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Notas del archivo 'Biografías (siglo XX)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 19 de noviembre de 2017

Otro libro excelente de David McCullough: Los hermanos Wright, Wilbur (1867-1912) y Orville (1871-1948), dos grandes personajes por su modo de ser y por sus logros. Como es sabido, fueron los pioneros de la aviación: hicieron un trabajo minucioso, con multitud de pruebas de diseño, de construcción, y de vuelo, desde su primera aeronave en 1899 hasta el biplano Flyer que patentaron en 1908. El autor pormenoriza los cautelosos pero tenaces pasos que fueron dando los Wright, que nunca perdieron de vista que su modo de vida era el arreglo y fabricación de bicicletas, y que, subraya el autor, no tenían formación universitaria o estudios técnicos oficiales, ni experiencia de trabajo con nadie más que consigo mismos, ni amigos en puestos de poder, ni respaldo financiero o subsidios del Estado…

El primer capítulo, donde se habla del ambiente familiar y del modo de ser de los dos hermanos ya da idea de que fueron unos tipos excepcionales: trabajadores, discretos, optimistas, serenos, con aptitud para la escritura y para explicarse bien… Eran caballerosos, no bebían, no jugaban... En fin, eran tan fiables como querían que lo fuera su avión. El encabezamiento del capítulo uno es esta cita: «Si tuviera que dar un consejo a un joven sobre cómo tener éxito en la vida, le diría que escoja unos buenos padres e inicie su vida en Ohio» (Wilbur Wright). Y en una conversación con un amigo, Orville le dijo: «no es cierto que no tuviéramos privilegios. Tuvimos la gran ventaja de crecer en una familia que siempre alentó la curiosidad intelectual».

David McCullough. Los hermanos Wright (The Wright Brothers, 2015). Madrid: La Esfera de los Libros, 2016; 381 pp.; trad. de Paloma Gil Quindós; ISBN: 978-84-9060-813-5. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 11 de junio de 2017

Una de las conclusiones que he sacado de la lectura de Havel. Una vida, es que debo leer a Jan Patocka, de quien conocía textos pero del que no he leído ningún libro.

Hay varios capítulos que se abren con citas de Patočka. Por ejemplo, esta: «Ninguna sociedad, por muy tecnológicamente avanzada que sea, puede funcionar sin una base moral, sin una convicción, que no es cuestión de oportunidad, ni de circunstancias ni de beneficios anticipados. No obstante, la moral no está ahí para que la sociedad funcione, sino simplemente porque hace humano al ser humano». 

O esta otra: «Para que la humanidad se desarrolle en armonía con las posibilidades de la razón técnica e instrumental, para que sea posible el progreso del conocimiento y de las capacidades, la humanidad tiene que estar convencida de la naturaleza incondicional de los principios, que son, por así decirlo, “sagrados”. (…) La salvación en estas cuestiones no vendrá del Estado».

En consonancia con Patočka, Havel «llegó a la conclusión de que su brújula moral era innata, independiente de la opinión de los demás e independiente de las consecuencias prácticas; es más, se dio cuenta de que tenía que ver con su propia identidad interior, con ser fiel a sí mismo, con vivir en la verdad». Su reflexión le llevó, dice su biógrafo, a un descubrimiento crucial: «La extraña autonomía de un acto moral, su independencia del ojo del que mira —es más, el hecho de que ni siquiera precisara de un observador, así como el hecho de que se resistiera a todos sus intentos de racionalizarlo o explicarlo lógicamente—, implicaba que en realidad había alguien o algo más allá de nuestro horizonte cotidiano que observaba y tomaba nota de nuestros actos. De alguna manera, en aquella época [finales de los años setenta], en el fuero interno de este hombre de una mentalidad sumamente escéptica y de un agudo sentido de lo absurdo, prendió una chispa de espiritualidad, una noción de trascendencia»

En relación a las creencias profundas de Havel su biógrafo hace algunas glosas imprecisas. Por ejemplo, al hablar de que Havel era un hombre de fe pero no un hombre religioso —afirmación que, para ser comprensible, requeriría definir bien primero fe y religión—, señala que «para Havel, el sentido existencial de la responsabilidad personal como prerrequisito de la libertad y de la vida en la verdad concede demasiado libre albedrío para ser compatible con el concepto de un dios todopoderoso», aunque sí con la de un dios omnisciente. En lo que yo sé, Dios, tal como lo comprende la tradición cristiana, es precisamente quien concede a los hombres la libertad y quien, por eso mismo, les pide responsabilidad.

Sea como sea, el biógrafo afirma que, «a diferencia de muchas personas que pasan por la vida sin hacerse preguntas, Havel era capaz de ver el misterio de la existencia en cada acto humano, en cada impulso humano y en cada dilema humano»; afirma que el «orden del ser», donde «quedan indeleblemente registrados todos nuestros actos, y el lugar, el único lugar, donde serán debidamente juzgados», es un concepto que impregna sus escritos; señala que, para él, «la esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene significado independientemente de cómo salga». Y, al final de su vida, Havel decía esto también: «me esfuerzo en estar preparado para el juicio final. Un juicio en el que no quedará nada oculto, que valorará debidamente todo lo que hay que valorar y dará cuenta de todo lo que está fuera de lugar de manera improcedente».

Michael Žantovský. Havel. Una vida (Havel. A Life, 2014). Madrid: Galaxia Gutenberg, 2016; 798 pp.; col. Biografías y memorias; trad. de Alejandro Pradera Sánchez; ISBN: 978-8416734221. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 4 de junio de 2017

En Vaclav Havel. Una vida se pone de manifiesto que los grandes temas de Havel fueron el de la identidad, el de vivir en la verdad y de actuar con sentido de responsabilidad. Él mismo habló de ellos en el que sería su manifiesto político, El poder de los sin poder, pero se anunciaron ya en un discurso pronunciado en 1968, en un congreso de escritores chescoslovacos: «La cuestión es sencillamente si en última instancia todos somos capaces de responsabilizarnos de nuestras palabras, si somos capaces, realmente y sin reservas, de responder por nosotros mismos, de avalar nuestras proclamas con nuestros actos y su continuidad, y nunca caer —por muy buenas que fueran nuestras intenciones— en nuestra propia trampa, ya sea por vanidad o por miedo. Este no es un llamamiento al cálculo sino a la autenticidad».

Su biógrafo afirma que Havel intentó siempre seguir una máxima de Jan Patocka según la cual «la medida de un hombre no es cómo afronta las metas que se ha marcado, sino cómo sobrelleva los desafíos que la vida pone en su camino». Entre otras frases que describen cómo entendió la resistencia que debía oponerse a los políticos y funcionarios que lo acosaron y encarcelaron, escribió que jamás una mentira puede protegernos de otra mentira; que un acto moral sin ningún efecto visible político inmediato, puede adquirir, con el tiempo, una gran trascendencia política; que «una sobria perseverancia es más efectiva que las emociones entusiastas». Son criterios de actuación que, a pesar de sus tropiezos y decaimientos, intentó mantener, y que pueden guiar cualquier resistencia frente a los abusos de poder.

En esa línea van unas instrucciones que, desde el gobierno checoslovaco, se dieron a la población para comportarse ante las tropas invasoras rusas en 1968, un texto en el que parece verse la mano de Havel: «Afronte la presencia de tropas extranjeras igual que afrontaría, por ejemplo, un desastre natural: no negocie con ellas —igual que usted no negociaría con una lluvia torrencial—, sino que actúe al respecto y huya de ella de la misma forma que haría con la lluvia: utilice su ingenio, su inteligencia y su imaginación. Al parecer el enemigo es tan impotente frente a ese tipo de armas como lo es la lluvia frente a un paraguas. Utilice contra el enemigo cualquier método que él no se espere: no le manifieste ningún tipo de comprensión, ridiculícele y muéstrele lo absurdo de esta situación».

Michael Žantovský. Havel. Una vida (Havel. A Life, 2014). Madrid: Galaxia Gutenberg, 2016; 798 pp.; col. Biografías y memorias; trad. de Alejandro Pradera Sánchez; ISBN: 978-8416734221. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 28 de mayo de 2017

Havel. Una vida, una biografía de Václav Havel escrita por Michael Žantovský, su amigo y jefe de prensa durante unos años, sigue ordenadamente su vida, habla de sus años de infancia y formación, de su dedicación al teatro desde muy joven, de su actividad como disidente y de cómo llegó a descubrir, entonces, «que vivía en un sistema que no solo no funcionaba, sino que no podía funcionar», de su participación en los acontecimientos que le condujeron a liderar la Revolución de Terciopelo, en 1989, y de su vida política posterior. El autor se detiene también a explicar la actividad de Havel como dramaturgo y escritor y no deja de contar los incidentes de su ajetreada vida personal. Además, da los pormenores de las discusiones y rivalidades políticas que tuvieron lugar durante su etapa como presidente.

Esta buena reseña indica que, para comprender mejor las cosas, es útil conocer un poco la literatura y la cultura checa, y señala que Václav Havel sigue siendo un modelo para todos aquellos que no quieren reducir la política a la mera ideología. En ella también se menciona cómo el apoyo de Havel, siendo ya presidente de su país, a las intervenciones militares en Kosovo e Irak contribuyeron, seguramente, a que no le concedieran el Nobel de la Paz. Havel, un hombre marcado por la miopía del pacifismo europeo que abrió las puertas a la Segunda Guerra Mundial, pensaba que «no se deben hacer concesiones a la maldad, aunque no esté dirigida directamente contra nosotros» y que, por tanto, la violencia es «un mal inevitable en circunstancias extremas».

Queda claro que Havel fue una figura única: su modo de ser cortés y modesto, los acontecimientos que vivió y la persecución que sufrió, junto con «su capacidad de entretejer hilos de su obra teatral, crítica y ensayística para crear algo parecido a una filosofía coherente», le llevaron a tener un estilo político propio en el que siempre huyó de la tentación de sentirse moralmente superior, «tan frecuente en todo tipo de movimientos revolucionarios». Precisamente por esto último, y por todo lo que nos cuenta la biografía, parece más bien incorrecto explicar la singularidad de Havel, y las diferencias de opinión acerca de él que se dan entre quienes lo trataron, diciendo que «es un hecho trivial típico de la mayoría de las personas excepcionales: no cantan la misma partitura que los demás, ni obedecen a las mismas normas. Por consiguiente, cualquier relación personal y emocional con ellas es asimétrica por definición».

Que las normas morales o son iguales para todos o no son tales normas, y que Havel también lo entendía así, queda claro si pensamos en que, afirma su biógrafo, era una persona que dudaba siempre de sí mismo y de sus propios móviles, era una persona que «no tenía, ni jamás desarrolló siquiera, un concepto del Enemigo. A lo largo de las décadas de su crítica contra el régimen comunista, Havel siempre se esforzó por plantearla en forma de diálogo, en el que se tomaba muchas molestias para intentar comprender, en vez de demonizar los móviles de sus interlocutores, y, a ser posible, siempre intentaba concederles el beneficio de la duda». Esto, por un lado, le causó problemas en su actuación como presidente, pues fue acusado de blandura; por otro, sin embargo, evitó represalias sangrientas y humillaciones públicas como se dieron en otros países que se salieron de la órbita comunista.

Michael Žantovský. Havel. Una vida (Havel. A Life, 2014). Madrid: Galaxia Gutenberg, 2016; 798 pp.; col. Biografías y memorias; trad. de Alejandro Pradera Sánchez; ISBN: 978-8416734221. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 31 de enero de 2016

Hace años leí una biografía de Lenin, firmada por David Shub, de la que recordaba pocas cosas. Hace unos dos meses seguí el consejo de un amigo historiador y busqué la biografía posterior escrita por Robert Service, que me ha parecido ordenada, clara y bien documentada.

En ella se cuentan bien los pormenores de su vida personal: padres, educación, infancia y juventud, el acontecimiento decisivo de la detención y posterior muerte de su hermano mayor, el afecto que siempre le tuvieron su madre y sus hermanas, y sus relaciones con otros revolucionarios como él, su esposa incluida, pues, desde muy joven, Lenin no dejó nunca que cualquier clase de sentimentalismo tuviera cabida en sus decisiones políticas.

El biógrafo lo describe como alguien reservado, que rara vez confió a alguien sus cálculos más íntimos, y culto, buen lector y admirador de músicos como Wagner y Beethoven, aspectos que ocultaba tras una máscara de frialdad científica. Se detiene a explicar cómo albergó una rabia profunda y creciente contra el régimen zarista hasta el punto de que, quienes le conocieron en sus primeras escaramuzas políticas, se sorprendían al ver su desconcertante dureza y que «se complacía en rechazar conceptos como conciencia, compasión y caridad». Sin embargo parece que a él «no le preocupaba la posibilidad de que su actitud horrorizase a otros».

En su vida política era tenaz, «un luchador nato», y un optimista, porque «dejaba que la imaginación y la ideología bloqueasen el juicio sereno». Tenía «una claridad de propósito que no poseía nadie más de su partido» y supo aprovechar las oportunidades que se le presentaron para llegar a dirigirlo. «Su criterio de moralidad era simple: ¿Apoya u obstaculiza determinada acción la causa de la revolución? Aunque raras veces mintiese descaradamente en política, tenía una habilidad inigualable para eludir la veracidad». No tenía dudas de sus propios análisis. El Estado debía ser, según él, «como un motor de coordinación y adoctrinamiento».

Para él y sus colaboradores eran valores básicos el orden, el centralismo, la jerarquía, la unidad monolítica y la disciplina, no importaba el precio que hubiera que pagar. Abundan los documentos en los que queda constancia de que «Lenin ordenó, dirigió y aprobó la violencia, incluido el terrorismo de Estado directo». El fundamento teórico de su vehemencia colérica, y de considerarse legitimado para imponer criminalmente su régimen, lo buscó en Maquiavelo, quien explicaba que, a veces, es necesario recurrir a la brutalidad «lo más intensa posible a corto plazo para que no fuese necesario prolongarla excesivamente en el tiempo». Así que «Lenin prefería excederse en los golpes que arriesgarse a que el adversario aguantase el asalto».

El libro explica bien, pero sin detalle, las actividades y las personalidades de sus principales colaboradores —Trotski, Stalin, Bujarin, Zinóviev, Kámenev—, todos ellos hábiles y seguros de sí mismos, así como sus relaciones con ellos y entre ellos. A Stalin pasó de considerarlo «el maravilloso georgiano», cuando le conoció en 1912, a verlo como su gran enemigo en los últimos años.

Robert Service. Lenin. Una biografía (Lenin. A biography, 2000). Madrid: Siglo veintiuno de España editores, 2001; 644 pp.; trad. de José Manuel Álvarez Flórez; prólogo de Manuel Vázquez Montalbán; ISBN: 84-323-1065-4. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 25 de septiembre de 2015

El impostor,
de Javier Cercas, es un relato con dos protagonistas: el propio autor y su biografiado, Enric Marco, un hombre de ochenta y tantos años del que se descubrió que, habiendo sido presidente durante varios años de una asociación de supervivientes de los campos nazis, en realidad no había estado allí nunca.

En relación al primero, a lo largo del libro asistimos a las dudas del autor sobre si escribir o no sobre Marco; a sus conversaciones con unos y otros sobre él; y a muchas reflexiones de tipo político-histórico y a otras más o menos literarias, entre las que ocupan más espacio las relativas a la novela A sangre fría, de Truman Capote, y las que hace acerca de los parecidos entre Marco y don Quijote. Todo este aparato tan posmoderno tiene (para mí al menos) un doble inconveniente: la presencia del autor es algo cargante y, aunque sin duda no faltan comentarios de interés, todo podría haberse condensado en muchas menos páginas y formulado de modo mucho menos enfático. Tiene, también, una ventaja: todo este material cumple la función de introducir otro hilo narrativo y de darle variedad al relato.

En relación al segundo, Enric Marco resulta todo un personaje —un pícaro de nuestro tiempo, un embaucador nato, un genuino «mediópata»— y, siguiendo el hilo de su vida, se tocan algunos aspectos de la historia de España de las últimas décadas. Son valiosas las referencias a las discusiones habidas en España sobre la «memoria histórica» y la que llama «la industria de la memoria». Lo son también muchas reflexiones acerca de la importancia del pasado, para las que el autor se apoya una y otra vez en una frase de Faulkner: «el pasado no pasa nunca, ni siquiera es pasado, es una dimensión del presente». Aquí hay una reseña más extensa.

Javier Cercas. El impostor (2014). Barcelona: Random House, 2014; 428 pp.; col. Literatura Random House; ISBN: 978-8439729723. [
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domingo, 16 de febrero de 2014

El Hitler de la historia: juicio a los biógrafos de Hitler, de John Lukacs, es, afirma el autor en la introducción, «la historia de una historia: la historia de la evolución de nuestro conocimiento de Hitler, tal y como ésta se observa en los escritos de un amplio surtido de sus múltiples biógrafos».

Lukacs señala cómo «el propósito de la historia a menudo no es tanto una relación definitiva de los acontecimientos de un periodo como la descripción y comprensión histórica de algunos problemas: descripción, mejor que definición, y comprensión mejor que omnisciencia, ya que si bien no es posible completar de manera perfecta nuestro conocimiento del pasado, un conocimiento razonable y adecuado de éste entra dentro de nuestras capacidades».

Vale la pena conocerlo y atender al cuidado con que Lukacs aplica los que llama sus principios de comprensión histórica: la «diferencia entre motivos y propósitos, entre racismo y nacionalismo, entre nacionalismo y patriotismo, entre opinión pública y sentimiento popular, entre nacionalsocialismo y fascismo (e incluyo aquí los paralelos irrazonables que bajo la categoría de “totalitarismo” se han establecido entre nacionalsocialismo y comunismo, incluso entre Stalin y Hitler)».

John Lukacs. El Hitler de la historia: juicio a los biógrafos de Hitler (The Hitler of History, 1997). Madrid: Turner, México: Fondo de Cultura Económica, 2003; 293 pp.; trad. de Saúl Martínez; ISBN: 84-7506-595-3.

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jueves, 29 de septiembre de 2011

Después del libro de ayer, sobre la bomba de Hiroshima, un libro extraordinario sobre la bomba de Nagasaki que, a pesar de sus deficiencias narrativas y editoriales, vale la pena conocer: Requiem por Nagasaki, de Paul Glynn.

Es la biografía de Takashi Nagai, un radiólogo de la Universidad de Nagasaki que falleció seis años después de que la bomba atómica cayera sobre su ciudad, matando a su mujer y arrasando su casa. Él, enfermo ya de leucemia debido a su exposición a la radiación durante los años anteriores, atendió a muchos enfermos y fue autor del primer libro que intentó describir científicamente las consecuencias de la radiación.

En la primera parte, se cuenta su vida y su evolución interior desde el shintoísmo hasta su conversión al catolicismo por influencia de la familia de su mujer; y, en la segunda, se habla de la bomba, de sus consecuencias, y del papel que jugó Nagai, con sus libros y con su actitud, para que, a diferencia del símbolo de Hiroshima, un puño cerrado con cólera, el símbolo de Nagasaki hoy sea el de unas manos unidas en oración.

Nagai tenía, entre sus adagios favoritos de Confucio, uno que dice que «si has encontrado el camino de la verdad por la mañana puedes ir a la muerte con paz esa misma tarde»; consideraba, tal como cuenta la parábola de la cabaña pobre, una pieza literaria sagrada del budismo, que «el mejor modo de encontrar lo sobrenatural es que tu corazón sea como una cabaña que está desprovista de todo menos de lo estrictamente necesario»; admiraba la posición de lucha no-violenta de Gandhi y decía que «deberíamos hacer que nuestras vidas fuesen poesías haiku, (…) ver más allá de la superficie de las cosas, buscar la belleza escondida de todo y descubrir las cosas gloriosas que nos rodean». Un hombre asombroso.

Paul Glynn. Requiem por Nagasaki (A song for Nagasaki, 1988). Madrid: I.M.G., 1999; 224 pp.; trad. de Francisco Sánchez Bayo; ISBN: 84-605-8437-Z. Nueva edición en Madrid: Palabra, 2011; col. Arcaduz; ISBN: 978-84-9840-559-0.

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viernes, 21 de enero de 2011

El hechizo de la comprensión: vida y obra de Hannah Arendt,
de Teresa Gutiérrez de Cabiedes, es una buena biografía de la pensadora alemana: porque recurre a sus textos originales, incluido su gran epistolario, y porque está bien construida y bien escrita, aunque, a mi juicio, tiene más carga literaria de la justa y embellece las cosas demasiado en algunas ocasiones.

Está centrada en lo que cabría llamar su actitud fundamental, que la misma Arendt explicaba del siguiente modo: «Admitiré algo: básicamente, estoy interesada en comprender. (…) Admito también que hay otra gente que está principalmente interesada en hacer algo. Yo no, yo puedo vivir perfectamente sin hacer nada. Pero no puedo vivir sin tratar como mínimo de comprender cuanto ocurre».

Está pensada para dejar al lector frente a las consideraciones e ideas de Arendt, para dejar de manifiesto su capacidad de renovar los conceptos tradicionales y las preguntas de tipo político que normalmente nos hacemos. Es, por tanto, un libro útil para conocer su figura y el contenido básico de sus obras, tan clarificadoras sobre algunos aspectos de nuestra sociedad.

Por ejemplo, es fácil pensar en nuestro entorno cuando se lee el mecanismo de autodefensa mental de los funcionarios nazis, que se explica en Eichmann en Jerusalén: «El truco utilizado (…) era muy simple y probablemente muy eficaz. Consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por eso, los asesinos, en vez de decir: “¡Qué horrible es lo que hago a los demás!”, decían: “¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!».

O comprobar cómo sigue siendo cierto lo que decía en Crisis de la República: «Es, creo, una muy triste reflexión sobre el actual estado de la ciencia política, recordar que nuestra terminología no distingue entre palabras clave tales como “poder”, “potencia”, “fuerza”, “autoridad” y, finalmente, “violencia”. Emplearlas como sinónimos no sólo indica una cierta sordera a los significados lingüísticos, lo que ya sería suficientemente serio, sino también ha tenido como consecuencia un tipo de ceguera ante las realidades a las que corresponden».

Teresa Gutiérrez de Cabiedes. El hechizo de la comprensión: vida y obra de Hannah Arendt (2009). Madrid: Encuentro, 2009; 454 pp.; prólogo de Alejandro Llano; ISBN: 978-84-9920-002-6.

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viernes, 11 de septiembre de 2009

Una de mis lecturas históricas del verano fue Un obispo contra Hitler, de Stefania Falasca, sobre Clemens August Graf Van Galen (1878-1946), obispo de Münster desde 1933 hasta su muerte. No es exactamente una biografía de Van Galen pues el libro está centrado, sobre todo, en contar sus enfrentamientos con el poder durante los años del nazismo y en sus relaciones con Pio XII, por lo que incluye las cartas que ambos intercambiaron. Sus discursos, tan diferentes a los de otros obispos alemanes, fueron calificados por Goebbels como «el ataque frontal más fuerte desencadenado contra el nazismo en todos los años de su existencia». El libro también narra cómo protestó enérgicamente contra la «praxis devastadora del bombardeo a la moral (“moral bombing”), como había definido Churchill el concepto de la estrategia de la “guerra justa desde el aire”», y contra la tesis común en los años posteriores a la guerra acerca de la culpabilidad colectiva del pueblo alemán. En este sentido el libro es una pieza más para recomponer esa cara de Alemania, tan poco conocida, sobre la época nazi, la que también se recoge en La Rosa Blanca o en Resistencia y sumisión.

Stefania Falasca. Un obispo contra Hitler. El beato von Galen y la resistencia al nazismo (Un vescovo contra Hitler, 2006). Madrid: Palabra, 2008; 299 pp.; col. Arcaduz; trad. de Antonio Esquivias; ISBN: 978-84-9840-173-8.

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viernes, 7 de julio de 2006

En la misma línea de rigor a la hora de confeccionar una biografía, como la mencionada de Muriel Spark sobre Mary Shelley, traigo aquí un comentario al paso que hace Evelyn Waugh en el rico retrato que hace de su amigo Ronald Knox, un converso del anglicanismo que llegó a ser capellán católico en Oxford, autor de muchos libros y de traducción inglesa más leída de la Biblia en las últimas décadas. Contando la última etapa de su biografiado comenta un irónico Waugh: «Ahora que sabemos con certeza que aquellos diez felices años vividos en Mells iban a ser los últimos, tal vez se pudieran contemplar como bañados por una luz otoñal. (...) Pero él nunca los consideró de este modo».

Evelyn Waugh. Ronald Knox (The life of Ronald Knox, 1959). Madrid: Palabra, 2005; 372 pp.; col. Ayer y hoy de la historia; trad. de Gloria Esteban Villar; ISBN: 84-8239-949-7.

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viernes, 10 de junio de 2005

«Probablemente una de las lecciones más importantes de la historia pueda resumirse así: por mucho que conozcamos el pasado y el presente, del futuro sólo nos cabe esperar... lo inesperado», explica un biógrafo de Charles de Gaulle. Y, con una comparación luminosa, el mismo de Gaulle contaba que, cuando redactaba sus memorias, a esas alturas de su vida se veía como el anciano pescador de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway. «Como él, después de ímprobos esfuerzos faenando, de encontrar un gran pez, y de conseguir capturarlo, había llegado a puerto con un esqueleto. Es la marca de lo humano siempre que se mira desde arriba, con cierta altura de miras. ¡Tanta caducidad, tanta precariedad hasta en las empresas y acciones más grandiosas...!»

Pablo Pérez. Charles de Gaulle (2003). Madrid: Acento, 2003; 191 pp.; col. Acento Historia; ISBN: 84-483-0777-1.

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