.

Los dos captan al lector porque son entretenidos y bienhumorados, tienen un ritmo basado en que suceden cosas continuamente y en continuas repeticiones. Puestos a escoger, me quedo con el estilo ingenieril de doña Eremita.

Quentin Blake. Los bolsillos de Lola (Angelica Sprocket's Pockets, 2010). Sevilla: Kalandraka, 2010; 30 pp.; col. Libros para soñar; trad. de ; ISBN: 978-84-92608-16-4
Quentin Blake. Doña Eremita sobre ruedas (Mrs Armitage On Wheels, 1987). Barcelona: Ekaré, 2011; 32 pp.; trad. de Carmen Diana Darden; ISBN: 978-84-937767-7-0.

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domingo, 22 de mayo de 2011

La idea de que «la cualidad de nuestra risa» nos habla de la categoría ética de un libro aparece también en la crítica detallada de Las aventuras de Huck Finn que mencioné días atrás. En ella, Wayne Booth, después de señalar cómo el esclavo negro Jim es, en efecto, el centro moral de la historia y de los capítulos centrales, en las escenas finales Twain recae en el tono de Las aventuras de Tom Sawyer y comete un gran error artístico: «No percibiendo la grandeza de lo que había hecho en las escenas del río, [Twain] simplemente dejó que la novela (...) retrocediera a la clase de estereotipos cómicos de los primeros escasos capítulos. Aunque planteada como una objeción formal a la incoherencia, esta objeción podría describirse como ética, en el sentido más amplio: el criterio implícito es que las grandes novelas sondean profundidades morales; debido a que el final de Huck Finn es moralmente frívolo, no debería aceptarse como grande al libro en su conjunto». Pero hay más: «Rara vez se sostiene que el final [de Huck Finn] no sólo es frívolo, sino moral y políticamente ofensivo. La mayoría de los críticos han hablado como si fuese absurdo plantear preguntas sobre los valores raciales de un libro en el cual el centro moral del mismo es un noble hombre negro tan magnánimo que se entrega nuevamente a la esclavitud a fin de ayudar a un doctor a salvar la vida de un muchacho blanco». Pero no es esa la cuestión: cuando, al final de su aventura, Huck olvida lo aprendido y, dejándose llevar por Tom Sawyer, trata a Jim y a sus sentimientos de forma indigna, se ve que Twain (o el autor implícito si uno quiere ser más técnico) espera que los lectores nos riamos: es legítimo pensar, por tanto, que hay una cierta indiferencia de Twain hacia lo que tal cosa significa para Jim, y es más que legítimo suponer que algunos lectores sientan desagrado e incluso irritación ante eso. En fin, igual que la épica de Homero no puede dañar a los lectores jóvenes «del modo específico que preocupaba a Platón —haciendo tambalear su confianza en la racionalidad y en la decencia de los dioses griegos—», el racismo subyacente de cualquier relato tampoco lo hará cuando el conflicto racial no tenga peso en nuestras vidas, pero entretanto…

Wayne Booth. Las compañías que elegimos. Una ética de la ficción (The Company We Keep, 1988). México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2005; 556 pp.; col. Lengua y Estudios Literarios; trad. de Ariel Dilon; ISBN: 968-16-7478-2. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 21 de mayo de 2011

La primera biografía que se publicó sobre Chesterton, el mismo año de su muerte, fue G. K. Chesterton, mi amigo, de William Richard Titterton (1876-1963), un periodista que fue colaborador suyo. Es un libro que pretende ser sólo una semblanza: dejar constancia del modo de ser de Chesterton y de la huella que dejó en el autor.

Además de la información que se contiene aquí, puede dar idea de los acentos emocionados de la narración este texto: «Permítanme decir algo del efecto que tuvo G.K.C. sobre mí, aparte de los hechos tremendos de que él, más que nadie, me persuadió para que me hiciese católico, y que él, más incluso que Belloc, me convirtió del socialismo al distributismo. Me enseñó el valor de las cosas corrientes y de la gente corriente; me enseñó a entender por primera vez el significado de la democracia. Porque G.K.C. no era demócrata: era la democracia. Realmente se sentía a sus anchas con toda clase de gente, con el rey y con el zapatero, con el hombre culto y con el ignorante, con el sabio y con el tonto, salvo que fuese un tonto chulo e intrusivo. Me enseñó a luchar sin rencor y a amar al enemigo mientras odiaba su credo. Y de principio a fin me asombró, me abrumó, con su inocencia y su humildad. Extensivamente, su mayor influencia sobre el mundo ha sido su poder como polemista. Pero, intensivamente, fue mucho mayor la influencia de su personalidad, su ejemplo, su estilo de vida. “Conocerlo fue una bendición” [la frase que pronunció Hilaire Belloc al poco de morir Chesterton]. Al fin y al cabo, bastaba con repetir esas palabras».
Titterton termina su texto diciendo que Chesterton fue «el inglés más grande que ha habido desde santo Tomás Moro», una evidente inexactitud que habría hecho notar el elogiado.

W. R. Titterton. G. K. Chesterton, mi amigo (G. K. Chesterton, 1936). Madrid: Rialp, 2011; 169 pp.; trad. de Aurora Rice y Enrique García Máiquez; prólogo de Enrique García Máiquez; ISBN: 978-84-321-3875-1.

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viernes, 20 de mayo de 2011

El viejo juez,
de Jane Gardam, es una excelente novela. Su protagonista, Edward Feathers, es una leyenda entre los abogados y magistrados británicos después de toda una vida en Hong Kong, fue apodado «el viejo Filth» a pesar de su reconocida integridad y su cortesía inalterable. El relato comienza cuando vive retirado en una casa de campo en Dorset y su esposa de toda la vida, Betty, ha fallecido ya. La narración va y viene adelante y atrás, para ir señalando los episodios que marcaron afectivamente su vida: primeros años con una niñera malaya, la casa de acogida donde vivió en Inglaterra, estancia en el colegio y en Oxford, relaciones con distintas personas, la forma en que pasó la segunda Guerra Mundial, etc.

Lo característico del argumento es que tanto Filth como su esposa, y muchas personas que forman parte de su círculo de amistades, son «huérfanos del Imperio»: chicos hijos de funcionarios británicos nacidos en Oriente pero que fueron enviados a Inglaterra para ser educados. Y su núcleo lo resume así un personaje: «La mayoría [de los huérfanos del Imperio] jamás aprendió a querer a nadie en toda su vida. Pero nunca se quejaban, pues contaban con una red de seguridad: el Imperio. Fueras donde fueses portabas la Corona, y fueras donde fueses encontrabas a tus iguales. Era un club. Todavía hay miles de personas por ahí fuera que creen que el mundo les pertenece, una idea que tiene algo que ver con el deber cristiano».

La narración es excelente —aunque tal vez podría estar menos fragmentada—, los diálogos son vivos y agudos, las descripciones nunca están forzadas. Por supuesto, no faltan los toques de buen humor británico, como cuando se indica que al Filth anciano no le gusta el servicio dominical de las diez del día de Navidad porque «tenía que aguantar el alboroto de los niños y todo el mundo le estrechaba la mano a todo el mundo y el párroco se llamaba Lucy». Del mismo modo, los secretos del pasado que van desvelándose se presentan con incisividad pero de forma elegante.

Aunque son bastantes los personajes que desfilan por la historia, y algunos como Señor, el tutor de Filth en el colegio, dejan huella con pocas apariciones, Filth ocupa casi por completo el escenario de una forma que recuerda un poco a la del mayordomo Stevens en Los restos del día, la gran novela de Kazuo Ishiguro. La razón por la que sólo él está perfilado, su aislamiento, forma parte de la novela porque así se desarrolló su vida. Lo explica él mismo cuando habla con una chica joven, abogada, que no ha querido ni quiere tener hijos, y le dice por qué Betty y él no los tuvieron: «A los cuatro o cinco años nos entregaron a padres de acogida y no volvimos a ver a nuestros verdaderos progenitores al menos hasta cuatro años después. Los padres de acogida de Betty no la querían, y en cuanto a los míos, los eligieron porque eran baratos, y nadie consultó a mi padre al respecto. Si no has recibido amor en la infancia, nunca sabrás querer a un niño. Se requiere ese conocimiento previo. La ignorancia puede llevarte a infligir dolor. Después de los cuatro años y medio nadie me quiso. Imagina el padre que habría sido con esos antecedentes».

Jane Gardam. El viejo juez (Old Filth, 2004). Barcelona: Salamandra, 2011; 318 pp.; col. Narrativa; trad. de Victoria Malet y Caspar Hodgkinson; ISBN: 978-84-9838-342-3.

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jueves, 19 de mayo de 2011

Nueva edición de Mañana, cuando empiece la guerra, del escritor australiano John Marsden.

Se desarrolla en una ciudad costera de Australia. Siete chicos adolescentes salen de acampada y pasan unos días en un lugar llamado el Infierno. Cuando vuelven, descubren que su pueblo y su país han sido invadidos. Después de algunos incidentes y deliberaciones deciden empezar la resistencia. La narradora es Ellie, una de las chicas, a la que los demás indican que ponga por escrito lo sucedido para que quede constancia. El relato abarca sólo unos días y, conforme al planteamiento, la historia no se cierra.

Novela valiosa con un argumento que atrapa. Sin embargo, le falta consistencia, y la voz narrativa es buena, pero, al menos para mí, tampoco es convincente.

Las cualidades vienen de que todo está bien contado y de que la trama es creíble —lo es el punto de partida de la invasión, de la que no sabemos nada, y lo son las acciones de los protagonistas, tanto los incidentes de tipo amoroso como los combates en los que se ven involucrados—.

Los defectos proceden de que las explicaciones acerca de la invasión son demasiado escuetas —se nota que sólo es un pretexto— y, por tanto, a los ojos del lector, las discusiones de tipo moral entre los chicos acerca de qué hacer o no hacer, tienen poca base. Luego, de que la narración acumula detalles descriptivos, tanto ambientales como del mundo interior de Ellie, que parecen improbables tanto por el momento y la situación en los que escribe como por el hecho de que su relato tiene como destino inmediato que lo lean sus compañeros. Además, contiene consideraciones del tipo «el infierno sólo tiene que ver con la gente. Es posible que el Infierno sea la gente», que son más propias de otra clase de narrador.

John Marsden. Mañana, cuando empiece la guerra (Tomorrow, When the War Began, 1993). Madrid: SM, 1996; 199 pp.; col. Gran angular; trad. de Amalia Bermejo; ISBN: 84-348-4810-4. Nueva edición en Barcelona: Molino, 2011; 351 pp.; trad. de Daniel Cortés; ISBN: 978-84-272-007-60.

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miércoles, 18 de mayo de 2011

Acaba de reeditarse Estrella Negra, Brillante Amanecer, una estupenda novela de Scott O’Dell con una protagonista inolvidable: una chica esquimal que ha de competir en la carrera de Iditarod con un trineo encabezado por un enérgico perro llamado Estrella Negra.

Quien no sepa nada de esa carrera puede ver estas sensacionales fotos.

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martes, 17 de mayo de 2011

Arriba el cielo, abajo el suelo,
de Andrés Barba, se desarrolla en un mundo en el que todos los pueblos están continuamente cayendo y la gente, que no tiene pies sino unas bolas llamadas polas que hacen de contrapeso, se desplazan volando. Si uno está contento cae más despacio y si uno está triste cae más rápido. Los de un pueblo de abajo mandan a un niño llamado Lavarito, de pelo azul muy rizado y que habla muchísimo, al pueblo de arriba con un importante mensaje: que se avecina una colisión con el suelo en sólo tres días. Uno de los motivos que impulsan a Lavarito es que arriba, le han dicho, vive una niña llamada Esquimela, de rizos verdes. Los dos, junto con el alcalde Fino Filipino, el profesor Francioni y el escultor Nicodemo Meco, intentan encontrar la fórmula para evitar la catástrofe.

Relato simpático, con muchos golpes de humor en las descripciones. Algunas requieren elaboración como la de las polas o, en general, las que se derivan de que los pueblos estén siempre cayendo; otras son bromas al paso como la de que el pelo de la madre de Lavarito sea de color «amarillo pollo»; y otras se nos han ocurrido antes a todos (o deberían habérsenos ocurrido) como la sorpresa que se llevan Esquimela y Lavarito al ver que los pies que les brotan tienen cinco dedos cada uno, «uno gordo, tres normales y uno enano». Del argumento y los diálogos se desprende al final la conclusión que saca Esquimela: «la felicidad es una cosa muy misteriosa: en cuanto sabes que la tienes se te escapa, cuando la buscas tú, nunca la encuentras y cuando no buscas la tuya y buscas la de los demás, es entonces cuando aparece…».

Andrés Barba. Arriba el cielo, abajo el suelo (2011). Madrid: Siruela, 2011; 87 pp.; col.Las Tres Edades; ilust. de Saavedra; ISBN: 978-84-9841-514-8.

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lunes, 16 de mayo de 2011

Dos buenos álbumes de Elzbieta: ¿A dónde van los niños? y Pequeña luna. En el primero dos osos de peluche hablan acerca de los niños que fueron sus dueños y piensan si los habrán olvidado. En el segundo, a la hora de acostarse, el pequeño Bubú no hace más que mirar la luna pero va comprobando que todos los demás animales no se fijan y sólo piensan en dormir.

El primero es un relato en la tradición de las relaciones afectivas entre niños y juguetes y el segundo es un álbum bedtime también con un argumento típico. Las ilustraciones pictóricas y elegantes características de la autora son óptimas para transmitir la nostalgia del primer relato y para subrayar la poesía de la situación del segundo.

Elzbieta. ¿A dónde van los niños? (Oú vont les bébés, 1997, nueva edición en 2008). Sevilla: Kalandraka, 2011; 32 pp.; col. Libros para soñar; trad. de Pedro A. Almeida; ISBN: 978-84-92608-36-2.
Elzbieta. Pequeña luna (Petite Lune, 1999, nueva edición en 2008). Sevilla: Kalandraka, 2011; 32 pp.; col. Libros para soñar; trad. de Pedro A. Almeida; ISBN: 978-84-92608-37-9.

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domingo, 15 de mayo de 2011

En uno de los capítulos de Las compañías que elegimos, Wayne Booth analiza la obra de Rabelais. Yo no he leído a Rabelais, y los expertos discutirán o no las afirmaciones de Booth, pero me ha parecido clara la idea de que, desde un punto de vista ético, las preguntas cruciales (en el caso de un humorista como el autor francés) tienen que ver con «la cualidad de nuestra risa», idea que Booth toma de Bajtín.

Dice Booth: «Lo que vemos en Rabelais es que su risa va contra las mujeres porque son absurdas y porque rehúsan servir al mundo masculino del modo en que, según los hombres, deberían hacerlo. Cuando se las juzga favorablemente siempre son hombres los árbitros». En definitiva, sigue Booth, Rabelais habla de sueños de hombres que ofrece a hombres: «uno no encuentra en ninguna parte, en Rabelais, ni un solo signo de un esfuerzo por imaginar el punto de vista de una mujer o por incorporar a las mujeres en un diálogo. Sus raros encomios, como los esfuerzos de muchos varones por apreciar a las mujeres como clase, carecen de la riqueza de detalles que observa en un asombroso espectro de caracteres masculinos. Puede reconocer la existencia de las mujeres; puede burlarse de ellas o apreciarlas, como clase. Lo que no puede hacer o no está dispuesto a hacer es verlas. (…) Rabelais es injusto con las mujeres no únicamente en las formas superficiales que las tradiciones han afirmado, sino, en alguna medida, en gran parte de su acto imaginativo central».

Wayne Booth. Las compañías que elegimos. Una ética de la ficción (The Company We Keep, 1988). México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2005; 556 pp.; col. Lengua y Estudios Literarios; trad. de Ariel Dilon; ISBN: 968-16-7478-2. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 14 de mayo de 2011

He puesto en su lugar los datos de una ¿primera? edición en castellano de Los países de colores, y de nuevas ediciones de la biografía de G. F. Watts y de la recopilación de artículos de Enormes minucias, de Chesterton. 

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viernes, 13 de mayo de 2011

La biografía de Flannery O’Connor de Brad Gooch me ha interesado pero me ha dejado la impresión de que no atrapa bien lo nuclear ni de su persona ni de su obra y, en algunos momentos aislados, me ha parecido imprecisa.

Me ha interesado porque la personalidad y la obra de O’Connor me atraen y porque hay un buen trabajo detrás: el autor ha recogido muchos testimonios y los ha puesto en orden con la voluntad de dar cuenta de los hechos. Pero me ha defraudado porque, aunque resulta obvia la importancia de la fe católica en su vida, la biografía trata esa cuestión como si el hecho de ir a Misa todos los días, y en condiciones difíciles, y el de leer a Santo Tomás todas las noches —y más cosas: «leo mucha teología porque hace más audaz mi escritura», decía—, fueran costumbres más o menos equiparables con otras. En lo que se refiere a su obra no se ve un intento de aclarar de verdad su singularidad y su importancia literaria.

Además, los intentos poético-metafóricos del capítulo introductorio y de los párrafos del final, no encajan con la sobriedad de la narración ni son comprensibles: al menos yo no entiendo —y aunque lo entendiera sería irrelevante— qué quiere decir que Flannery O’Connor se pasó la vida «haciendo caminar hacia atrás a pollos literarios» y que miraba la vida «por el cañón del Desequilibrado». Y, aunque sea una cuestión menor en el conjunto, me ha parecido significativo que el autor haga notar que cuando, en una charla, le preguntaron acerca de sus personajes negros, respondió: «no los entiendo como entiendo a los blancos. No me siento capaz de meterme en la mente de un negro. En mis relatos son vistos desde fuera»; y a renglón seguido apostille: «este enfoque, si bien era una clase de racismo artístico, le funcionó bien». Bueno, es la primera vez que oigo llamar racismo artístico a la honradez.

Después de escribir esta reseña fui al blog Flannery O’Connor, busqué Gooch y encontré citado este artículo acerca de su obra.

Brad Gooch. Flannery O’Connor (Flanney. A Life of Flannery O’Connor, 2009). Barcelona: Circe, 2011; 488 pp.; col. Biografía; trad. de Aurora Echevarría; ISBN13: 978-84-7765-280-9.

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jueves, 12 de mayo de 2011

Thomas Russell
parece un digno heredero-continuador de Forester, Kent y O’Brian. Hasta el momento ha publicado Bajo bandera enemiga y Una batalla ganada, dos novelas protagonizadas por Charles Saunders Hayden, un oficial con futuro prometedor en la Armada Británica, justo antes de las guerras napoleónicas.

En la primera se ve obligado a aceptar el puesto de segundo de a bordo de la fragata H.M.S.Themis, mandada por un capitán de familia influyente pero con bien ganada fama de déspota y cobarde, pero en su puesto controlará un motín, demostrará capacidad para el mando y valentía en el combate; no tanta decisión parece tener en el amor. En el segundo relato es puesto al frente de la Themis en un convoy que se dirige al Mediterráneo y, terminada esa misión, es enviado a participar en otra para echar una mano a los independentistas corsos.

El autor conoce bien la materia y sabe ir dando paso a paso las explicaciones oportunas. La narración discurre con fluidez y usa con habilidad el recurso de aclararlo todo de nuevo después de los momentos de confusión. Está particularmente conseguido el consejo de guerra que tiene lugar al final de la primera novela. El personaje principal, con sus dudas e inseguridades, está bien perfilado. Y entre la galería de personajes que le acompañan, atractivos y bien dibujados, tiene un papel relevante el cirujano de la Themis, aunque no es equivalente al Maturin de la serie de O’Brien. En fin, nada nuevo, pero bien hecho y eso es de agradecer. Aquí hay una reseña de la segunda novela.

Thomas Russell. Bajo bandera enemiga (Under Enemy Colors, 2007). Barcelona: Salamandra, 2009; 540 pp.; trad. de Miguel Antón Rodríguez; ISBN: 978-84-9838-219-8.
Thomas Russell. Una batalla ganada (A Battle Won, 2010). Barcelona: Salamandra, 2010; 472 pp.; trad. de Miguel Antón Rodríguez; ISBN: 978-84-9838-293-8.

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miércoles, 11 de mayo de 2011

Como su título sugiere, El Rey Pájaro y otros esbozos contiene dibujos preliminares de Shaun Tan, unos que luego fueron incorporados a sus libros y otros que no. Es uno de esos libros que un autor respetado y con muchos seguidores se puede permitir.

El autor hace una introducción general y pone un texto antes de cada uno de los apartados en los que agrupa sus dibujos —«Historias no contadas», «Libros, cine y teatro», «Dibujos del natural», «Cuadernos», «Guardas»— y, al final, en un índice donde titula cada dibujo, añade comentarios. Es un libro interesante para quienes sigan al autor, reciente Premio Andersen, y para quienes deseen acercarse a su proceso creativo, que si por una parte se parece tanto al de otros, por otra también revela claves de un ilustrador tan especial, o tan distinto a muchos, como Tan.

Apunto tres asociaciones que me han venido a la mente al leer sus comentarios.

Una, en «Libros, teatros y películas» dice que «los esbozos rápidos son fundamentales» y «poseen también una maravillosa ambigüedad embrionaria»: observaciones de Jean Guitton de las que dejé una nota en Pistas que no vienen en los mapas.

Otra, en «Dibujos del natural» dice que «a pesar de que una fuerte vena de fantasía recorre gran parte de mi obra como ilustrador, lo baso todo en un minucioso estudio del mundo real. De hecho, hay pocas cosas que me gusten más que el dibujo de observación»: el famoso aforismo de Wallace Stevens que indico en Lo real es la base.

Y una tercerca, en «Cuadernos de notas» afirma que «me sorprende lo que puede llegar a surgir de lo absurdo, y cómo la yuxtaposición de extrañas imágenes sobre una página permite que descubramos cosas inesperadamente, cazando ideas que de otro modo podrían quedar ocultas entre las olas»: La fe y el absurdo, La literatura del futuro.

Shaun Tan. El Rey Pájaro y otros esbozos (The Bird King and other sketches, 2010). Granada: Barbara Fiore, 2011; 128 pp.; trad. de Carles Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-15208-02-0.

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martes, 10 de mayo de 2011

Nuevas ediciones de La señora Frisby y las ratas de Nimh; de La verdadera y singular historia de la princesa y el dragón; de Los guardianes de la luz (titulada en la edición anterior Aquila, el último romano). Además, edición en castellano de Rosie’s Walk con el título El Paseo de Rosalía.

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lunes, 9 de mayo de 2011

La casa del árbol,
de Marije y Ronald Tolman, es un álbum sin palabras, bien construido, que cuenta muchas historias en una.

Todas las dobles páginas contienen el mismo árbol con una casa entre sus ramas en la página derecha. En la primera mitad del álbum, en las páginas izquierdas se ven animales que van llegando al árbol, empezando por un oso polar blanco —el que vemos en la portada sobre una ballena azul— y un oso pardo a continuación, que son como los anfitriones de todos los demás animales. En la segunda mitad, vemos cómo los mismos van emprendiendo sus viajes de regreso. A lo largo del álbum cambian el tiempo atmosférico y la hora del día.

El relato, aparte de hablar del paso del tiempo y de lanzar un mensaje de acogida y convivencia universal pacífica, alude al deseo de muchos niños (y a la realidad en el caso de algunos privilegiados) de tener una casa en lo alto de un árbol. Las sucesivas páginas van añadiendo animales de toda clase para identificar, y detalles de distinto tipo para ir observando: el rinoceronte que arremete contra el árbol y lo hace temblar, animales que se acomodan en las ramas para leer, un oso que llega por el aire en una especie de barco con globos, etc.

Marije Tolman. La casa del árbol (De Boomhut, 2009). Texto de Ronald Tolman. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2010; 32 pp.; col Pípala; ISBN: 978-84-92857-27-2.

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domingo, 8 de mayo de 2011

Uno de los contenidos básicos de Las compañías que elegimos, de Wayne Booth, es el de mostrar cómo «una crítica responsable debe afrontar sin ambigüedades la locura, el vicio y la evidente falsedad que encontramos en demasiados de nuestros presuntos amigos narrativos».

Con agudeza, Booth hace notar la contradicción de que «un asombroso número de críticos ha descartado la crítica doctrinal como algo que jamás es pertinente, volviendo a deslizarla siempre que surge una doctrina que les ofende por defender abiertamente alguna ideología convencional». Pero, continúa, «si la crítica ideológica es siempre falaz, uno está tan desorientado cuando condena una obra por ser autoindulgente, puritana o reaccionaria, como cuando la rechaza por socavar la fe en Dios, la Iglesia o la Patria».

Señala cómo las grandes obras literarias no sólo han tratado sobre la cuestión sino que, además, ellas mismas son los grandes antídotos de las novelas dañinas: «¿Habría sido don Quijote rescatado de la locura a la que le condujeron sus lecturas de libros de caballerías si hubiera leído Don Quijote? ¿Habría tenido un mejor destino Emma Bovary si hubiera leído Emma Bovary en vez de tantas historietas románticas?».

E indica, en su cuidadoso y matizado análisis, que «el hecho de que ninguna narración será buena o mala para todos los lectores en todas las circunstancias no tiene por qué estorbarnos en nuestro esfuerzo por descubrir lo que es bueno o malo para nosotros en nuestra condición aquí y ahora».

Wayne Booth. Las compañías que elegimos. Una ética de la ficción (The Company We Keep, 1988). México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2005; 556 pp.; col. Lengua y Estudios Literarios; trad. de Ariel Dilon; ISBN: 968-16-7478-2. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 7 de mayo de 2011

Algunas observaciones de Chesterton acerca de los temas habituales de la poesía y de las dificultades de algunos para entender a los poetas:

—«La poesía trata de cosas primarias y convencionales: el hambre de pan, el amor a la mujer, el amor a los niños, el deseo de una vida inmortal. Si los hombres tuviesen de veras sentimientos nuevos la poesía no podría tratarlos. (...) La poesía sólo puede expresar lo que es original en un sentido: el sentido en que hablamos del pecado original. Es original no en el despreciable sentido de ser nuevo sino en el sentido más hondo de ser viejo: es original en el sentido de que trata de orígenes». (Robert Browning)

—«La ciencia presume de la distancia a la que están las estrellas; de la tremenda lejanía de las cosas de las cuales tiene que hablar. Pero la poesía y la religión siempre insisten en la proximidad, en la casi amenazante cercanía de las cosas que a ellas les preocupan. Siempre el Reino de los Cielos está “a mano”; y para llegar a la tierra del Espejo basta sólo con atravesarlo». («Vislumbre de mi país», Enormes minucias)

—Los grandes poetas usan el telescopio y también el microscopio. Los grandes poetas son oscuros por dos razones opuestas: una, porque hablan de algo demasiado grande para ser entendido, y otra porque hablan de algo demasiado pequeño para ser visto. Francis Thompson poseía las dos infinitudes. Escapaba por ser demasiado pequeño, como escapa el microbio; o escapaba por ser demasiado grande, como escapa el universo. («A Dead Poet», All Things considered)

—El lógico tiene dificultades para comprender la poesía. «Cree comprender la palabra “visible” y halla luego que Milton la aplica a la oscuridad, en la que nada es visible. Supone haber entendido la palabra “ocultar” y se encuentra con que Shelley habla de un poeta oculto en la luz. Tiene motivos para creer que entiende la vulgar palabra “colgado” y entonces Shakespeare le asegura seriamente que las crestas de las altas olas marinas colgaban con ensordecedor estruendo de las nubes». (George Bernard Shaw)

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viernes, 6 de mayo de 2011

El alfabeto de los pájaros,
de Nuria Barrios, lo empecé con mal pie. Me atrajeron algunas frases de la solapa final —que trata del mundo interior de una niña adoptada con un inesperado enfoque y de forma emocionante— pero me provocó rechazo que aparecieran allí opiniones de políticos como José Bono y Carme Chacón (que ellos quieran figurar lo entiendo, pues los políticos hacen todo lo que sea con tal de ponerse bajo los focos; que los editores y el autor lo faciliten, no: algunos aplausos nunca prestigian).

Las protagonistas son Nix, una chica china de seis años, y su madre adoptiva, que debe lidiar con las preguntas insistentes que le hace la niña sobre su origen. El hilo argumental de la primera mitad no es más que una sucesión de incidentes que le ocurren a Nix —choques con su hermanita Nox, peleas en el colegio, las inquietudes que tiene al ver embarazada a la madre de una amiga, etc.—, los diálogos posteriores con su madre y los extraordinarios relatos que le cuenta para calmarla, y su curiosa relación con un Armario que cobra vida por las noches y de cuyas perchas cuelgan palabras en distintos idiomas que resuenan dentro de Nix y encienden su imaginación. El hilo de la segunda es un viaje fantástico que hace Nix guiada por el cuco de un misterioso reloj que una mujer china, enterada de su problema, le hizo llegar como regalo. Es una parte que a mí me ha recordado al clásico infantil victoriano The Cuckoo Clock, de Mary Molesworth, en el que también un cuco insolente actúa como guía sabio de una niña huérfana.

La mayoría del relato se cuenta en tercera persona, pero desde dentro de Nix, aunque también hay momentos en los que el narrador toma distancia y da explicaciones al lector: «La niña no tenía memoria del inicio de su vida. No la atormentaban los recuerdos, sino el olvido». La novela está bien construida y tiene altura literaria, lo que la salva de caer en el sentimentalismo. Quien conozca los problemas que pueden darse con las adopciones podrá juzgar si Nix, con sus reacciones iracundas y su demanda insistente de explicaciones imposibles, «sobreactúa» demasiado. E, igualmente, aunque a unos les encantará, casi seguro que a otros les parecerá muy sobredimensionado el recurso a los cuentos y a las fantasías de la madre de Nix. La presencia de canciones de Carla Bruni, como telón de fondo de la vida familiar, parece un elemento superfluo que lastra la historia pues la vuelve más circunstancial, aparte de que las canciones no son para los libros (y de la simpatía o antipatía que puede despertar el personaje).

Nuria Barrios. El alfabeto de los pájaros (2011). Barcelona: Seix Barral, 2011; 254 pp.; col. Biblioteca breve; ISBN: 978-84-322-1298-7.

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jueves, 5 de mayo de 2011

El guardiamarina Bolitho
,
de Alexander Kent, es el comienzo de una serie como las ya citadas de Cecil Forester y Patrick O'Brian. Debo decir que todos me han entretenido pero, si tuviera que elegir, siempre apostaría primero por Forester: sólo he leído completa su serie pero, de las otras dos, sólo los primeros libros; y, entre Kent y O'Brian, disfruté más con Kent pues a un libro de aventuras le pido aventuras bien contadas. Pero aún queda otro...

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miércoles, 4 de mayo de 2011

Erik, hijo de Árkhelan. El amanecer del guerrero,
de Miguel A. Jordán, es la primera novela de una serie de ambiente medieval nórdico. El protagonista es Erik, un chico de quince años, el mayor de los hijos de un antiguo general del rey. Huérfano de madre, vive con su padre y sus hermanos, Nela, Robert y Bera, de cuatro años. Cuando Erik y dos amigos, Gunnar y Kodran, encuentran a una loba muerta en una trampa, recoge a sus dos cachorros y decide llevarlos a la persona que más sabe de animales del pueblo: el huraño Markus, el cetrero. Este accede a enseñarle cómo cuidar a los lobeznos y, además, cuando los chicos se lo piden, se muestra dispuesto a ser su instructor con la espada. Además, Erik ha de prepararse para participar en una competición en la que ha de vencer a Olaf, un trampero de comportamiento poco noble.

Trama que discurre según esquemas conocidos: un chico de grandes cualidades humanas y físicas, unos amigos que son un gran apoyo, un mentor de pasado desconocido, un duro entrenamiento que dará frutos en su momento, unos animales que serán decisivos, etc. Todo está dispuesto, también, para que las cosas vayan encajando según las expectativas que se abren: emparejamientos, reconocimientos, futuras amenazas, etc. Los personajes hablan todos igual, con expresiones de ahora, y tanto el héroe como sus amigos y familiares, son personas sensatas y prudentes: muchos lectores pensarán que demasiado. Pero lo que importa es el relato, que está bien contado y construido, con descripciones escasas y diálogos que llevan casi todo el peso de la narración, y que, como se supone, se dirige a un dramático enfrentamiento final.

Miguel A. Jordán. Erik, hijo de Árkhelan. El amanecer del guerrero (2010). Barcelona: Ámbar, 2010, 3ª ed.; 236 pp.; ISBN: 978-84-92687-23-7.

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martes, 3 de mayo de 2011

El relato sobre una elefanta que cité pocos días atrás me recordó otro de hace algún tiempo que, para mí, es mucho mejor: Elefante corazón de pájaro, de Mariasun Landa.

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lunes, 2 de mayo de 2011

Johanna en el tren,
de Kathrin Shärer, es un gran álbum, de los que muestran algo del mundo propio del ilustrador pero sin renunciar a contar una historia que a los niños les resultará simpática —pues su personaje lo es— y sugerente para la creatividad del lector —pues está bien planteada la relación entre ilustrador y personaje—.

En las guardas iniciales vemos las manos de un dibujante sobre el tablero dibujando un tren. En varias dobles páginas siguientes se siguen viendo esas manos mientras va dibujando escenas del interior del tren. En una pinta una cerdita que se dirige a la dibujante y le va pidiendo cosas… Este diálogo entre ambos da lugar a páginas cortadas donde se suceden escenas que son como tanteos de la dibujante que la cerdita rechaza. Hay también dobles páginas «completas» cuando estamos dentro de la historia de Johanna que no es más que su relación con otros pasajeros de su tren. Y, en las guardas finales, vemos otra vez las manos de la dibujante comenzando un dibujo del que, suponemos, brotará una nueva historia.

Kathrin Schärer. Johanna en el tren (Johanna in Zug, 2009). Barcelona: Océano, 2010; 42 pp.; Océano Travesía; trad. de José Antonio Salinas; ISBN: 978-84-494-4163-9.

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domingo, 1 de mayo de 2011

Después de señalar la metáfora central de Las compañías que elegimos, de Wayne Booth, por medio de un comentario tan autorizado como el de Martha Nussbaum, indico ahora un concepto básico en la obra de Booth: el de la coducción, palabra con la que intenta indicar que, gracias a la experiencia y a muchas opiniones que nos van llegando a lo largo del tiempo, y que se corrigen y matizan unas a otras, podemos llegar a una nueva valoración de un libro.

Para ilustrarlo Booth abre Las compañías que elegimos con una historia personal: cuando un compañero suyo de departamento, negro, se negó a dar en clase Las aventuras de Huckleberry Finn por considerarlo ofensivo, tanto él como los demás del departamento manifestaron su desaprobación. Booth dedica su libro a su compañero, ya fallecido, porque su actitud dejó de manifiesto que todos hacemos siempre, lo queramos o no, una lectura de tipo ético. Pero, además, al final del libro, con un análisis cuidadoso de la obra de Twain, señalará con precisión los motivos para la incomodidad de su compañero y explicará por qué los considera justos.

Es difícil, después de leer atentamente a Booth no estar de acuerdo con lo que subraya Nussbaum: «existen también cosas contra las cuales la crítica ética puede perfecta y razonablemente posicionarse. Podemos posicionarnos contra el sadismo, el racismo, el sexismo; y, además, fuera de una moralidad en sentido restringido, podemos adoptar una postura contra aquello que James denominó “la regla de lo fácil y barato”, es decir, contra la dejadez, la vulgaridad y la trivialización de las cosas más importantes».

Wayne Booth. Las compañías que elegimos. Una ética de la ficción (The Company We Keep, 1988). México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2005; 556 pp.; col. Lengua y Estudios Literarios; trad. de Ariel Dilon; ISBN: 968-16-7478-2.
Martha Nussbaum. «Leer para vivir», El conocimiento del amor. Ensayos sobre filosofía y literatura (Love’s Knowledge, 1990-1992). Madrid: Antonio Machado Libros, 2005; 694 pp.; col. Teoría y Crítica; trad. de Rocío Orsi Portalo y Juana María Inarejos Ortiz; ISBN: 84-7774-769-5.

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