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viernes, 23 de marzo de 2018

En Editar la vida rememora Michael Korda cómo fue aprendiendo de sus colegas distintas cosas: de uno, «la importancia del entusiasmo y la imaginación»; de otro, «la importancia de poner atención a los pequeños detalles y a trabajar con ahínco durante largas horas en manuscritos que no proporcionan ninguna satisfacción».

Explica cómo «quienes saben de verdad de edición constituyen una curiosa combinación de animador con conocedor de historias, saben arreglar una prosa deficiente, inventar un final dramático para una escena (en lugar del primero que se les ocurra), o mostrarse despiadados al cortar el texto. Son la clase de personas que no dudan en desafiar al autor en un intento de conseguir que el libro funcione de la mejor manera, o de la manera en que supuestamente debería hacerlo, y que en ocasiones es capaz de adivinar lo que un autor intentaba hacer y mostrarle cómo hacerlo».

Señala que, «para un auténtico editor, reducir un manuscrito de setecientas páginas a cuatrocientas, inventar un nuevo título, recombinar los capítulos para darle al libro un comienzo increíble y un final sorprendente, resulta un reto cotidiano, como para un cirujano una operación difícil. Los editores de verdad, si son buenos, también saben dejar las cosas como están, lo que es aún más importante. “Si está bien, no lo toques”, podría ser la primera regla de nuestro juramento, si tuviéramos uno».

Al mismo tiempo, también hace notar que un editor muchas veces no sabe qué ocurrirá con los libros que publica: «La única manera de saber si un libro se venderá es publicándolo». Además, indica en otro lugar, «quizá el mayor milagro en la industria editorial sea la forma en que, cuando se le da la oportunidad, el público se lleva a casa un buen libro de un autor desconocido y lo convierte en un sorpresivo best-seller (a menudo el editor es el más sorprendido de todos)».

Michael Korda. Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro (Another Life: A Memoir of Other People, 2000). Barcelona: Random House Mondadori, 2005; 377 pp.; trad. de Fernando González Téllez; ISBN: 84-8306-618-1. [Vista del libro en amazon.es]

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KordaEditarlavida.jpg
jueves, 22 de marzo de 2018

Después de dedicar cuatro notas a comentar la biografía de Max Perkins pensé que debía poner también algo sobre las memorias de Michael Korda, editor de Simon & Schuster durante la segunda mitad del siglo XX. En su libro Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, habla de su aprendizaje primero y de su trabajo como editor de libros de toda clase después; explica los cambios que se dieron en la industria editorial a lo largo de cinco décadas; comenta las grandes diferencias entre unos y otros aspectos de su trabajo —leer manuscritos y editarlos, una profesión, y publicarlos y promocionarlos, un negocio—; y, sobre todo, rememora incidentes, unos relacionados con la publicación de libros y otros debidos a su trato con colegas, o escritores profesionales, o escritores ocasionales como algunas estrellas cinematográficas o presidentes como Nixon o Reagan.

Cuenta jugosas anécdotas ajenas y propias. Entre las ajenas una es cuando dice que, a veces, llega un manuscrito inesperado en el momento más inesperado: «Todos en el mundo editorial saben que si el editor de Macmillan no hubiera tenido un resfriado mientras visitaba Atlanta, no habría permanecido en cama leyendo el voluminoso manuscrito que una mujer le había entregado en el vestíbulo del hotel, y que más tarde se convertiría, después de mucho trabajo de edición y de cambiarle el título, en Lo que el viento se llevó. Los milagros existen». Otra es la de que hubo editores norteamericanos que rechazaron publicar La colina de Watership, de Richard Adams, durante años: nadie creía que una larga novela sobre conejos, contada desde el punto de vista del conejo, podría funcionar en EE.UU.; quienes lo habían leído pensaban que podría funcionar si se recortaba drásticamente o si se reescribía como libro infantil. «Esta forma particular de ceguera no es poco común», dice Korda.

Entre las propias tal vez la mejor sea la que ocurrió cuando a su editorial le ofrecieron el libro de memorias de Albert Speer, y Korda intentaba convencer al propietario y editor, Max Schuster, de que lo aceptaran porque, al margen de otras consideraciones, en sí mismo, e incluso leyéndolo sólo como testimonio, era un libro extraordinario. El editor escuchó atentamente sus argumentos y asintió: le dijo que estaba en lo cierto y que no tenía dudas de que el libro sería un best-seller. Pero añadió: «Sólo hay un problema. No quiero ver el nombre de Albert Speer y el mío en el mismo libro». Años más tarde, Korda usaría el mismo argumento para un libro de Louis Farrakhan. Como diría después otro de sus colegas: «una editorial tiene la obligación de creer en la Primera Enmienda pero no tiene la obligación de publicar todo lo que se le envía».

Michael Korda. Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro (Another Life: A Memoir of Other People, 2000). Barcelona: Random House Mondadori, 2005; 377 pp.; trad. de Fernando González Téllez; ISBN: 84-8306-618-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 12 de enero de 2018

Entre los autores que Max Perkins alentó y publicó los hubo de toda clase. Por ejemplo, entre muchos, un historiador como Douglas Southall Freeman, una crítica musical como Marcia Davenport, un escritor de relatos cortos como Ring Lardner, y otros como Will James o Alan Paton

Una escritora para la que su impulso fue decisivo fue Marjorie Kinnan Rawlings, una periodista de Nueva York que decidió irse a vivir a una granja de Florida. Después de publicar algunas historias cortas en la revista de la editorial Scribner’s, Perkins le pidió algo de más calado y ella le envió una novela basada en hechos reales con bastantes palabras malsonantes a propósito de lo cual Perkins le dijo: «esas palabras (…) tienen un poder sugestivo para el lector que es muy distinto al que tiene para los que las usan; y por lo tanto no son adecuadas desde un punto de vista artístico. Deberían tener exactamente el mismo significado e implicaciones que tienen al ser proferidas. Pero su efecto es completamente distinto cuando alcanza los oídos y los ojos de quienes no están acostumbradas a manejarlas».

Luego Perkins le sugirió un libro sobre un chico que se moviese por esa zona rural, pues ya el marido de Rawlings le había comentado a ella que algunas secciones de su novela previa eran excelentes para lectores jóvenes. Perkins abundó en eso y le habló de que pensara en obras como Huck Finn, Kim, La isla del tesoro, The Hoosier Schoolboy…, y Rawlings le respondió: «¿Te das cuenta con qué cuajo te sientas en tu despacho y me dices que escriba un clásico?». Pero Perkins insistió, haciéndole distintas sugerencias, haciéndole notar que escribiese sin nada de afectación pues, le dijo, «no me sorprendería en absoluto que terminase siendo tu mejor libro».

Hay un momento en el que Rawlings le pide más consejos y remacha: «y, por favor, no me escribas otra de sus frases, en plan “debes hacerlo del modo en que te parezca adecuado”. Dime lo que realmente tienes en mente». A lo que Perkins le respondió: «si te he escrito de ese modo hazlo-como-creas-que-tienes-que-hacerlo es porque siempre ha sido mi convicción —y no veo cómo nadie podría refutarla— que un libro ha de hacerse en función de la concepción del escritor, y esto del modo más perfecto posible, y que solo después ha de entrar en juego la edición. Esto es: el editor no debe tratar de que el escritor adapte el libro a las especificaciones comerciales, etcétera. Ha de funcionar justo al revés».

Y de ahí surgió una novela excelente: The Yearling (que se publicó hace tiempo en castellano como El despertar), que obtuvo un éxito arrollador y que, en efecto, es una gran historia (lamentablemente fuera del mercado español en este momento). El talento de Perkins estuvo en darse cuenta de que la gran fortaleza de Rawlings no eran las tramas complejas sino enhebrar episodios emocionantes que debía escribir a su aire. Ella confesaba que «me siento libre para demorarme en los detalles simples que a mí me interesan. En realidad es fascinante que logre interesar a otros, lo que seguramente ocurre porque consigo ser sincera dado mi propio interés y simpatía por ese mundo…».

A. Scott Berg. Max Perkins. El editor de libros (Max Perkins: Editor of Genius, 1978). Madrid: Rialp, 2016; 579 pp.; col. Biografías y testimonios; trad. de David Cerdá; ISBN: 978-84-321-4730-2. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 15 de diciembre de 2017

Otros dos hilos importantes del libro de Scott Berg sobre Max Perkins siguen sus relaciones con Hemingway —lineales a pesar de todo pues Hemingway estuvo siempre agradecido a Perkins— y con Wolfe —más tormentosas debido a su personalidad inestable—.

A un lector enfadado que se quejaba de una novela de Hemingway, Perkins le respondió: «El editor tiene una obligación con su profesión que le conmina a sacar las obras que a juicio del mundo literario son importantes por sus cualidades literarias y suponen una crítica pertinente de la civilización de su tiempo». Y seguía indicándole que una novela que presenta el vicio tal cual es «es valiosa precisamente porque aquel es real, repulsivo y terrible, y su exposición fidedigna del vicio contribuye a que sea odiado. Porque de ser ignorado y ocultado, acaso conserve un glamour que lo haga seductor».

A la vez, Perkins también escribió a Hemingway hablándole de que debería corregir algunas obscenidades del manuscrito de una de sus novelas, y le decía: «a la mayoría de las personas les afectan más las palabras que las cosas. Creo que habría que evitar algunos términos para no alejar a la gente de las cualidades de este libro, llevándoles a una discusión por lo demás impertinente y extrínseca a lo principal. (…) Malo sería que la verdadera relevancia de un libro tan original pasase desapercibida a causa de los berridos de un puñado de charlatanes vulgares, lujuriosos y estúpidos». También, en una ocasión en la que Hemingway se puso furioso por algunas críticas feroces a una de sus novelas, Perkins le tranquilizó: «la realidad está en la calidad de lo que escribes, que nadie puede dañar, a no ser momentáneamente».

En relación a Wolfe, Scott Berg aclara bien que para convertir en libros sus manuscritos la dedicación de Perkins fue gigantesca y cuenta cómo, al principio, Wolfe le mostró su agradecimiento muchas veces, también con una emocionante dedicatoria en Del tiempo y el río. Sin embargo, el hecho de depender tanto de Perkins acabó por desquiciar a Wolfe, que se dirigió a otra editorial para su tercer gran libro. Perkins, dolido pero cortés, le escribió: «trabajar en tu escritura , sea como sea que al final resulte, para bien o para mal, ha sido para mí el mayor de los placeres, por muy doloroso que resultase, y el más interesante episodio de mi vida editorial».

En esa época, cuenta Berg, hay una interesante conversación entre Wolfe y Marcia Davenport, una escritora a la que también editaba Perkins. «El tema de conversación era él mismo», decía Davenport, «exclusivamente y todo el rato», insistiendo en que no era la criatura de Perkins, hasta que Davenport estalló: «Creo que eres una rata», «un desagradecido y un traidor. (…) No eres capaz de mostrar ni devoción ni lealtad. ¿Dónde estarías, de no ser por Max y Scribner's? No puedes afrontar la verdad».

A. Scott Berg. Max Perkins. El editor de libros (Max Perkins: Editor of Genius, 1978). Madrid: Rialp, 2016; 579 pp.; col. Biografías y testimonios; trad. de David Cerdá; ISBN: 978-84-321-4730-2. [Vista del libro en amazon.es]

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ScottFGranGatsby.jpg
viernes, 8 de diciembre de 2017

Uno de los hilos más importantes del libro de Scott Berg sobre Max Perkins es su relación con Scott Fitzgerald. Se cuenta en él que su novela El Gran Gatsby tuvo unas ventas iniciales pobres y recibió unas críticas primeras poco elogiosas, mientras el editor tranquilizaba al autor diciéndole que no se preocupase, que «se alzará como un libro extraordinario». Perkins decía que muchos críticos «no se percatan de que Fitzgerald es un escritor satírico. El hecho de que cubra el vicio con glamour (...) les impide ver que él hace restallar el látigo sobre los viciosos». El editor estuvo seguro de su juicio cuando empezaron a publicarse reseñas de quienes sí comprendieron bien la novela y cuando autores como Willa Cather, Edith Wharton y T. S. Eliot enviaron cartas personales de aplauso. El hecho es que, con el paso de los años, fue ganando mucho prestigio: tuvo muchas adaptaciones posteriores y hay quienes la consideran la mejor novela norteamericana del siglo XX.

El relato tiene lugar en Long Island, en 1922. El narrador es Nick Carraway, un vecino de la mansión de Jay Gatsby, el misterioso millonario protagonista de la historia. Al principio sus fiestas le parecen inalcanzables: «en sus jardines azules, y entre los susurros, el champán y las estrellas, hombres y muchachas iban y venían como mariposas». Pero la relación entre ambos se estrecha cuando Nick descubre que Gatsby está obsesionado con su prima Daisy, casada con Tom Buchanan, antiguo compañero suyo de colegio. Por un lado, lo que importa de la novela es la presentación de un mundo decadente poblado por personajes vacíos. Por otro, lo que le da su calidad es la fluidez y musicalidad de la prosa, que brilla en la capacidad del narrador para formular vívísimas descripciones, para presentar cada gesto como algo cargado de significación y para, con igual levedad, formular observaciones algo más profundas de vez en cuando: «era un hijo de Dios —una frase que si quiere decir algo, quiere decir exactamente eso—».

Cuando Scott Fitzgerald envió su novela a Perkins —después de haberla corregido mucho— mostraba una gran confianza en ella: «creo que mi novela está cerca de ser la mejor novela americana jamás escrita», le decía en una carta. Perkins le respondió indicándole que «creo que la novela es una maravilla. (…) Tiene una vitalidad extraordinaria, y glamour, y una porción importante de pensamiento bajo la superficie, de inusual calidad. (…) Y en cuanto a la pura escritura, es increíble». Pero, a la vez, le hizo no pocas sugerencias: que mejorase a Gatsby pues sus trazos eran borrosos; que no pusiese la biografía de Gatsby en poder del narrador sino que hiciese fluir los datos por medio de lo que se va contando… Y, al mismo tiempo, le decía que «la brillante calidad de la obra hace que hasta me avergüence de hacer esas críticas», que «compararía la cantidad y viveza de imágenes que tus vivas hacen aparecer con la multitud de imágenes que uno recibe cuando viaja en tren», que «está claro que dominas el oficio, pero hace falta algo más que eso para escribir lo que has escrito».

Fitzgerald le hizo caso en todo y, tiempo después, escribía a Perkins: «Max, me divierte mucho cuando las alabanzas se refieren a la estructura del libro, porque fuiste tú quien dio forma a esa estructura, no yo. Y no pienses que no te estoy agradecido por todos los consejos sensatos que me diste».

Francis Scott Fitzgerald. El gran Gatsby (The Great Gatsby, 1925). Madrid. Alfaguara, 2009; 232 pp.; col. Literaturas; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN: 978-8420423401. [Vista del libro en amazon.es]
A. Scott Berg. Max Perkins. El editor de libros (Max Perkins: Editor of Genius, 1978). Madrid: Rialp, 2016; 579 pp.; col. Biografías y testimonios; trad. de David Cerdá; ISBN: 978-84-321-4730-2. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 1 de diciembre de 2017

La biografía del editor Max Perkins, de A. Scott Berg, es un libro importante para quienes conozcan o deseen conocer una parte de la historia de la literatura norteamericana del siglo XX. El libro cuenta la vida de Perkins pero se centra, sobre todo, en su trabajo como editor de Scribner’s desde 1910 hasta su muerte en 1947, y, en particular, en las relaciones que sostuvo con sus tres escritores más importantes: Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Thomas Wolfe. No sé cómo es la edición original pero a la española, que tiene una buena traduccón, le faltan un índice onomástico, una revisión para quitarle las erratas, y notas al pie para señalar de qué libros, de los muchísimos que se van citando, hay edición en España.

El autor no da muchos pormenores de la vida de Perkins pues fue una persona de hábitos constantes, un buen padre para sus hijas y un esposo fiel aunque poco atento, pues estuvo siempre centrado en su trabajo hasta el exceso. Se comentan sus pequeñas rutinas y particularidades, por ejemplo que tuvo por norma, desde un incidente de su infancia, «no rechazar jamás una responsabilidad»; que llevaba sombrero siempre; que su libro favorito era Guerra y Paz, al que recurría en momentos de inquietud —«siempre encuentro consuelo en Guerra y pas en tiempos turbulentos»—, que incluso se lo leía en alto a sus hijas, y del que regalaba ejemplares con frecuencia.

En su trabajo como editor estaba continuamente buscando nuevas voces; tenía un talento particular para dar continuos ánimos y elogios a los escritores, para insistirles en la necesidad de trabajar de modo perseverante, y para señalarles también las mejoras que deberían introducir en sus obras. Analizaba con cuidado los manuscritos, identificaba las deficiencias y los fallos estructurales que había que corregir, hacía sugerencias e indicaba posibles soluciones. Sobre todo, el biógrafo señala que tenía tanto la capacidad de ver más allá de los desaciertos del libro que le enviaban, como la tenacidad para conseguir transformarlo hasta que fuera lo mejor que podía llegar a ser.

Es destacable la cortesía y lealtad con la que siempre trató a los escritores que publicaban con él, algunos con un altísimo concepto de sí mismos. Al respecto, se cuenta una anécdota de Hemingway, que abordó a un crítico suyo en una cena, y le dijo: «¿sabes lo que más me gustó de tu ensayo [sobre mí]? Las citas que usaste. Hasta entonces no me había dado cuenta de lo buenas que eran». En una carta a Scott Fitzgerald Perkins le decía que «somos absolutamente fieles a nuestros autores, y les apoyamos lealmente, aunque se enfrenten a pérdidas durante largos periodos, cuando creemos en sus cualidades y en ellos». Ese comportamiento dio lugar a unas relaciones muy estrechas con algunos, sobre todo con Thomas Wolfe. De hecho, su dedicación a él y a otros le movió a no hacerse cargo de las obras de un Henry Roth, pues se daba cuenta de que no tendría tiempo para los problemas que le daría un libro como Llámalo sueño.

A. Scott Berg. Max Perkins. El editor de libros (Max Perkins: Editor of Genius, 1978). Madrid: Rialp, 2016; 579 pp.; col. Biografías y testimonios; trad. de David Cerdá; ISBN: 978-84-321-4730-2. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 28 de abril de 2017

El viejo Rivers, de Thomas Wolfe, es una narración sarcástica inspirada en Robert Bridges, que había sido el editor de Scribner’s Magazine y una especie de árbitro del buen gusto literario durante muchos años. Al agente de Wolfe, Maxwell Perkins, le gustaba el relato pero no quería que se publicara por lo que acabó saliendo en una revista después de su muerte.

En su relato, distinto a otros suyos, Wolfe pinta a su personaje como un viejo editor que no supo retirarse a tiempo y a quien, en su empresa, le dieron un despacho para que siguiera entreteniéndose con actividades menores: responder correspondencia, leer manuscritos, etc. Se suceden pequeños incidentes que revelan la inconsciencia que tiene de su situación el protagonista y que todos a su alrededor se dan perfecta cuenta de su senilidad.

Se critica el estilo diplomático —e ignorante de los verdaderos méritos literarios— de un señor Rivers que huía de las complicaciones y las discusiones, que sabía que «si complacía a unos, haría enfurecer a otros» y por eso se adhería con firmeza al talante del «mediocaminismo», de optar por el camino del medio. El narrador tampoco hace memoria ninguna de los posibles méritos pasados, como crítico literario y como editor, del personaje.

No parece que Wolfe deseara contrastar las nuevas formas que traían autores como Hemingway, Dos Passos o Faulkner —que no gustaban al editor Bridges—, con las de autores como Henry James o Edith Wharton —a quienes había editado— sino que, simplemente, presenta irónicamente a un anciano cuyos talentos, si nos fiamos del relato, no eran artísticos o literarios sino los propios de un relaciones públicas o un buen vendedor.

Thomas Wolfe. El viejo Rivers (Old Man Rivers, 1947). Cáceres: Periférica, 2016; 78 pp.; col. Largo Recorrido; trad. de Juan Cárdenas; ISBN: 978-84-16291-41-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 18 de julio de 2014

Bennett Cerf (1898-1971) entró en el negocio editorial en 1925 y fundó Random House en 1927, empresa de la que fue propietario y presidente hasta poco tiempo antes de fallecer. Había empezado a preparar sus memorias pero falleció repentinamente por lo que fueron su esposa y su principal editor, Albert Erskine, quienes prepararon este libro, Llamémosla Random House, a partir de sus notas y de las entrevistas que había concedido. La historia de sus peripecias profesionales se cuenta cronológicamente aunque algunos capítulos se dedican a determinadas cuestiones —compras o absorciones de otras editoriales, ideas de negocio que salieron especialmente bien, etc. — o a sus relaciones con autores más importantes o con los que llegó a tratar más íntimamente —como William Faulkner o James Michener, escritores que, dice Cerf, confían en el editor y por tanto el editor se vuelca con ellos—.

El libro está repleto de anécdotas pues Cerf era una persona bromista y extrovertida, con muchas relaciones con el mundo del espectáculo —era juez habitual de la elección de Miss América, fue un gran amigo de Frank Sinatra, participaba de modo habitual en un show televisivo…—. Habla de por qué publicó, o por qué no lo hizo, algunos libros controvertidos, igual que cuenta sucedidos con otros editores y muchos escritores, casi siempre con acentos amables y positivos. Son reveladoras —también por lo atrás que se han quedado…— algunas opiniones que tenía sobre su negocio al final de su andadura profesional, como la de que «la gente no lee ficción como antes, tal vez porque la vida misma es muy emocionante. La ficción hoy no puede competir con la primera plana de un periódico». Pero lo más interesante, sin duda, está en cómo su historia deja constancia de la evolución y el crecimiento de la industria editorial en las décadas centrales del siglo XX.

Por ejemplo (y en relación a mis intereses particulares), Cerf cuenta que descubrió la literatura infantil cuando tuvo dos hijos y se propuso contarles cuentos y darles libros, y gracias también a su esposa Phillis, que fue quien impulsó una nueva colección, que también constituyó como una empresa independiente al principio, llamada Begginer Books. Esta colección, un éxito arrollador, comenzó con El gato garabato, del Dr. Seuss, autor que había publicado ya varios libros en la editorial pero que, con este, consiguió uno de los relatos más vendidos de la historia.

Más adelante comenzaron otras colecciones, por edades, y fue uno de los hijos de Cerf quien le sugirió que los libros de las colecciones debían ir numerados porque, así, aquellos lectores a los que les había gustado ese libro sabían que podían encontrar más del mismo tipo. O, por ejemplo, dos ideas que fueron una gran lotería, en palabras del mismo Cerf, fueron los All About Books, los libros que hablaban de «todo sobre el tiempo», «todo sobre las estrellas», etc., muy impulsados por el consumo cada vez mayor de la televisión entre los niños; o los Landmark Books, que pensó cuando quiso comprarle a su hijo de siete años, en 1948, libros sobre historia de los EE.UU. y vio que no había ninguno apropiado en las librerías, por lo que puso en marcha una colección compuesta por libros que trataban, cada uno, un episodio importante de la historia de los EE.UU.

Bennett Cerf. Llamémosla Random House. Memorias de Bennett Cerf (At Random. The Reminiscences of Bennett Cerf, 1977). Madrid: Trama, 2013; 270 pp.; col. Tipos móviles; trad. de Íñigo García Ureta; ISBN: 978-84-92755-90-5. [Vista del libro en amazon.es]

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