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Notas de febrero de 2011 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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lunes, 28 de febrero de 2011

Nuevo álbum de Suzy Lee titulado Zoo. Es excelente, aunque no me ha impactado tanto como los anteriores. Es lo que tiene haber puesto el listón tan alto: lo mismo me ha pasado, como alguna vez he dicho, con álbumes de Lauren Child, Anthony Browne, David Wiesner o Rebecca Dautremer...

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domingo, 27 de febrero de 2011

Entre las manifestaciones de independencia intelectual de Hannah Arendt, aparte de que fumaba puros en público, vaya escándalo, estuvo también su rechazo a ser alineada dentro de los movimientos feministas de su época.

Así, escribía en una carta de 1970: «En junio regreso a Nueva York, donde he de perder tiempo en doctorados honoris causa, de los cuales he recibido cinco este año —una inflación debida al movimiento feminista totalmente enloquecido. El año que viene probablemente les tocará a los homosexuales».

Y, en otra ocasión, respecto al diálogo con sus estudiantes, decía: «estas chicas talentosas lo tienen difícil, tanto más cuanto menos se muestran dispuestas a reflexionar en serio sobre las cuestiones de la mujer, que han sido bastante desordenadas entre otras cosas por el movimiento feminista. Aquí toda esta tontería vuelve a ponerse en marcha en relación con los movimientos de liberación, y las estudiantes te preguntan cómo se hace para seguir siendo queridas por los hombres. Entonces, cuando les dices que cocinando bien, que el trabajo no deshonra, etcétera, se quedan pasmadas».

En fin, siempre hay cosas de sentido común que, cuando las dice alguien no sospechoso, suenan mejor.

Teresa Gutiérrez de Cabiedes. El hechizo de la comprensión: vida y obra de Hannah Arendt (2009). Madrid: Encuentro, 2009; 454 pp.; prólogo de Alejandro Llano; ISBN: 978-84-9920-002-6.

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sábado, 26 de febrero de 2011

En Helados en invierno puse una cita de Chesterton donde dice que no es verdad que a la mayoría de la gente le guste la mala literatura. A ella se podría sumar otra: «no es verdad que la gente (...) acepte las novelas detectives porque son mala literatura (...). Una buena historia de detectives será probablemente mucho más popular que una mala». («Defensa de las novelas de detectives», The Defendant, Correr tras el propio sombrero)

En De la mala literatura puse otro texto acerca de lo que nos dicen los éxitos masivos de la sociedad en la que vivimos. A ella se puede añadir esta: «Las personas cultas buscan lo bello en tanto que las incultas buscan lo interesante [sea en narraciones bonitas o en escandalosas, da igual] (...) El interés se da a menudo al margen de la belleza. (...) Esta creación divina en medio de la cual vivimos combina por lo general, como confirman los buenos libros, el entretenimiento con la instrucción. Pero llegan horas sombrías en que ni siquiera el hombre más sabio puede obtener instrucción de ella, en tanto que un simple buen hombre siempre puede obtener de ella entretenimiento. Cuando hemos dejado de apreciar la vida por todas las demás razones, podemos seguir apreciándola, al igual que un bastón de vidrio lleno de golosinas, como una curiosidad». («El bastón de vidrio», en El color de España y otros ensayos)

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viernes, 25 de febrero de 2011

La literatura en peligro,
de Tzvetan Todorov, tiene el valor de que recuerda cosas que son obvias (que, en nuestro tiempo, es el primer deber de toda persona inteligente según decía Orwell, creo). Su argumento básico es que la enseñanza de la literatura debería estar centrada en las mismas obras literarias y en ninguna otra cosa. Si «en la enseñanza superior es legítimo enseñar (también) los enfoques, los conceptos que se aplican y las técnicas», «la enseñanza secundaria, que no está destinada a especialistas de la literatura, sino a todos, no puede tener el mismo objeto». «El camino por el que en la actualidad se ha adentrado la enseñanza de la literatura» —por ejemplo: «esta semana hemos estudiado la metonimia y la semana que viene pasaremos a la personificación»—, «difícilmente podrá desembocar en el amor a la literatura». En definitiva, el lector común no lee ficciones para «dominar mejor un método de lectura», o «para obtener información de la sociedad en la que se crearon, sino para encontrar en ellas un sentido que le permita entender mejor al hombre y el mundo, para descubrir en ellas una belleza que enriquezca su existencia. Y, cuando lo hace, se entiende mejor a sí mismo» (bueno, si los libros que lee son valiosos). Y aquí está otro texto del libro con buenos comentarios añadidos.

Tzvetan Todorov. La literatura en peligro (La littérature en péril, 2007). Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2009; 109 pp.; trad. de Noemí Sobregués; ISBN: 978-84-8109-828-0.

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jueves, 24 de febrero de 2011

El narrador de Yo conocí a Muelle, de Jorge Gómez Soto, es Luis, un personaje que, años después, recuerda su actividad adolescente como grafitero y su enamoramiento de una chica. Cuando él y su amigo Hot empiezan a pintar paredes, les guía un grafitero experto llamado Spirit que les entretiene con anécdotas de un grafitero legendario, Muelle, a quien él conoció. Un día en el que acaban huyendo de la policía, Luis se refugia en un local en el que ve actuar a un cuentacuentos y allí, además de conocer a Ana, descubre un mundo que le fascina. Más tarde Hot y él se unen a una pandilla de grafiteros liderada por un tipo llamado Ghost, con lo que se distancian de Spirit, y entran en combates con otra banda. También progresa su relación con Ana y su actividad como cuentacuentos, para la que tiene más talento que para pintar paredes.

La narración es clara y los diálogos suenan naturales. Están entretejidas con soltura las evocaciones de Spirit, con las actividades de los grafiteros y con las de los cuentacuentos. La novela se centra en la relación de amistad entre Luis y Hot; en la que mantienen ambos con Spirit; y en la de Luis con Ana. Su objetivo, que consigue bien, es contar el proceso de autoconocimiento de un narrador que se hace consciente de su falta de condiciones naturales para unas cosas y de su pasión por otras. Además, habla del poder transformador de los relatos y aporta información sobre actividades y lenguajes de argot de algunos ambientes juveniles de barrios madrileños.

Cabe señalar que Ghost parece un personaje algo estereotipado, y que a ciertos comentarios les sobra énfasis, al menos para los que no vemos ni la épica ni la mística de la cuestión —por ejemplo, a este de Spirit: «me puse el nombre idóneo. En realidad soy un espíritu, la sombra huérfana de algo que en tiempos existió, el espectro de una realidad extinguida»—. También hay que apuntar la no pequeña dificultad a la que se ha enfrentado el autor: la de plasmar por escrito las emociones que puede causar algo que ha sido hecho para ser visto, como son las pintadas en las paredes; y algo que sólo se aprecia cuando lo escuchas y lo ves, como es la magia que puede desprender un cuentacuentos.

Jorge Gómez Soto. Yo conocí a Muelle (2010). Madrid: SM, 2010; 256 pp.; col. Gran Angular; ISBN: 978-84-675-4353-7.

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miércoles, 23 de febrero de 2011

Ya que mencioné hace poco Mis gloriosos hermanos, otra novela bien construida que se desarrolla en el antiguo Israel y que sí es declaradamente juvenil —por sus personajes y porque cumple bien su función de encender el interés por su época—, es Los ojos del ciego, de Alison Morgan. Ha de buscarse en bibliotecas.

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martes, 22 de febrero de 2011

Hace unos días he puesto reseña de la primera obra que George MacDonald escribió para niños: At the Back of the North Wind. Es una obra fundamental en la historia de la literatura infantil por muchas razones —entre otras, lo inusual de su tema y de su resolución, y que hacer frente a una dificultad tan grande indica una gran ambición—, de la que no conozco edición en castellano. A la derecha, ilustración de Jessie Willcox Smith para una edición norteamericana.

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lunes, 21 de febrero de 2011

Respecto a Pum, de Claudia Rueda, y a Cómo reconocer un monstruo, de Gustavo Roldán, se podría decir lo que ya indiqué hace unos días: son álbumes simpáticos que hacen sonreír y, por tanto, uno podría plantearse regalar…, en caso de que vinieran en ediciones baratas.

En las ilustraciones de las páginas derechas de Pum se ven distintos animales con formas raras y un rótulo abajo: lagartija veloz, comadreja cazadora, etc. En las páginas izquierdas se leen, sobre fondo blanco, las letras «pum», que van en aumento a lo largo del libro. La idea es buena y la realización también pero, tal vez, los textos podrían ser o más ingeniosos o más sencillos, y la tipografía podría ser más contundente y, por ejemplo, salirse de la página cuando llega el momento cumbre…

El narrador de Cómo reconocer un monstruo es un monigote con sombrero de copa que, en la primera ilustración, afirma que «si nos encontramos ante algo que pudiera ser un monstruo, es mejor asegurarse de que realmente lo sea», y asistimos a continuación a las comprobaciones que va realizando. Diría que, más que un álbum, estamos ante un minirelato bromista de los que uno podría encontrar en unas tiras cómicas.

Claudia Rueda. Pum (2010). Barcelona: Océano Travesía, 2010; 14 pp.; ISBN: 978-84-494-4160-8.
Gustavo Roldán. Cómo reconocer un monstruo (2010). Barcelona: Thule, 2010; 26 pp.; ISBN: 978-84-92595-63-1.

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domingo, 20 de febrero de 2011

Siguiendo con la idea comentada en Prestar atención, en este libro se indica que, hablando sobre lo que quería decir con la expresión la «banalidad del mal» en su obra Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt señalaba que «el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la “banalidad”. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical».

Y el entonces cardenal Ratzinger decía: «El mal no es —en contra de lo que Goethe quiere mostrarnos en el Fausto— una faceta del todo, de la que tenemos necesidad, sino que es la destrucción del ser. El mal no puede presentarse precisamente, como el Mefistófeles del Fausto, con las palabras: yo soy “una parte de aquella fuerza que quiere siempre el mal y crea siempre el bien”. Entonces el bien tendría necesidad del mal, y el mal no sería, ni mucho menos, realmente malo, sino que sería una parte necesaria de la dialéctica del mundo. Con esta filosofía se han justificado las víctimas del comunismo, que se edificó sobre la dialéctica de Hegel, aplicada por Marx a la praxis política. No, el mal no pertenece a la dialéctica del ser, sino que lo ataca siempre en su raíz».

Joseph Ratzinger. Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (Glaube, Warheit, Toleranz. Das Christentum und die Weltreligionen, 2003). Salamanca: Sígueme, 2006, 6ª ed..; 237 pp.; trad. de Constantino Ruiz Garrido; ISBN: 84-301-1519-6.

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sábado, 19 de febrero de 2011

Chesterton
afirmaba que «una imaginación verdaderamente sencilla disfruta tanto de una escena sencilla como de una escena esplendorosa. El instinto popular, que puede encontrarse en todo el folclore, sabe distinguir muy bien si la una o la otra son apropiadas» («Falsa teoría del teatro», Fancies versus fads). Del mismo modo, «en nada es el niño tan verdaderamente infantil, en nada muestra más cuidadosamente el tipo más sano de sencillez, que en el hecho de que ve todas las cosas, aún las cosas complicadas, con un placer sencillo. El tipo falso de ingenuidad se excita siempre con la distinción entre lo natural y lo artificial. La clase elevada de ingenuidad desconoce esa distinción. Para el niño el árbol y el farol son, a la vez, realidades naturales y artificiales, y, más aún, son sobrenaturales. Porque ambas le resultan espléndidas e inexplicables» (Herejes).

Pues bien: hay una paradoja en el hecho de que a los simples les guste la complejidad y a los complicados les guste la simplicidad, que a unos les gusten las tallas recargadas y las rimas melodiosas, y a menudo ingeniosas, mientras que a determinada gente cultivada les gusten los muros desnudos y los versos sin rima. Se podría decir que a los niños, y a mucha gente, les gustan aquellas cosas porque les gustan los juguetes (aunque sean malos: también en este terreno se ha de aplicar esta distinción), mientras que hay un tipo de gente culta que con frecuencia los rechaza porque desea distanciarse de las preferencias populares mayoritarias como si hacerlo así fuera un signo de distinción («El romance de la rima», Fancies versus fads). No es que un verdadero artista no pueda tener gustos diferentes a la mayoría de la gente o que sus obras puedan no gustar a muchos: la cuestión está que, en el pasado, en época de Miguel Ángel, seguro que algunos artistas se declaraban grandes artistas aunque no tuvieran éxito, pero no se les ocurría, como a tantos ahora, declararse grandes artistas porque no tenían éxito: esta es una peculiaridad de nuestro tiempo, que se declara democrático, pero que tiene un sesgo positivo contra lo popular («Demagogues and Mystagogues», All things considered).

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viernes, 18 de febrero de 2011

He leído con interés El Elemento, de Ken Robinson, un libro que habla de la importancia de no pensar en la inteligencia sólo desde un punto de vista académico, y que desea subrayar que cuando uno se apasiona por algo y descubre aquello para lo que está especialmente dotado, todo en su vida cambia. Cuenta muchas anécdotas simpáticas, algunas francamente buenas, y cita experiencias de mucha gente conocida, lo que dará popularidad a su libro aunque, para mi gusto, algunos sólo son celebridades (con los datos que yo tengo no los considero ejemplos de creatividad especial sino de que han tenido demasiada suerte en la vida).

En cualquier caso desarrolla ideas que me gustan y, entre ellas, destaco una que apunta en un capítulo final cuando dice que «los procesos educativos actuales no tienen en cuenta los estilos individuales de aprendizaje ni el talento». Y, aludiendo a las burocracias ministeriales y a los iluminados que, desde hace décadas, intentan poner a todo el mundo en fila para que hagan las cosas tal como ellos desean, dice:

«Uno de los problemas esenciales de la educación es que la mayoría de los países someten a sus colegios al modelo de control de calidad de las cadenas de comida rápida (…). El futuro de la educación no está en estandarizar sino en personalizar; no en promover el pensamiento grupal y la “despersonalización”, sino en cultivar la verdadera profundidad y el dinamismo de las habilidades humanas de todo tipo».

Ken Robinson. El elemento (The Element, 2009). Con Lou Aronica. Barcelona: Grijalbo, 2009; 359 pp.; trad. de Mercedes García Garmilla; ISBN: 978-84-253-4340-7.

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jueves, 17 de febrero de 2011

He releído, recientemente, Mis gloriosos hermanos, de Howard Fast, una novela cuyo subtítulo es Judea contra Antioco IV. La lucha por la libertad. Y cuya dedicatoria dice: «A todos los hombres, judíos y gentiles, que dieron la vida en la antigua e inacabada lucha por la libertad y la dignidad humanas».

Cuando la leí por primera vez, hace años, no caí en la cuenta de que había sido editada en 1948, justo a la vez que la guerra de la Independencia del Estado de Israel: de ahí que insista tanto en la singularidad del pueblo judío, su amor irrenunciable por la libertad, etc. En cualquier caso, lo que he comprobado es que, leída hoy, esa insistencia no daña la novela, bien construida y bien narrada.

Es el único superviviente de los cinco hermanos, Simón, quien cuenta la rebelión de su padre y sus hermanos en un largo escrito que, al final, entregará a un legado romano que ha venido para elaborar un informe sobre los judíos; el último capítulo, antes de un breve sueño de Simón, será ese informe. Simón aparece como un hombre apesadumbrado por lo que ha vivido y, sobre todo, centra su relato en Judas Macabeo, como es lógico, a quien siempre admiró y envidió, un rencor interior que también le pesa.

A la narración de los hechos conocidos, con toda su dureza, la novela le suma esa componente de rivalidad entre los hermanos y todas las consideraciones que Simón hace para dejar claro a sus interlocutores las peculiaridades judías. En su favor hay que decir que no intenta suavizarlas o hacerlas más amables sino que, al contrario, subraya muchas veces la insolencia y arrogancia de los comportamientos de su gente.

Howard Fast. Mis gloriosos hermanos (My Glorious Brothers, 1948). Barcelona: Edhasa, 1995; 247 pp.; col. Narrativas históricas; trad. de Patricia Antón; ISBN: 84-350-0617-4.

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miércoles, 16 de febrero de 2011

Uno de los autores de novelas de aventuras más leído en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX: George Henty. Sus relatos están llenos de conocimientos de todo tipo y de información histórica y, como corresponde a libros muy populares en su época, son muy deudores del modo de pensar mayoritario entre su público natural: se notan mucho un indiscutible sentimiento de superioridad y de satisfacción con la expansión del imperio británico...

En los libros populares de hoy se notan otras cosas y tampoco faltan otra clase de sentimientos de superioridad: como dice Gómez Dávila, «los problemas básicos de una época nunca han sido el tema de sus grandes obras literarias. Sólo la literatura efímera es “expresión de la sociedad”».

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martes, 15 de febrero de 2011

Un amigo me enseñó, con entusiasmo, Juguetes de la naturaleza, de Christine Armengaud. Y es, en efecto, un libro que puede ser adictivo para ciertas personas: en él se da la información necesaria para construir juguetes de todo tipo a partir de lo que se puede encontrar en la naturaleza. El libro, resultado de años de investigación de su autora, tiene valor etnográfico y nos habla de un mundo que ahí está, que muchos descubrieron antes que nosotros y que ahí sigue, siempre a la espera de que lo encontremos de nuevo. Además, es práctico y está muy bien editado. A unos les hará ponerse nostálgicos, a todos les hará descubrir cosas desconocidas, para otros puede ser la oportunidad de gastar tiempo y compartir intereses con hijos o nietos…, y también de desarrollar habilidades creativas: mi amigo y sus hijos han fabricado juguetes nuevos a partir de los modelos del libro.

Christine Armengaud. Juguetes de la naturaleza. Historias y secretos para fabricarlos (Jouets de plantes, 2009). Barcelona: Saga, 2010; 176 pp.; trad. de Luisa Sol; ISBN: 978-84-937704-4-0.

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lunes, 14 de febrero de 2011

Lucas
(Michael en el original), es un álbum con texto de Tony Bradman e ilustrado de Tony Ross. Es magnífico: un ejemplo perfecto de historia inteligentemente construida, en la que todo se desarrolla paso a paso, en la que todas las imágenes están tan bien pensadas que, al llegar a la penúltima, te paras y dices «¡un momento! Tengo que volver atrás para volver a mirarlas todas...». Y sencillez, sobre todo sencillez. Para estudiar.

Para mí, un misterio de la traducción es por qué Michael, en el original, se traduce por Lucas. Igual que Dan, en otro álbum, se tradujo también por Lucas. Debe haber alguna querencia oculta por ese nombre que no acabo de captar.

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domingo, 13 de febrero de 2011

José Jiménez Lozano:
«Es una grandeza de nuestro tiempo el que, hasta cierto punto, hayan entrado en la conciencia general la idea y el sentimiento de que un hombre es como otro hombre, y que sus diferencias son meros accidentes. Pero estas diferencias son facilidades para unos hombres y un peso o un cepo para otros, y no cabe el orgullo de nuestra propia civilización y el desprecio de otras, y lo que unos hombres conquistan es para todos, y hay obligación de ofrecérselo. No podemos decirle a un africano, sin despreciarle ni ofenderle, que los sonidos del tantán son como una coral de Bach, o la medicina europea como la suya; esto sería una burla y un insulto».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de Rembrandt (2010). Valencia: Pre-Textos, 2010; 233 pp.; ISBN: 978-84-92913-52-7.

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sábado, 12 de febrero de 2011

En la nota Convertir a los borrachos en catadores aparecía la idea de la dificultad de una educación estética en un mundo como el nuestro.

Chesterton ponía eso en relación con la importancia de los juegos infantiles y apuntaba cómo él, cuando era niño, podía disfrutar del «fuego rojo» de la hoguera que se fabricaba él mismo cuando jugaba con su teatro de marionetas: al niño de antes, decía, «el teatro de juguete le mostraba pequeñas figuras de cosas grandes», mientras que al niño de hoy «los carteles de la ciudad le muestran grandes figuras de cosas pequeñas», uno de los ejemplos que se pueden poner de que nuestro mundo está lleno de proclamaciones que tienen énfasis pero no significado. («Matando los nervios», El Pozo y los charcos)

Se puede unir, también, al hecho de que los adultos dificultan la educación estética del niño cuando buscan que disfrute del arte en las condiciones más cómodas posibles, como si fueran las más inspiradoras: esto es un «error sobre la psicología del arte. Una persona que asciende una montaña para ver la salida del sol la ve de manera muy diferente de la que se le muestra, por medio de una linterna mágica, a un hombre sentado en una silla de brazos. Seamos piadosos con el hombre sentado en una silla de brazos, cuando sea una persona impedida, pero no demos por sentado que no existen cumbres que valga la pena ascender, o dramas suficientemente buenos que no valga la pena ir a verlos al teatro». («Sobre la radiodifusión», Charlas)

Y se puede relacionar con algo que las vanguardias artísticas recordaron: que la mirada del niño es, muchas veces, la verdaderamente artística. Nos damos cuenta de que es así si pensamos en que un niño mira una máquina de tren con más noción de su significado que un crítico de arte (de los que comprenden la cultura como admiración de la antigüedad) ve una catedral, si caemos en la cuenta de que las cosas antiguas existen, básicamente, para enseñarnos a ser jóvenes y para que seamos capaces de nacer de nuevo. («Science: Pro and Con», artículo en el vol. XXVIII, Collected Works, Illustrated London News, 9 de octubre de 1909).

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viernes, 11 de febrero de 2011

Hace pocos meses se publicó una nueva edición de El tesoro de Sierra Madre, del misterioso B. Traven, un tipo que dijo que  no quería «ocupar el centro del escenario. Siento que soy un trabajador que, como tantos trabajadores, aporta su grano de arena para hacer que la humanidad adelante otros pasos. Me siento como un grano de la arena de la que está hecha la tierra. Mis obras son importantes, mi persona no lo es». Su historia es de las que hace pensar y contiene una condena contundente de la codicia humana: «las más de las veces el oro es lavado con sangre humana en lugar de jabón». Como construcción novelesca tiene cosas magníficas aunque, por momentos, sea un relato pesado.

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jueves, 10 de febrero de 2011

Las obras escogidas de T. S. Spivet,
de Reif Larsen, es una novela que se puede calificar de asombrosa por ser la primera de su autor, que demuestra un talento poco común, y por lo que tiene de trabajo enciclopédico-posmoderno, aunque no tenga la coherencia constructiva de Jonathan Strange y el señor Norrell, ni el ingenio de La ciudad de los libros soñadores, por citar obras con las que se podría no comparar pero sí alinear. Habrá lectores, pocos, que la leerán con el entusiasmo de los adictos. Habrá otros, la mayoría, que, a las pocas páginas, pensarán que tienen delante una tontería cósmica. Y también habrá unos terceros que se asombrarán de que se pueda dedicar tantísimo trabajo y, en muchos sentidos, tan bien hecho, a un libro así.

Su protagonista y narrador es un chico genial de doce años llamado T. S. Spivet, Tecumseh Sparrow Spivet, que vive en un rancho de Montana con su madre, la doctora Clair, una científica obsesionada con el escarabajo atigrado; con su padre, un granjero y cowboy superlacónico; y con su hermana mayor Gracie, que tiene un mundo propio. Al principio se sabe que un hermano más pequeño, Layton, falleció hace poco de un disparo accidental y, por lo que se ve, T.S. se siente culpable. En la primera parte de la novela T.S. cuenta su vida en Montana y que, un día, le llaman del Instituto Smithsoniano diciéndole que le han dado un premio prestigioso y debe ir a Washington: descubre entonces que su amigo el entomólogo Doctor Yorn le había propuesto para el premio enviando los mapas de todo tipo que T. S. dibuja. En la segunda parte se narra que T.S., sin decir nada a sus padres, se marcha solo a Washington ocultándose dentro de un tren de mercancías, justo en un vagón que transporta una autocaravana de lujo. En el camino lee un cuaderno de su madre sobre su abuela, una prestigiosa y pionera científica del pasado, historia de la que no sabía nada. La tercera parte es su vida en el Este, cuando llega a Washington y, al descubrir los responsables del Smithsoniano que sólo tiene doce años, le hacen entrar en una imparable rueda de conferencias y recepciones y entrevistas para la prensa; además, unos tipos lo reclutan para una misteriosa sociedad secreta.

El libro tiene cosas destacables. Una, la voz del narrador que, con toda su improbabilidad y su absoluta falta de control, es divertido y por momentos encantador. Otra, la curiosa disposición de muchísimas informaciones en unos márgenes muy amplios: del cuerpo del texto salen flechitas que llevan a textos que son como notas al pie —explicaciones del pasado, observaciones o discusiones científicas, aclaraciones que no aclaran nada, digresiones innecesarias, ocurrencias peregrinas, etc.—, o que llevan a ilustraciones —mapas o diagramas de cualquier cosa que dibuja el mismo T.S., como, por ejemplo, una interpretación de lo que significa el tridente que forma la M de McDonald o la gráfica del logaritmo de un aburrido discurso—. Otra más, observaciones al paso de todo tipo, algunas de las cuales son inteligentes y tienen gracia.

También tiene muchos defectos si se consideran las cosas desde un punto de vista convencional. Una, que le sobran muchas páginas y, en particular, que el relato sobre la abuela de T.S. debería ser otra novela. Otra, que no se sabe a dónde va el narrador, si damos por supuesto que tiene que ir a algún sitio, que tal vez no, por más que su afán de cartografiarlo todo y de hacerse preguntas parezcan indicar que desea encontrar respuestas (también puede ser que disfruta contemplando y haciendo notar a los lectores su agudeza). Otra, que al final todo se complejiza y caotiza incluso más, pero también uno puede pensar que no hay forma de poner ningún final sensato a un relato así. En definitiva, sólo para lectores especiales.

Reif Larsen. Las obras escogidas de T. S. Spivet (The Selected Works of T. S. Spivet: A Novel, 2009). Barcelona: Seix Barral, 2010; 385 pp.; trad. de Irene Zoe Alameda; ISBN: 978-84-322-3194-0.

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miércoles, 9 de febrero de 2011

Uno de los sucesores de Marryat fue William Kingston, un autor que, en la primera encuesta que se hizo sobre cuáles eran los autores preferidos de los lectores jóvenes, a finales del XIX, apareció el segundo en popularidad, después de Dickens. Eso dice mucho del eco que tuvieron sus novelas de aventuras, repletas de información y de incidentes; y dice mucho de por qué y cómo puede desvanecerse la popularidad con el paso del tiempo. La primera que escribió, Peter the Whaler, tal vez sea la mejor por ser la más fresca, la que fue construida sin más intención que contar una buena historia y llevar al lector corriendo detrás sin resuello.

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martes, 8 de febrero de 2011

Los Lobos de Willoughby Chase,
de Joan Aiken, es una especie de melodrama gótico de 1962 que se ha publicado hace poco en castellano.

La historia se desarrolla en una Inglaterra decimonónica un tanto extraña, o alternativa podríamos decir, y en unos escenarios de bosques dominados por unos peligrosos lobos. Sus protagonistas son dos niñas, la resuelta Bonnie y su prima Sylvia, una chica muy tímida. Cuando los padres de Bonnie se van de viaje y la dejan con una institutriz, la señorita Slighcarp, esta comienza a comportarse de una manera extraña: despide sirvientes, vende muebles, castiga a las niñas… Bonnie y Sylvia acaban en un orfanato dickensiano del que, con ayuda de amigos fieles, intentarán escapar para recuperar lo que les pertenece.

Narración amena que se lee con gusto, pues Aiken escribe bien, y que tiene tirón narrativo, pues sabe también picar la curiosidad del lector. Por ejemplo, resulta fascinante la contundencia con la que aparece Bonnie ante los lectores: a la primera impertinencia de su institutriz le tira en directo una jarra de agua…

Buenos comentarios a esta novela y a tres más de las que continuaron la serie, hasta doce, están en estos enlaces: The Wolves of Willoughby Chase y Black Hearts in Battersea, Night Birds on Nantucket, The Whispering Mountain.

Joan Aiken. Los Lobos de Willoughby Chase (The Wolves of Willoughby Chase, 1962). Barcelona: Salamandra, 2010; 192 pp.; col. Narrativa Juvenil; trad. de Elena de Grau; ISBN: 978-84-9838-296-9.

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lunes, 7 de febrero de 2011

El jardín curioso,
de Peter Brown, es un álbum simpático y bien hecho, que ha recibido muchos elogios, me parece que por encima de sus méritos reales como álbum y más bien debidos a su argumento.

La imagen inicial, casi sin colorido, es la de una ciudad industrial vista desde arriba, sin jardines, con chimeneas que arrojan humo, con vías de tren elevadas. La segunda doble página presenta, en la parte superior, a Liam, un chico al que le gusta pasear por la ciudad incluso los días más grises y lluviosos, y, en la parte inferior, una antigua vía de tren. En ella Liam ve unas flores silvestres y se da cuenta de que necesitan un jardinero. Después de que la nieve lo tape todo, cuando vuelve la primavera no sólo aparecen plantas nuevas sino, también, nuevos jardineros.

La historia está bien contada y el álbum está estructurado con acierto. Es un cierre apropiado, para un álbum así, una imagen última igual a la inicial pero llena de colorido. He recordado, al leerlo, El jardín subterráneo, y he pensado que, tal vez, se podría establecer un grupo de «álbumes sobre flora urbana para teóricos nostálgicos de la naturaleza». A mí el argumento no me termina de convencer, pues me parece voluntarista, pero supongo que la recepción de otros (sobre todo adultos) puede ser más entusiasta.

Peter Brown. El jardín curioso (The Curious Garden, 2009). Barcelona: Takatuka, 2010; 34 pp.; trad. de Mireia Albert Varela; ISBN: 978-84-92696-25-3.

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domingo, 6 de febrero de 2011

Cuenta Claudio Magris que, a finales de los años veinte, una revista berlinesa le preguntó a Bertold Brecht qué libro le había producido una impresión más fuerte, y él respondió: «Se reirá usted: la Biblia». Y sigue Magris: «Brecht encontraba en la Biblia un alfabeto para leer el mundo; la grandeza de un texto que dice, brutalmente y sin dorar la píldora, la desnuda verdad sobre la vida y la muerte, el eros y la violencia, lo maravilloso y el sabor a ceniza, la altura a la que pueden llegar los hombres elevándose por encima de sí mismos hasta concebir un absoluto que los trasciende, los sostiene o los anula, y la infame bajeza en la que pueden caer los mismos hombres.

La Biblia es el gran código de la civilización —ha escrito Northrop Frye— no sólo por el repertorio de símbolos, figuras, imágenes e historias que ha ofrecido y sigue ofreciendo a lo largo de los siglos, sino porque cuenta, metiéndola en la épica sensual de las vicisitudes concretas de unos hombres y de un pueblo, los motivos fundamentales de la vida, individual y colectiva: nacer, desear, errar, fundar, destruir y perder patrias, amar y odiar al hermano, vivir intensa y sensualmente la existencia, su gloria y su vanidad, elevarse a la intuición y a la revelación de lo que trasciende el tiempo, la vida, las cosas creadas y la propia mente que trata de imaginar a ese Dios que es justicia y amor pero en cuyas manos, dicen las Escrituras, es también terrible caer, precisamente porque es inconcebible, totalmente otro con respecto al hombre».

Claudio Magris. «El alfabeto del mundo», artículo de 2006, en Alfabetos. Ensayos de literatura (Alfabeti, 2008). Barcelona: Anagrama, 2010; 415 pp.; col. Argumentos; trad. de Pilar González Rodríguez; ISBN: 978-84-339-6315-4.

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sábado, 5 de febrero de 2011

Chesterton
señaló qué difícil es, a veces, decir lo justo en la crítica de arte porque, como vivimos bajo el imperio del estilo periodístico, tendemos a usar frases falsas o sin sentido, y términos inexactos, que conservamos por hábito y usamos por pereza: uno de los motivos por los que «el hombre ha comenzado a pensar mal casi antes de haber siquiera comenzado a pensar» (George Bernard Shaw). En ese sentido decía que había que desconfiar de quienes actúan como si fueran grandes autoridades en la materia cuyas opiniones no se pueden cuestionar, pero, al mismo tiempo, no saben trasladar la belleza de lo que ven al lenguaje y se limitan a decir que es algo intraducible, impronunciable, indefinible, indescriptible, impalpable, inefable, y cosas así («The Mystagogue», A Miscellany of Men).

En otra ocasión, hablando del crítico George Moore, señalaba que «mete su “Yo” con mayúscula incluso donde no es necesario, incluso donde debilita la fuerza de una simple afirmación. Cuando otro hombre diría, “Es un lindo día”, el señor Moore dice “Visto a través de mi temperamento, el día parece ser lindo”. Cuando otro hombre diría: “Milton evidentemente tiene un gran estilo”, el señor Moore dice: “Como estilista, Milton siempre me ha impresionado”» (Herejes). Del mismo modo ironizaba contra los críticos que no saben elogiar algo sino elogiándose a sí mismos, como el inglés que califica un monumento en el extranjero llamándolo «inglés», algo parecido a si un turco elogiase la catedral de Westminster llamándola turca («The Case Against Main Street», Sidelights). De modo más general, caracterizaba el error anterior indicando la tendencia de los críticos a considerarse a sí mismos una especie de aristócratas del gusto, algo que se nota, por ejemplo, cuando enjuician el arte monumental olvidando que ha sido pensado para impresionar al público y no para impresionarles a ellos («La filosofía del curioseo», Alarmas y digresiones).

Pero hay otro error mayor, sorprendente pero cierto, que se da cuando un crítico reconocido ignora los aspectos esenciales de las obras que supuestamente conoce bien. Así, de un gran experto como Ruskin indicaba que conocía todos los detalles de construcción de una iglesia, pero parecía ignorar para qué fue edificada (Maestro de ceremonias). Hablando de lo mismo, señalaba, en otra ocasión, cómo las catedrales del pasado no fueron construidas para gente consciente de su propia cultura como son los turistas modernos, sino para gente ruda y de ahí que la forma de acercarse a ellas, o a los grandes monasterios, o a los sepulcros históricos, no sea la que precisamente Ruskin recomendaba, la de preocuparse por tales edificios históricos como históricos, sino la de despreocuparse y tratar esos monumentos como lo hacía la gente sencilla y trabajadora para los que fueron construidos; además, no está de más tener en cuenta un punto del que parece que no se puede hablar con tantos modernos amantes de las catedrales: el de que la gente iba a las catedrales a rezar («La filosofía del curioseo», Alarmas y digresiones).

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DuranGinerPosibMil.jpg
viernes, 4 de febrero de 2011

Una posibilidad entre mil,
de Cristina Durán y Miguel A. Giner, es un relato emotivo que muestra las posibilidades específicas de las novelas gráficas o, dicho de otro modo, cómo algunas historias son muy apropiadas para este medio.

Los autores cuentan que, cuando su hija recién nacida, Laia, tuvo una enfermedad cerebral extraña, entraron en un carrusel de continuas emociones y de visitas médicas que, al fin, gracias al apoyo de muchos familiares, amigos y profesionales, terminó bien.

La narración es excelente: por su claridad, por el uso de metáforas gráficas certeras para comunicar sentimientos, y porque logra meter al lector en la preocupación angustiosa de los padres y comunicarle la simpatía y la capacidad de hacerse querer de Laia.

Al leerlo, un amigo me hizo notar lo que dije al principio: resulta difícil pensar en un formato mejor para esta historia que el de la novela gráfica pues parece improbable que, contada por escrito, e incluso contada con imágenes en movimiento, pudiera tener más intensidad.

Cristina Durán y Miguel A. Giner Bou. Una posibilidad entre mil (2009).Madrid: Sinsentido, 2009, 2ª ed.; 126 pp.; ISBN: 978-84-96722-51-4.

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jueves, 3 de febrero de 2011

Masterman Ready
,
de Frederic Marryat, fue una de las secuelas más famosas de Robinson Crusoe, fue la primera novela que el autor escribió pensando en que sus destinatarios serían chicos, y fue también la novela que abrió el camino a la multitud de aventuras juveniles que se publicarían en el siglo XIX. En las próximas semanas pondré algunos ejemplos más.

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HaddonBum.jpg
miércoles, 2 de febrero de 2011

¡Bum!
de Mark Haddon, es una novelita que había sido publicada en 1992 con otro título y pasado entonces inadvertida, y que, para una nueva publicación, el autor ha rehecho un poco introduciendo referencias actuales, por ejemplo a google y a gadgets tecnológicos como el ipod.

James, o Jimbo, y su amigo Charlie, introducen en la sala de profesores un walkie-talkie para saber qué comentan sobre ellos pero, en vez de eso, escuchan cómo dos profesores hablan en un lenguaje raro cuando se quedan solos. Eso pica su curiosidad e investigan: para su asombro descubren que son extraterrestres. Las cosas se complican y, como anuncia el subtítulo del relato, «un viaje a 70 mil años luz», terminan a esa distancia en un planeta llamado Plonk.

La novela no es gran cosa pero tiene golpes buenos, acción trepidante, y algún personaje realmente gracioso como la araña marchosa extraterrestre Britney. El comportamiento del narrador, como el de su amigo y el de su hermana, se puede juzgar como gracioso pero propio de un futuro delincuente, o como propio de un futuro delicuente pero gracioso, según donde uno quiera poner el acento.

Es obvio, pero no está de más advertir, que ¡Bum! no tiene nada que ver, ni en calidad ni en interés, con El curioso incidente del perro a medianoche, y sólo parece un intento de sacar provecho al éxito y la popularidad que obtuvo el autor con esa novela.

Mark Haddon. ¡Bum! (Boom, 1992-2009). Barcelona: Salamandra, 2010; 186 pp.; trad. de Patricia Antón de Vez; ISBN: 978-84-9838-306-5.

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RichlerJacobo01.jpg
martes, 1 de febrero de 2011

He leído Jacobo Dos-Dos y Colmillo Encapuchado, del canadiense Mordecai Richler, y una de sus secuelas, Jacobo Dos-Dos en alta mar, escrita por otro autor, Gary Fagan, con el mismo estilo.

El protagonista, Jacobo, es el quinto de cinco hermanos, dos hermanos y dos hermanas. Todo lo repite dos veces porque nadie le hace caso la primera vez. En el primer relato, cuando hace su primer recado, el señor Barril, el tendero, le gasta una broma junto con un policía que estaba también en la tienda, por lo que Jacobo se asusta y huye al parque; allí sueña con que el malvado Colmillo Encapuchado lo encierra en prisión pero que dos superhéroes, O’Toole y Shapiro (sus hermanos Noah y Emma, que son gemelos) le rescatan. En el segundo libro Jacobo hace un viaje en barco, conoce a una niña muy educada llamada Cindy Altacuna, y ha de vérselas con el capitán Resplandedientes y el señor Caradura.

El juego con los dos planos de realidad y sueño del primer libro puede confundir un poco, aunque sea claro para un lector algo experto. El argumento del segundo libro es lineal y ya cuenta con que los lectores conocen quienes son los personajes principales. En general, los relatos hablan de los miedos de los niños, de las relaciones entre hermanos, y de adultos que no son honrados o que son condescendientes o desconsiderados con los niños. Las historias son vivas y resulta simpático el personajillo de Jacobo y sus continuas repeticiones, bajo cuyo punto de vista ingenuo se ven siempre las cosas.

Richler inventó el personaje y escribió sus primeras historias para divertir a sus hijos: de hecho los personajes tienen sus mismos nombres. Fue un autor bien considerado en su país y sus relatos fueron premiados. Algunos comentarios lo comparan con Roald Dahl pero, en una primera y rápida lectura, no he visto más semejanza entre los dos que en el espíritu cáustico con que retratan la realidad. También supongo que tienen particular importancia los juegos de sonidos, como parece indicar que no es lo mismo leer «Jacobo Dos Dos» que «Jacob Two Two», pero no he buscado los originales para confirmarlo. Hay más información aquí.

Las ilustraciones, hechas para una reedición de los libros originales de Richler y para las continuaciones escritas por Fagan, son de un ilustrador serbio afincado en Canadá que es un conocido dibujante y caricaturista de prensa.

Mordecai Richler. Jacobo Dos-Dos y Colmillo Encapuchado (Jacob Two Two Meet the Hooded Fang, 1975; 2009 las ilustraciones). Madrid: Almadraba, 2010; 98 pp.; Ilust. de Dušan Petričić; trad. de Susana Andrés; ISBN: 978-84-92702-56-5.
Cary Fagan. Jacobo Dos-Dos en alta mar (Jacob Two Two on the High Seas, 2009). Madrid: Almadraba, 2010; 117 pp.; Ilust. de Dušan Petričić; trad. de Susana Andrés; ISBN: 978-84-92702-55-8.

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