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Notas de enero de 2011 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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lunes, 31 de enero de 2011

De momento conozco tres álbumes de Kitty Crowther: dos de hace pocos años, Mi amigo Juan y ¡Scric scrac biblib blub!, y uno reciente titulado Poka & Mina. El despertar.

Los protagonistas del primero son una familia de ranas: el pequeño Jerónimo tiene miedo y va una y otra vez a la habitación de sus padres. Los del segundo son un mirlo negro y una gaviota blanca que, contra los prejuicios y temores de la comunidad de gaviotas, se hacen amigos. Los del tercero son dos insectos, una insectita, Mina, y un insectote, Poka: Mina se levanta pronto y hace que se levante Poka, y acaban yendo al estanque.

La ilustradora pinta siempre unos animales graciosos. En Poka y Mina hay una escena por página; en los otros álbumes hay páginas con varias escenas en cada una; las mejores de todas, para mí, son las escenas grandes —las de Mi amigo Juan donde se ven todas las gaviotas en el pueblo, por ejemplo—.

Las historias son simpáticas pero las veo, más que como álbumes, como relatos ilustrados, o eso me parece al ver cómo la autora multiplica dibujos que, aunque sirven para decir con ellos cosas que no se dicen con las palabras, y sin duda para ganar claridad narrativa con muchos lectores, con otra concepción de cómo articular imágenes y textos podrían verse como innecesarios.

Los dos primeros álbumes comparten el rasgo de presentar la lectura con amabilidad, tal vez con el exceso de voluntarismo propio de algunos entusiastas en Mi amigo Juan (el hecho de que Nico cuente relatos se presenta como un motivo de confianza en él, cuando todos sabemos que los mentirosos suelen ser grandes cuentistas…). El planteamiento de Poka y Mina. El despertar, que pertenece a una serie de ambos personajes, me ha recordado al de César y Ernestina, de Gabrielle Vincent, y podríamos decir que habla de apreciar las cosas sencillas de la vida ordinaria.

Kitty Crowther. Mi amigo Juan (Mon ami Jim, 1996). Barcelona: Corimbo, 2006; 28 pp.; trad. de Rafael Ros; ISBN: 84-8470-243-X.
Kitty Crowhter. ¡Scric scrac biblib blub! (Scritch sractch dip clapote!, 2002). Barcelona: Corimbo, 2005; 34 pp.; trad. de Anna Coll-Vinent; ISBN: 84-8470-197-2.
Kitty Crowther. Poka & Mina. El despertar (Poka et Mine, Le réveil, 2005). Madrid: Cuatro azules, 2010; 32 pp.; trad. de Raquel López; ISBN: 978-84-937295-8-5.

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domingo, 30 de enero de 2011

Hablando de una especie de versión india del mito de Orfeo y Eurídice, dice Claudio Magris:

«Una divulgación honesta y fiel es la base de toda cultura seria, porque nadie puede conocer de primera mano todo lo que sería o, mejor dicho, es necesario conocer. Excepto los pocos campos en que logramos profundizar, toda nuestra cultura es de segunda mano: es imposible leer todas las grandes novelas de la literatura universal, todos los grandes textos mitológicos, todo Hegel y todo Marx, estudiar las fuentes de la historia romana, rusa o americana.

Nuestra cultura depende en buena medida de la calidad de esta segunda mano: hay divulgaciones que, aún reduciendo y simplificando, transmiten lo esencial y otras que lo falsifican y lo alteran, incluso con petulancia ideológica. Algunas veces, muchos viejos resúmenes escolares están más cerca del texto que tantas alambicadas interpretaciones psicopedasociológicas. Una buena obra de divulgación invita a profundizar en el original; si más adelante quise leer, en versiones filológicamente rigurosas, obras como la Edda, el Libro de los Reyes o el Ramayana, el otro gran poema sánscrito, se lo debo a la pasión que me inculcaron aquellas lecturas, reducidas pero ya complejas a su manera, de los años de la infancia y adolescencia, que orientan para siempre el gusto y la fantasía».

Claudio Magris. «Alcestis india», artículo de 2003, en Alfabetos. Ensayos de literatura (Alfabeti, 2008). Barcelona: Anagrama, 2010; 415 pp.; col. Argumentos; trad. de Pilar González Rodríguez; ISBN: 978-84-339-6315-4.

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sábado, 29 de enero de 2011

En su continua defensa del modo limpio de ver las cosas propio de los niños, decía Chesterton que «las frases comunes usadas con respecto a las fantasías infantiles frecuentemente me han dado la impresión de no dar en el blanco, y de ser, de manera sutil, completamente desorientadoras. Por ejemplo, existe la frase popular "hacer creer". Parece implicar que a la mente se le hace creer algo, o que al principio sucede algo y después se le obliga a creerlo, o a creer algo respecto de eso. No me parece que exista la menor sombra de falsedad en la claridad cristalina y la rectitud de la visión infantil de un palacio de hadas, o de un policía del país de las hadas. En un sentido, el niño cree mucho más que eso y, en otro sentido, mucho menos. No creo que el niño se deje engañar; o que por un momento se engañe a sí mismo. Creo que de inmediato establece su derecho directo y divino a disfrutar de la belleza; que se introduce en su propio y legítimo reino de la imaginación, sin retóricas ni preguntas, como surgen después de las falsas moralidades y filosofías, tocando la naturaleza de la mentira y de la verdad. En otras palabras, creo que el niño lleva en la cabeza una definición correcta y completa de la función del arte y de su plena naturaleza; con el agregado de que es completamente incapaz de decir, siquiera a sí mismo, una sola palabra sobre el asunto. Ojalá que muchos otros profesores y estetas tuvieran la misma limitación. De todos modos, el niño no se dice: "Ésta es una calle verdadera, por la cual mamá podrá ir de compras”. No se dice: "Ésta es una copia exacta y realista de una calle verdadera, para que la admiren por su corrección técnica." Tampoco dice: "Ésta es una calle irreal, y yo estoy engañando y atontando mi poderosa mente con algo que es pura ilusión". Ni dice: "Esto es una mentira y la niñera dice que no se deben decir mentiras”. Si dice algo, dice sólo lo que dijeron aquellos que vieron el resplandor blanco de la Transfiguración: "Bueno es estarnos aquí”.

Éste es el comienzo de toda crítica de arte sana: admiración combinada con la serenidad total de la conciencia en la aceptación de tales maravillas. La pureza del niño consiste, en gran parte, en la completa ausencia de moral, en el sentido de moral puritana, y de todas las morales modernas y confusas que han surgido de ella, científicas, groseras y equívocas, especialmente en lo que se refiere a los distintos sentidos de palabras como "realidad", "fábula" y "mentira". El problema se parece mucho al verdadero problema de las imágenes. Un niño sabe que una muñeca no es una criatura, tan claramente como un creyente sabe que la estatua de un ángel no es un ángel. Pero ambos saben que, en los dos casos, la imagen tiene el poder de abrir y concentrar la imaginación». («La pantomima», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

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viernes, 28 de enero de 2011

Cuando leí Lo que ha llovido  anoté este comentario: «me parece que cuando leo a Jünger lo hago en un espejo. Probablemente provocar ese espejismo es una de las pruebas del nueve de los grandes escritores».

El mismo espejismo me han provocado muchos poemas de Con el tiempo —del que hay aquí una buena y amistosa reseña y aquí otra—, como por ejemplo el irónico de «Peor», que dice así:

«“Si dices la verdad, te quedas solo”,
suele advertir la gente
muy rara vez por experiencia propia.
Resulta que es peor:
acabas solo sólo con pensarla».

Enrique García-Máiquez. Con el tiempo (2010). Sevilla: Renacimiento, 2010; 72 pp.; ISBN: 978-84-8472-591-6.

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jueves, 27 de enero de 2011

Muerte en el aire,
de Shane Peacock, el segundo libro de la serie «El joven Sherlock Holmes», tiene las mismas cualidades y el mismo atractivo del anterior.

Esta vez, cuando un trapecista se estrella justo delante de él, Sherlock se da cuenta enseguida de que no ha sido por casualidad. Sus idas y venidas, y entrevistas con gente de todo tipo, serán muchas. De nuevo aparecen Irene Doyle, los Irregulares y el inspector Lestrade.

Después de señalar que es un relato ameno, que se deja leer y que puede gustar a muchos, apunto dos cosas. Una, que la narración está en presente y, en mi opinión, eso tiene más inconvenientes que ventajas: supongo que, así, se intenta mostrar el proceso formativo de Holmes según va sucediendo, pero como han de producirse idas adelante y atrás, y como el narrador no siempre presenta las cosas como las ve Holmes, eso no añade claridad narrativa. Otra, que en un relato así mejor sería suprimir florituras: en un momento dado se habla de que Holmes «se pone a rezar, quizá para tener algún tipo de conciencia del bien y el mal», cosa rara, no que rece, sino que precisamente alguien como él no tenga ya esa conciencia; igual que frasecillas como «se aleja a grandes zancadas, adentrándose en el día londinense», sólo añaden rimbombancia. En cualquier caso se ha de añadir que este tipo de cosas no son muchas.

Shane Peacock. Muerte en el aire (Death in the Air, 2008). Madrid: Almadraba, 2010; 339 pp.; col. El joven Sherlock Holmes; trad. de Maia Figueroa Evans; ISBN: 978-84-92702-51-0.

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miércoles, 26 de enero de 2011

Un relato histórico decimonónico que está muy bien: The Little Duke or Richard the Fearless, de Charlotte Mary Yonge, una de las escritoras victorianas más leídas en su época. Está bien construido, es ameno, presenta bien el proceso de maduración del protagonista.

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martes, 25 de enero de 2011

Tom Trueheart y el País de las Historias Oscuras
,
de Ian Beck, tiene rasgos parecidos al primer relato de la serie, aunque son más los recovecos argumentales y son muchos más los personajes. Las princesas de la historia combaten como guerreras cuando llega el momento y, por ejemplo, yo no esperaría de Rapunzel que arremetiera contra unos soldados-esqueletos enemigos para derribarlos y liquidarlos en el suelo uno a uno...

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lunes, 24 de enero de 2011

Igual
que Suzy Lee, Peter Schössow tiene también un talento particular para el ritmo propio del álbum y para, incluso en un caso como el de Yo contigo y tú conmigo, conseguir unas ilustraciones claras y apropiadas para niños.

Un oso de juguete, al que vemos dentro de una caja sin desembalar, en la primera ilustración, se plantea las grandes cuestiones básicas. «Vengo», dice al empezar, «no sé de dónde», continúa en la siguiente doble página; «Soy», dice luego, «no sé quién», se responde después; «vivo», «no sé cuánto», etc.

Es un inteligente álbum que no se diría que es para niños sino para clases de filosofía, pero que los niños pueden disfrutar porque presenta unas escenas bien compuestas, propias de un mundo de juguetes como el de las películas Toy Story, con niños en la primera y última ilustración que los observan.

El álbum no indica —tal vez para no asustar a nadie— que el texto se basa en un famoso epitafio de un teólogo del siglo XV, Martinus von Biberach, que dice así:

«Ich leb und ich waiß nit, wie lang
Ich stirb und waiß nit wann
Ich far und waiß nit, wahin
Mich wundert, daß ich froelich bin».

Que se puede traducir, más o menos, como:

«Vivo y no sé por cuánto tiempo,
Moriré y no sé cuándo,
Voy y no sé a dónde,
Me pregunto por qué soy feliz».

Obviamente, del juguete protagonista no podemos esperar que conteste las preguntas, bastante es ya que se las plantee y nos las lance.

Peter Schössow. Yo contigo y tú conmigo (Ich bei dir und du bei mir, 2006). Salamanca: Lóguez, 2010; 32 pp.; trad. de L. Rodríguez López; ISBN: 978-84-96646-54-4.

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domingo, 23 de enero de 2011

Hablando de los libros que han influido en su vida, Claudio Magris menciona los que le «han dejado una marca absoluta, que se han convertido en el propio modo de sentir el mundo y la relación entre la vida y la verdad, que a veces se corresponden como las dos caras de una moneda y a veces parecen contraponerse: la Ilíada y la Odisea —el libro de libros, en el que ya está todo, las sirenas pero también esos personajes de Svevo que eluden indirectamente su ineptitud para escucharlas y afrontar su canto—, los trágicos griegos, Shakespeare, que desvela el fondo extremo, los discursos de Buda y las parábolas de Zhuangzi; y, sobre todos, el Antiguo y el Nuevo Testamento, tras los cuales ya no se teme a ningún príncipe de este mundo y se comprende que la piedra más vil, esa despreciada por los constructores, es la verdadera piedra regia».

Claudio Magris. «Libros de lectura», en Alfabetos. Ensayos de literatura (Alfabeti, 2008). Barcelona: Anagrama, 2010; 415 pp.; col. Argumentos; trad. de Pilar González Rodríguez; ISBN: 978-84-339-6315-4.

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sábado, 22 de enero de 2011

Es interesante observar, decía Chesterton, cómo «el avance de la crítica de arte es un continuo retroceso; parecería que, de un modo extraño, está destinado a marchar perpetuamente hacia atrás, hacia períodos más y más antiguos. A comienzos del siglo XIX, los críticos habían aceptado, finalmente, la normalidad de los antiguos griegos. A fines del siglo XIX, los críticos ya estaban inaugurando la novedad de los antiguos egipcios. Para esta época, ya todos debemos estar familiarizados con distintas expresiones de admiración por el arte del hombre cavernícola, garrapateado en la roca con rojo y ocre, con un espíritu inconfundible y hasta distinción de dibujante; es el culto a lo prehistórico el que ha dado nuevo significado al culto de los primitivos. Pronto parecerá completamente natural hablar de la sofisticación modernizada y decadente de la Segunda Edad de Piedra, comparada con la civilización rica y bien equilibrada de la Primera Edad de Piedra.

Cuanto más lejos vayamos en nuestra exploración, más cosas encontraremos dignas de ser exploradas; y cuanto más nos acerquemos al verdadero hombre primitivo, más nos alejaremos del mono, y hasta del salvaje. Si esto es verdad aun cuando lo refiramos a la tremenda esfera de acción de toda la historia de la tribu humana, no debe asombrarnos que los hombres hayan hecho el mismo descubrimiento en torno a la elevada y completa cultura del cristianismo. La luz intensa del interés y la concentración artística ha estado desplazándose firmemente hacia atrás desde que era un niño. Recuerdo, vagamente, que, en mis primeros años, se tenía la impresión de una paradoja cuando se sostenía que la belleza arcaica de Botticelli podía considerarse con la misma seriedad que la terminación sólida de Guido Reni; cuando se decía que Ruskin seguía siendo revolucionario porque prefería la aurora del Renacimiento en el siglo XIV a las heces del Renacimiento en el siglo XVIII. Pero ahora, en épocas más cercanas, los artistas cada vez más parecen arqueólogos, en el sentido de que retroceden a lo que es aún más arcaico». («Giotto y San Francisco», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

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viernes, 21 de enero de 2011

El hechizo de la comprensión: vida y obra de Hannah Arendt,
de Teresa Gutiérrez de Cabiedes, es una buena biografía de la pensadora alemana: porque recurre a sus textos originales, incluido su gran epistolario, y porque está bien construida y bien escrita, aunque, a mi juicio, tiene más carga literaria de la justa y embellece las cosas demasiado en algunas ocasiones.

Está centrada en lo que cabría llamar su actitud fundamental, que la misma Arendt explicaba del siguiente modo: «Admitiré algo: básicamente, estoy interesada en comprender. (…) Admito también que hay otra gente que está principalmente interesada en hacer algo. Yo no, yo puedo vivir perfectamente sin hacer nada. Pero no puedo vivir sin tratar como mínimo de comprender cuanto ocurre».

Está pensada para dejar al lector frente a las consideraciones e ideas de Arendt, para dejar de manifiesto su capacidad de renovar los conceptos tradicionales y las preguntas de tipo político que normalmente nos hacemos. Es, por tanto, un libro útil para conocer su figura y el contenido básico de sus obras, tan clarificadoras sobre algunos aspectos de nuestra sociedad.

Por ejemplo, es fácil pensar en nuestro entorno cuando se lee el mecanismo de autodefensa mental de los funcionarios nazis, que se explica en Eichmann en Jerusalén: «El truco utilizado (…) era muy simple y probablemente muy eficaz. Consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por eso, los asesinos, en vez de decir: “¡Qué horrible es lo que hago a los demás!”, decían: “¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!».

O comprobar cómo sigue siendo cierto lo que decía en Crisis de la República: «Es, creo, una muy triste reflexión sobre el actual estado de la ciencia política, recordar que nuestra terminología no distingue entre palabras clave tales como “poder”, “potencia”, “fuerza”, “autoridad” y, finalmente, “violencia”. Emplearlas como sinónimos no sólo indica una cierta sordera a los significados lingüísticos, lo que ya sería suficientemente serio, sino también ha tenido como consecuencia un tipo de ceguera ante las realidades a las que corresponden».

Teresa Gutiérrez de Cabiedes. El hechizo de la comprensión: vida y obra de Hannah Arendt (2009). Madrid: Encuentro, 2009; 454 pp.; prólogo de Alejandro Llano; ISBN: 978-84-9920-002-6.

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jueves, 20 de enero de 2011

Novelas de amor juveniles, llamémoslas realistas, de distintos años: Cinco panes de cebada (1979), Jack Frusciante ha dejado el grupo (1993), de Enrico Brizzi, Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero (1995), de Martín Casariego, Vigo es Vivaldi (2000), Blanca como la nieve, roja como la sangre (2010). Se pueden comparar y, seguramente, concluir que la rapidez con que los relatos así envejecen tiene que ver con la cantidad que incluyan de lenguaje de argot y de referencias de actualidad (películas, canciones, personajes) propios del momento en que fueron escritos. En fin, si tuviera que decir cuál resistirá mejor el paso del tiempo pondría la mano (de otro) en el fuego por la primera.

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miércoles, 19 de enero de 2011

Una singular novelita del Oeste con un final de rara intensidad: La caravana de los niños, de An Rutgers Van der Loeff. No me suena que se hayan hecho ediciones recientes y se ha de buscar en bibliotecas.

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martes, 18 de enero de 2011

Un libro que leí hace tiempo, que por su valor histórico, y porque algunas de sus historias me gustaron, incluí en Bienvenidos a la Fiesta (libro), fue Leyendas Argentinas, de Ada María Elflein. Es un ejemplo, como Corazón, de libro instructivo y patriótico, digamos que propio de la «Educación para la ciudadanía» de la época. No está ni en el mercado ni en las bibliotecas públicas españolas...

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lunes, 17 de enero de 2011

El pez que sonreía,
de Jimmy Liao, es un álbum de hace más de diez años que se transformó en un estupendo corto de animación en el 2005.

Su protagonista, un tipo llamado Jimmy, se queda prendado de un pez al que ve en un comercio. Lo compra e instala la pecera en su habitación. Esa noche sueña con que el pez, dentro de la pecera, sale de la habitación y él lo sigue: recorren la ciudad, el pez conduce a Jimmy al mar y, allí, cuando se baña, descubre algo importante que lo hace despertarse.

Gráficamente la narración es tan clara que podría no tener las frases de texto que acompañan las imágenes. De hecho, el corto de animación no tiene ningún texto: sólo imágenes y música. La historia —de planteamiento y resolución semejantes a un álbum como Tom y el pájaro— desborda ternura y simpatía.

Así como el texto puede sonar algo excesivo —a mí me lo parece, por ejemplo, hablar de «un pez fiel como un perro, mimoso como un gato y amante como una esposa»—, la historia en sí misma es respetuosa: no es  insistente y deja que la conclusión se imponga por sí misma.

Jimmy Liao. El pez que sonreía (The Fish that smile at me, 1998). Granada: Barbara Fiore, 2010; 100 pp.; trad. de Jordi Ainaud i Escudero; ISBN: 978-84-937506-7-1.

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domingo, 16 de enero de 2011

Cuenta Zbigniew Herbert que, según parece, en 1924 se encontró una carta en una tienda de antigüedades de Leiden. Algunos piensan que puede ser una carta que dirigió Johannes Vermeer a un amigo suyo, Antonie van Leeuwnhoek, un naturalista que contribuyó a mejorar el microscopio. En esa carta, después de contarle a su interlocutor una historia, el autor concluye:

«Sé que deseáis sacar a la gente del laberinto de la superstición y la casualidad, que queréis darle conocimientos seguros y claros, la única defensa (en vuestra opinión) frente al temor y la angustia. Pero ¿nos traerá realmente alivio sustituir la palabra Providencia por la palabra necesidad?

De seguro que me reprocharás que nuestro arte no soluciona ningún enigma de la naturaleza. Nuestra tarea no es la de solucionar enigmas, más bien la de hacernos conscientes de los mismos, inclinar la cabeza sobre ellos y mantener preparados los ojos para un entusiasmo y admiración incesantes. (…)

Los utensilios de los que nos servimos son en realidad primitivos (un palo con un manojo de pelo fijado en un extremo, una tabla rectangular, pigmentos, aceites) y no han cambiado desde hace siglos, lo mismo que el cuerpo y la naturaleza humana. Si comprendo bien mi tarea, se basa en conciliar al hombre con la realidad que le rodea; por eso mis hermanos de gremio y yo repetimos infinitas veces el cielo y las nubes, los retratos de personas y de ciudades, el universo de las cuatro estaciones, porque sólo en él nos encontramos seguros y felices.

Nuestros caminos se separan. Sé que no conseguiré convencerte y que no dejarás de pulir lentes ni de levantar tu torre de Babel. Permítenos, sin embargo, seguir con nuestro proceder arcaico, decir al mundo una palabra de reconciliación, hablar de la felicidad, de la armonía encontrada, del eterno anhelo del amor correspondido».

Zbigniew Herbert. «Una carta», en Naturaleza muerta con brida (Martwa Natura z Wedzidlem, 2004). Barcelona: Acantilado, 2008; 221 pp.; trad. de Xavier Farré; ISBN: 978-84-96834-45-3.

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sábado, 15 de enero de 2011

Contemplando libros medievales y sus miniaturas ornamentales, reflexionaba Chesterton acerca de cómo el arte medieval posee «cierta cualidad que es propia de los sentimientos humanos a la vez más sencillos y profundos. Platón sostenía, al igual que todos los niños, lo siguiente: lo más importante de un barco, por ejemplo, es ser un barco. Del mismo modo, todas esas obras fueron concebidas para expresar las cosas en su esencia. Si aquellos viejos artistas dibujaban un barco, todo lo sacrificaban en aras de representar la “barquedad” del barco. (…) Su mano se equivocaba a veces en la apariencia de las cosas; pero su inteligencia jamás se engañaba en cuando a lo que las cosas son.

Sus obras son infantiles en el sentido más estricto y elogioso de la palabra. Y son infantiles en la misma medida en que son platónicas. Cuando somos jóvenes, vigorosos y humanos, creemos en las cosas; es sólo cuando somos viejos y estamos agotados cuando empezamos a creer en la apariencia de las cosas. Ver algo sólo en su apariencia supone estar lisiado, incompleto. Un hombre entero y sano es capaz de comprender una cosa llamada barco; puede comprenderla al mismo tiempo desde todas las perspectivas y con todos sus sentidos. Uno de sus sentidos le dice que el barco es alto o blanco; otro, que se mueve o permanece quieto; otro, que lucha contra olas amenazantes y estrepitosas; otro, que está impregnado del olor del mar. Un sordo, sin embargo, sólo sabría que el barco se mueve al ver pasar los objetos; un ciego, por el ruido del agua arremolinada. Y alguien sordo y ciego a la vez sólo sabría que el barco está en movimiento por una vaga sensación de mareo. Esto último es lo que llamamos impresionismo, esa cosa tan característicamente moderna». («El sepulturero», Lectura y locura)

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viernes, 14 de enero de 2011

La monumental biografía de John Henry Newman, de Ian Ker, que acabo de terminar, me ha parecido un gran trabajo que da cuenta de la grandeza del personaje. En ella se aclara su empeño por ser siempre coherente a pesar de las dificultades que le ocasionó, tanto con motivo de su conversión como, luego, en el interior de la Iglesia Católica. Debo decir, eso sí, que la gran atención que pone Ker para dilucidar cada paso intelectual que va dando Newman, y para determinar por qué cada polémica en la que se vio involucrado siguió el rumbo que siguió, no lo hacen un libro de lectura cómoda para cualquiera. La buena edición se ve afeada por las inconsistencias que, a veces, se dan en el uso de los tiempos verbales —en parte debido al entrelazamiento continuo de citas—, y por algunas erratas. 

Me ha interesado comprobar —y Ker lo subraya varias veces— que la capacidad para el sarcasmo de Newman era comparable con la de Dickens. En un momento dado se afirma que «si Dickens caricaturizó el materialismo y la presuntuosidad de la gran clase media victoriana y Arnold se burló de su superficialidad cultural, Newman satirizó su provincianismo religioso y su poca profundidad espiritual. Pero, al igual que Arnold y Dickens, la dureza de Newman es únicamente posible y tolerable en virtud del orgullo que él tiene de ser inglés». Él mismo decía que la suya era una crítica eficaz porque «procede de la propia familia».

Es una buena muestra de su sentido irónico la referencia que hace a «la célebre frase ¡Oh, Verdad, cuántas mentiras se han dicho en tu nombre!». Para señalar su finura en los debates intelectuales, dice Ker que Newman pensaba que «utilizar apelativos e imputar motivos es tan malo como ‘utilizar armas envenenadas en la guerra’»; que «’el abuso es un error tan grande en la controversia como el panegírico en una biografía’. Es una táctica equivocada, ‘como si cargaras con cuidado tu arma y luego pusieras gotas de agua en la mecha’. El abuso, después de todo, es ‘una acusación sin pruebas, o condenar antes de probar, y tal proceso de poner el carro antes del caballo significa autoderrotarse’». En otra ocasión, a un crítico le decía que «nuestro debate no es bueno; es como una pelea entre un perro y un pez, estamos en elementos diferentes».

Ian Ker. John Henry Newman. Una biografía (John Henry Newman – A Biography, 1989). Madrid: Palabra, 2010; 795 pp.; col. Ayer y Hoy de la historia; trad. de Rosario Athlé y Josefina Santana; ISBN: 978-84-9840-282-7.

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jueves, 13 de enero de 2011

Si Las antiparras del poeta burlón es un libro pensado para dar a conocer a Quevedo, Tuerto, maldito y enamorado, de Rosa Huertas, está construido para dar a conocer a Lope de Vega.

Elisa es una chica lista, pero tímida y miedosa, a la que su hermana pequeña pide ayuda para preparar un trabajo sobre Lope de Vega. Al ir a buscar uno de sus libros a la biblioteca de su instituto, un extraño espectro, tuerto, que se oculta detrás del libro, le pide que le ayude a recordar su nombre para poder descansar al fin. Uno de los problemas que se le presentarán, entre otros, es que si ayudas a un espectro en pena otros también piden tu ayuda.

Debo comenzar por decir que las historias de fantasmas no son mi género favorito pero, sea como sea, quien siga esta con interés aprenderá cosas de Lope de Vega y, tal vez, tenga curiosidad por leer alguna de sus obras. Tal vez otros no lo vean igual pero considero un acierto que la narradora sea una chica un tanto ceniza: me parece que así resulta más real y despierta más simpatías. Facilita las cosas el hecho de que los escenarios donde se desarrolla todo sean los del mismo Madrid de los siglos XVI y XVII.

La narración ganaría si ahorrase comentarios folletinescos, como el de que «sin su mano se abría un abismo de soledad bajo mis pies», o enfáticos, como «el mayúsculo poder del pasado que flota en cada baldosa de mi barrio» —aparte de que el poder no flota...—. Pero cabe que tal vez así guste más a ciertos lectores y lectoras, aparte de que este tipo de volutas barrocas son apropiadas para una historia como esta, y bien está si eso sirve para que haya quienes conozcan a Lope de Vega.

Rosa Huertas. Tuerto, maldito y enamorado (2010). Zaragoza: Edelvives, 2010; 235 pp.; col. Alandar; ISBN: 978-84-263-7533-9.

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miércoles, 12 de enero de 2011

Una novela argentina que leí hace años y me gustó: Milla Loncó, de Rodolfo Otero. Que yo sepa, no está en el mercado español. Es un relato de aventuras al que se le puede aplicar este párrafo de Claudio Magris: «A diferencia de otros géneros narrativos, como la novela psicológica, en la de aventuras puede suceder y sucede de todo, las peripecias más inimaginables, cambios de horizonte y de identidad, cabalgadas y desarzonamientos. Con este perfil, la novela de aventuras más ingenua es la más cercana a la realidad, porque también la realidad más prosaicamente uniforme es susceptible, en cualquier momento, de los acontecimientos más imprevisibles».

Claudio Magris. «Robinson y los robinsones», Alfabetos. Ensayos de literatura (Alfabeti, 2008). Barcelona: Anagrama, 2010; 415 pp.; col. Argumentos; trad. de Pilar González Rodríguez; ISBN: 978-84-339-6315-4.

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martes, 11 de enero de 2011

Un relato decimonónico bien hecho: The Cuckoo Clock, de Mary Louisa Molesworth. A quienes les gusten las historias de Edith Nesbit también les gustará esta: el cuco del reloj es un personaje magnífico, un guía exigente (y a veces insolente) pero también amable.

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lunes, 10 de enero de 2011

Hay álbumes que no van a pasar a la historia pero que son simpáticos y están bien hechos y que, como recogen bien actitudes reconocibles —no necesariamente de un niño—, yo los regalaría, si pudiera conseguirlos en ediciones pequeñas y baratas. Es decir: creo que ni a mí ni a la mayoría de la gente se nos ocurre plantearnos tal cosa cuando los álbumes vienen en pasta dura y tamaño grande..., y precio de acuerdo con eso.

Dos ejemplos recientes son ¡Tú puedes!, de Ole Könnecke, y La duda, de Pia Valentinis. El primero presenta un pájaro indeciso y temeroso que necesita un estímulo para vencer su miedo. El segundo presenta varios animales que se preguntan cosas: la serpiente que se dice ¿qué me pondré hoy?, el camaleón que piensa ¿me habrá visto?, etc. Ambos son álbumes con textos cortitos en la página izquierda, casi toda ella en blanco, que acompañan los dibujos que se ven en la derecha, completamente limpios los primeros y a base de sombreado en cruz los segundos.

Ole Könnecke. ¡Tú puedes! (Du shaffst das!, 2007). Salamanca: Lóguez, 2010; 36 pp.; ISBN: 978-84-96646-46-9.
Pia Valentinis. La duda (Dubbi, 2010). Barcelona-Madrid: Libros del zorro rojo, 2010; 28 pp.; trad. de Valentina Colombo; ISBN: 978-84-92412-53-2.

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domingo, 9 de enero de 2011

Hablando de los pintores holandeses del siglo XVII, dice Zbigniew Herbert que «no podemos sino envidiarlos. Cualesquiera que fueran las miserias y los fulgores, los progresos y los fracasos de sus carreras, su papel en la sociedad, su lugar en el mundo estaba fuera de toda duda; su profesión era universalmente reconocida, y tan evidente como la profesión de carnicero, de sastre o de panadero. A nadie le venía a la mente la pregunta de por qué existe el arte, puesto que un mundo sin cuadros habría sido sencillamente inconcebible.

Somos nosotros los que somos pobres, muy pobres. Una gran parte del arte contemporáneo se inclina del lado del caos, gesticula en el vacío o habla de su propia alma estéril.

Los maestros antiguos, sin excepción, podían repetir las palabras de Racine: “Trabajamos para agradar al público”, es decir, creían en el sentido de su trabajo, en la posibilidad de comprensión entre las personas. Afirmaban la realidad invisible con inspirada escrupulosidad y con la seriedad de los niños, como si de ello dependiera el orden del universo, la rotación de las estrellas, la estabilidad de la bóveda celeste.
Bendita sea esa ingenuidad».

Zbigniew Herbert. «El precio del arte», en Naturaleza muerta con brida (Martwa Natura z Wedzidlem, 2004). Barcelona: Acantilado, 2008; 221 pp.; trad. de Xavier Farré; ISBN: 978-84-96834-45-3.

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sábado, 8 de enero de 2011

En la nota Libertad y límites puse ya una cita de Chesterton acerca de su comprensión del Arte como Subcreación, esa idea que luego Tolkien desarrollaría tan bien en su conferencia «Sobre los cuentos de hadas». En otra ocasión lo dijo así: «Dios es quien puede hacer algo de la nada. El hombre (...) puede hacer algo de cualquier cosa. En otros términos, mientras que el gozo divino debe consistir en la creación sin límites, el gozo propio del hombre consiste en la creación limitada, en la combinación de la creación con los límites. El placer del hombre está en poseer medios, pero también en ser un poco poseído por ellos; en sentirse a medias controlado por la flauta que toca o por la tierra que cava» (Lo que está mal en el mundo). Más aún, una prueba excelente de la misteriosa singularidad del hombre la tenemos en el impulso artístico: el hombre es una criatura verdaderamente diferente de todas las demás porque es creador además de criatura (El hombre eterno).

También formuló muchas veces la idea que figura en El artista ama sus limitaciones. Una, cuando señaló que la «fructífera lucha con las limitaciones, cuando se refiere a algún ligero entretenimiento, recibe el nombre de arte» (Lo que está mal en el mundo). Otra, cuando afirmó que el arte consiste en limitación, es limitación; no consiste en dilatar, en ensanchar las cosas, sino en recortar las cosas: «Lo más artístico del arte teatral es el hecho de que el espectador lo mira todo a través de una ventana. (...) Esta forma fuerte, cuadrada, esa eliminación de todo lo demás, no es solamente una ayuda a la belleza: es lo esencial de la belleza. La parte más bella de todo cuadro es el marco». E incluso «una cosa puede comprobarse como exacta en el teatro de juguete: que al reducir la escala de los acontecimientos se pueden introducir acontecimientos mucho mayores», y que, como toda la historia del arte demuestra, «no se pueden representar ideas muy grandes sino en espacios muy pequeños» («El teatro de juguete», Enormes minucias). Muchos años después decía: «Durante toda mi vida me han maravillado los filos, y la línea de delimitación que reúne bruscamente una cosa junto a otra; toda mi vida me han encantado los marcos y los límites, y opino que el paisaje más grande y más salvaje parece mayor contemplado desde una ventana» (Autobiografía).

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viernes, 7 de enero de 2011

Así como hay novelas que fueron un gran éxito en su momento y no han dejado el más mínimo recuerdo, hay otras que sí quedan en la historia precisamente porque fueron un gran éxito, debido a que recogieron y a la vez crearon un estado de opinión respecto a algo. Por eso, con el paso del tiempo, las vemos como testimonios valiosos de una mentalidad y unas ideas. Entre esas novelas de interés sociológico, como pudo ser La cabaña del tío Tom por ejemplo, está Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, de la que acabo de ver una edición reciente.

El autor narró en ella sus experiencias en la primera Guerra Mundial poniendo su foco en la vida cotidiana de un grupo de chicos que pasaron del último curso del colegio a combatir en el frente. No habla de ninguna acción bélica determinada ni menciona lugares definidos, y simplemente presenta la perspectiva de un soldado de 21 años, que narra escenas de camaradería y de guerra, y de cómo a su alrededor van cayendo compañeros, y que continuamente contrasta lo que vive con las enseñanzas que recibió y la ignorancia de quienes fueron sus maestros. Al final hay una observación, que novelísticamente no encaja bien en boca del narrador, acerca de que los soldados jóvenes que sobrevivan a la guerra serán en el futuro unos completos inadaptados.

Lo más destacable del relato es su claridad narrativa y su inteligente construcción con vistas a subrayar la crítica de los educadores que les han tocado en suerte al narrador y sus compañeros. Así, hablando sobre Kantorek, su profesor, dice: «Deberían haber sido para nosotros, jóvenes de dieciocho años, mediadores y guías que nos condujeran a la vida adulta, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir. A veces nos burlábamos de ellos y les jugábamos alguna trastada, pero en el fondo teníamos fe en ellos. La misma noción de autoridad que representaban les otorgaba a nuestros ojos mucha más perspicacia y sentido común».

Erich Maria Remarque. Sin novedad en el frente (Im Wsten nichts Neues, 1929). Barcelona: Edhasa, 2010; 255 pp.; col. Pocket; trad. de Judit Vilar; ISBN: 978-84-350-1835-7.

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jueves, 6 de enero de 2011

Una novela de amor que sigue leyéndose igual de bien que hace treinta años: Cinco panes de cebada, de Lucía Baquedano. Es un ejercicio interesante preguntarse qué tienen las novelas de amor que duran, el ejemplo más claro yéndonos hacia atrás está en las de Jane Austen, y qué tienen las que no, de las que no se pueden poner ejemplos precisamente porque nadie las lee ya. Volveré a la cuestión.

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miércoles, 5 de enero de 2011

He visto hace poco Amazing Grace, la película sobre William Wilberforce, y he recordado El Sentinels, de Peter Carter. Es un buen relato de aventuras marineras ambientado en el siglo XIX, cuyo protagonista es un huérfano inglés de quince años enrolado en un barco que persigue el tráfico esclavista en la costa Oeste de África, mientras en el Parlamento hay quienes defienden que «libertad para comerciar en algo implica la libertad para comerciar en todo». Como ahora. El libro está descatalogado, me parece, y ha de conseguirse en bibliotecas.

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martes, 4 de enero de 2011

Libros del siglo XVIII que significaron un comienzo: Adventures of a Pincushion y The Life and Perambulation of a Mouse, de Dorothy y Mary Ann Kilner. Según dicen las enciclopedias fueron los primeros escritos para niños que contaban las cosas desde la perspectiva de un objeto inanimado y de un animal que observan y sufren la conducta de los seres humanos de alrededor.

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lunes, 3 de enero de 2011

Novelas que más me han gustado de los últimos meses:

   Un pintor de Alejandría. José Jiménez Lozano.
   El caballo de cartón. Abel Hernández.
   Paz. Richard Bausch.
   La playa de los ahogados. Domingo Villar.

Y libros de poesía:

   Aquí. Wisława Szymborska.
   Baúl de sombras. Javier de Navascués.

Y libros de no-ficción:

   Por qué debemos considerarnos cristianos. Marcello Pera.
   Ética: cuestiones fundamentales. Robert Spaemann.
   La Grecia antigua contra la violencia. Jacqueline de Romilly.

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domingo, 2 de enero de 2011

Libros infantiles que más me han gustado en los últimos meses:

   Kenny y el dragón. Tony DiTerlizzi.
   Mi hermano el genio. Rodrigo Muñoz Avia.
   El día que mamá perdió la paciencia. Belén Gopegui.
   El gran árbol. Susana Tamaro.

Y juveniles:

   El proyecto Tetraedro. Shelley Pearsall.
   El ojo del cuervo. Shane Peacock.
   El portero de la selva. Mal Peet.
   Llora Jerusalén. Santiago Herraiz.
   Los trece relojes. James Thurber.
   Blanca como la nieve, roja como la sangre. Alessandro D'Avenia.
   Desterrado. Rosemary Sutcliff.
   Las antiparras del poeta burlón. José María Merino.

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sábado, 1 de enero de 2011

Los mejores álbumes para prelectores leídos en los últimos meses:

   ¡Ñam, ñam! Mis primeros cuentos infantiles favoritos. Lucy Cousins.
   La oveja número 108. Ayano Imai.
   ¡Splash!, ¡Achís!, ¡Cataplof! Victoria Pérez Escrivá y Claudia Ranucci.

Y para primeros lectores:

   Arándanos para Sal. Robert McCloskey.
   Peluche. Shirley Hughes.
   La señora de los libros. David Small y Heather Henson.
   ¡¡Máaas!! Peter Schössow.
   Sombras. Suzy Lee.
   Malena Ballena. Davide Cali y Sonja Bougaeva.
   El monstruo que se comió la oscuridad. Joyce Dunbar y Jimmy Liao.

Y para lectores más mayores:

   Una aldea en tiempos del románico. Jaime Nuño González y Chema Román.
   La casa. J. Patrick Lewis y Roberto Innocenti.
   Nat y el secreto de Eleonora. Anik Le Ray y Rebecca Dautremer.
   Pippo el Loco. Tracey E. Fern y Pau Estrada.
   Rojo país, río amarillo. Ange Zhang.
   ¡Vamos a ver a papá! Lawrence Schimel y Alba Marina Rivera.

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