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Notas del archivo 'Intriga policiaca (siglo XIX y principios siglo XX)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 17 de mayo de 2018

Ernest Bramah (1868-1942) fue un escritor inglés que creó al detective aficionado ciego Max Carrados en 1914. La colección con el título Los mejores casos de Max Carrados comienza con el primero de sus relatos, La moneda de Dionisos (The Coin of Dionysius, 1914), en el que vuelve a entrar en contacto con Louis Carlyle, un amigo de juventud que resulta ser detecive privado y con quien colaborará en más ocasiones. En otros casos su interlocutor, que servirá para poner de manifiesto la gran agudeza de Carrados, será el prosaico inspector Beedel, de Scotland Yard.

Carrados es aficionado a la numismática y coleccionista de antigüedades, y tiene un mayordomo llamado Parkinson cuya capacidad de observación fuera de lo común le sirve a su jefe para confirmar lo que casi siempre sospecha de antemano. Tienen interés la gran habilidad con la que se construyen los casos, la singularidad del personaje y de un ayudante como Parkinson, y la recreación de algunos ambientes. A la vez, leídos unos pocos casos (a mí al menos me) resulta cansado no sólo ver en acción a alguien siempre optimista y seguro de sí mismo, sino apreciar su tono de superioridad moral: «Mi palabra está sujeta a las contingencias y circunstancias, como todo lo que me concierne. Si hago una promesa, es con la condición de que no surja algo más importante que me obligue a actuar en sentido contrario. Esto lo puede entender cualquiera que tenga un mínimo de sensatez».

Ernest Bramah. Los mejores casos de Max Carrados (Best Max Carrados Detective Stories, 1972). Madrid: Siruela,2017; 326 pp.; col. Biblioteca de clásicos policiacos; trad. del inglés de José C. Vales; ISBN: 978-84-17151-18-8. [Vista del libro en amazon.es

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LeblancLupin.JPG
jueves, 10 de noviembre de 2016

Al hablar y al escribir he confundido más de una vez los nombres de Auguste Dupin, el detective creado por Poe, y de Arsenio Lupin, el folletinesco «caballero ladrón» creado unas décadas más tarde por Maurice Leblanc. Además, pensaba que lo había mencionado ya en la página y no era así...

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viernes, 13 de febrero de 2015

No recordaba bien Un asunto tenebroso, de Honoré de Balzac, pero, como tropecé con una buena edición con un prólogo de Carlos Pujol, he vuelto a leerla de nuevo. Es sabido, como recuerda el prologuista, que tiene fama de ser la primera novela policiaca. Mientras Los asesinatos de la calle Morgue, de Poe, que se publicó a la vez, fijó la forma propia del relato policial breve y la figura del investigador que resuelve un caso, la novela de Balzac es extensa y tiene carácter de novela política —en la que «el enigma llega a adquirir secretas resonancias casi inconfesables»—, e histórica —la narración «invade la Historia con mayúscula para servirse de ella, pero también para explicarla»—.

Entre 1804 y 1806, cuando Napoleón pasa de ser cónsul a ser emperador, a cuatro jóvenes primos aristócratas, los Simeuse y los Hauteserre, se los busca por conspiración. Detrás de la persecución está el temible Fouché por medio de un joven policía muy sagaz: Corentin. Se le oponen una joven prima de los perseguidos, una chica enérgica llamada Laurence, y el hábil guarda del lugar, Michu, que, al principio, logran burlar el acoso al que les someten.

La narración, inspirada en un caso real, tiene tensión, tanto en las acciones de persecución física, como en las de tipo judicial y en las gestiones políticas que siguen. Detrás hay una descripción de asuntos turbios de la vida política. Como corresponde a la época, los nombres de los protagonistas suelen contener algún simbolismo, se describen con precisión portes e indumentarias, y se hacen consideraciones de tipo general que a veces son excesivas —se presenta un personaje mezquino y se afirma que «semejante carácter suele ser corriente entre los campesinos»—, pero que también tienen interés —como la de que el policía «siente las mismas emociones que el cazador»—.

O, por ejemplo, digresiones como esta: «El espía, sustantivo enérgico bajo el cual se confunden todos los matices que distinguen a los policías, (…) tiene eso de magnífico y curioso: que jamás se enfada; posee la humildad cristiana de los sacerdotes, los ojos acostumbrados al desprecio, que él utiliza como una barrera contra el vulgo imbécil que no le comprende; tiene la frente de bronce para las injurias, se dirige hacia su fin como un animal de cuyo sólido caparazón sólo puede dar cuenta el cañón; pero también, como ese animal, se vuelve tanto más furioso al ser alcanzado, cuando creía que su coraza era impenetrable».

Honoré de Balzac. Un asunto tenebroso (Une ténébreuse affaire, 1841). Barcelona: Planeta, 2008; 277 pp.; col. Backlist Clásicos; trad. de Pedro Darnell; prólogo de Carlos Pujol; ISBN: 978-84-08-08190-6. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 11 de noviembre de 2011

Veo una nueva edición de la La piedra lunar, de Wilkie Collins, una novela detectivesca en torno al enigmático robo de un diamante no menos enigmático.

Dejo su comentario a P. D. James que, en sus interesantes memorias La hora de la verdad, dice que La piedra lunar está en el origen de la novela policiaca: «En mi opinión, ninguna otra novela unitaria esboza con mayor claridad el desarrollo posterior del género [que La piedra lunar]. Wilkie Collins crea uno de los primeros detectives de ficción, el sargento Cuff, excéntrico pero profesional, sagaz conocedor de la naturaleza humana [a partir de un personaje real: el agente de Scotland Yard Jonathan Whicher]. Collins plasma con exactitud los detalles médicos y forenses, hace hincapié en las pistas materiales y se ocupa de que todas ellas (un camisón manchado de pintura, una puerta pringada, una cadena metálica) estén al alcance del lector, apuntando la tradición del juego limpio según el cual el detective nunca debe estar en posesión de más información que el lector. El astuto traslado de las sospechas de un personaje a otro se lleva a cabo con gran habilidad, y el énfasis que hace en las pruebas materiales y la astuta manipulación del lector llegarán a ser algo habitual. Sin embargo, la novela, como historia policiaca, posee otras virtudes importantes. A Wilkie Collins se le da de maravilla describir la apariencia física y los ambientes y saca mucho partido al contraste entre la próspera y segura casa Verinder y la desolación de las arenas escalofriantes, entre la joya robada, exótica y maldita, y las vidas, en apariencia respetables y privilegiadas de la clase alta victoriana».

Wilkie Collins. La Piedra Lunar (The Moonstone, 1868). Barcelona: Alba, 2011; 528 pp.; col. Clásica Maior; trad. de Catalina Martínez Muñoz; ISBN: 978-84-8428-597-7.
P. D. James. La hora de la verdad (Un año de mi vida) (Time to be in Earnest, 1999). Barcelona: Bruguera, 2008; 347 pp.; col. Bruguera ensayo; trad. de Victoria Simó; ISBN: 978-84-02-42056-5.

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jueves, 18 de febrero de 2010

Ya que mencioné, hace unos días, El misterio del Cuarto Amarillo, la segunda mejor novela policiaca de su época según decía Chesterton en «The Domesticity of Detectives» (The Uses of Diversity), pongo ahora una reseña de la que calificaba como la mejor: El último caso de Trent, de Edmund C. Bentley, libro del que no conozco edición en castellano, aunque he visto que la hubo hace tiempo. También Agatha Christie y Dorothy Sayers la consideraban una de las mejores novelas policiacas. Una de las razones: por primera vez el detective protagonista no era un ser infalible como lo habían sido Dupin, Holmes y los demás.

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jueves, 4 de febrero de 2010

Una clásica y antigua novela policiaca: El misterio del cuarto amarillo, de Gaston Leroux. La historia está bien narrada y el héroe tiene por delante resolver un caso policial más difícil todavía que Los crímenes de la calle Morgue  y que «La banda de lunares» (Las aventuras de Sherlock Holmes), de Conan Doyle. Un caso posterior que plantea un mismo tipo de misterio fue «La sombra del tiburón», un relato de 1929 de Chesterton en El poeta y los lunáticos.

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jueves, 23 de junio de 2005

Conozco algunos escépticos que sostienen que la verdad absoluta no existe, excepto la verdad contenida en ese mismo juicio. La causa de pensar eso, creo, puede deberse al hecho de vivir en medio de un bombardeo incesante de hechos y opiniones. He comprobado también que tal actitud es más acentuada en quienes trabajan en algunas profesiones. Eso no es nuevo, claro, como puede deducirse de la lectura de El expediente 113, una novela policiaca decimonónica de Emil Gaboriau, en la cual el narrador afirma con la graciosa contundencia característica del género: «Si existe un hombre al que ningún acontecimiento puede ya sorprende o impresionar, que no se deja engañar por las apariencias, capaz de admitirlo todo y de explicárselo todo, ése es sin género de duda un comisario de policía de París». «Sus previsiones se han visto tantas veces fallidas, que ello lo sume en ocasiones en el escepticismo más completo. No cree en nada, ni en el bien ni en el mal absolutos, ni en la virtud ni en el vicio. Se ve abocado sin remedio a la inquietante conclusión de que no hay hombres sino acontecimientos». A un personaje así le dedicará Chesterton años más tarde dos de los más famosos casos del Padre Brown: La cruz azul y El jardín secreto.

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