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Notas del archivo 'Libros infantiles (norteamericanos)' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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miércoles, 26 de abril de 2017

De alguien que alcanzó la excelencia en su arte nos acaba interesando todo aquello que hizo pues, incluso en sus obras menos conseguidas, vemos la promesa de sus éxitos futuros, o vemos el interés y los méritos de aquellos intentos en los que no consiguió un gran logro. He pensado esto, de nuevo, al ver La ventana de Kenny, el primer álbum en solitario que publicó Maurice Sendak.

Es una historia imaginativa y de maduración con situaciones evocadoras de la infancia del mismo Sendak —igual que El letrero secreto de Rosie— y con claras referencias argumentales y visuales a Pequeño Nemo: todo comienza cuando Kenny se despierta en medio de un sueño, luego suceden todo tipo de cosas, y por último Kenny vuelve a quedarse dormido y a soñar de nuevo. En el sueño primero vio un gallo que le dio un trozo de papel con siete curiosas preguntas a las que debe intentar responder: ¿Puedes hacer un dibujo en la pizarra cuando alguien no quiere que lo hagas? ¿Qué es una cabra única? ¿Puedes ver un caballo en el tejado?, etc.

Kenny busca las respuestas mientras se van encadenando las situaciones y conversaciones, un tanto surrealistas, entre Kenny y sus juguetes —su muñeco Bucky y sus soldaditos de plomo sobre todo—. El argumento no tiene más ligazón que la propia de un sueño en el que, más o menos, van apareciendo las ilusiones y deseos del héroe y que suponemos que ha ido incubando mirando a través de la ventana de su habitación. El texto es más largo que los de los demás álbumes de Sendak y no tiene la perfecta concisión que tendrán los siguientes.

Sendak cultivó mucho, en sus álbumes, la imagen de la ventana como una forma de acceder a otros mundos. En este largo comentario al respecto se explica muy bien y, en concreto, se habla de cómo, en La ventana de Kenny, «la ventana sirve de frontera entre lo familiar de la realidad del dormitorio del niño y el mundo real pero desconocido más allá de la ventana», y también «de frontera entre la realidad del dormitorio y la fantasía dentro de sí mismo». Y se hace notar que una de las siete preguntas que Kenny ha de responder es «¿Qué mira hacia adentro y qué mira hacia afuera?» y que la respuesta es, precisamente, «una ventana».

Maurice Sendak. La ventana de Kenny (Kenny’s Window, 1956). Pontevedra: Kalandraka, 2017; 64 pp.; col. Libros para soñar; trad. de Miguel Azaola; ISBN: 978-84-8464-245-9. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 5 de abril de 2017

El debut de André François en la literatura infantil tuvo lugar en 1949 cuando puso imágenes en todas las páginas impares de El pequeño Brown, también el primer relato de la norteamericana Isobel Harris. Es una recuperación editorial que merece ser aplaudida.

Por su comienzo, que no por el estilo de vida de los protagonistas ni por las ilustraciones, se podría poner en paralelo con Eloise, un relato de la misma época, pues su protagonista, el pequeño Brown, vive en un hotel de Nueva York con sus padres y, como a ellos, le gustan los ascensores, los túneles, el metro y demás. Hasta que un día, Hilda, la encargada de la limpieza, se lo lleva con ella junto a su familia, en el campo, lo que significa un montón de descubrimientos para él.

El libro es ameno y tiene varios aspectos de interés. Uno, la situación propia de algunos niños que viven encerrados en un mundo propio y necesitan abrirse y conocer a gentes de otras clases sociales e incluso, si se quiere, aprender que hay modos de vivir más humanos. Otro, apreciar el gran talento de un ilustrador que sabe cómo enriquecer mucho la narración que le dan y añadirle nuevas capas de significados. Un tercero, el descubrimiento de algunos aspectos de un antiguo Nueva York tal como lo veía François.

Isobel Harris. El pequeño Brown (Little Boy Brown, 1949). Niño editor, 2016; 46 pp.; ilust. de André François; trad. de Rafael Spregelburd; ISBN: 978-9569569012. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 3 de junio de 2015

Hay historias que a unos les pueden hacer mucha gracia pero a otros no tanta. Si alguien ha vivido de cerca experiencias trágicas debidas al juego, por ejemplo, no querrá ni de broma un relato en el que la abuela enseña a su nieta a jugar al póker… Es el caso del singular Memorias de una abuela apostadora, de Dayal Kaur Khalsa.

En la primera parte la nieta habla de lo que a ella le contó la abuela de su vida: nació en Rusia, los cosacos invadieron su pueblo, siendo niña emigró a América, donde creció; luego se casó, su marido trabajó para un gánster muy importante y ella, para complementar los ingresos familiares, se convirtió en una experta jugadora de póker; después tuvo dos hijos, y uno se fue a California y otra, la madre de la narradora, se quedó a vivir en Nueva York; cuando el abuelo murió, la abuela se fue a vivir con su hija y su nieta. Y ahí comienza la segunda parte: la vida de la nieta con la abuela y las cosas que aprendió de ella.

El relato está acompañado con ilustraciones coloristas en la página derecha aunque, a veces, hay ilustraciones en ambas páginas. Las imágenes, más o menos deudoras del arte popular —aquí se dice que la ilustradora mezclaba los colores como las mujeres bereberes de Marruecos—, tienen como misión mostrar algunas cosas tal como se las imagina la narradora y hacerle notar al lector el contraste entre lo que cuenta y el aspecto apacible de la abuela, una ancianita que no parece haber roto nunca un plato. Hay un momento de la narración que es a la vez divertido y polémico: cuando abuela y nieta van a comprar un juguete y la niña quiere una pistola, la abuela le dice que las pistolas no son para las niñas…

Dayal Kaur Khalsa. Memorias de una abuela apostadora (Tales of a Gambling Grandma, 1986). Barcelona: Ekaré, 2015; 32 pp.; trad. de Carmen Diana Dearden; ISBN: 978-84-943038-5-2. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 24 de julio de 2013

Un libro en inglés, de ambiente hispano, que fue importante hace años y que tiene como protagonista a un simpático pastor de ovejas de doce años: ...And Now Miguel, de Joseph Krumgold.

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miércoles, 13 de febrero de 2013

Antes de referirme, mañana, a un libro actual, he puesto en la página un libro infantil norteamericano muy popular, no traducido al castellano, titulado From the Mixed-Up Files of Mrs. Basil E. Frankweiler, de E. L. Konigsburg. Es un relato simpático que tal vez no se ha publicado aquí por ser de ambiente urbano neoyorkino y por desarrollarse la acción en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York de los años sesenta.

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miércoles, 2 de mayo de 2012

Buenos ejemplos de libros infantiles que, hace unas cuantas décadas, hablaban de diversidad cultural y del choque entre pasado y modernidad son algunos de Ann Nolan Clark como Secret of the Andes, sobre un niño inca, y Santiago, sobre un chico indígena guatemalteco.

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miércoles, 20 de julio de 2011

Una muy buena escritora, de las que tratan emociones infantiles con sutileza, es Patricia Maclachlan. Estaria muy bien que salieran nuevas ediciones de Sarah, sencilla y alta, y sus continuaciones, Como una alondra y Caleb. Hay que decir que no a todos les gusta su estilo superlacónico, de los que un escritor busca para conseguir provocar emoción por una resistencia a la emoción, como decía Robert Bresson. Pero a mí me parece formidable.

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martes, 24 de agosto de 2010

Y, al revés de lo dicho el otro día, también se da que, a partir de los libros que triunfan con un protagonista chico, nacen luego libros de protagonista chica. Un ejemplo: Ramona, de Beverly Cleary.

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miércoles, 2 de diciembre de 2009

En casa de las Penderwick
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de Jeanne Birdsall, continúa con la historia de las hermanas Penderwick. Ya los personajes no nos sorprenden, claro está, pero la escritora sabe pulsar con acierto los mismos resortes de la novela previa y consigue una historia igual o más graciosa que los seguidores de la serie disfrutarán.

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martes, 11 de noviembre de 2008

Un caso en el que una primera novela de un autor es sensacional: Las hermanas Penderwick, de Jeanne Birdsall. Es un gran logro escribir una historia muy actual que se pueda poner en línea con clásicos como Mujercitas o las novelas de Edit Nesbit. Un relato así tiene la ventaja de que conecta con el público infantil pero, también, con el público adulto que recuerda esos clásicos, por lo que resulta un buen puente para que unos lean libros antiguos y otros lean libros de ahora.

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miércoles, 1 de octubre de 2008

Cuando leí el relato citado ayer recordé otro de Paula Fox titulado El gato tuerto, una historia que también habla de lo agobiante y venenosa que puede llegar a ser la insinceridad.

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FaulknerADeseos.jpg
miércoles, 21 de mayo de 2008

Me alegra la nueva edición de un relato que William Faulkner escribió para niños, El árbol de los deseos —que no es genial pero está bien y es un ejemplo más de la conclusión de Apostar seguro—, así que cuelgo su reseña y la de su obra póstuma Los rateros, otro más de los relatos norteamericanos deudores de Huck Finn, pero de los mejores.

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miércoles, 23 de agosto de 2006

Sauce Azul
,
de la norteamericana Doris Gates, es una excelente novelita que habla muy, muy bien, entre otras cosas, de cómo una niña se fija en su padre y aprende cuál es el verdadero perfil de los héroes. Nada que ver, claro está, con ninguna clase de payasos encantados de haberse conocido.

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JoNapoliNorte.jpg
martes, 11 de julio de 2006

En ciertos sentidos se puede calificar Hacia el norte, de Donna Jo Napoli, de novelita «ejemplar» de mucha LIJ actual.

El protagonista es un chico de doce años llamado Alvin, bajito, listo, sobreprotegido por su madre. En clase les encargan un trabajo sobre un afroamericano famoso y Alvin elige a Matthew Henson, un explorador del Polo Norte del equipo de Peary al que, según se nos dice, no se le dio todo el reconocimiento que merecería. El chico, harto de los temores de su madre, estudia bien cómo llegar a los lugares que frecuentó Henson, se lleva el dinero que tenía para comprar una bicicleta, y, con suerte y algunas ayudas, desde Washington consigue llegar a donde viven los «inuit», a quienes también les atrae Alvin por ser el primer chico negro que ven. Un solitario y experto trampero le acoge bajo su protección y, con él, aprende lo necesario para sobrevivir allí. La novela termina con Alvin regresando a casa en junio.

La ejemplaridad está en que todo parece indicar que la novela es un relato preparado para consumo escolar en determinados ambientes y, también, que su confección ha sido apresurada: una buena parte de sus defectos podría corregirse con una elaboración mayor. Es una pena, porque el núcleo del relato está bien: las descripciones de la vida en el Ártico y la información sobre la vida de Henson y las costumbres de los inuit. Pero, además de otras cosas, se debería haber justificado mejor que Alvin haga el viaje que hace, llegue al Ártico y viva varios meses allí, oculto de todos; y el final no debería cortarse abruptamente diciendo, sin más, que Alvin regresa.

Donna Jo Napoli. Hacia el norte (North, 2004). Barcelona: Destino, 2005; 277 pp.; col. La isla del tiempo; trad. de Isabel Campos Adrados; ISBN: 84-08-05765-0.

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