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Notas del archivo 'Lectura (aprendizaje lector)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 15 de enero de 2012

Una de las ideas que recorre Cómo aprendemos a leer: historia y ciencia del cerebro y la lectura, de Maryanne Wolf, es la de que «un sistema de clases poco estudiado divide de manera invisible a nuestra sociedad; las familias que proporcionan a sus hijos un entorno fecundo en oportunidades de lenguaje escrito y oral se alejan poco a poco de aquellas que no lo hacen o no pueden hacerlo. (…) En algunos entornos el niño de clase media oye treinta y dos millones de palabras habladas más que el niño desfavorecido.

Los niños que empiezan el jardín de infancia habiendo oído y utilizado miles de palabras, cuyos significados ya han comprendido, clasificado y almacenado en su tierno cerebro, parten con ventaja en el campo de juego de la educación. Los niños a los que nunca se les lee un cuento, que nunca oyen rimas, que jamás se imaginan luchando con dragones o casándose con princesas, tienen abrumadoramente en contra todas las apuestas».

Añado yo: esa diferencia de clases será también enorme, y lo es ya, entre quienes crecen teniendo a su alcance, físicamente, libros distintos y valiosos, que pueden tocar, ver, leer y compartir, y quienes crecen sin tenerlos. En el caso de los adultos tengo claro que los libros electrónicos pueden reemplazar a la inmensa mayoría de los libros físicos, en el caso de los niños no habrá forma de sustituirlos. O sí, pero con un perjuicio grandísimo para los niños que sufran esa decisión.

Maryanne Wolf. Cómo aprendemos a leer: historia y ciencia del cerebro y la lectura (Proust and the Squid, 2007). Barcelona: Ediciones B, 2008; 335 pp.; trad. de Martín Rodríguez-Courel; ISBN: 978-84-666-3835-7. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 17 de abril de 2011

Comentando el libro de Wayne Booth titulado Las compañías que elegimos, al que volveré, dice Martha Nussbaum: la metáfora fundamental que usa Booth en su libro es que «una obra literaria es como un amigo», y, por tanto, podemos valorar nuestras relaciones literarias igual que valoramos nuestras relaciones de amistad, «dándonos cuenta de que se nos juzga por las compañías que mantenemos. Su análisis de la amistad [de Booth] tiene su origen en Aristóteles, al sostener que se trata de una relación de amistad la que se basa en la confianza y el afecto, en la que perseguimos nuestros fines de un modo social, compartiendo, en buena medida, las actividades, los deseos y los valores del amigo. Así, evidentemente, los amigos que elegimos tienen una gran importancia para la calidad de nuestras vidas. Aristóteles sostiene que existen tres fundamentos o motivos diferentes para la amistad: el placer, la utilidad y el buen carácter. Booth sostiene que estos tres elementos, en diferentes combinaciones, informan nuestras elecciones de lectura. Y sostiene que a duras penas se explicaría por qué elegiríamos pasar el tiempo en dicha intimidad con la mente de un autor (implícito) a menos que fuera a causa de uno o más de estos tres elementos. Como Aristóteles, sostiene que una amistad fundada en el carácter y en las aspiraciones es la mejor amistad y la más enriquecedora, aunque los tres elementos tienen cabida en una vida buena. Esta clasificación de la amistad, sostiene, es un buen punto de partida para la evaluación de las experiencias literarias, consideradas como partes constitutivas de la vida. Las experiencias en las que nos hacemos acompañar por un autor implícito con mal carácter, que forma deseos y proyectos sádicos, brutales, injustos o meramente displicentes y sensibleros, son particularmente negativas. No obstante, las relaciones que sólo proporcionan, digamos, cierta información útil o cierto alivio momentáneo son menos valiosas que aquellas que enriquecen nuestras vidas de un modo algo más sustancial».

Martha Nussbaum. «Leer para vivir», en El conocimiento del amor. Ensayos sobre filosofía y literatura (Love’s Knowledge, 1990-1992). Madrid: Antonio Machado Libros, 2005; 694 pp.; col. Teoría y Crítica; trad. de Rocío Orsi Portalo y Juana María Inarejos Ortiz; ISBN: 84-7774-769-5.
Wayne Booth. Las compañías que elegimos. Una ética de la ficción (The Company We Keep, 1988). México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2005; 556 pp.; col. Lengua y Estudios Literarios; trad. de Ariel Dilon; ISBN: 968-16-7478-2.

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domingo, 27 de marzo de 2011

Martha Nussbaum:
Si a un niño, al crecer, le damos lecturas adecuadas, «a medida que (…) domine más los rudimentos del vocabulario emocional de su sociedad ocurrirán dos cosas nuevas». Por medio de tragedias como las de Sófocles puede iniciar un proceso de aprendizaje de la compasión pues el lenguaje literario tiene «la capacidad de abrirse paso a través de la distracción para promover un intenso reconocimiento e interés por los demás». Por medio de dramas como los propios de la novela social realista, dramas que son como ejercicios de «extensión de la simpatía», pueden adquirir una empatía que atraviese las barreras sociales. Aunque también hay que añadir que «nada producirá una compasión adecuada sin que existan juicios éticos correctos» y que «promover la empatía en este sentido (multicultural) no nos compromete con un relativismo cultural, con la idea de que todas las culturas son igualmente buenas o con ninguna otra actitud de lavarse las manos frente a toda crítica cultural. De hecho, el espectador compasivo siempre trata de comparar lo que ve con su concepción cambiante del bien, y su compasión siempre necesita verse ligada a la mejor explicación del bien que pueda encontrar». Al mismo tiempo, «la imaginación empática es un auxilio extremadamente valioso para la formación de juicios correctos y respuestas adecuadas». A eso se han de sumar dos cosas más: una, que «el hecho de que la tragedia de Sófocles inspire compasión por el sufrimiento humano y el hecho de que sea una poesía colosal y potente no son independientes: es la excelencia poética lo que transmite la compasión al espectador, abstrayéndole de sus hábitos de la vida cotidiana»; y otra, que puede ocurrir que «las obras que resultan poderosas en un momento específico en relación con un problema particular pueden no resistir el paso del tiempo, y, en este sentido, parecen menos grandes en tanto obras de arte que otras», como es el caso de La cabaña del tío Tom, por ejemplo.

Martha C. Nussbaum. Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones (Upheavals of Thought, 2001). Barcelona: Paidós, 2008; 798 pp.; col. Magnum; trad. de Araceli Maira; ISBN: 978-84-493-2099-6.

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domingo, 20 de marzo de 2011

Martha Nussbaum:
«En las primeras historias, poemas y canciones de los niños ya hay un ejercicio que favorece la imaginación del mundo interior de otra persona. En la “fantasía” el niño aprende a dotar de vida y necesidad a formas extrañas. Y puesto que estos juegos muchas veces se realizan en presencia y con la ayuda de los objetos de mayor apego del niño, toman prestadas de éstos parte de su luz y su misterio.

Piénsese en la canción que comienza «Twinkle, twinkle, Little Star, how I wonder what you are» [brilla, brilla, pequeña estrella, me pregunto quién serás]. Al aprender esta canción, los niños desarrollan aún más su sentido ya presente de la maravilla: cierta noción del misterio que mezcla la curiosidad y el estupor. Los niños se admiran de una pequeña estrella. Al hacerlo, aprenden a imaginar que una mera forma en el cielo tiene un mundo interior, en cierto sentido misterioso, en cierta manera como el suyo mismo. Aprenden a atribuirle vida, emoción y pensamiento a una forma cuyo interior se les esconde. A medida que transcurre el tiempo, lo hacen de una forma cada vez más sofisticada, aprendiendo a escuchar y a contar historias sobre animales y sobre humanos. Estos relatos interactúan de formas muy complejas con sus propios intentos de explicar el mundo que los rodea, y sus propias acciones en ese mundo».

Martha C. Nussbaum. Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones (Upheavals of Thought, 2001). Barcelona: Paidós, 2008; 798 pp.; col. Magnum; trad. de Araceli Maira; ISBN: 978-84-493-2099-6.

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martes, 4 de marzo de 2008

Consideraciones sobre la lectura de los niños que hace Samuel Johnson: «Yo pondría a un niño en una biblioteca (en la que no hubiera libros desaconsejables para su corta edad) y le permitiría que leyera a su antojo. A un niño nunca habría que desanimarle, ni disuadirle de leer todo aquello que le gustara por pensar que es algo a lo que aún no alcanza. Si tal fuera el caso, el niño bien pronto lo descubrirá y desistirá; si no, gana luego en su instrucción, que es mucho más provechosa si proviene de la inclinación con que él mismo emprende el estudio».

James Boswell. Vida de Samuel Johnson (Life of Johnson, 1791-1793). Barcelona: El Acantilado, 2007; 2000 pp.; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN (10): 84-96489-84-1.

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miércoles, 8 de agosto de 2007

Hay un modo de leer ansioso, propio de los años jóvenes, que describe bien Stanislaw Lem en sus memorias: «Fui Mowgli, por supuesto, y el indio Winnetou, y el Capitán Nemo. Los extraños pasajes se han fijado en mi mente sin motivo aparente. Tras la guerra me hice con un ejemplar de El viaje sin dinero de Uminski, y busqué página tras página hasta dar con la frase más hermosa: “La bala surcó los cielos con su rugido inconfundible”. Se refería a la caza de cocodrilos o rinocerontes (...). ¿Y El valle sin salida? Cosas horribles exudaban en mí cuando lo leí de pequeño. Y qué decir de La llamada de lo salvaje. Su lectura no permitía repantingarse tranquilamente en la cornisa de la ventana o balancear una silla con el pie o estirarme sobre la mesa apoyando los codos sin llegar a inquietarme. Necesitaba la presencia de un adulto para sentirme completamente seguro, e incluso así a veces era horrible. No me gustaba Dickens; era como un otoño lluvioso y sin esperanza. Sin embargo me zambullía en Dumas, y me perdía. Arranqué con inocencia en Los tres mosqueteros, y poco después me parecería que no había tiempo suficiente en la vida para leer esos libros».

Stanislaw Lem. El castillo alto.

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martes, 12 de junio de 2007

Dice Astrid Lindgren en sus memorias de que, cuando era niña, leyó multitud de relatos y, de su experiencia, concluye que el campo de lectura del niño ha de ser muy amplio pues, afirma, «no creo que los niños deban ser considerados críticos literarios». Y habla a los padres de que han de inculcar pronto el camino del libro a los hijos: «Ahora mismo, cuando vuestro hijo tiene seis, u ocho, o diez, o doce años. Luego sería demasiado tarde. Demasiado tarde para Blancanieves y para el Doctor Dolittle, demasiado tarde para unas Aventuras de Tom Sawyer y un Robinson Crusoe; demasiado tarde para tanta ilusión y tantas emociones. Sencillamente, demasiado tarde para encontrar el camino de la más extraordinaria de todas las aventuras».

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martes, 4 de abril de 2006

Ahora que acaba de fallecer John Reynolds Gardiner, vuelvo a recomendar Stone Fox, un relato superabsorbente. Y también Alto secreto, aunque sea inferior, es un ejemplo de cómo escribir con garra para primeros lectores. Su autor afirmaba en sus memorias que no había leído un libro completo hasta los 19 años... O sea que sí se puede comenzar tarde a ser lector. Es una esperanza (en algunos casos muy pequeñita) pero que no compensa perder.

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sábado, 2 de julio de 2005

Es interesante pensar, dice C. S. Lewis, que «de todos los libros que un niño lee, no hay ninguno que le dé una impresión menos falsa (que un cuento de hadas). Creo que es más probable que le engañen esas otras historias que pretenden pasar por literatura realista para niños. Yo nunca esperé que el mundo fuera como un cuento de hadas, pero creo que sí esperé que el colegio fuera como un cuento de colegios. Todas las historias en las que los niños experimentan aventuras y éxitos, posibles en el sentido de que no quiebran las leyes de la naturaleza pero de una improbabilidad casi absoluta, corren más peligro de despertar falsas expectativas que los cuentos de hadas». Trasladado ese comentario a nuestra vida ordinaria se puede formular así: lo que nos engaña son las revistas del corazón y los periódicos deportivos y las series de televisión sobre vidas cotidianas..., y no los relatos de fantasía.

C. S. Lewis, en «Tres formas de escribir para niños», ensayo en De este y otros mundos: ensayos sobre literatura fantástica.

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sábado, 14 de mayo de 2005

Cuenta Katherine Paterson que cuando sus cuatro hijos eran pequeños y ella y su marido tenían poco dinero, les compraba libros según el número de veces que los habían sacado antes de la biblioteca pública. Cuando iban por la sexta relectura, dice, no había duda que su hija o hijo tenían verdadera necesidad del libro y entonces iba, sacaba el dinero de su escasa economía familiar, y le compraba un ejemplar para que pudiera tenerlo siempre. Quizá esperar a la sexta vez sea demasiado y baste a partir de la cuarta, se me ocurre.

Katherine Paterson. «Confusion at the Crossroads», un capítulo de The Invisible Child: on reading and writing books for children (2001). New York: Dutton Children’s Books, 2001; 267 pp.; ISBN: 0-525-46482-4.


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