Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre su uso de este sitio web. Si utiliza este sitio web, se sobreentiende que acepta el uso de cookies. Entendido | Más información
Notas del archivo 'Historia de España e Hispanoamérica' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
domingo, 7 de mayo de 2017

Uno de los aspectos que me han resultado más interesantes del trabajo de Elvira Roca en Imperiofobia y leyenda negra, son sus comentarios sobre algunas afirmaciones desacertadas en libros de respetados historiadores y escritores. Con ellos la autora pretende poner de manifiesto que muchos asumen acríticamente, por inconsciencia o pereza intelectual, buena parte de los relatos difundidos por la leyenda negra. Es el caso de Imperios del mundo atlántico, de John Elliot, que presenta como un ejemplo de «la opinión común hoy en la historiografía académica».

«El esquema mental de Elliot es el universalmente aceptado y quizá el que el lector tiene en la cabeza, sea consciente de ello o no:
    Imperio inglés en América > Estados Unidos, gran éxito
    Imperio español en América > Repúblicas sudamericanas, gran fracaso.
Esta interpretación procede de la historiografía del siglo XIX (…). Lo que subyace es la idea de que hubo una continuidad del poder anglosajón en el mundo que comenzó en el siglo XVII y duró ininterrumpidamente hasta el siglo XXI. Implica dos evoluciones paralelas para Inglaterra y España, pasando por alto diferencias insalvables, y equipara los territorios de ultramar de una y otra sin atender a lo básico. Para Elliot los españoles llegaron antes a América por azar, y construyeron allí un imperio medieval (¿cómo no?). En cambio, los ingleses, como llegaron más tarde, estaban en un estadio de evolución más avanzado, y por esto pudieron fundar colonias más prósperas. Pasa por alto Elliot que esta prosperidad se alcanzó en el Norte después de la independencia, no antes, y que en el momento de producirse esta, los territorios hispanos eran mucho más prósperos que los del Norte».

Sigue más adelante la autora: «Se pueden comparar las etapas iniciales de los imperios, o sus periodos centrales de plenitud, o su decadencia y acabamiento. Lo que no se puede es comparar un imperio con lo que no lo es. En la historia de América ha habido dos imperios sucesivos, no simultáneos. Y si los hubo coetáneos, serían el portugués y el español, no el inglés. Pero no es difícil suponer la razón de este paralelismo forzado. En este magno drama cósmico que enfrenta al anglosajón, cabeza del mundo protestante, con el español, cabeza del mundo católico, los holandeses y los portugueses son actores secundarios. La derrota del portugués o del holandés no excita la autoestima de nadie; en cambio, la (supuesta) derrota del español es capaz de generar endorfinas generación tras generación».

El trabajo de Elliot, como el de otros, «pasa por alto un hecho evidente que debería ser un punto de partida a la hora de estudiar el éxito económico del Norte y el fracaso del Sur, a saber, que el imperio del Norte se construyó después de la independencia y es el fruto de los emigrantes venidos luego. En cambio, en el Sur, el imperio se alzó “antes” de aquella, y la prosperidad fue resultado de la Administración imperial y del mestizaje. El declive económico del Sur se produjo después de la década de 1830, no antes. En el momento de la independencia, América del Sur cuenta con las ciudades más pobladas y con las mejores infrastructuras del continente. México tiene, alrededor de 1800, unos 137.000 habitantes, y Lima, Bogotá y La Habana superan los 100.000. En este momento Boston, que es una de las ciudades más pobladas del Norte, cuenta sólo con 34.000 habitantes».

María Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra (2017). Madrid: Siruela, 2017; 482 pp.; col. Biblioteca de ensayo; prólogo de Arcadi Espada; ISBN: 978-84-16854-23-3. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
domingo, 30 de abril de 2017

Una de las preguntas que me hacía según leía Imperiofobia y leyenda negra era por qué la autora no ponía en paralelo al Imperio británico con los demás imperios que ha habido en la historia. La explicación termina llegando avanzado el libro: «El hecho de que Inglaterra nunca intentara expandirse por Europa occidental explica que no haya sufrido el acoso de una leyenda negra. Como no ha habido poder local [europeo] que se sintiera amenazado, no ha habido propaganda ni intelectuales que fabricasen las correspondientes justificaciones. Con un buen criterio admirable, Inglaterra se ha limitado durante toda su historia a combatir todo poder que amenazara con crecer y hacerse hegemónico en el continente, pero jamás ha pretendido erigirse en ese poder ella misma».

Me ha interesado, en particular, una anécdota reveladora de cómo en y desde Inglaterra se han expandido las fobias hacia otros imperios. Después de explicar que la «rusofobia» es de origen francés y no inglés como a veces se dice, habla de que durante el siglo XIX también se generó mucha propaganda antirrusa en Gran Bretaña. Cuenta que, «en 1854 se publicó en inglés Home life in Russia, una manipulación-falsificación de la novela de Nikolái Gógol que precisamente comenté ayer: Almas muertas. No se edita como una obra de ficción, sino que se suprime su autor y se engaña al público haciéndole creer que es un relato verdadero. La obra se presenta con el marchamo de “testigo presencial”: no inventamos nada, puesto que es un ruso el que lo dice. Es la misma razón [la narración que usa el recurso del "testigo presencial"] por la que el éxito de fray Bartolomé de Las Casas ha sido inextinguible. Esta falsificación es un hito en la historia de la rusofobia y tuvo un éxito arrollador. En el prólogo, el editor declara que no se trata de una traducción sino que el texto “le fue entregado” directamente en inglés y que está tan plagado de errores que “evidentemente” es el resultado de un ruso que escribe en inglés. Además de esta mentira, el texto del gran novelista ruso es sometido a otras manipulaciones: se eliminan los párrafos que no eran adecuados al propósito buscado y se introducen otros. Aparece, por ejemplo, un narrador que no está en el texto de Gógol que no desaprovecha ocasión de recordar a sus lectores ingleses su superioridad moral con respecto a los rusos».

María Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra (2017). Madrid: Siruela, 2017; 482 pp.; col. Biblioteca de ensayo; prólogo de Arcadi Espada; ISBN: 978-84-16854-23-3. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
domingo, 23 de abril de 2017

Un punto de los que se trata Imperiofobia y leyenda negra es el de que la defensa de los indígenas de América no la hicieron ni los humanistas ni los ilustrados, por más que fueran los últimos los propagadores del mito del Edén indígena aplastado por el malvado hombre blanco. «Ni Las Casas ni Rousseau sintieron nunca, no ya respeto, sino mera curiosidad por los indios. Para ambos todos los indios son el mismo indio».

Se supone que, hoy en día, sigue la autora, «nadie con un mínimo de cultura niega ya el papel pionero que tuvieron los legisladores y la maquinaria imperial española en el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas. Hay que colocar en su contexto y en su tiempo las ideas revolucionarias expresadas primero por los dominicos, y luego por otras órdenes. La justicia exige que se mencione a los dominicos en primer lugar, esas bestias negras de la intolerancia y la barbarie, según la imagen habitual que de ellos ha transmitido el protestantismo primero y, más tarde, la Ilustración. Muchos intelectuales y hombres de gobierno, incluidos los propios reyes, asumieron sus ideas en España. Hasta entonces nadie se había planteado que los pueblos conquistados pudieran tener derechos o que los individuos de una civilización salvaje, considerada universalmente no cristiana e inferior, fuesen también seres humanos que merecían respeto. Y esto, que ha cambiando nuestra noción de lo humano a nivel planetario es, nos guste o no, un trabajo de la Iglesia romana. En general, las iglesias protestantes no sintieron por los indios interés ni cultural ni religioso con algunas excepciones dignas de admiración».

Es decir: «fueron misioneros los que protestaron contra los abusos de los conquistadores; fueron teólogos eclesiásticos, y no humanistas, los que discutieron la justificación de la conquista española, defendieron los derechos de los Indios y sentaron la base de un nuevo Derecho Internacional. (…) El humanista español o europeo no se interesa por América y los graves problemas que este descubrimiento plantea a la conciencia cristiana, porque el Humanismo es refractario a todo cuanto no sea su propio mundo». Ni tampoco es verdadero ese croquis mental de nuestros conocimientos e ideales como sociedad que dibujó una Ilustración que, «cuando llegó a la cumbre, le dio una patada a la escalera y se negó a reconocer deuda alguna ni en conocimiento ni en pensamiento con el mundo anterior a ella, especialmente el hispano-católico».

María Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra (2017). Madrid: Siruela, 2017; 482 pp.; col. Biblioteca de ensayo; prólogo de Arcadi Espada; ISBN: 978-84-16854-23-3. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
domingo, 16 de abril de 2017

En Imperiofobia y leyenda negra, cuando explica la realidad de la Inquisición en España y cómo, con el tiempo, se ha convertido en un mito capaz de evocar un mundo que nunca existió, María Elvira Roca dedica un apartado titulado «Los ojos del señor Inquisidor» a comentar el duradero impacto que han tenido algunas representaciones literarias de esa figura. Es un punto en el que se ve cómo algunos aspectos de la leyenda negra han sido asumidos por todos, incluidos los españoles, y que la autora redimensiona con datos y comparaciones ilustrativas.

El tenebroso Inquisidor apareció por primera vez en Don Carlos, de Schiller, de quien lo tomó luego Dostoievski para su relato El Gran Inquisidor, incluido en Los hermanos Karamázov; a partir de esos modelos, Umberto Eco fabricó el pavoroso Jaime de Burgos para El nombre de la Rosa, y Arturo Pérez Reverte el no menos espantoso dominico Emilio Bocanegra en El capitán Alatriste. (Se aclara, por cierto, que durante los sucesos que se cuentan en El capitán Alatriste, el año 1623, había un presidente del Santo Oficio, llamado don Andrés Pacheco de Cárdenas, franciscano, doctor en Teología, que murió con fama de santo y que, por supuesto, no firmó una sola sentencia de muerte).

Al final del apartado la autora dice que sí, que el arte es libre para inventarse las historias que desee, pero también señala que «la Inquisición como tema literario universal se distingue radicalmente de otros en que se supone que lo que a ella se refiere es verdad», lo que no sucede por ejemplo con temas como los vampiros en Transilvania. En cambio, «estos personajes inquisitoriales que forman parte de la historia de la literatura viven en la mente de los occidentales como si lo fuesen de la historia verdadera, alimentando sine fine el mundo de los mitos denigrantes que la propaganda creó en torno a esta institución, y por extensión, perpetuando la hispanofobia». O, viene a decir también, no deja de ser una pena que tantos españoles, que se tienen a sí mismos por cultos e ilustrados, hagan eco y den crédito a clichés que falsean tanto nuestra historia.

María Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra (2017). Madrid: Siruela, 2017; 482 pp.; col. Biblioteca de ensayo; prólogo de Arcadi Espada; ISBN: 978-84-16854-23-3. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
domingo, 9 de abril de 2017

Indico a continuación varias ideas-guía que se repiten, y que se contrastan con los hechos, una y otra vez, en Imperiofobia y leyenda negra.

Una, la de que «es importante, cuando se trata de opiniones y prejuicios, deslindar con el mayor cuidado causas y consecuencias. El prejuicio precede a las causas, las busca y las fabrica. No al revés. De otro modo dejaría de ser un prejuicio. No quiere decirse que invente sus justificaciones. Procede desenfocando los contextos, y mezclando verdad y mentira».

Otra, la necesidad de usar el lenguaje con precisión y saber de qué estamos hablando. Por ejemplo, la autora explica que la historiografía académica no distingue mucho entre colonialismo e imperio cuando son movimientos de expansión totalmente distintos. Aclara que no se puede hablar de América como una colonia española puesto que nunca lo fue: sus habitantes indígenas fueron tan súbditos de la Corona como los españoles peninsulares; el estilo imperial español fue completamente distinto al de los países europeos durante su etapa colonial, como se prueba en la construcción de hospitales en Hispanoamérica o en que hubo veinte centros de educación superior en América de los que, hasta la independencia, salieron 150.000 licenciados. «Ni portugueses ni holandeses abrieron una sola universidad en sus imperios. Hay que sumar la totalidad de las universidades creadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia en la expansión colonial de los siglos XIX y XX para acercarse a la cifra de las universidades hispanoamericanas durante la época imperial».

Una tercera, que «la imperiofobia es una forma de racismo» pues «el racismo tiene siempre una connotación de inferioridad moral e intelectual. Los griegos ya encontraban a los romanos poco dotados intelectualmente, y la misma opinión tuvieron los italianos de los españoles, y los polacos y checos de los rusos. Ahora mismo, una parte grande de la humanidad, sobre todo europea, está convencida de que los estadounidenses, además de medio tontos, son unos ignorantes». Además, que la imperiofobia nace de un complejo de inferioridad y es administrada por una élite intelectual que «es la que le da forma y prestigio». Lo curioso es que la imperiofobia es un «prejuicio de buen tono» y da una especie de «inmunidad intelectual» a quien lo posee y lo manifiesta.

Una cuarta, que durante siglos, e incluso actualmente, ha imperado la «ley del silencio». En el relato de los hechos históricos es patente: por ejemplo, «la versión canónica de la rebelión del pueblo holandés contra la tiranía española es una narración nacionalista inspirada en la propaganda más que en los hechos»; las guerras protestantes fueron verdaderas guerras civiles que no se presentan así «según esa ley del silencio que tapa aquello que no conviene a la versión triunfadora». Esa ley del silencio se nota, en especial, en el intento de «hacer invisible cualquier logro cultural, científico y social que se produce en el mundo católico al mismo tiempo que se resaltan y se destacan continuamente los que se producen en el mundo protestante, de tal manera que los primeros parecen un hecho excepcional y los segundos una constante. Esta operación de borrado y subrayado va acompañada de su contraria: todo problema o dificultad sucedida en el mundo católico es repetida y destacada hasta la saciedad, de tal forma que parece que las sociedades católicas siempre funcionan mal. Al mismo tiempo los problemas o hechos poco edificantes que tienen lugar en el mundo protestante son presentados como excepción en una trayectoria perfecta, y rápidamente olvidados». Lo asombroso es que «el católico ha asumido ese paisaje social y habita mentalmente en la cosmovisión que el protestante ha dibujado». El ninguneo sistemático de los mejores logros intelectuales españoles ha sido ignorado también en España: el mismo Ortega y Gasset «asumió la historiografía europea triunfante desde el siglo XIX sin poner en duda sus presupuestos»

María Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra (2017). Madrid: Siruela, 2017; 482 pp.; col. Biblioteca de ensayo; prólogo de Arcadi Espada; ISBN: 978-84-16854-23-3. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
RocaImperiofobia.jpg
domingo, 2 de abril de 2017

Me ha parecido un gran libro Imperiofobia y leyenda negra, de María Elvira Roca Barea. En él se da mucha información de un modo ameno, polémico, convincente y accesible. Está dividido en tres grandes partes.

En la primera, titulada «Imperios y leyendas negras: la inseparable pareja», se comentan similitudes y paralelismos entre los imperios de Roma, España, Estados Unidos y Rusia, y entre sus respectivas leyendas negras. La autora explica y ejemplifica que «no suele haber causas objetivas en el nacimiento de las leyendas negras imperiales. Estas buscan sus motivos o los generan, y es imposible que no encuentren algo a lo que agarrarse»; que «todas las leyendas negras nacen en el subsuelo de la frustración» y «brotan entre los pueblos que han de vivir en la órbita de otro pueblo más poderoso (…) hacia el que proyectan complejos y resentimientos».

En la segunda parte, «La hispanofobia en la época imperial: orígenes y fisonomía», habla de sus comienzos en Italia, de su continuación en los Países Bajos, Inglaterra, y Alemania. Explica la importancia de la propaganda organizada contra el Imperio español en los Países Bajos, del nacimiento del mito de la Inquisición, y de los rasgos propios del estilo español de imperio en América. Dice la autora que «la soberbia intelectual del Humanismo fue un fenómeno sin precedentes en la Europa cristiana y no tendrá parangón hasta la Ilustración»; y habla de que resulta ridícula la idea que impusieron los humanistas de que «el Renacimiento se produjo a pesar de que España estaba al mando en la Europa Occidental, y no porque España mandaba. Esta aberrante idea ha vivido y vive con holgura en la historiografía y el ensayo, como si una revolución en las costumbres, en la cultura, en la manera de ver del mundo de tal envergadura como el Renacimiento, pudiera producirse no ya contra el grupo dirigente, sino al margen de este». Pero si los italianos buscaban rebajar la eminencia, oscurecer el brillo del imperio para poner de manifiesto su superioridad (o al menos su no inferioridad), los protestantes colocaron a los españoles al nivel del Demonio y del Anticristo: la identidad colectiva de los pueblos protestantes se levantó sobre la denigración de los católicos y, entre ellos, España ocupaba el lugar de honor.

La tercera parte, sobre «La leyenda negra desde la Ilustración a nuestros días», explica el nacimiento de la hispanofobia particular que difunden los ilustrados franceses: los españoles son ignorantes, atrasados, decadentes, intolerantes… Pero es que las tres grandes imperiofobias del Occidente moderno —la rusofobia, la hispanofobia y el antiamericanismo— se unen en la Francia del siglo XVIII. Conforme las ilusiones imperiales francesas se van desvaneciendo, los intelectuales franceses buscan la forma de reducir cualquier forma de eminencia histórica: «todos los imperios, viejos o en ciernes, que conviven con Francia son una desgracia. Son bárbaros, atrasados o degenerados. Rusia, España y Estados Unidos ofrecen un lamentable espectáculo». Explica también cómo la palabra Latinoamérica se impone frente a Hispanoamérica e Iberoamérica en la Francia del XIX pues cualquiera de las dos últimas «dejaba fuera la importantísima labor de Francia en aquellos lares: Haití, Guadalupe, La Martinica, La Guyana… Tráfico de esclavos a gran escala y penales básicamente. (…) Lo latino es una unidad superior de pueblos a cuya cabeza está Francia».

La autora concluye haciendo notar lo curioso de que tantos intelectuales del XIX y del XX miren hacia el pasado para echar la culpa del hundimiento del imperio precisamente a quienes lo levantaron y no se miren a sí mismos como los responsables de haberlo llevado a la decadencia: «es un argumento disparatado». «Lo que hay que preguntarse no es por qué el Imperio español se vino abajo en la primera mitad del siglo XIX, sino cómo consiguió mantenerse en pie tres siglos, porque ningún fenómeno de expansión nacido desde la Europa Occidental (y nunca dentro de ella) ha conseguido producir un periodo más largo de expansión con estabilidad y prosperidad». Es necesario levantar todo el trampantojo de la leyenda negra y de tantas verdades a medias y estudiar en serio el Imperio español porque hay en él muchísimo que aprender.

María Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra (2017). Madrid: Siruela, 2017; 482 pp.; col. Biblioteca de ensayo; prólogo de Arcadi Espada; ISBN: 978-84-16854-23-3. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
FazioAmIngenua.jpg
domingo, 30 de octubre de 2016

Después de Imperios del mundo atlántico, en mi lista de lecturas de historia le tocó el turno a La América ingenua, un libro en el que Mariano Fazio hace un resumen excelente de lo que sucedió en el continente americano después de la llegada de Cristóbal Colón en 1492. Con todas las dificultades que hay para resumir un buen resumen, doy a continuación algunas ideas, que se pueden completar con esta reseña.

Son ocho capítulos, titulados «Los protagonistas», «Los antecedentes», «El ciclo Colombino», «El ámbito antillano», «Las grandes conquistas armadas», «La evangelización», «La búsqueda de la justicia», «Las consecuencias». En los primeros el autor habla de la miopía de unos para no ver las barbaridades realizadas por los conquistadores hispanos y la de otros para no ver lo positivo de su labor civilizadora y evangelizadora; señala la necesidad de intentar comprender las diferencias que había, tanto entre los europeos que llegaron como entre los pueblos americanos que encontraron; apunta las luces y sombras de las culturas precolombinas pues, por ejemplo, antes que la de los españoles, hubo invasiones incaicas y aztecas «más crueles e inhumanas que las europeas».

Explica bien luego que, pasada la época de los conquistadores, como los reyes no querían que en las Indias «retoñase el régimen señorial», abrieron la época de los funcionarios públicos: así «nacía la burocracia americana, que tras cinco siglos de vida aún hoy goza de demasiada buena salud». Esto comenzó en «el laboratorio de las Antillas» y puso en pie una gran organización burocrática oficial con una dependencia estrecha de la Corona de Castilla. También dedica unas pocas y amenas páginas a cada uno de los conquistadores que fueron llegando a cada territorio, y señala sus errores y aciertos.

Explica el importante papel de Francisco de Vitoria, apunta el hecho asombroso de que en la España imperial e inquisitorial se le permitiese a Las Casas decir todo lo que dijo, y hace notar la gran búsqueda de la justicia que se dio en España en aquellos tiempos. Respecto a lo anterior un episodio revelador, sin precedentes, fue que, durante la celebración de la Junta de Valladolid —unos debates públicos en los años 1550 y 1551—, Carlos V dio la sorprendente orden de que cesasen las conquistas en América hasta que se decidiera si eran o no justas. Al final el autor concluye que las Leyes de Indias honran a España y a América: aunque tuvieran sus limitaciones en su redacción y en su aplicación manifiestan la altura moral a la que se llegó.

Mariano Fazio. La América ingenua: breve historia del descubrimiento, conquista y evangelización (2009). Madrid: Rialp, 2009; 187 pp.; ISBN: 978-84-321-3719-8. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
ElliottImperios.jpg
domingo, 23 de octubre de 2016

Una fructífera lectura de los últimos meses: Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América, 1492-1830, un libro de hace unos años de John H. Elliott. Dos buenas reseñas explicativas salieron una en El Cultural y otra en Letras Libres.

Es una larga y documentada narración en la que se comparan los imperios coloniales español e inglés en América hasta 1830. Está dividido en tres partes tituladas «La Ocupación», «La Consolidación» y «La Emancipación», que a su vez tienen cuatro capítulos cada una. En la primera parte hay un desfase temporal en la comparación pues el autor contrasta lo que ocurrió después de las llegadas de Cortés a México en 1519 y de Christopher Newport en 1606 a lo que sería Jamestown, la que sería la Veracruz inglesa, una especie de base de reconocimiento y aprovisionamiento. Ya en las otras dos partes el contraste se da entre situaciones que se dieron a la vez en el tiempo.

El autor va señalando similitudes y diferencias entre los dos procesos, tan deudores ambos de muchos factores: motivos y métodos de unos y otros, relaciones entre los recién llegados y las distintas poblaciones, las ambiciones humanas y espirituales en juego, las instituciones económicas que se pusieron en marcha, el peso y las decisiones de los sucesivos gobiernos en España y en Inglaterra, los diferentes orígenes y rasgos de las comunidades locales que se crearon, las razones por las que fueron estallando los conflictos, etc. Es un gran intento de comprender las cosas mejor pues el autor se fija en el momento en el que se produjeron los acontecimientos y huye de los prejuicios o estereotipos falsos asentados con el tiempo.

Los párrafos finales del epílogo dicen lo siguiente:

«La historia podría haber sido muy distinta. Es posible imaginar un guión alternativo, en modo alguno inverosímil, si Enrique VII hubiera estado dispuesto a financiar el primer viaje de Colón y una fuerza expedicionaria de hombres del suroeste de Inglaterra hubiera conquistado México para Enrique VIII: un enorme aumento en la riqueza de la corona inglesa al llenarse las arcas reales de cantidades crecientes de plata americana, el desarrollo de una estrategia imperial coherente para explotar los recursos del Nuevo Mundo, la creación de una burocracia imperial para gobernar las sociedades colonizadoras y sus poblaciones subyugadas, una menguante influencia del parlamento en la vida nacional y el establecimiento de una monarquía inglesa absolutista financiada con la plata de América.

La historia no siguió tal curso. El conquistador de México resultó ser un fiel vasallo del rey de Castilla, no del rey de Inglaterra, y fue una compañía mercantil inglesa, no una española, la que encargó a un antiguo corsario que fundara la primera colonia de su país en el continente americano. Detrás de los valores culturales y los imperativos económicos y sociales que configuraron los imperios español y británico del mundo atlántico se halla una multitud de elecciones personales y las consecuencias imprevisibles de acontecimientos inesperados».

John H. Elliott. Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América, 1492-1830 (Empires of the Atlantic world, Britain and Spain in America 1492-1830, 2006). Madrid: Taurus, 2006; 830 pp.; trad. de Marta Balcells revisada por el autor; ISBN: 978-8430606177. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
PerezComuneros.jpg
domingo, 31 de julio de 2016

Algunos comentarios al paso en la novela El capitán Miguel y la daga milanesa, me hicieron buscar un libro que tenía, desde hace tiempo, en mi lista de libros a leer: Los comuneros, de Joseph Pérez, una revisión actualizada de un famoso libro suyo de 1970. Como esperaba, es excelente: el autor explica bien, de forma sintética y ordenada, la llamada Guerra de las Comunidades de Castilla, el levantamiento de algunas ciudades a principios del reinado de Carlos I de los años 1520 y 1521. Primero explica la situación de Castilla en 1520 y de cómo se fraguó, estalló y se sofocó la rebelión. Contados todos los hechos, el autor habla de cada uno de los bandos y personajes en conflicto: los comuneros, los nobles, el poder real. Por último, habla de las interpretaciones que unos y otros han dado a lo sucedido entonces.

Al final, concluye con este resumen de lo que fueron los comuneros: «Estamos ante un movimiento fundamentalmente castellano, más concretamente centro-castellano, y quedan excluidas las tierras burgalesas y las situadas al sur de Sierra Morena. Este movimiento nace y se desarrolla en las ciudades, pero encuentra pronto muy fuertes ecos en el campo, escenario de una poderosa explosión antiseñorial. El movimiento elabora un programa de reorganización política de signo moderno, caracterizado por la preocupación de limitar la arbitrariedad de la corona. Su derrota se debe a la alianza de la nobleza y de la monarquía y viene así a reforzar las tendencias absolutistas de la corona».

Incidentalmente me atrae también el modo cuidadoso con el que Joseph Pérez afirma o matiza las cosas. Por ejemplo, ante la tesis de que si la Guerra fue una especie de reacción de los conversos, el autor indica: «no niego los hechos; niego la conclusión que se pretende sacar de ello, es decir, la idea de que la rebelión comunera fue esencialmente una manifestación de la general inquietud de los conversos por aquellos años». O, a propósito de la posible relación entre alumbrados y comuneros, matiza «que dos fenómenos históricos sean contemporáneos no significa forzosamente que el uno sea causa del otro ni que ambos tengan causas comunes». En definitiva, que es difícil dar una explicación única y sencilla de un problema complejo y que toda conclusión requiere mucha prudencia.

Joseph Pérez. Los comuneros (1970-2014). Madrid: La Esfera, 2014; 290 pp.; col. La Esfera Historia; ISBN: 978-8497340038. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir
RestallConquist.JPG
domingo, 8 de junio de 2014

Los conquistadores: una breve introducción, un libro de bolsillo firmado por Matthew Restall y Felipe Fernández-Armesto, es una excelente obra para comprender mejor qué clase de hombres fueron los que se lanzaron a la conquista de América y cuáles son las explicaciones más coherentes del éxito que tuvieron. Al final, una de las sensatas conclusiones es que las muchas razones que se han dado han de verse conjuntamente, formando una «armonía de explicaciones».

De todas ellas, una importante que subrayan los autores es que «en gran medida, lo que llamamos “conquista” es un nombre erróneo» pues «en la mayoría de los lugares no hubo conquista en absoluto». Señalan cómo las fuentes que manejamos, de guerreros y de batallas, «transmiten una imagen de intenso conflicto» y cómo, «además, en España hubo un fuerte grupo crítico contra los excesos», con lo que la impresión final que ahora tenemos es de que hubo gran violencia. Sin embargo, los llamativos episodios que protagonizaron hombres como Cortés o Pizarro, afirman, «fueron recursos desesperados de unos hombres desesperados que, ante una situación de aislamiento traumático, recurrieron al terror para aliviar sus terrores o para animar a sus compañeros». Es decir, se pone mucho el acento en las tres guerras que hubo en la conquista de México…, pero «no se suele llamar la atención sobre el rasgo más notable de estos conflictos: que fueron muy escasos».

Matthew Restall y Felipe Fernández-Armesto. Los conquistadores: una breve introducción (The Conquistadors. A Very Short Introduction, 2012). Madrid: Alianza, 2013; 185 pp.; col. El libro de bolsillo; trad. de Javier Alonso López; ISBN: 978-84-206-7543-5.

Enviar Imprimir
AlonsoContreras.jpg
viernes, 23 de febrero de 2007

Al comentario de ayer sobre la serie de Alatriste se puede añadir que un gran libro de historia sobre la época es El Conde Duque de Olivares, de John Elliott, que ya cité a propósito de Dumas.

Además, los interesados disfrutarán el Discurso de mi vida. Aventura corsaria de un honorable capitán, donde un personaje real llamado Alonso de Contreras —que combatió en Flandes, Milán, Nápoles, Sicilia, Puerto Rico, Túnez...— narra treinta años de su asombrosa vida. Como se indica en la introducción de una de las ediciones citadas, Alonso de Contreras fue un hombre de acción, «duro como el pedernal» y más bruto incluso que Alatriste. Su relato está escrito entre 1630 y 1633, y, en sus propias palabras, «ello va seco y sin llover, como Dios lo crió y como a mí se me alcanza, sin retóricas ni discreterías, no más que el hecho de la verdad».

Como se cuenta en El caballero del jubón amarillo, Alonso de Contreras fue amigo de Lope de Vega, que «me tuvo por su camarada más de ocho meses, dándome de comer y cenar, y aun vestido me dio. Dios se lo pague. Y no contento con eso, sino que me dedicó una comedia en la veinte parte de El Rey sin reino, a imitación del testimonio que me levantaron los moriscos».

De sus andanzas por el Mediterráneo se puede traer aquí un suceso que sonará conocido a quien haya leído Corsarios de Levante: después de que su barco capture una presa, el capitán manda que nadie juegue a bordo, ordena echar los dados y naipes al mar y poner graves penas a quien juegue, con lo cual los marineros organizaron el juego así: «hacían un círculo en una mesa, como la palma de una mano, y en el centro de él, otro círculo chiquito como de un real de a ocho, en el cual todos los que jugaban cada uno metía dentro de este círculo chico un piojo, y cada uno tenía cuenta con el suyo y apostaban muy grandes apuestas, y el piojo que primero salía del círculo grande tiraba toda la puesta, que certifico la hubo de ochenta cequíes».

Y su estilo rápido de narración y de acción se puede mostrar con un breve pasaje: «...llegó a mí un gentilhombre sin vara con un criado, y dijo “¿Cómo trae ese coleto?” —que era de ante—. Dije “Puesto”. Dijo “Pues quítesele”. Respondí “No quiero”. El criado dijo “Pues yo se lo quitaré”. Iba a ponerlo por obra, fue fuerza sacar la espada, que ellos no fueron perezosos en hacerlo, pero yo fui más pronto...»

Alonso de Contreras. Discurso de mi vida. Aventura corsaria de un honorable capitán (1633). San Lorenzo de El Escorial: Langre, 2006; 222 pp.; edición crítica de Gonzalo Gil; ISBN: 84-934384-4-8. Otra edición en Madrid: Ediciones Internacionales Universitarias, 2004; 238 pp.; ISBN: 84-8469-098-9.

Enviar Imprimir
publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo