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Notas del archivo 'Robert Louis Stevenson' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 28 de noviembre de 2015

Para terminar con la serie dedicada a Stevenson, selecciono algunos textos, tomados de la recopilación titulada La Casa Ideal y otros textos, relativos a su modo de ver la vida.

En La Casa Ideal, al describir cómo sería su vivienda deseada, menciona su cuarto de trabajo, del que dice que debería tener cinco mesas para trabajar: «Una de las mesas es para el trabajo que se realice en un momento dado; otra, contigua a la anterior, para los libros de consulta que se utilicen; otra, muy amplia, para manuscritos o pruebas que esperan su turno; otra debe permanecer vacía para una eventualidad; y la quinta es la mesa cartográfica, que cruje bajo un cúmulo de mapas y cartas a gran escala». Hay también, al final, una relación de «esos libros eternos que nunca envejecen»: Shakespeare, Molière, Montaigne…, y también libros de Scott, Dumas, «el inmortal Boswell (el mejor de los biógrafos)»…

En Sermón de Navidad señala objetivos morales que, en su opinión, están al alcance de todos: «Ser honrado, ser amable…, ganar poco y gastar un poco menos, conseguir que nuestra presencia haga generalmente más feliz a nuestra familia, saber renunciar a algo cuando sea necesario y no amargarse por ello, tener pocos amigos pero leales —y, sobre todo, con esa misma e inflexible condición, ser amigos de nosotros mismos—: he aquí una tarea digna de la fortaleza y de la sensibilidad de todo hombre». Y más adelante indica: «Está muy difundida entre las gentes honestas la idea de que deberían mejorar la conducta de sus semejantes. Sólo estoy obligado a mejorar la conducta de una persona: yo mismo. Sin embargo, expresaría mucho más claramente mis obligaciones para con mi prójimo diciendo que tengo que hacerle feliz —si puedo—».

Tienen también interés las Oraciones de Vailima, unos textos preparados por Stevenson para unas oraciones en voz alta que se hacían cada día en su casa de Samoa. En la presentación a estas oraciones, la mujer de Stevenson señala que «en cada hogar de Samoa el día termina con la oración y el canto de himnos» y «la omisión de este sagrado deber supondría no sólo una carencia de formación religiosa en la casa del jefe de la aldea, sino también un insolente desaire a todo lo que es respetable en la vida social samoana». Son catorce textos breves —que luego Stevenson modificaba al leerlos en voz alta— con distintos objetivos como, por ejemplo, «Para pedir el olvido de nosotros mismos» —«Enjuga nuestras lágrimas vanas, borra nuestros vanos resentimientos, socorre aún nuestros más vanos esfuerzos»—, «Por los amigos» —«Por el amor de Cristo, no permitas que se avergüencen de nosotros, ni nosotros, de ellos»…—, «Por la renovación de la alegría» —«Si somos malos, Señor, ayúdanos a darnos cuenta de ello y a enmendarnos. Si somos buenos, ayúdanos a ser mejores. (…) Renueva en nosotros el sentido de la alegría»—.

R. L. Stevenson. La casa ideal y otros textos. Madrid: Hiperión, 1998; 126 pp.; col. Dicho y hecho; prólogos, traducciones y notas de Santiago R. Santerbás, María Cóndor y Antonio Iriarte Jurado; ISBN: 84-7517-567-8. [
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sábado, 21 de noviembre de 2015

Después de Viajar y de Escribir, recopilaciones de textos de Stevenson sobre viajes y sobre literatura, la editorial Páginas de Espuma ha publicado ahora un tercer volumen titulado Vivir. Ensayos personales y biográficos.

Se presentan distribuidos en tres bloques titulados «La vida», «Las personas», «Los recuerdos». En ellos, del mismo modo que cuando habla sobre literatura Stevenson escribe siempre sobre la vida, cuando habla sobre la vida no deja de hacer referencias literarias: tal vez abundan, más que otras, las que hace a Samuel Johnson, John Bunyan, Shakespeare y Walter Scott, pero no faltan otras a los autores más populares de su tiempo.

Los seguidores de Stevenson encontrarán aquí comentarios de tipo general, que responden a sus experiencias personales y cuyo eco resuena en sus relatos de ficción. Así, en «La sinceridad en las relaciones», podemos leer un párrafo en el que vemos algo de la difícil relación que tuvo Stevenson con su padre: señala cómo, a veces, «el padre comienza la partida con una idea imperfecta del carácter de su hijo, formado en los años de la infancia o durante las tempestades equinocciales de la juventud. Y se apega a esto, advirtiendo solo los hechos que se ajustan a su idea preconcebida».

Encontrarán también descripciones que responden al modo de ser de Stevenson según recuerdan quienes le trataron. Por ejemplo, sus excepcionales dotes para la amistad quedan retratadas en «Conversaciones y conversadores» cuando indica que «no hay ambición más justificada que la excelencia en la conversación: ser afable, alegre, ágil, claro y oportuno…», o cuando habla de que «la conversación es, sin duda, el escenario y el instrumento de la amistad».

La ironía punzante pero cordial del autor se pone de manifiesto, entre otros momentos, al desgranar episodios de su época estudiantil y apuntar que «una sociedad de debate siempre resulta ser, al comienzo, una decepción. No es habitual encontrarse con el joven Demóstenes masticando sus piedrecillas en tu misma clase. Y si tienes la suerte de encontrártelo, probablemente pienses que la interpretación no es tan digna de admiración como dicen».

De los ensayos de tipo bromista es destacable «La filosofía de los paraguas». Allí habla de que «Robinson Crusoe nos presenta un emotivo ejemplo del deseo de poseer un paraguas, que es inherente a la mente civilizada y educada. (…) Su paraguas hecho de hojas es el mejor ejemplo que podamos encontrar de mente civilizada que trata de expresarse en circunstancias adversas». Y termina su artículo lamentando que sean tan escasas las contribuciones a este importante tema, tristemente caído en desuso.

R. L. Stevenson. Vivir. Ensayos personales y biográficos. Madrid: Páginas de Espuma, 2015; 400 pp.; col. Voces/Ensayos; trad. de Amelia Pérez de Villar; ISBN: 978-84-8393-189-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 14 de noviembre de 2015

El ladrón de cadáveres es un relato que Stevenson escribió a partir de personajes reales. Cuando el doctor Wolfe MacFarlane entra en una taberna es reconocido por un viejo compañero y rival llamado Fettes, a quien se describirá como un ser «frío, egoísta y superficial hasta extremos insospechados», y que «tenía ese mínimo de prudencia, mal llamado moralidad, que aleja a la gente de las borracheras inconvenientes y de los crímenes punibles». El narrador indica que ambos habían sido alumnos del profesor de anatomía Robert Knox y que, juntos, se habían encargado de conseguirle cadáveres pagando para eso a tipos que se hacían con ellos.

Entonces se recuerda lo sucedido tiempo atrás: en una ocasión en la que Fettes identificó el cuerpo de una mujer que conocía y vio que había sido asesinada, MacFarlane le convenció de no decir nada para no verse involucrados. Más tarde Fettes encuentra a MacFarlane en una taberna y allí un hombre llamado Gray trata de malos modos a MacFarlane. A la noche siguiente Fettes ve que MacFarlane trae el cadáver de Gray pero decide callar, aunque esté seguro de la culpabilidad de MacFarlane, para no ser él la próxima víctima.

Tal vez sea este relato el que apunta más cosas acerca de los ambientes turbios edimburgueses que Stevenson conoció en su juventud. Frente a lo habitual en el autor, en esta historia no hay rasgos que suavicen la repugnancia que inspiran los personajes. De ahí que Chesterton dijese que era como un «chorro de gas», por más que el toque «sobrenatural» final sí anuncie o sugiera un castigo.

Las desventuras de John Nicholson tratan sobre un padre íntegro pero rígido, y un hijo que, dejándose llevar por un arrebato, huye de su casa llevándose dinero. El hijo vuelve, al cabo de los años, siendo rico y con la intención de reconciliarse con su padre y su familia pero, debido a una imprudencia pasada, le persigue la policía, pues le creen culpable de un gran robo, y esa noticia ha llegado a su padre y su familia mucho antes de que él pueda explicarse.

Es notable la presentación del padre, con la que comienza el relato: «John Varey Nicholson era un estúpido, aunque otros que lo son más que él están hoy repantingados en el Parlamento y se jactan de ser los autores de su propia distinción». Y en la descripción que sigue se añade lo siguiente: «El señor Nicholson tenía mucho sentido del humor, pero de tipo escocés, intelectual y basado en la observación de los demás; su propio carácter, por ejemplo —si lo hubiese visto en otra persona—, habría sido todo un festín para él, pero las huecas carcajadas de su hijo cuando se rompía un plato, y sus observaciones vacías y superficiales le dolían como indicios de una inteligencia débil».

Otro cuento edimburgués del que dice Chesterton que es una comedia desagradable, no lo bastante penosa para ser una tragedia, pero sí un tanto estridente, como pueden serlo el chillido de unas gaitas. En él se ponen de manifiesto, una vez más, las condiciones sociales y las tradiciones puritanas propias de un país moldeado por el presbiterianismo. El relato también sigue un poco el modelo del regreso del hijo pródigo pero el padre no es, precisamente, una persona con la mejor disposición para perdonar.

Robert Louis Stevenson. Cuentos completos. Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 7 de noviembre de 2015

En la edición que cito abajo, que contiene todos los relatos cortos de Stevenson, hay un apartado con el título de Relatos sueltos en el que se agrupan estos cuatro: Una vieja canción (An Old Song, 1875); Historia de una mentira (The Story of a Lie, 1879); El ladrón de cadáveres (The Body Snatcher, 1884); Las desventuras de John Nicholson (The Misadventures of John Nicholson: A Christmas Story, 1887). Salvo El ladrón de cadáveres, los otros textos tienen en común que tratan de las relaciones entre padres e hijos, aunque a veces sean padres adoptivos, o tíos y sobrinos. La primera y la última tienen rasgos argumentales de El hijo pródigo: hijo que huye y finalmente vuelve. Al menos parcialmente, igual que en novelas como El Weir de Hermiston, quien conozca la biografía del autor verá, en algunos momentos, rasgos posibles de las relaciones del autor con su padre.

En Una vieja canción se cuenta cómo el coronel Falconer adopta dos sobrinos pequeños, John y Malcolm, de los cuales el primero es su favorito. Los dos se llevan muy bien pero, cuando John está comprometido con Mary y adivina que Malcolm también está enamorado, fuerza las cosas para marcharse y dejar el camino libre a su hermano. Años más tarde, cuando Malcolm está felizmente casado con Mary y el viejo coronel ha fallecido, vuelve John, que ya no es el joven ingenuo que fue y, después de un incidente desgraciado, se marcha de nuevo.

En Historia de una mentira el protagonista es Dick Naseby, un joven que, cuando vivió en París, conoció a Peter Van Tromp, un pintor ya mayor que había tenido cierto prestigio, pero que era un aprovechado, un bebedor, y un pesado. De regreso a Inglaterra, viviendo con su padre, sucede un incidente que, malinterpretado por su padre, los enemista. Dick conoce luego a Esther, una chica vecina, y se enamora de ella, aunque resulta ser la hija de Van Tromp. Las cosas se complican cuando, por sorpresa, Van Tromp vuelve a Inglaterra. Stevenson vuelve a tratar aquí sobre las relaciones entre padres e hijos: cómo los hijos aman a sus padres pero, a la vez, por muy distintas razones, las relaciones con ellos pueden enrarecerse y enturbiar sus vidas. Una parte de la narración tiene algo de inversión del relato del hijo pródigo: aquí es el padre pródigo el que regresa aunque no como quien vuelve arrepentido sino convencido de que no hay nada que perdonar.

Robert Louis Stevenson. Cuentos completos. Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 31 de octubre de 2015

St. Ives. Las aventuras de un preso francés en Inglaterra, fue una novela que Stevenson había dictado a su hijastra, Mrs. Strong, pero que dejó sin terminar. Sir Arthur Quiller-Couch, poeta, novelista y crítico, la completó de acuerdo con las notas que había dejado Stevenson desde el capítulo XXXI al XXXVI, imprimiéndole algo más de rapidez al relato.

Un oficial francés del ejército de Napoléon, Jacques St. Ives, está en prisión en el castillo de Edimburgo. Allí es conocido como Champdivers, nombre que le viene de la familia de su madre. Averigua que un tío abuelo desea hacerle heredero a él en vez de a su primo Alain. Entabla relación con Flora Gilchrist, una joven que visita a los prisioneros franceses. Con motivo de un duelo en prisión, Ives mata a un hombre. Flora facilita la huida de St. Ives, que viaja de incógnito por Escocia e Inglaterra con la intención de llegar junto a su tío, a Amersham, Dunstable, para poder ser su heredero.

Novela que tiene algo de homenaje a Walter Scott —con quien el héroe se cruza—, en la que hay aventuras y amor, momentos cómicos y un punto de relato picaresco. Después de las excelentes escenas de la prisión, la huida del héroe viene a ser como la de David Balfour en Secuestrado pero la narración está menos lograda: allí Stevenson dio con el tono propio de un chico joven que contaba sus andanzas en primera persona, pero aquí no acierta igual con el de un soldado aventurero que parece de una novela de Dumas. Por otro lado, la relación entre St. Ives y su primo tiene también un cierto parecido a la que se da entre otros héroes y sus dobles.

Es una novela desigual, que seguramente sería mejor si la hubiera terminado y pulido el mismo Stevenson, pero que también falla porque, dice Chesterton, es una novela histórica que no es histórica: y no porque contenga errores sino porque Stevenson retrata un soldado francés cuyo comportamiento no es francés en absoluto. Con todo, el emplear esa perspectiva le permite al narrador decir algo en lo que Chesterton incidía una y otra vez: cuando el protagonista ve «Dunstable con sus nobles mansiones» señala que «hay algo en esos castillos, en esas grandes casas de la nobleza inglesa, que dice a las claras lo que no expresan las leyes, esto es, que las gentes del pueblo no tienen los mismos derechos que los nobles, por mucho que se mienta al respecto».

Robert Louis Stevenson. St. Ives. Las aventuras de un preso francés en Inglaterra (St. Ives. The Adventures of a French Prisoner in England, 1894-1897). Madrid: Valdemar, 2011; 441 pp.; col. Avatares; trad. de José Luis Moreno Ruiz; ISBN: 84-7702-370-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 24 de octubre de 2015

Fábulas contiene veinte relatos cortitos, algunos con un punto de humor negro, casi todos irónicos, que Stevenson comenzó a escribir hacia 1887 —aunque algunos los había redactado hacia 1870— y que se publicaron en 1896, dos años después de su muerte. Las dos últimas, en la edición que cito, se descubrieron muchos años después.

Son: Los personajes del relato (The persons of the tale), El hundimiento del buque (The sinking ship), Las dos cerillas (The two matches), El enfermo y el bombero (The sick man and the fireman), El diablo y el posadero (The devil and the innkeeper), El penitente (The penitent), El ungüento amarillo (The yellow paint), La casa de Eld (The house of Eld), Los cuatro reformistas (The four reformers), El hombre y su amigo (The man and his friend), El lector (The reader), El ciudadano y el viajero (The citizen and the traveler), El distinguido extranjero (The distinguished stranger), Los caballos de tiro y el caballo de silla (The carthorse and the saddlehorse), El renacuajo y la rana (The tadpole and the frog), Algo hay (Something in it), Creer, creer a medias y no creer en nada (Faith, half faith and no faith at all), La piedra de toque (The touchstone), El pobre infeliz (The poor thing), La canción del día de mañana (The song of the morrow), El simio científico (The Scientific Ape), El relojero (The Clockmaker).

En conjunto ponen de manifiesto algunas preocupaciones del autor, como la facilidad que los hombres tenemos para ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio, o como la influencia de los prejuicios que nos dominan al pensar en los modos de actuar de otros. Hay un único relato equiparable a una fábula típica en la que dialogan animales (El renacuajo y la rana). Hay dos que son como cuentos populares de reyes y princesas (La piedra de toque, La canción del mañana). Y otros, de corte realista, tienen un carácter que podría llamarse filosófico. Así, El hundimiento del buque trata de un capitán de un barco que, para desesperación de sus oficiales y tripulación, hace serenamente consideraciones de tipo filosófico mientras el barco se hunde: señala, cuando se lo advierten, que «podría decirse que se está hundiendo desde su botadura»; indica también que tal cosa «no es motivo para dejar de afeitarse», etc. En El enfermo y el bombero el primero le dice al segundo que salve primero a los sanos y ambos empiezan a charlar sobre la cuestión…

Con razón suele citarse como especialmente notable, por su ingenio, que algunos llamarían hoy posmoderno, Los personajes del relato. En él, dos personajes de La isla del tesoro, el Capitán Smollett y John Silver, charlan un rato al terminar el capítulo 32 de la novela mientras se fuman una pipa, y comentan sus opiniones sobre las actitudes del autor hacia sus criaturas de ficción. Así, en un momento dado, dice Silver:

«—…¿Qué es el bien y qué es el mal? ¡Dígamelo usted! Estamos aquí a la espera, ¡por eso sí que se puede apostar!
—Ninguno de los dos somos perfectos —respondió el Capitán—. Eso es una verdad incontestable, amigo mío. Yo sólo digo que trato de cumplir con mi deber, y lo cierto es que no puedo felicitarle por sus éxitos, si es que usted también procura cumplir con el suyo».

Ambos siguen charlando acerca de que cualquier buena narración necesita personajes virtuosos y villanos, y entonces Smollett le dice a Silver: el autor «está del lado del bien. Ándese con mucho ojo».

Robert Louis Stevenson. Fábulas (Fables, 1896). Madrid: Rey Lear, D. L. 2010; 125 pp.; col. Breviarios de Rey Lear; trad.de Catalina Martínez Muñoz; ISBN: 978-84-92403-47-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 17 de octubre de 2015

El Weir de Hermiston es una novela sin terminar que algunos consideran la mejor obra de Stevenson, un comentario excesivo pero basado en la madurez como escritor que tenía Stevenson entonces; en que su argumento estaba completamente centrado en los ambientes que más conocía y a los que pertenecían sus mejores novelas; en que prometía tratar el tema de las relaciones entre un padre rígido y recto con un hijo romántico y bondadoso que tanto le interesaba; y en el que deseaba también abordar una relación amorosa como había hecho ya, y con acierto, en Catriona.

Se ambienta en Edimburgo en la época de las guerras napoleónicas. El protagonista es Archie Weir, un joven de clase alta que no se lleva nada bien con su padre, un admirado y extraordinariamente inflexible juez. A la vista de las desavenencias con él, y de acuerdo con su familia, Archie deja Edimburgo y vuelve a las propiedades familiares en Hermiston para ser su administrador. Su vida estará marcada entonces por la adoración que sentirá por él su ama de llaves, una mujer llamada Christina, o Kirstie, y por su enamoramiento de una chica de la vecindad, también llamada Christina.

Relato con el que, se afirma, Stevenson captó matices del temperamento escocés que no había intentado plasmar por escrito antes. Así, dice que lo que caracteriza al escocés de cualquier tipo es «algo impensable para un inglés: su actitud hacia el pasado, que recuerda y aprecia la memoria de sus antecesores, malos o buenos, y arde en él, vivo, un sentido de identidad con los muertos que llega, a veces, hasta la vigésima generación». O señala cómo «el que va a pescar entre campesinos escoceses con aire de condescendencia, por la tarde se tragará el anzuelo de una cesta sin peces».

Habla el narrador también de distintos aspectos de la justicia. Por ejemplo, a la luz de la educación tan exigente que recibió señala: «No cabía duda de que era fácil burlarse de un niño así con tópicos, pero, ¿cuánto dura el efecto de hacer eso? El instinto detecta el sofisma en el pecho infantil y una voz interior lo condena. Se someterá al instante, pero mantendrá su opinión cuando esté a solas». O, al considerar los pensamientos turbios de un rival de Archie, anuncia: «Pobre corcho bajando en un torrente, saboreó aquella noche las delicias de la omnipotencia y calculó, como un dios, los hilos de la intriga que había de acabar con él antes de irse el verano».

De todos modos, en esta novela destaca la maestría que Stevenson había logrado ya en su descripción de las mujeres, tanto en las mujeres del pueblo que son «capaces de mover el mundo e irradiar influencia desde sus puertas bajas de dintel», como en la de su heroína que, en lo que pudo escribir de su novela, no fue mucho. Sin embargo, las páginas donde se narra el comienzo del enamoramiento entre Archi y ella, el primer día que se ven, en la iglesia, un domingo de primavera, son realmente magistrales. Señala cómo Christina, de un modo que cabría llamar a la vez inconsciente y voluntario, provoca varios cruces de miradas —«ése era el juego de la vida para la mujer y ella lo jugaba con sinceridad»— que termina cuando, al final, «dos miradas furtivas se colaron como antenas entre los bancos y entre sus ocupantes indiferentes o absortos, y se acercaron tímidamente a la línea recta entre Archie y Christina. Se encontraron, permanecieron juntas por la más mínima fracción de tiempo, y eso fue suficiente. Una carga eléctrica atravesó a Christina y, ¡qué cosas!, rasgó una hoja de su libro de salmos».

Robert Louis Stevenson. El Weir de Hermiston (Weir of Hermiston, 1896). Madrid: Alianza, 1995; 159 pp.; col. El Libro de Bolsillo; prólogo y trad. de Medardo Fraile; ISBN: 84-206-0717-7. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 10 de octubre de 2015

Lloyd Osbourne preparó los tres capítulos iniciales de Bajamar y se los enseñó a Stevenson. Le gustaron pero, por distintas razones, el manuscrito estuvo varios años parado hasta que, estando Graham Balfour en Samoa, leyó el manuscrito y lo elogió. Así lo que los autores volvieron a trabajar en él y prepararon la novela: Lloyd Osbourne la considera la más importante de sus colaboraciones con Stevenson.

Lo cierto es que se trata de una novela que provoca división de opiniones: unos la consideran una obra excepcional y a otros les parece un relato menor y descompensado. La razón para lo segundo está en la falta de credibilidad, o en lo excesivo, del personaje que acaba dominando por completo el relato. Pero también ese punto es una razón para los elogios de algunos: la novela no es sólo una crítica de los excesos del colonialismo sino que también presenta un tipo humano y un tema nuevos que, de distintos modos, aparecerá luego en obras de Wells, Conrad y otros.

La novela comienza con la presentación tres mendigos un tanto especiales en Papeete, Tahiti. Uno es Herrick, un hombre de negocios inglés con una notable cultura; otro es Davis, un capitán de barco norteamericano que perdió su último barco; y el tercero es Huish, un londinense de clase baja que había desempeñado y perdido varios empleos previos. Su fortuna cambia cuando un día que llega la Goleta Farallone, que va desde san Francisco a Sidney y lleva un cargamento de champán, pero, como la tripulación falleció a causa de la viruela, el cónsul norteamericano encarga a Davis que conduzca el barco el resto del viaje. Él y sus compañeros aceptan con la intención de robar el barco y navegar a Perú, donde lo venderán y desaparecerán con el dinero. Pero estallan las desavenencias entre ellos, se dedican a beber, y acaban en una extraña isla dominada por un hombre verdaderamente magnético, llamado Attwater, a quien intentan matar.

Uno de los puntos fuertes de la historia es la buena definición de los tres personajes iniciales. Cada uno tiene una personalidad propia, bien marcada: el culto Herrick —siempre con un deteriorado libro de Virgilio en el bolsillo—, el codicioso Davis y el abyecto Huish.

La descripción de Attwater es, inicialmente, sensacional: con sus seis pies y cuatro pulgadas tenía «una mirada de una extraña mezcla de brillantez y suavidad, sombría como el carbón, pero con brillo que sobrepasaba el del topacio, una mirada de intacta salud y virilidad; una mirada que ordenaba tener cuidado con la cólera devastadora de este hombre». Sin embargo, acaba resultando muy forzada, o muy rara, la mezcla de su extraordinario celo religioso con su crueldad de acero, su insensibilidad hacia el sufrimiento de los demás, y su persecución a ultranza de los intereses propios. Acaba también sorprendiendo el desenlace un tanto cínico del relato, con un Herrick rendido: «había aceptado la bajamar en lo que se refería a los asuntos de los hombres, la marea lo había arrastrado lejos, ya oía el rugido del maelstrom que lo arrastraba y sepultaba».

Señalaba Chesterton cómo en Attwater —igual que, de otro modo, en un personaje como El Weir de Hermiston—, resuena la tradición escocesa de un Dios de mero poder y terror, lo que lleva consigo un culto brutal del miedo al que se someten los personajes y, tal vez también, el autor. Por eso la historia deja en el lector sentimientos mezclados: como si el narrador respetase demasiado a un personaje como Attwater y no lo aborreciese tanto como evidentemente aborrece a Huish. Decía Chesterton que «esta secreta idolatría de lo que un sentimiento femenino llamaría “fuerza” tal vez era la única lesión en la perfecta cordura de Stevenson, la única llaga en la salud normal de su alma», una herida que seguramente le había sobrevenido como consecuencia de un esfuerzo demasiado violento para estar sano.

Robert Louis Stevenson. Bajamar (The Ebb-Tide, 1894). Madrid: Valdemar, 1999; 165 pp.; col. Avatares; trad. de Inmaculada Matito; ISBN: 84-7702-285-2. Otra edición en Valdemar, 2003; 256 pp.; col. El Club Diógenes; ISBN: 978-8477024309. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 3 de octubre de 2015

Los Cuentos de las noches en las islas, los primeros relatos que Stevenson escribió en Samoa y que le dieron fama entre sus habitantes, fueron: La playa de Falesá (The Beach of Falesá, 1892), El diablo de la botella (The Bottle Imp, 1891), La Isla de las Voces (The Isle of Voices, 1893). Todos ellos tratan, de distintos modos, de la codicia humana. Son menos felices, en su ejecución y en su tono, que otros del autor. Tienen unos aires algo sombríos, el humor que destilan es algo amargo, sus desenlaces tampoco son alegres. Una parte de la explicación, decía Chesterton, la dio el mismo Stevenson al señalar que los Mares del Sur son «un océano grande, pero un mundo pequeño». Otra tiene que ver, seguramente, con las consecuencias de la maldad humana que vio en esos países, muchas por parte de personajes como los que retratará en Bajamar. En cualquier caso, se pueden poner como ejemplo de cómo Stevenson siempre añade algo a los géneros que toca y cómo incorpora siempre algún matiz nuevo a viejos argumentos.

La playa de Falesá está narrado en primera persona por John Wiltshire, un comerciante inglés. Habla de su rivalidad con otro comerciante, Case, que al principio parece amistoso y arregla su matrimonio con una nativa llamada Uma. Poco a poco Wiltshire se da cuenta de quién es Case y también se enamora de verdad de Uma. Relato que, para Stevenson, significó un paso del romanticismo a un realismo un tanto grotesco. Pone atención a los retratos de la gente y a la veracidad ambiental, a lo etnográfico podríamos decir, más que al hilo argumental. En él hay nombres de gente real, de barcos reales, de edificios reales. Tiene una intención crítica contra el colonialismo británico. Tuvo una recepción pobre en su momento y más aceptación con el paso de los años, cuando se lo vio como un relato precursor de los de Joseph Conrad y cuando se apreció la intención de Stevenson de experimentar con nuevas formas narrativas.

El diablo de la botella es una especie de fábula moral inspirada en un cuento de los Grimm y en toda la tradición de relatos que hablan de pactos con el diablo. Fue la primera narración que publicó en el idioma local de Samoa. Se sitúa en Hawai y se centra en una botella que contiene dentro un diablillo que concede deseos. Pero la botella está maldita: si el propietario de la botella muere con ella se va al infiermo. O sea que la cuestión es tenerla, conseguir los deseos, y luego traspasarla enseguida; pero existen dos dificultades: que nunca se puede vender por más precio del que uno pagó por ella y que la transación ha de hacerse siempre con monedas. Estas normas han de ser transmitidas de cada vendedor a cada comprador. Se sabe que la botella la tuvieron Napoleón, James Cook, y otros personajes históricos semejantes. Cuando la historia comienza el precio de la botella está en cincuenta dólares. Keawe, un nativo hawaiano pobre, la compra: se hace rico, se casa, y vende la botella. Pero enferma por lo que la recupera y se cura. Luego tiene problemas para venderla y su mujer le propone una solución. Es un relato tenso, que se sigue con interés y se cierra espléndidamente, cuya fuerza se basa en que todos los personajes temen el final que les amenaza: ir al infierno. Es uno de los muchos relatos que Stevenson escribió acerca de la ambición, de la que su protagonista se salva, en esta ocasión, con ayuda de su esposa, cuyo nombre tiene que ver con la palabra hawaiana kōkua, que significa ayuda.

El protagonista de La Isla de las Voces es un hombre llamado Keola, que vive, con su esposa Lehua y su suegro Kalamake, en la isla de Molokai. Kalamake es un brujo poderoso que no parece tener problemas económicos. Un día, Kalamake transporta mágicamente a Keola a una isla donde ambos son invisibles para sus habitantes, pero no pueden hablar porque sí les pueden oír. Allí Keola descubre cuál es el origen del dinero de Kalamake e intenta chantajearle para compartir su riqueza pero las cosas no salen como desearía. De todos modos, el fatuo protagonista sale bien librado gracias a las astutas maniobras que le aconseja su esposa y, además, acaba siendo generoso con sus riquezas: da dinero a los leprosos y a los misioneros, un comportamiento que Stevenson promovió desde que conoció al padre Damián en Molokai.

Robert Louis Stevenson. Cuentos de las noches en las islas (Island Nights´ Entertainments, 1893), 138 pp. de Cuentos completos, Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 26 de septiembre de 2015

Los traficantes de naufragios fue la segunda novela que Lloyd Osbourne y Stevenson firmaron juntos pero, a diferencia de Aventuras de un cadáver, fue planeada y realizada por los dos. Primero discutieron cada capítulo antes de ponerlo por escrito, luego Lloyd Osbourne hizo una primera redacción, y Stevenson la corrigió a continuación. Pero, aunque Stevenson controló más el proceso constructivo, no fue un libro conseguido: Chesterton decía que se trata de «un libro que muchos llamarían un fracaso y que nadie llamaría un impecable acierto artístico, y menos que nadie el artista», pues tiene algo de un «álbum de recortes».

El mismo Stevenson confesó que, a lo largo de los dos años que duró la confección de la historia, había perdido un poco su hilo. El epílogo de la obra —en el interior de la misma novela—, en el que se dan informaciones sobre su construcción, indica cómo los autores se plantearon un relato detectivesco —pues esas eran las inclinaciones de Osbourne pero no las de Stevenson—, pero añadiéndole una presentación larga de personajes y ambientes, con la intención de obviar el carácter artificioso habitual del género, como de partida de ajedrez, algo que había hecho ya Dickens según el narrador reconoce.

La historia va saltando de lugar en lugar: París, San Francisco, Hawai y las islas del Pacífico, Edimburgo, París. Los primeros capítulos son más bien burlescos y luego cambia el tono. El narrador es Loudon Dodd, estudiante de arte. Él y su emprendedor compañero Jim Pinkerton, deseosos de hacer dinero, compran en una extraña subasta el Nube Volante, un bergantín naufragado en las islas Midway, pensando en cobrar luego el seguro correspondiente. Dodd parte de san Francisco a las islas Midway en un barco mandado por el concienzudo capitán Nares pero las cosas se complican más de la cuenta y todo parece indicar que algo extraño sucedió con la tripulación del Nube Volante. Al regresar Dodd encuentra que su amigo Pinkerton ha hecho unos negocios ruinosos, pero todo podrá resolverse porque recibe una herencia de su abuelo, en Edimburgo, con lo que vuelve a Europa, primero a Inglaterra y luego a París, en busca de las claves del naufragio que tiene un joven inglés llamado Norris Carthew.

El relato tiene un punto de comedia y otro de investigación detectivesca. Es también episódico y su estructura un poco circular lo hace algo confuso o, cuando menos, le da un argumento un tanto alambicado. La trama tarda en ocuparse del misterio del naufragio pero, cuando el problema se plantea, se aviva el paso: son notables los diálogos por medio de los cuales progresa la investigación. Como suele ocurrir con Stevenson, la conversación tiene toques que van más allá de lo habitual. Así, en una conversación con el capitán Nares, el narrador dice: «Le interrumpí: —¿Es esa la manera adecuada de plantear el problema? La verdadera pregunta es otra: ¿Dónde está el bien? ¿Dónde el mal?».

Chesterton observa que las novelas de Stevenson cuentan crímenes pero no matanzas con una excepción que se da en esta novela, una escena concentrada en dos páginas que se da cuando estalla una discusión entre dos tripulaciones. También indica que lo mejor que tiene son dos cosas: los retratos que se hacen en ella de distintos tipos sociales con pocas y clarificadoras pinceladas; y la fluidez narrativa y el tono de fría y sostenida ironía con que Loudon Dodd cuenta su historia. En cuanto al primer punto, los numerosos aciertos en esta cuestión señalan la diferencia entre Stevenson y otros escritores: «un hombre que hace esto no sólo es un artista que hace lo que muchos hombres no saben hacer, sino que hace lo que muchos novelistas no hacen. Muy buenos novelistas hay que no tienen este don especial de pintar toda una figura humana con unas pocas palabras inolvidables». En cuanto al segundo, dice cómo «el autor posee la facultad, enteramente excepcional, de expresar lo que quiere expresar en palabras que realmente lo expresan», y cómo Stevenson variaba su estilo para adaptarse al tema y al orador: las abruptas y secas brevedades de narradores como David Balfour o Efraim Mackellar no las encontraremos en las reflexiones distantes de Loudon Dodd.

Robert Louis Stevenson. Los traficantes de naufragios (The Wreckler, 1892). Madrid: Valdemar, 1994; 223 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de Rafael González; ISBN: 8477021074. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 19 de septiembre de 2015

El Señor de Ballantrae fue el libro que más tardó Stevenson en concebir del todo y en escribir: desde 1881 hasta 1889. Es un relato intenso, de un romanticismo un tanto trágico, con varios tramos bien diferenciados y algunos giros un tanto forzados.

La narración corre a cargo de Ephraim Mackellar, administrador de los Durrisdeer, que de vez en cuando recurrirá a cartas o a narraciones de otros para completar su historia. Su núcleo es el prolongado conflicto entre dos hermanos, James Durie (el Master de Ballantrae) y Henry Durie, el menor. Todo comienza con motivo de la revolución jacobita de 1745: los hermanos echan a suertes quien se unirá a los rebeldes y quién permanecerá fiel al rey Jorge, de modo que las propiedades permanezcan en poder de la familia sea cual sea el resultado. Deciden que James será rebelde y Henry será realista. Cuando la revolución fracasa y se piensa que James ha muerto, su prometida se casa con Henry y pronto tienen un hijo.

Pero en 1749, a través del misterioso coronel Burke, tienen noticias de James: el coronel les cuenta las aventuras que tuvo con él entre piratas y recuerda que James considera responsable a su hermano Henry de sus problemas. Más adelante, James vuelve y hace la vida imposible a su hermano; luego los deja de nuevo para irse a la India y regresar más tarde junto con otro extraño compañero llamado Secundra Dass. La última parte tiene lugar en los Estados Unidos: Henry y su familia se van a ese país esperando dejar atrás a James pero no lo consiguen, ni en Nueva York ni durante una expedición a las montañas.

El relato contiene una especie de pacto con el diablo a lo Fausto —varias veces James parece haber muerto pero no es así— y una especie de desdoblamiento de personalidad en dos hermanos, que al principio son totalmente opuestos pero, según avanza la historia, va quedando claro que no es así. Son muchas las resonancias bíblicas que van puntuando la novela —una y otra vez hay referencias a Esaú y Jacob y a la parábola del hijo pródigo— y, por supuesto, es decisiva la importancia que todos dan al honor familiar —el narrador dirá que para el viejo lord Durrisdeer, «al igual que para nosotros, el honor de su casa estaba por encima de todo»—.

La narración, por un lado, es sofisticada: se mezclan distintas fuentes para componer el relato, como son las memorias de dos personas, algunas cartas, irrupciones del autor, historias embutidas en la narración principal. Por otro lado, el principal narrador es un poco afectado al construir su discurso pero, sin embargo, ajusta bien sus frases y es sentencioso con frecuencia —«nunca he temido los ceños fruncidos, sólo las espadas desnudas»—. Además, Chesterton señala cómo en él se aprecian rasgos característicos de la forma económica de relatar las cosas que tiene Stevenson: por ejemplo, Mackellar hace una descripción primera, completa y única, del Master y ya nunca vuelve al tema: los viejos novelistas victorianos acumularían detalles y detalles en distintos momentos y aludirían al asunto una y otra vez pues, a sus ojos, la repetición hacía que la narración fuera más convincente y más «reconfortante» para el lector.

Además de que pensaba que los rasgos y las aventuras de un personaje como el Master impedían considerar este relato como una novela juvenil, Chesterton consideraba un error constructivo el hecho de que se mezclasen en la novela episodios de muy distinto tipo. Así, los de piratas, con las apariciones de Burke, están un poco fuera de lugar: en un relato centrado en una especie de demonio familiar no pintan nada los demonios de otras familias. Del mismo modo, el tramo final en los bosques de los Estados Unidos tampoco encaja bien con todo lo precedente. Sin embargo, la parte mayor de la novela, la escocesa, todas las escenas en el interior de la casa de los padres, tiene una grandeza que recuerda la de las tragedias griegas.

Robert Louis Stevenson. El señor de Ballantrae: un relato de invierno (The Master of Ballantrae: a winter’s tale, 1889). Madrid: Anaya, 1998; 277 pp.; col. Tus libros; ilust. de H.M. Brock; trad. de Ana Isabel Conejo e Hilario Franco; apéndice de Luis Martínez de Míngo; ISBN: 84-207-8447-8. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 12 de septiembre de 2015

Las aventuras de un cadáver fue la primera novela que firmaron juntos Stevenson y su hijastro Lloyd Osbourne: este hizo un borrador y, para su alegría, Stevenson se ofreció a revisarlo. Es un relato no muy afortunado de desventuras cómicas aunque no faltan en él momentos conseguidos.

Dos hermanos, Morris y John, son los beneficiarios de una tontina (una clase de fondo de inversión que había en el pasado, que se había de repartir entre los beneficiarios en una fecha fijada de antemano). Cuando tienen la noticia de que su tío Joseph Finsbury, propietario de un negocio arruinado, ha fallecido en un accidente ferroviario, ven que sólo podrán cobrar aquel fondo si ocultan su muerte a otras personas de la familia. Así que deciden facturar a su casa de Londres el ataúd de su tío y fingir que sigue vivo. Pero el ataúd llega donde no esperan y se multiplican las confusiones.

El relato tiene, por un lado, los problemas propios de muchas farsas costumbristas del pasado: sólo puede disfrutarlas de verdad quien está familiarizado con los ambientes que se describen. Tiene también el inconveniente de que los personajes y los incidentes no son tan graciosos en sí mismos como para que nos olvidemos de su total improbabilidad: el mismo autor se da cuenta cuando, al comienzo, advierte que «a menudo constituye una animada tarea del historiador la de dirigir la atención hacia los designios y (dicho sea con toda reverencia) los artificios de la Providencia».

En cualquier caso vale la pena observar la viveza de las observaciones del narrador y su soltura para enhebrar los distintos episodios. Por ejemplo, al comienzo del capítulo XIII, indica que los pensamientos e ideas de Morris «las he puesto (para comodidad del lector) en un cierto orden, pero en la mente de un pobre ser humano daban vueltas todas juntas en un torbellino como el polvo de los huracanes. Con esta misma preocupación de servicio he dado nombre a cada una de sus angustias, y se observará con pena que cada caso habría adornado y recomendado la cubierta de una novela de los quioscos de las estaciones del ferrocarril».

También en este caso, igual que hizo para resaltar los méritos de Príncipe Otto, Chesterton señalaba la importancia del estilo y del espíritu con el que está contada la historia. De modo que, cuando hemos olvidado la trama por completo, permanecen en la memoria ciertas descripciones o escenas como, por ejemplo, el párrafo en el que se dice que «su traje tenía aquella mercantil brillantez que describimos como elegante; y no se podía decir nada contra él, excepto que parecía demasiado un invitado a una boda para ser un caballero».

En el prólogo de la edición que pongo abajo se informa de que hay muchas versiones en castellano de este relato que han sido mutiladas o deformadas por lo que, si la novela puede resultar algo confusa, más todavía lo es en esas ediciones.

Robert Louis Stevenson. Las aventuras de un cadáver (The Wrong Box, 1889). Madrid: Valdemar, 2005; 201 pp.; col. Avatares; trad. de Rafael Santervás; ISBN: 84-7702-521-5. [Vista del libro en amazon.es]


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sábado, 5 de septiembre de 2015

Los dos últimos relatos de Stevenson contenidos en Los juerguistas y otros cuentos y fábulas son Olalla y El tesoro de Franchard. Se podría decir que ambos ponen de manifiesto las barreras que tenemos para comprender de verdad a los demás.

El narrador de Olalla es un soldado inglés sin nombre que se recobra de sus enfermedades en España y reside un tiempo de su convalecencia con una familia de orígenes nobles compuesta por la madre, un hijo llamado Felipe, y una hija de nombre Olalla. El narrador considera un tanto estúpidos a la madre y al hijo, aunque se siente a gusto en su compañía y, al principio, que no ve a Olalla, los días transcurren, dice, como «un desierto de horas vacías». Pero todo cambia cuando conoce a la chica y ambos se enamoran. El comportamiento enfermizo y agresivo de la madre le obliga a dejar la casa e irse a vivir al pueblo. Le insiste a Olalla en que huya con él pero ella no accede.

Esta historia tuvo su origen en un sueño y en un relato previo de Edward Bulwer-Lytton titulado Strange Story. Tiene aires un tanto góticos y en ella se aprecia el desconocimiento del mundo católico español de Stevenson. En un breve comentario, Chesterton ironiza cuando señala cómo el joven protagonista escocés de la historia desaprueba con aires graves el crucifijo español por su arte torturado y su expresión violenta, seguramente pensando en dejar aquella tierra lóbrega para volver a su tierra y allí gozar del encanto y alegría de… Janet la contrahecha. Pero hasta Stevenson reconoce que Olalla sacaba más consuelo del crucifijo que Janet del ministro o, sigue diciendo Chesterton, que el ministro del ministerio.

Ese momento, al final de la historia, sucede cuando el narrador se encuentra con Olalla y esta le dice que mire con sus ojos, contemple el rostro del Crucificado, y que se dé cuenta de que ella será más feliz si acepta de buen grado su dolor y su carga familiar. El narrador entonces dice: «Miré el rostro del Cristo, y, aunque no soy amigo de imágenes y desprecio ese arte imitativo y exagerado, del cual era un tosco ejemplo, comprendí en parte su sentido. Aquel rostro me miraba contraído de dolor y pesar, pero los rayos de gloria que lo rodeaban me recordaron que su sacrificio había sido voluntario. Estaba allí en lo alto de la roca igual que sigue estándolo en el cruce de muchos caminos, predicando en vano a los viajeros, como un símbolo de muchas verdades nobles y tristes: que el placer no es un fin, sino un accidente; que el dolor es la elección de los magnánimos, y que la virtud está en sufrir y hacer el bien».

En El tesoro de Franchard el protagonista es el doctor Desprez, un hombre ilustrado y sin hijos. A su mujer le parece bien que, después de atender a un saltimbanqui moribundo, adopten al bondadoso chico que iba con él, Jean-Marie. El doctor dedica sus mejores esfuerzos a educarle y transmitirle sus ideas acerca del mundo. El narrador indica cómo «el médico poseía enteramente el corazón del chico, pero tal vez exagerase su influencia sobre su pensamiento. Desde luego, Jean-Marie adoptó algunas de las opiniones de su maestro, pero todavía está por demostrar que al hacerlo renunciara a alguna de las suyas. Sus convicciones estaban ahí por derecho divino, eran virginales, sin elaborar, como un metal en bruto». Cuando, un día, ambos van a Franchard, que son unas viejas ruinas de una ermita y una capilla, y allí encuentran un gran tesoro, el médico decide que deben irse a vivir a París. Pero, más adelante, el tesoro desaparece.

El narrador dibuja la personalidad del doctor dejando clara su fatuidad, subrayando qué satisfecho de sí mismo está, pero a la vez también acentúa su bondad. Al principio, cuando le dice a su mujer que «un par de egoístas profesos como tú y como yo debería evitar la progenie como una infidelidad», recibe esta respuesta: «¡Desde luego! —dijo ella, echándose a reír—. Eso sí que es típico de ti: apuntarte el mérito de algo que no has podido evitar». En el proceso de formación de Jean-Marie también se indica cómo «jamás se cansaba de oír su propia voz, que dicho sea de paso era muy agradable». Las enseñanzas de Desprez calan en Jean-Marie y avivan más aún su rectitud y desprendimiento naturales con unas consecuencias inesperadas.

Robert Louis Stevenson. Olalla (1885), El tesoro de Franchard (The Treasure of Franchard, 1883), Los juerguistas y otros cuentos y fábulas, Cuentos completos, Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 29 de agosto de 2015

Otros dos relatos más de Stevenson contenidos en Los juerguistas y otros cuentos y fábulas son Markheim y Janet la contrahecha.

Markheim es un tipo que desea comprar un regalo para la mujer con la que se va a casar. Pero cuando el anticuario le ofrece un espejo siente temor: un espejo es «un maldito recordatorio de los años, los pecados y las locuras, ¡una conciencia de mano!». El vendedor le urge a tomarlo o dejarlo pero Markheim le pide que le ofrezca otros objetos y entonces lo apuñala por la espalda. Intenta ocultar su crimen pero llega un visitante que, con un amable «¿me llamaba?», entra en la habitación y se pone a charlar con él. Cuando Markheim le pregunta si es el demonio, él responde «lo que yo pueda ser no afecta a la ayuda que pretendo prestarle».

Relato que recuerda mucho a Crimen y castigo: aunque la primera traducción inglesa fue de 1886, Stevenson conocía la versión francesa de la obra de Dostoievski, pues se la había pasado Henry James, que no había logrado terminarla. Stevenson se sintió conmovido por el relato: no es leer un libro, dijo, es como tener fiebre cerebral. De hecho, las justificaciones del asesinato que figuran en el relato recuerdan las de Raskolnikov: «para mí el asesinato no es una categoría especial —replicó el interlocutor de Markheim—. Todos los pecados son asesinatos, igual que toda vida es una guerra». O bien, esta otra: «El mal, que es el motivo de mi existencia, no es cuestión de actos sino de carácter: yo aprecio al hombre malvado y no la mala acción, cuyos frutos, si pudiéramos seguirlos lo bastante lejos por la vertiginosa catarata de los siglos, resultarían mejores que los de las más raras virtudes, y si le ofrezco mi ayuda para escapar no es porque haya matado a un anticuario, sino porque es usted Markheim». La discusión sobre la naturaleza de lo bueno y lo malo que mantienen se interrumpe cuando llega la criada.

Janet la contrahecha fue una historia cortita, escrita al mismo tiempo que Los juerguistas y El ladrón de cadáveres (publicada cuatro años después), y, como ellas, tiene una componente llamémosla sobrenatural. También fue un relato escrito en prosa escocesa con rasgos de baladas y de relatos orales típicos. El narrador, alguien del pueblo, empieza por hablar del señor Soulis, un párroco mayor, adusto y sombrío, pero intachable. Para explicar su carácter se recuerda qué ocurrió cincuenta años atrás, cuando llegó a su parroquia siendo un joven amable y con talento y contrató como sirvienta de su rectoría a la vieja Janet McClour, a pesar de los consejos de la gente del pueblo que pensaban que estaba emparentada con el demonio. Todo discurre con normalidad hasta que, un día, aparece un negro en el pueblo.

Los personajes se delinean con rapidez. El relato presenta bien las murmuraciones y los comportamientos contundentes propios del pueblo: en una ocasión las vecinas fueron a insultar a Janet y, cuando esta se enfrentó a ellas, la cogieron y la arrojaron al río «para comprobar si era una bruja y si nadaba o se hundía». No falta el buen humor: cuando llegó el joven párroco al pueblo, indica el narrador, «resultó que estaba escribiendo un libro, lo que sin duda no era nada apropiado para alguien de sus años y con tan corta experiencia».

Robert Louis Stevenson. Markheim (1885), Janet la contrahecha (Thrawn Janet, 1881), en Los juerguistas y otros cuentos y fábulas, Cuentos completos, Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 22 de agosto de 2015

Los juerguistas y otros cuentos y fábulas fue un volumen con varios relatos que Stevenson había publicado antes en revistas. Los dos primeros son Los juerguistas y Will el del molino.

Los juerguistas son unas rocas graníticas de una isla ficticia de la costa escocesa, llamadas así por el ruido del mar cuando bate contra ellas. El narrador, un joven llamado Charles Darnaway, vuelve a esa isla dispuesto a proponerle matrimonio a su prima Mary y con deseos de averiguar algo del tesoro de un barco de la Armada Invencible que se hundió allí. Pero su tío Gordon, el padre de Mary, es un personaje inquietante: no da respuestas claras y Charles descubre que es alcohólico. Además, la decoración de su casa es curiosamente rica y el comportamiento de Rorie, su criado, es elusivo. Luego, Charles encuentra una tumba reciente y comprueba que a la isla han llegado y llegan otras personas que parecen buscar restos del tesoro.

Relato narrado con prosa escocesa, con acentos algo poéticos al describir la fuerza y el misterio del mar, y con sugerencias de presencias maléficas: las grandes olas rompientes bailan «una danza de la muerte» y «los juerguistas» parecen dar gritos cuando sube la marea. La narración también avanza de modo que se sugieren intervenciones de tipo sobrenatural, tanto porque el tío de Charles parece ver presencias fantasmales, como por la aparición final de un negro, algo que en la tradición escocesa representa al diablo —un recurso que Stevenson emplea en Janet la contrahecha y en un relato que va embutido en Catriona—. Es una historia que influyó en El corazón de las tinieblas de Conrad: al principio del relato el tío le habla a su sobrino de «la maldad de esa criatura falsa, fría, salada y rugiente» y de «todas las variedades de peces, esas maravillas ciegas, frías y extrañas» y termina con la exclamación «el horror, ¡el horror del mar!».

Will el del molino es un relato cortito. El protagonista, hijo adoptivo de dos viejos molineros y él mismo molinero cuando sus padres mueren, es un chico ingenuo con grandes anhelos y esperanzas al que le dejó marcado la conversación con un forastero que le habló de que los hombres estamos como atrapados en una ratonera. Luego entra en escena la hija del pastor, una chica guapa y joven a la que Will primero propone matrimonio pero, cuando acepta, Will retrocede y le dice que mejor sería romper el compromiso: parece pensar que mejor es no atarse definitivamente y disfrutar de un bienestar sin mayores inquietudes. Así viven un tiempo, viéndose como amigos de vez en cuando, pero Marjorie se termina casando con otro.

Relatos como este —igual que otros de esta recopilación— ejemplifican bien la diferencia que había entre las atmósferas propias de Stevenson y las de Poe. Tal como explica Chesterton, el propósito de Poe no fue meramente sugerir el horror sino la falta de esperanza; en cambio, el de Stevenson fue el de nunca sugerir la falta de esperanza incluso cuando sugería el horror. Mientras Poe se regodea en los lamentos y su melancolía parece incurable, la esencia del espíritu de Stevenson es que la melancolía no es incurable incluso aunque la desgracia lo sea. Esto se nota en Will, un protagonista cuyo planteamiento vital es, a la vez, mezquino y bondadoso, irritante y sereno; y, en común con otros héroes stevensonianos, tiene un talante dubitativo que lo hace, a la vez, fastidioso y amable.

Robert Louis Stevenson. Los juerguistas (The Merry Men, 1882), Will el del molino (Will O' the Mill, 1878), en Los juerguistas y otros cuentos y fábulas, Cuentos completos, Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 15 de agosto de 2015

El dinamitero es una novela de Stevenson que se puede considerar una secuela de la primera parte de Las nuevas mil y una noches pues el héroe de los relatos de aquel libro aparece de nuevo aquí. Sin embargo, el conjunto es algo confuso y no tiene ni de lejos la cohesión que tenía El Club de los Suicidas pues esta vez son varios amigos lanzados a distintas aventuras y Florizel no deja de ser una figura un tanto decorativa en el comienzo y en el final.

En Londres, hacia 1880, tres hombres un tanto aburridos deciden emprender cada uno su aventura. Uno ha de lidiar con unos mormones vengativos de Utah, otro con unos practicantes de vudú cubanos, y otro con un líder anarquista llamado Cero. Además, una misteriosa mujer va reapareciendo en distintos lugares y momentos. Uno de los personajes, llamado Somerset, dice al principio que, con sus hazañas, tratarán «de poner de manifiesto nuestros méritos, nuestros modales mundanos, el dominio de nuestra palabra, nuestros amplios conocimientos, todo, en definitiva, lo que hace e integra al detective», «la única profesión que cuadra a un caballero».

En la confección del libro colaboró la esposa de Stevenson, Fanny Van de Grift, del mismo modo que años más tarde lo haría en otras novelas su hijo, Lloyd Osbourne. Ella dio ideas para la trama e imaginó situaciones y, según parece, dos de los episodios son suyos. En cualquier caso, fue Stevenson quien finalizó la obra y quien situó su trama en una ciudad amenazante, como el Londres (o más bien Edimburgo) donde vivirán Jekyll y Hyde; o como el Londres de Sherlock Holmes, o Dorian Gray, o El agente secreto de Joseph Conrad.

Un fallo serio que señala Chesterton y que cualquiera detecta es que cuando un libro es, como este, una especie de amable pesadilla con aires ridículos, resulta fallido si en él se intenta criticar a unos agitadores anarquistas que matan a gente arriesgando sus propias vidas. Sin embargo, Chesterton también elogió este relato en algunos de sus artículos, cosa que podemos comprender, por ejemplo, al leer lo que Cero, el jefe anarquista, le dice a quien manifiesta sus reticencias: «¿Es posible, mi querido Somerset, que se deje llevar por esos escrúpulos anticuados, que juzgue usted a un patriota con la moralidad de un fanático religioso? Lo creía un buen agnóstico».

La cuestión, afirma el narrador, es que Somerset «había elegido los caminos anchos, libres y luminosos del escepticismo y reconocía que era aún esclavo del honor. Había aceptado la vida desde el punto de vista del águila, aunque sin ningún propósito de rapiña; había comprendido claramente la base moral que es común a la guerra, la competencia comercial y el delito; había estado dispuesto a ayudar al asesino que huye y al ladrón impenitente, y ahora su lógica caía en ruinas pues descubría sus objeciones al uso de la dinamita. La mañana se deslizó entre las villas dormidas y sobre la enorme ciudad, aún no cubierta de humo, y el desdichado escéptico seguía llorando por la pérdida de su coherencia.

Al cabo se puso en pie y dijo, tomando por testigo al sol naciente: “En cuanto al fondo, no hay ninguna duda: el bien y el mal no pasan de ser ficciones, sombras de palabras; pero, a pesar de todo, hay cosas que no puedo hacer y otras que no puedo tolerar”».

Robert Louis Stevenson. El dinamitero (The Dynamiter, 1885). Madrid: Alianza, 1987; 237 pp.; col. El Libro de Bolsillo; trad. de Luis Loayza; ISBN: 84-206-0242-6.


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sábado, 8 de agosto de 2015

Las aventuras y desventuras del príncipe Otto fue un relato que a Stevenson le costó mucho trabajo, pues la dificultad que tenía para representar a las mujeres de modo creíble y realista en este caso fue mayor debido a la personalidad de la intrigante condesa Von Rosen. Lo empezó cuando vivía en California, lo retomó en 1883 cuando estaba en Francia, y lo publicó por fin en 1885. Según indica en sus memorias Lloyd Osbourne, algunos capítulos fueron escritos al menos siete veces y, tal vez por eso, después de El Master de Ballantrae, era la novela predilecta del autor. Es una trama ligera e idealizada de amores e intrigas palaciegas en la que, según recuerda Fernando Savater en el prólogo, se inspiró Hergé para su aventura El cetro de Ottokar.

En el reino centroeuropeo de Grunewald, el príncipe Otto es un gobernante bondadoso y querido, pero indolente, y que ha dejado el gobierno en manos de su joven esposa Seraphina y el ambicioso consejero Gondremark. Cuando el príncipe intenta recuperar el terreno perdido, tanto en el corazón de su esposa como en el control de los asuntos del reino, todo se complica. Las cosas se enredan más todavía, pero también se desenredan, con la entrada en escena de madame Von Rosen, amante de Gondremark.

Señala Chesterton cómo esta historia, que no deja de ser una comedia cortesana y pastoril en un ambiente dieciochesco, la recordamos más por la manera propia de Stevenson de contar las cosas que por otros motivos. Por ejemplo, apunta cómo, una vez olvidada del todo la novela, podemos recordar sin embargo una vívida escena del final cuando Seraphina «vio la blanca cascada, el reflejo de las estrellas que temblaban en la agitada superficie de aquel remanso, la espuma que formaba el agua al caer y, por encima de su cabeza, a ambos lados, los altos pinos bebiendo con serenidad del cielo estrellado, y en aquel súbito momento de paz empezó a disfrutar del ruido del salto de agua».

El principal problema del relato, para una mayoría de lectores, está en que Otto es un personaje dubitativo e irresoluto, algo que acaba cansando (al menos al lector deseoso de aventuras enérgicas). En la trama, por otra parte, no hay hay casi acción alguna y todo se desarrolla por medio de intercambios dialécticos caballerescos que, a veces, eso sí, son interesantes. Por ejemplo, aunque no lo dice, seguro que a Chesterton le gustaría esta frase de un personaje, el coronel Gordon: «un credo sano y una mala moral, esos son los pilares de la sabiduría».

En cualquier caso, en la novela podemos ver el rechazo del autor al espíritu del tiempo que representa un personaje llamado Fritz cuando, charlando con un hombre mayor y recto, aplaude a Gondremark:  «Puede que no responda a algunas de sus ideas viejas y anticuadas, pero es un hombre moderno de tomo y lomo, un hombre que vive de acuerdo con las nuevas luces y el progreso de su tiempo. Hace cosas que no están bien, como todos, pero lo importante es que tiene su corazón puesto en los intereses del pueblo».

Un detalle menor, pero de interés para los seguidores de la obra de Stevenson, es que, al principio de la historia, se menciona la relación del príncipe Otto con el rey Florizel de Bohemia, el héroe de la primera parte de Las nuevas mil y una noches y que aparecerá de nuevo, exiliado y regentando un estanco, en Londres, en El dinamitero, libro publicado inmediatamente después.

Otro detalle pequeño, que podemos leer como una lección para escritores de ayer y de hoy, está en una carta escrita por Stevenson cuando estaba redactando esta novela, en la que decía: «estoy metido de hoz y coz en un relato; una especie de novela de un solo volumen; ¿cómo se las arreglan algunos para hincharlas hasta que ocupen tres? En esta suceden muchas cosas y un solo volumen se las tragará sin el menor esfuerzo».

Robert Louis Stevenson. Aventuras y desventuras del príncipe Otto (Prince Otto, 1885). Barcelona: Backlist, 2010; 289 pp.; trad. de Kenneth Jordan Núñez; prólogo de Fernando Savater; ISBN: 978-84-08-09053-3. [
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sábado, 1 de agosto de 2015

La segunda parte de Las nuevas mil y una noches, de Stevenson, la componen varios relatos cortos independientes entre sí: El pabellón de las dunas (The Pavilion on the Links, 1880), La puerta del señor de Malétroit (The Sire de Malétroit´s Door, 1877), Un sitio donde pasar la noche (A Lodging for the Night, 1877), La Providencia y la guitarra (Providence and the Guitar, 1878). Uno se desarrolla en Escocia, El pabellón de las dunas, y tres en Francia, en París Un sitio donde pasar la noche y en lugares indeterminados La puerta del señor de Malétroit y La Providencia y la guitarra. Un elemento común a los cuatro es que cuentan choques entre personas de distintos caracteres y que se desarrollan principalmente de noche.

El pabellón de las dunas es un relato de corte romántico contado en primera persona y en nueve capítulos cortos. El narrador, de joven un gran solitario según indica en su primera frase, habla de su relación con un hombre de temperamento violento, llamado R. Northmour. Vivió con él un tiempo en un lugar solitario de la costa escocesa, luego fue testigo de un extraño desembarco nocturno, más adelante conoció a Clara, una joven que vivía con Northmour, de la que se enamora, y, por último, ambos defienden al padre de Clara, un banquero estafador, del asalto de quienes desean darle una lección. Stevenson se ciñe al tema, es sobrio en sus apreciaciones y narra sin las exageraciones típicas del género y de la época. Hay tensión en las relaciones entre los personajes —Northmour acaba comportándose mejor de lo que uno esperaría, un rasgo habitual en los «malvados» que crea el autor—, y misterio en la heroína, una chica cuya conducta y situación son de lo más equívocas, según afirma el narrador, aunque, a la vez, también asegura que tiene confianza en su integridad.

Un sitio donde pasar la noche fue el primer relato publicado por Stevenson. Se desarrolla en París, un nevado día de noviembre de 1456. En una taberna, en la que está Maese Francis Villon, un tipo apuñala a otro, le mata, y «Villon estalló en carcajadas histéricas». Todos los presentes huyen y Villon, después de una visita infructuosa a su padre adoptivo, el capellán de Saint Benoît, acaba en casa de un anciano acogedor. El resto del relato es una larga conversación entre ambos en la que se pone de manifiesto el cinismo y la impertinencia insultante de Villon. El Villon real fue un personaje al que Stevenson admiraba por unas cosas y detestaba fuertemente por otras y esto se aprecia en su criatura literaria. Es decir: el relato deja la sensación de ser como un ejercicio de estilo en el cual, por medio de acciones sencillas y diálogos vivos, consigue dibujar a un protagonista cuyo comportamiento no deja indiferente pues, a la vez que puede admirar su descaro, también provoca rechazo su insolencia.

La puerta del señor de Malétroit es otro relato que cabría llamar de ambiente medieval pues se desarrolla en 1429. Denis, un joven que deambula de noche por las callejas de una ciudad, se refugia de la ronda nocturna de soldados en un palacio pero, una vez dentro, no puede salir. Allí, el señor de Malétroit le dirá que le estaba esperando para que se case inmediatamente con su sobrina. La cuestión está en que no podrá salir hasta que acceda:  el señor de Malétroit le da un ultimátum y le deja a solas con su sobrina. Lo que al principio tiene aires inquietantes adquiere al final un cierto tono de comedia de enredo. Stevenson centra la historia en describir cómo el joven Denis de Beaulieu acaba en una situación que el dominante señor de Malétroit conduce al límite y basa su construcción en los enfrentamientos dialécticos entre los protagonistas.

En La Providencia y la guitarra las andanzas nocturnas de un cantante ambulante y su mujer, León y Elvira, provocan choques con los vecinos y con el comisario del pueblo —un hombre que «transportaba su barriga como si fuese algo oficial»—. Luego encuentran a otra pareja formada por un pintor y su mujer, con los que charlan sobre sus respectivos artes, que ambos aman, aunque no sean unos genios: en esos diálogos está la intención del relato. Así, León dice: «El Arte es el Arte. Yo me inclino ante él. Es todo lo bello, lo divino, es el espíritu del mundo y el orgullo de la vida». Más adelante insiste: «El Arte es el Arte. No se trata de pintar acuarelas, ni de ensayar al piano. Es una forma de vida». Pero, acerca de las tristes vidas que llevan, es la mujer de León, hablando con la mujer del pintor, quien explica bien la situación: «son hombres con una misión (…) que no pueden cumplir».

Robert Louis Stevenson. Las nuevas mil y una noches (New Arabian Nights, 1882), en Cuentos completos, Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 25 de julio de 2015

Las nuevas mil y una noches fue el primer libro de ficción publicado por Stevenson. En él reunió varios relatos cortos que habían salido en revistas entre 1877 y 1880. La primera parte está formada por El Club de los Suicidas (The Suicide Club, 1878) y El diamante del rajá (The Rajah´s Diamond, 1878) que, a su vez, contienen varios incidentes protagonizados por el príncipe Florizel que van enlazados como si todos procedieran de un único autor árabe. No se puede decir que Florizel sea un primer Sherlock Holmes pero, aparte de que lo preceda, si hay un cierto parecido entre la ciudad de Londres en la que se mueve Florizel y el Londres de Holmes.

El Club de los Suicidas contiene «Historia del joven de los pasteles de crema» (Story of the Young Man with the Cream Tarts), «Historia del médico y el baúl» (Story of the Physician and the Saratoga Trunk) y «La aventura de los cabriolés» (The Adventure of the Hansom Cab). En la primera historia, en Londres, el príncipe Florizel y su ayudante el coronel Geraldine se infiltran en una sociedad secreta formada por gente deseosa de suicidarse y dirigida por un siniestro personaje. La segunda se desarrolla en París y allí, de nuevo Florizel tropieza con el Presidente del Club de los Suicidas, responsable de un rocambolesco plan en el que fallece un joven. En la tercera, de nuevo en Londres, todo se dirige a un duelo final entre Florizel y el Presidente del Club.

El diamante del rajá contiene «Historia de la caja de sombreros» (Story of the Bandbox), «Historia del joven sacerdote» (Story of the Young Man in Holy Orders), «Historia de la casa de las persianas (Story of the House with the Green Blinds) y «La aventura del príncipe Florizel con un detective» (The Adventure of Prince Florizel and a Detective). Son como cuatro capítulos que siguen los cambios de dueño de un famoso diamante y, en el último, muy breve, el príncipe Florizel resume su periplo: primero se hizo con él un oficial que servía en la India, luego cayó en manos de un joven clérigo que también sucumbió a su «satánico hechizo», luego se hace con él un hermano de aquel oficial, y, por último, acaba en manos del príncipe...

Hay semejanzas estructurales entre estas historias y las de algunos detectives chestertonianos. De hecho, esta es una obra que Chesterton admiraba profundamente. Llegó a decir que, con esta colección de narraciones, Stevenson «creó una forma de arte. Inventó un género que no existe fuera de su obra. Puede parecer una paradoja decir que su obra más original fue una parodia. Pero ciertamente la idea de Las nuevas mil y una noches es tan única en el mundo como las antiguas Mil y una noches; y no debe su auténtica ingeniosidad al modelo que imita; Stevenson tejió aquí una singular especie de textura, o fabricó una especie singular de atmósfera, que no se parece a nada más; un medio en el que muchas cosas incoherentes pueden hallar una cómica coherencia. Es, en parte, como la atmósfera de un sueño, durante el cual son muchas las cosas que no causan la menor sorpresa. Es, en parte, la verdadera atmósfera de Londres por la noche; es, en parte, la irreal atmósfera de Bagdad. La figura solemne y plácida del príncipe Florizel de Bohemia, aquel misterioso soberano semireinante, es tratada con una especie de vasta y vaga reserva diplomática, que es como el confuso sueño de un viejo cortesano cosmopolita. El príncipe mismo parece tener palacios en todos los países, y no obstante, el malicioso lector sospecha vagamente que el hombre, en realidad, no es más que un pomposo vendedor de tabaco que Stevenson descubrió en Ruper Street y eligió como héroe de una farsa. Esta doble mentalidad, parecida a la del verdadero soñador, es sugerida con extraordinaria habilidad sin cargar con un solo interrogante la inimitable ligereza de la narración. (...) Florizel constituye, no solamente un carácter nuevo sino una nueva especie de carácter. El se halla en una nueva relación con la realidad y la irrealidad; es una especie de sólida imposibilidad. Desde entonces, muchos autores han escrito parecidas fantasías sobre las luces de Londres (…) pero pocos de ellos han dado realmente estos irónicos semitonos o han hecho tan completamente de una misma cosa una combinación cockney y un cuento de hadas árabe. (…) Tenemos en el momento actual un considerable culto de lo fantástico, con el resultado de que lo fantástico se ha convertido en algo estereotipado» y los seres de fantasía como muñecos, «pero el príncipe Florizel no es un muñeco. Es una presencia; una persona que parece llenar la estancia y, no obstante, estar hecha de la materia de que están hechos los sueños; no sencillamente una cosa hecha de serrín». No diré, sigue Chesterton, que sea esta «la más grande de las obras de Stevenson, aunque habría mucho que decir en este sentido. Pero diré que es probablemente la más única; no había nada parecido antes de ella y creo que no ha habido nada igual después».

Robert Louis Stevenson. Las nuevas mil y una noches (New Arabian Nights, 1882), en Cuentos completos, Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]
Otra edición, sólo con Las nuevas mil y una noches, en Barcelona: Alba, 2001; 284 pp.; col. Alba clásica maior; trad. de Luis Loayza y Susana Badiola; ISBN: 84-8428-067-5. [Vista del libro en amazon.es]


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sábado, 18 de julio de 2015

Afirman los biógrafos de Stevenson que hay un momento en su vida en el que decide volver a las novelas juveniles que a él le hicieron disfrutar tanto cuando era niño. En una carta escrita desde los Estados Unidos, en 1880, dice que, cuando pasamos por momentos críticos —y aquellos años habían estado para él llenos de dificultades— lo que deseamos son historias con incidentes, interés y acción, como las de Dumas o de Walter Scott. Esa carta tiene un poco el tono de un manifiesto que, sin él saberlo, anuncia sus obras inmediatas —La isla del tesoro, La flecha negra, Jardín de versos para niños, Secuestrado, etc.—, que serán las más populares de su producción y, en muchos sentidos, las mejores. Tiene también los rasgos de una fuerte declaración de principios, o de rechazo de algunas tendencias filosóficas y artísticas que veía en su entorno: en tono amable pero contundente le dice a su interlocutor que se vaya «al diablo con su filosofía».

Por eso dice Chesterton que las principales obras de aventuras de Stevenson podemos verlas como unas novelas de aventuras protagonizadas por un muchacho cuyo nombre no es ni Hawkins ni Balfour, sino Stevenson; o, dicho de otro modo, que su verdadera vida privada se había de buscar no en Escocia o en Samoa sino en La isla del tesoro: porque donde está el tesoro está también el corazón.

Con esa idea de fondo decía que La isla del tesoro, si no fue una novela histórica, sí fue un acontecimiento histórico: fue una rebelión del autor contra el escepticismo pesimista que iba extendiéndose como una marea en los ambientes artísticos y cultos. Fue como si Stevenson se hubiera detenido a pensar y hubiera decidido encogerse de hombros, como con una especie de impaciente cordura, y así mostrar su escepticismo acerca del escepticismo. Fue como si se le despertase el buen sentido de ver que no hay nada que hacer con la Nada, por lo que dejó de mirar hacia delante o hacia fuera, como a cosas más grandes, y en cambio decidió mirar hacia atrás y hacia adentro, a un mundo de cosas más pequeñas y a la felicidad de su infancia, al mundo que le había fascinado de Skelt, unos populares teatrillos de juguete.

En los ambientes en los que se movía Stevenson, volver a revivir viejas aventuras de combate contra piratas malvados fue algo raro y arriesgado: «desde el punto de vista del arte de aquellos días, aquella bandera tenía demasiado de emblema moral». Pero la infancia que había vivido era la idea más aproximada que tenía del Paraíso: «no había santuarios en la fe o en la ciudad de sus padres; no había medios de consagración o de confesión; no había imaginería, salvo en las imágenes sin rostro que habían dejado los iconoclastas», pero en aquellos años de niñez Stevenson había sido muy feliz y, como no había conocido nada mejor, decidió volver con toda sinceridad y sin complejos a ese tipo de relatos. Al hacerlo así, «Stevenson estaba describiendo el reino del cielo y llamándolo Skelt», justo al mismo tiempo que «Zola estaba describiendo todos los reinos del infierno y llamándolos la vida real».

Chesterton se cuidó de advertir que todas estas explicaciones suyas de las obras de Stevenson, y en particular de La Isla del tesoro, estaban hechas con un espíritu de simplificación y de símbolo, y que, desde luego, no pretendía decir que su autor las había escrito con la explícita intención de atacar la filosofía de su tiempo. Pero que, fuera lo que fuera, Stevenson dio testimonio, con una voz que parecía una trompeta, de los profundos deseos que todos los hombres tenemos de recuperar las mejores emociones de la infancia y de vivir conforme a ellas.

G. K. Chesterton. Robert Louis Stevenson (1927), en Obras completas, tomo IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; col. Los clásicos del siglo XX; trad. de P. Romera. Nueva edición en Valencia: Pre-Textos, y Madrid: Fundación Once, 2001; 148 pp.; col. Letras diferentes; trad. de Aquilino Duque; ISBN: 84-8191-397-9. Edición en la red, en inglés.

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sábado, 11 de julio de 2015

Tiempo atrás comenté la biografía de Stevenson escrita por Chesterton. Vuelvo ahora, en dos notas, a las penetrantes observaciones que figuran en ella y que ponen como un marco explicativo al interés y el atractivo que tiene la obra de Stevenson. Allí decía cómo, tal vez pensando en sus propias experiencias personales, Chesterton explica el modo de ser de Stevenson a partir, primero, del hecho psicológico, comprobado por muchos testimonios, «de que el niño experimenta goces que resplandecen como joyas en el recuerdo»; y, después, como consecuencia de la necesidad que sentía de huir del asfixiante cinismo de muchos hombres y artistas de su tiempo pues se veía como «un preso mientras se le conducía encadenado de la cárcel del puritanismo a la cárcel del pesimismo».

Stevenson, como vio que «ni su nación ni su religión ni su irreligión» le servían, decidió volver «al jardín de la infancia que había conocido un tiempo y que era la idea más aproximada que tenía del Paraíso». Como «un hombre obsesionado por una canción, que anda siempre buscando las notas de una olvidada melodía», y que se da cuenta de sólo los niños la oyen bien, la única respuesta que supo dar a la pregunta «¿puede un hombre ser feliz?» fue la de que «sí, antes de que llegue a ser hombre». Así pues, Stevenson «tuvo la espléndida y resonante sinceridad de dar testimonio, con una voz que parecía una trompeta, de una verdad que no comprendía»: señaló poéticamente que lo que los hombres buscan, en realidad, «es siempre lo mismo: este niño perdido que son ellos mismos, perdido en los profundos jardines al anochecer».

Desde ahí Chesterton concluye que la lección de la vida de Stevenson —que al fin y al cabo es un volver a recordar que la felicidad del cielo sólo la logran quienes se hacen como niños—, «sólo se verá cuando el tiempo haya revelado el pleno sentido de nuestras tendencias actuales; creo que será vista de lejos como un vasto plano o laberinto trazado sobre la ladera de una montaña; trazado, tal vez, por uno que ni siquiera veía el plano mientras trazaba los caminos». Y, efectivamente, esa moraleja que sigue vigente, que «se relaciona con el futuro de la cultura europea y con la esperanza que ha de guiar a nuestros hijos», es la necesidad de volver a la infancia para rehacer los caminos mal andados y reaprender a gozar con una visión romántica y aventurera de la vida. El talento poético de Stevenson está en habernos hecho comprender qué grandes eran aquellas emociones que sentimos cuando éramos niños y qué necesarias siguen siendo cuando hemos crecido.

G. K. Chesterton. Robert Louis Stevenson (1927), en Obras completas, tomo IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; col. Los clásicos del siglo XX; trad. de P. Romera. Nueva edición en Valencia: Pre-Textos, y Madrid: Fundación Once, 2001; 148 pp.; col. Letras diferentes; trad. de Aquilino Duque; ISBN: 84-8191-397-9. Edición en la red, en inglés.

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sábado, 27 de junio de 2015

Robert Louis Stevenson: A Biography, de Claire Harman, es una biografía extensa y documentada que, como corresponde a un libro reciente, aporta mucha y pormenorizada información. No he visto que añada consideraciones especialmente novedosas respecto a biografías previas y a otras más breves que se incluyen en ediciones de algunas novelas. Lógicamente sí da los detalles de la composición de sus obras: da datos de lo que significa cada una, de la recepción que tuvieron, de cómo influyeron en autores posteriores.

Es un libro útil para saber cuál fue la vida familiar de Stevenson y para repasar sus publicaciones: primeros libros de viajes o sobre lugares que conocía; primeros ensayos y artículos de crítica literaria; entrada en la ficción con publicaciones por entregas; éxito e ingresos que le llegaron, por fin, con La isla del tesoro, Jekyll y Hyde, Secuestrado, y sus poemas infantiles; novelas y libros de viajes posteriores. No falta, como en estos tiempos ha llegado a ser habitual en cualquier trabajo biográfico sobre alguien del pasado un poco singular, el rastreo de pistas para ver la posible homosexualidad de Stevenson y concluir que no llevan a ninguna parte.

Claire Harman. Robert Louis Stevenson: A Biography (2006). Harper Perennial, 2010; 448 pp.; ISBN: 978-0007113224. Edición para Kindle, 2012; ASIN: B0092HPRDW. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 20 de junio de 2015

Para los interesados en Stevenson son importantes los trece capítulos cortos que su hijastro, Lloyd Osbourne, dedicó a contar su relación con él. Cada uno se sitúa en un lugar determinado y en un momento de la vida del autor y su padrastro. El título de cada texto indica la edad que tenía Stevenson entonces. El primero, cuando tenía 26 años, recuerda el día y las circunstancias en que Lloyd Osbourne, siendo un niño, le conoció. El penúltimo corresponde a cuando Stevenson tenía 43 y vivía en Vailima establemente. El último, titulado «La muerte de Stevenson», es más largo que los anteriores y narra los sucesos de ese día y el entierro en la cumbre de una montaña, como era su deseo.

El autor muestra que Stevenson era una persona optimista y llena de buen humor. Recuerda que, para un niño como él, era el mejor compañero de juegos posible: «normalmente, dar un paseo con él era una gran placer y un acontecimiento lleno de imaginación. De repente podía creer que era un pirata, o un piel roja, o un joven oficial de la marina con informes secretos para un famoso espía, u otra farsa similar y estremecedora». Cuenta cómo dedicaban tiempo a representaciones teatrales de juguete, preparando juegos muy elaborados que duraban semanas: señala que llegó a tener hasta seiscientos soldados de plomo en miniatura y apunta que «jugábamos con tanta ilusión e intensidad que incluso ahora me emociono al recordarlo».

Dice que a Stevenson le encantaban la charla, el debate y la discusión: para él eso «era refrescante, le levantaba el ánimo, y llegaba a casa con ojos brillantes y buen apetito». Subraya cómo «su trabajo era lo primero, era lo que animaba todos sus pensamientos, era el arrollador júbilo y la pasión de su vida»; también apunta cuánto le gustaban los elogios a lo que había escrito. Le describe como el hombre más razonable en cualquier discusión pero recuerda una ocasión en la que alguien le criticó por la forma liberal en cómo estaba educándole a él y entonces respondió enérgicamente: «ya no soporto esa enseñanza de cuento de hadas que hace de la ignorancia una virtud».

Hace comentarios jugosos sobre algunas obras de Stevenson. Dice que a Stevenson El club de los suicidas le gustaba pero no lo consideraba importante, incluso llegó a pensar si, cuando se publicó en forma de libro, no dañaría su reputación; que tenía una actitud de indulgente indiferencia hacia Jardín de versos para niños; que algunos capítulos de Príncipe Otto fueron escritos al menos siete veces… Por supuesto, habla con detalle de los pormenores de las colaboraciones novelescas entre él y Stevenson. Podemos suponer que, tal vez, las cosas no fueron exactamente como las cuenta pero, en cualquier caso, queda clara la bondad y disponibilidad de Stevenson para enseñarle y para sacar partido al trabajo que le presentaba Lloyd Osbourne.

Otro de los puntos que trata es el de las enfermedades de Stevenson —en las que dice que tuvo gran influencia su madre, hipocondríaca y obsesionada con la lectura de revistas médicas—. Afirma que «nunca quiso mimarse a sí mismo o conformarse con la enfermedad si podía evitarlo. Con su habitual énfasis y determinación decía:
—¿Oh, demonios, qué importa? Permíteme morir con las botas puestas.
Para mí siempre ha sido una gran satisfacción lo que hizo. Mientras le desataba las botas cuando yacía muerto, recordé de forma muy conmovedora ese reiterado comentario suyo. Intrépido hasta el final, se había cumplido su deseo, que era símbolo de mucho más».

Lloyd Osbourne. Un retrato íntimo de R. L. S. (An Intimate Portrait of R. L. S., 1924). Edición que también contiene Los colonos de Silverado, de R. L. Stevenson. Madrid: Valdemar, 1993; 100 de 194 pp.; trad. de Miguel Hernández; ISBN: 84-7702-075-2.


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sábado, 13 de junio de 2015

Graham Balfour (1858-1929), primo de Stevenson, se propuso escribir una biografía suya y, también con ese fin, vivió en su casa de Samoa dos años.

Al margen de que la obra que luego publicó estuviera un tanto condicionada por los deseos de la esposa de Stevenson, en ella da todos los datos ordenadamente —antepasados, relaciones familiares, amistades de juventud, matrimonio, viajes, publicaciones, etc.—, y hace observaciones que van al fondo del modo de ser y de trabajar de su biografiado. Habla de la influencia que tuvo en él su nodriza, Alison Cunningham, o Cummie; de la rigidez y honradez escrupulosa de su padre; del espíritu optimista de su madre que, dice, «poseía en el más alto grado esa disponibilidad para la alegría que ilumina la incomodidad y convierte en una fiesta cualquier ruptura de la rutina cotidiana», un talante heredado por Stevenson.

Señala que una de las claves para comprender su personalidad y sus obras, tal como comenté a propósito de su poesía, está en la forma tan viva en que recordaba su infancia. El mismo Stevenson afirmaba que «se diría que he nacido con el sentimiento de que hay en las cosas algo conmovedor, de una fascinación y un horror infinitos e inseparables». Graham Balfour habla también de cómo, en sus años de juventud, Stevenson incubó una fuerte rebelión contra los dogmas rígidos e intolerantes del calvinismo, aunque no hace mención de un punto al que Chesterton dará mucha importancia: las experiencias oscuras de su vida juvenil en Edimburgo que asoman en relatos como El ladrón de cadáveres o como Jekyll y Hyde.

En cambio, lo que sí acentúa mucho es cómo tuvo, ya en esos años jóvenes, el objetivo claro de aprender a escribir y cómo, con ese fin, practicaba continuamente: mantenía diálogos consigo mismo, hacía frecuentes anotaciones, ejercitaba su capacidad para las descripciones, etc. A propósito de uno de los ejercicios que se imponía, el de imitar a distintos autores, decía el mismo Stevenson: «no lo lograba, y lo sabía; y de nuevo lo intentaba y tampoco lo conseguía, nunca lo conseguía; pero, al menos, gracias a aquellas inútiles tentativas, adquirí cierta práctica con la cadencia, la armonía, la construcción y la coordinación de las partes». También afirmaba que actuó así no como quien libra una batalla sino llevado de un fuerte impulso interior: «viré como un navío bien gobernado. Al timón se hallaba un piloto desconocido, al que llamamos Dios».

Balfour describe bien su modo de ser: su jovialidad y su espíritu efervescente, siempre con bromas y agudezas, su buen humor y una afición a la risa que nunca le abandonó, su sentido de la amistad y de la camaradería. También, su confianza en Dios, aunque no fuera el dios rígido del calvinismo: en una carta a su padre le decía que «ciertamente este es un mundo extraño, pero existe un Dios tangible para aquellos que le buscan». Otra de las cosas importantes que subraya el biógrafo es que Stevenson, a pesar de su fortísima vocación para la literatura y de la seriedad con la que siempre abordó su trabajo, tenía claro que lo primero es siempre la vida. Dice que, para él, como para Walter Scott, «haber hecho cosas que mereciese la pena escribir era un honor que no alcanzaba quien simplemente hubiera escrito cosas que mereciese la pena leer».

Graham Balfour. Vida de Robert Louis Stevenson (The Life of Robert Louis Stevenson, 1901). Madrid: Hiperión, 1994; 427 pp.; col. Libros Hiperión; trad. de Juan Ignacio de Laiglesia; ISBN: 84-7517-432-9.

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sábado, 6 de junio de 2015

Hubo un momento en la vida de Stevenson, en los años finales de su primera estancia en Estados Unidos, en el que, de un modo un tanto desafiante frente a modos de actuar y de vivir que veía en su entorno, decidió cambiar sus obras de orientación y volver al mundo feliz de su infancia. En esa época escribió sus obras juveniles y de aventuras más destacadas y, también, Jardín de versos para niños, su primer libro de poemas, que dedicó a la que fuera su niñera. Hoy se considera uno de los libros clásicos de poesías para niños por más que, según cuenta en sus memorias su hijastro Lloyd Osbourne, la actitud de Stevenson hacia él era de indulgente indiferencia: consideraba que los poemas tenían encanto, sí, pero que eran insignificantes.

Sin embargo, en ellos brilla una cualidad que, según el primer biógrafo de Stevenson, su primo Graham Balfour, Stevenson poseía en grado muy alto: la de recordar su niñez —«aquella fue mi edad de oro», decía— con extraordinaria viveza, «como es dado hacerlo a muy pocos hombres y mujeres adultos». Pero esto también quiere decir otra cosa que señaló Chesterton en el ensayo biográfico que le dedicó: algunos de los poemas de Stevenson no están pensados y construidos para complacer a los niños sino, más bien, para complacer, en el mejor de los casos, a quienes quieren a los niños y, en el peor, para satisfacer a los entusiastas de los experimentos educativos.

Hay poemas de ese libro, seguía Chesterton, ante los que ningún niño puede sonreír. En todo caso fue el poeta quien sonrió al niño, que es algo muy distinto y, a su modo, también hermoso. Stevenson, por tanto, también contribuyó al nacimiento de esa literatura que llamamos infantil pero cuya finalidad, legítima e incluso honorable, es la de educar a los adultos en el aprecio de los niños. Pero, si es una cosa excelente enseñar a los hombres y mujeres a que disfruten de los niños, eso es una cosa totalmente diferente de hacer que los niños disfruten.

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sábado, 30 de mayo de 2015

En la antología de sesenta y seis poemas de Stevenson titulada De vuelta del mar, preparada por Javier Marías, hay una breve introducción a la obra poética de Stevenson. Allí se indica que publicó cuatro libros de poesía durante su vida: Moral Emblems (1880), un panfleto con una tirada de noventa ejemplares; Jardín de versos para niños (1885), Underwoods (1887) —divididido en dos libros con poemas en inglés y en escocés—, y Ballads (1890). Un año después de su muerte se publicó Songs of Travel and Other Verses (1895), un libro que había dejado ya preparado y que es su mejor obra poética, y en 1918 se publicó New Poems and Variant Readings, que contenía ciento cuarenta y siete poesías.

El antólogo explica sus elecciones en una nota introductoria. Señala que descarta los poemas de Moral Emblems y A Child’s Garden of Verses, tan dependientes del metro y de la rima; los largos poemas narrativos sobre leyendas de Escocia y los Mares del Sur que se contienen en Ballads, por ser un tanto farragosos y porque sólo serían trasladables al castellano en una prosa que, además, no sería la mejor del autor; los poemas en escocés de Underwoods, por su sonoridad propia y porque no son los de más calidad, y los numerosos poemas de tipo zumbón o bromista porque se quedan a medias entre lo entrañable y lo patético.

Deja, pues, una escogida selección de sesenta y seis poemas que dan idea de la categoría de Stevenson como poeta lírico. Según afirma y explica bien el prologuista, Stevenson era un poeta de circunstancias: «aquel que sólo escribe un poema cuando una circunstancia vital se lo exige», de ahí que muchos vengan dictados o exigidos por el amor, la amistad, el sentido de la muerte, los recuerdos de su Escocia natal… Pero, como el autor «tiene una clara facilidad versificatoria (ayudado por la rima)», y un talento expresivo que nunca dejó de perfeccionar, «en los momentos más personales logra poemas espléndidos y una dicción singular poética, donde como siempre importa mucho el buen uso del adjetivo y Stevenson lo dominó. Borges también supo eso».

Robert Louis Stevenson. De vuelta del mar: antología poética. Selección y traducción de Javier Marías. Barcelona: Reino de Redonda, 2013; 244 pp.; prólogo de Luis Antonio de Villena; ISBN: 978-84-936887-4-5. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 23 de mayo de 2015

Como apunté al principio de estos comentarios, en sus ensayos literarios Stevenson apunta siempre hacia la vida misma y nunca se queda en consideraciones puramente librescas. Más de vez dijo que los los libros son «un pálido sustitutivo de la vida». También hacía un interesante paralelismo cuando afirmaba que «en literatura, como en nuestra conducta, nunca podemos esperar haber acertado completamente. Lo único que podemos hacer es asegurarnos lo más posible, y para ello sólo existe una regla: no hacer precipitadamente aquello que puede hacerse despacio».

En una de sus cartas se reafirma en su decisión de no decir en sus obras una sola palabra en contra del esplendor de la vida y de aplaudir siempre cualidades como el valor, la veracidad, la lealtad… Y se ve que le ponía nervioso, digámoslo así, el satírico al que «le basta con saber que las cosas no son lo que parecen, y de ello deduce que no existen en absoluto. También advierte que nuestras virtudes no son lo que pretenden, y por eso nos niega la posesión de toda virtud. Ha aprendido la lección según la cual no hay hombre enteramente bueno: pero ni siquiera sospecha que existe otra igualmente verdadera, a saber, que nngún hombre es enteramente malo. (...) Posee un olfato infalible para el mal, pero tiene las fosas nasales taponadas contra la bondad».

Y, en «Los portadores de faroles» (The Lantern Bearers), uno de sus ensayos más citados, donde indica que uno no puede permitir nunca que su mente se acabe contagiando de la mala conducta, pues esto es la ruina, hace una especie de declaración de principios:

«Hay una fábula que casi toca el meollo de la vida: la fábula de un monje que se internó en el bosque, oyó a un pájaro entonar un canto, prestó oídos durante un par de trinos y se dio cuenta de que se había convertido en un extraño al volver a las puertas del monasterio, pues había estado fuera cincuenta años y sólo uno de sus compañeros había sobrevivido para reconocerle. No sólo en los bosques entona su melodía ese hechicero, aunque puede que ese sea su lugar de origen. Canta en los lugares más oscuros. El avaro le oye y se sonríe, y los días son momentos. Con un farol maloliente por todo aparato yo lo he llamado en los desnudos arenales. Toda vida que no es meramente mecánica está tejida con dos hilos: la búsqueda de ese pájaro y su escucha. Y precisamente eso hace que la vida sea tan difícil de valorar, y el goce de cada uno tan imposible de comunicar. Y saber eso, y recordar esas horas afortunadas en las que el pájaro ha cantado para nosotros, es lo que nos produce tanto asombro cuando leemos a los realistas. En ellos, desde luego, hallamos una imagen de la vida que hace referencia a todo lo que esta tiene de barro y hierro viejo, deseos baratos y miedos baratos, los que nos avergüenza recordar y los que no nos importa olvidar; pero de la nota del ruiseñor que devora el tiempo no recibimos noticia».

Robert Louis Stevenson.
—Ensayos literarios. Madrid: Hiperión, 1998, 2ª ed.; 211 pp.; traducción de Beatriz Canals y Juan Ignacio de Laiglesia; ISBN: 84-7517-587-2.
—Virginibus puerisque y otros ensayos (Virginibus puerisque and Other Papers). Madrid: Alianza, 1994; 232 pp.; col. El Libro de Bolsillo; trad. de Eulalia Galvarriato; edición de José Polo y Ana Pinto; ISBN: 84-206-0664-2. [Vista del libro en amazon.es]
—El arte de escribir (The art of writing, 1881-1894). La Laguna: Artemisa ediciones, 2006; col. Clásica; trad. de María Sanfiel; ISBN: 84-96374492.
—Memoria para el olvido: los ensayos de Robert Louis Stevenson. Madrid: Siruela, 2005; 339 pp.; trad. de Ismael Attrache; edición de Alberto Manguel; ISBN: 84-7844-931-0. [Vista del libro en amazon.es]
—Henry James – Robert Louis Stevenson. Crónica de una amistad. Correspondencia y otros escritos. Madrid: Hiperión, 2009; 217 pp.; col. Libros Hiperión; trad. de María Condor; ISBN: 978-84-7517-902-5. [Vista del libro en amazon.es]
Escribir. Ensayos sobre Literatura. Madrid: Páginas de Espuma, 2013; 448 pp.; col. Voces/Ensayos; trad. de Amelia Pérez de Villar; ISBN: 978-8483931509. [Vista del libro en amazon.es]


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sábado, 16 de mayo de 2015

En relación a los escritores, Stevenson admira mucho a su compatriota Walter Scott, al que califica como el rey de la novela. Indica sus cualidades y defectos —excelente en momentos románticos, descuidado y flojo en otros puntos, personajes escoceses buenos pero rasgos estereotipados en otros— y da una clave importante para comprenderlo: «del mismo modo que sus libros son un juego para el lector, eran un juego para él. Le gustaba evocar el ambiente de la novela, pero no tenía paciencia para describirlo. Era un gran soñador, alguien que tenía visiones pertinentes, hermosas y humorísticas, pero no un gran artista; no era, en el sentido valiente, un artista en absoluto. Se complacía a sí mismo y del mismo modo nos complace a nosotros. Los placeres del arte los conoció plenamente, pero nunca un hombre conoció peor sus esfuerzos y sus vigilias y sus inquietudes. Un gran novelista, un niño perezoso».

De Dumas dice que sus relatos, como mucha literatura popular, no eran fieles a lo que los hombres ven pero sí eran fieles a lo que los hombres sueñan. De Poe señala que «tiene el auténtico instinto del narrador. Conoce los pequeños detalles que contribuyen a crear o a destruir una historia. Sabe cómo resaltar el significado de una situación y dar vida y color a aquellos pormenores aparentemente irrelevantes». De Verne le divierten sus científicos calvos y sus divertidos marineros de inquebrantable lealtad y señala cómo todas sus marionetas son atléticas y virtuosas.

Pero, como se nota en su correspondencia con Henry James, Stevenson sabía también apreciar bien otra clase de relatos de tipo más intelectual. Por un lado, es gracioso leer cómo, a un artículo de Stevenson en el que decía que todos los niños han buscado siempre tesoros enterrados, Henry James le replicó que él nunca había buscado ninguno, a lo cual Stevenson le volvió a contestar diciéndole que, en ese caso, es que él nunca había sido niño. Pero, por otro, es evidente cómo, en la producción final de Stevenson —podemos suponer que por influencia indirecta de James— los conflictos interiores de sus héroes están más desarrollados y cómo aumenta el autoanálisis que hace de su propia obra.

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sábado, 9 de mayo de 2015

En relación a las opiniones de Stevenson sobre libros concretos, en primer lugar escribió textos acerca de sus propias novelas: sobre la forma en que se le ocurrió la idea de algunas (por ejemplo, unas imágenes en sueños de las que brotó Jekyll y Hide); sobre la dificultad que tuvo para resolver algunas cuestiones (le resultó agobiante terminar El Master de Ballantrae); sobre su alegría al conseguir sus objetivos (por ejemplo, terminar su primera novela larga, que fue La isla del tesoro), etc.

También hizo comentarios certeros a libros de otros. Así, dice que «uno de los muchos motivos por los que Robinson Crusoe goza de tanta popularidad entre los jóvenes es (…) que Crusoe siempre estaba improvisando y tenía, literalmente, que jugar a ejercer gran variedad de profesiones; y, además, el libro está lleno de herramientas, y no hay nada que guste más a un niño». O , de una obra de Dumas como El conde de Montecristo, afirma que no cree «que en ningún otro volumen se respire esa atmósfera inconfundible de leyenda».

En general, son muy valiosas sus observaciones acerca de las novelas de aventuras. Indica cómo, en ellas, el estilo no ha de flaquear bajo el peso de los razonamientos y que añadir material irrelevante sólo contribuye a sepultar y no a expandir. También apunta que una novela de esa clase triunfa cuando consigue involucrar al lector activamente en la fantasía que se le propone: «esto último es el triunfo de la novela; cuando el lector interpreta conscientemente el papel del héroe, la escena es buena».

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sábado, 2 de mayo de 2015

Una posible separación de los ensayos de tipo literario de Stevenson es la que intenta el libro Escribir. Ensayos sobre Literatura: en él se agrupan algunos que tratan sobre «La escritura», otros sobre «Los libros», y otros sobre «Los escritores». Hay que decir, sin embargo, que no tratan sólo sobre cuestiones literarias pues las actitudes del escritor escocés sobre distintos aspectos de la vida salen a la luz una y otra vez.

En relación a la escritura, entre los muchos comentarios que revelan la forma en la que comprendía su trabajo (varios ya citados en esta página tiempo atrás), se pueden destacar: «en todo relato hay una sola manera de mostrarse inteligente, y es siendo preciso»; el escritor «debe guardar silencio cuando sospecha que no comprende algo cabalmente»; «si en algún lugar se ha dicho con dos frases algo que se podría haber expresado con igual claridad y fuerza con una sola, entonces es un trabajo de aficionado»; «ningún ser humano habla nunca del paisaje durante dos minutos seguidos, lo que me hace sospechar que abusamos de él en la literatura»; «solo hay un arte: ¡omitir! Si supiera como omitir, no pediría ningún otro conocimiento».

Luego están otros textos en los que habla del talante que consideraba el propio de un genuino escritor. Así: «Un escritor puede vivir de su trabajo; si no con tanto lujo como de otros negocios, pues con menor lujo. La naturaleza de la labor en la que se ocupa durante el día influirá más en su felicidad que la calidad de su cena por la noche. Cualquiera que sea nuestra vocación, y sean cuales sean las ganancias que nos reporte anualmente, siempre podríamos obtener más con el fraude». En otro lugar apuntaba: «no me inspiran simpatía los vulgares lamentos de la clase artística. Quizá olvidan el sistema de aparcería de los campesinos, ¿o piensan que no cabe trazar paralelismos?».

También vale la pena destacar esta consideración acerca de la importancia que concedía a la honradez: «hay dos deberes que incumben a cualquiera que abrace la profesión de las letras: ceñirse a la verdad de los hechos y tratarlos con buena disposición. En todos los ámbitos de la literatura, aunque sean tan bajos que apenas merezcan tal nombre, la fidelidad a los hechos es un asunto de importancia para la educación y el bienestar de la humanidad, y es tan difícil preservarla que sólo la fiel tentativa de hacerlo ya confiere cierta dignidad a quien lo intenta».

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sábado, 25 de abril de 2015

Otro grupo de relatos de viajes de Stevenson lo componen los que cuentan sus andanzas por distintas islas del Pacífico.

En los mares del Sur es un libro con un descriptivo subtítulo: «Relato de experiencias y observaciones efectuadas en las islas Marquesas, Pomotú y Gilbert, durante dos cruceros realizados en las goletas Casco (1888) y Equator (1889)». Lo escribió Stevenson al final del viaje que cuenta, que duró dos años, pero tuvo que dejarlo sin terminar, en parte desanimado por la recepción que tuvieron algunos textos publicados en revistas, también por parte de su esposa y amigos, que deseaban relatos más ligeros y amables. Se acabó publicando poco después de su muerte. Da bastante idea de la mente imparcial y objetiva del autor el hecho de que no hiciera ningún elogio del colonialismo, que hablara de la dulzura y amabilidad de los indígenas sin dejar de subrayar la brutalidad del canibalismo.

Stevenson, un hombre que deseaba comprender, señala cómo «me encontraba muy lejos de la sombra que proyecta todavía el Imperio Romano, cuyos edificios ruinosos dominaron nuestras cunas, cuyas letras y leyes aún persisten, nos obligan y nos refrenan». Dice también que «los que gustan de hablar mal de las misiones, tanto si son católicas como protestantes, no encontrarán en mis páginas nada que les complazca. Los misioneros católicos y protestantes, a pesar de todas sus imperfecciones, de su falta de candor, buen humor y sentido común, siguen siendo los blancos más útiles y los mejores del Pacífico». Igual que también apunta que prefiere la declaración de un nativo inteligente a cualquier narración de un viajero occidental…

Luego, en un libro titulado Viajes por Hawai hay varios artículos titulados Las ocho islas, algunos de los cuales están en el libro anterior, y 22 cartas personales, de Stevenson y de su mujer, escritas desde allí a distintas personas. Los artículos, que se publicaron en el Sun, de Nueva York, en 1891, se titulan «La costa de Kona», «Una carrera por el bosque», «La ciudad de refugio», «Ka’ahumanu», «Los leprosos de Kona», «El lazareto», «El lazareto (continuación)», «El lazareto hoy día», «La isla libre», «Otro Molokai». Las cartas, que se publicaron por primera vez en 1911, son variadas: unas dan idea de las dificultades que pasaron y de las satisfacciones que tuvieron; otras hablan de algunos libros que estaba escribiendo Stevenson entonces; pero, sobre todo, entre ellas está la famosa carta titulada «Al reverendo doctor Hyde». Esta es una defensa cerrada del trabajo del Padre Damián entre los leprosos de Molokai y un ataque furibundo a la hipocresía del pastor protestante C. M. Hyde, que había escrito una carta difamatoria contra Damián.

Robert Louis Stevenson. En los mares del Sur (In the South Seas, 1896). Barcelona: Ediciones B, 1999; 406 pp.; col. Biblioteca Grandes Viajeros; trad. de Agustín Esclasans; prólogo de Horacio Vázquez Rial; ISBN: 84-406-9247-1.
Robert Louis Stevenson. Viajes por Hawai (1891 y 1911). Barcelona: Abraxas, 2001; 157 pp.; col. Milenio; trad. de Miguel Giménez Saurina; ISBN: 978-84-95536-30-7.


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sábado, 18 de abril de 2015

Un segundo tipo de los libros de viajes de Stevenson fueron los que, a continuación de los anteriores, contaban sus viajes a y dentro de los Estados Unidos.

En El emigrante por gusto (o El emigrante amateur, en otras ediciones) contó las experiencias del viaje que hizo, en barco, desde Glasgow a Nueva York, y en A través de las praderas narró el viaje que, a continuación del anterior, hizo el mismo año 1889 desde Nueva York a California, en ferrocarril. Ambos fueron libros que se publicaron en 1883 en versión abreviada, pues el padre de Stevenson pagó para que se cortasen algunas cosas, y que salieron en 1894 en su versión íntegra. Es interesante señalar el enfoque de ambos libros: Stevenson habla de quienes, no como él, viajaban por necesidad y subraya la esperanza, y también la desesperanza, de quienes marchan sin ánimo de regresar y como a la busca de una supuesta tierra prometida.

Otro relato singular fue Los colonos de Silverado, acerca de la estancia de Stevenson y Fanny Osbourne, recién casados, junto con Lloyd, el hijo de Fanny, en una mina abandonada en el Valle de Napa del condado californiano del mismo nombre. En ambientes así Stevenson se deja llevar por la nostalgia cuando recuerda Edimburgo: aunque dice que no sabe si desea vivir allí, señala que «la mayor felicidad en la tierra es haber nacido escocés. Hay que pagarlo de muchas formas, como otras ventajas en la tierra. Hay que aprender las paráfrasis y el catecismo más corto; generalmente hay que aficionarse a la bebida; tu juventud, por lo que puedo saber, es una época de guerra más abierta contra la sociedad, de más algaradas, lágrimas y tumultos que si hubieras nacido, por ejemplo, en Inglaterra. Pero de algún modo, la vida es más cálida y más íntima; el hogar arde más rojo; las luces de casa brillan más suaves sobre la calle lluviosa; los mismos nombres, que se han hecho querer a través del verso y la música, se ciñen más íntimamente alrededor de nuestros corazones».

Además, quien esté interesado en más textos del mismo género firmados por Stevenson los encontrará en el libro titulado Viajar. Ensayos sobre viajes, . En él se reúnen distintos libros y artículos del autor: aparte de los ya citados Edimburgo, notas pintorescas, El emigrante amateur y A través de las llanuras, que son los más largos, muchos otros textos cortos, unos sobre distintos lugares europeos (Davos, Fontainebleau, los Alpes, etc.) y otros sobre ciudades norteamericanas (La antigua capital de Pacífico, Nueva York...). También hay un texto titulado «Rosa quo locorum. Recuerdos desordenados», en el que hay, sobre todo, evocaciones de sus lecturas de infancia y juventud.

Robert Louis Stevenson.
Navegar tierra adentro (An Inland Voyage, 1878). Barcelona: Alhena Media, 2008; 207 pp.; trad. y prólogo de Miguel Martínez Lage; ISBN: 978-84-96434-09-7.
Edimburgo, notas pintorescas (Edinburgh: Picturesque Notes, 1878). Contenido en Viajar. Ensayos sobre viajes, Madrid: Páginas de Espuma, 2014; 78 pp. de 470 pp.; col. Voces/Ensayos; trad. de Amelia Pérez de Villar; ISBN: 978-84-8393-177-6.
Viajes con una burra (Travels with a Donkey in the Cévennes, 1879). Madrid: Maeva, 1998; 210 pp.; trad. de Alejandro Pareja; ISBN: 84-86478-77-4.
El emigrante por gusto (The Amateur Emigrant, 1883 en versión abreviada, 1894 en versión íntegra). Barcelona: Alba, 2000; 144 pp.; col. Alba Clásica; trad. y nota preliminar de Miguel Martínez-Lage; prefacio de Fanny Stevenson; ISBN: 84-8428-018-7.
A través de las praderas (Across the Plains, 1883 en versión abreviada, 1894 en versión íntegra), 56 pp. y trad. de Julio Vacareza, en Obras selectas (incluye La isla del tesoro, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Olalla, La flecha negra, Cuentos de los mares del sur, A través de las praderas, Otras memorias y ensayos). Madrid: Espasa, 1999; 1046 pp.; varios traductores; prólogo de Fernando Savater; ISBN: 84-239-9316-7.
Los colonos de Silverado (The Silverado Squatters, 1883). Edición que también contiene Un retrato íntimo de R. L. S., de Lloyd Osbourne. Madrid: Valdemar, 1993; 100 de 194 pp.; trad. de Miguel Hernández; ISBN: 84-7702-075-2.
Viajar. Ensayos sobre viajes. Madrid: Páginas de Espuma, 2014; 470 pp.; col. Voces/Ensayos; trad. de Amelia Pérez de Villar; ISBN: 978-84-8393-177-6. [Vista del libro en amazon.es]


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sábado, 11 de abril de 2015

Una primera parte de las obras de viajes de Stevenson son las que se desarrollan en Europa.

En Navegar tierra adentro cuenta el que fue su primer viaje fuera de Escocia, que tuvo lugar en 1876. Acompañado de un amigo, comenzó en Amberes y, a través de ríos y canales, llegó hasta París, donde conoció a la que sería su mujer, Fanny Osbourne. Fue la primera de las obras que publicó. El último capítulo, «De vuelta al mundo», después de hablar de su deseo de volver por fin al trabajo y a tratar con la gente que comprende su idioma y no con aquellos que le ven como una curiosidad, termina con una frase característica y citadísima de Stevenson: «Las más bellas aventuras no son aquellas cuya búsqueda emprendemos lejos».

En Edimburgo, notas pintorescas reúne distintos textos que hablan de la historia, los lugares y edificios, y las leyendas de Edimburgo. El autor despliega su buen humor al mismo tiempo que sus opiniones, no siempre agradables para quienes fueron sus conciudadanos. Así, nada más comenzar ya dice que «tiene uno de los peores climas que hay bajo la capa del cielo», idea que repetirá más veces, por ejemplo cuando dice que nadie que no lo haya sufrido en sus carnes «puede entender lo sórdido y deprimente que es el invierno en Edimburgo». Pero, a veces, sus comentarios van más al fondo y nos hacen pensar en la huella que dejó en él aquél ambiente: «no hay estruendo en este mundo más funesto que las campanas del Sabbath sonando en Edimburgo: una rigurosa alarma eclesiástica, la protesta de ortodoxias incongruentes que instan a los que asisten a sus conciliábulos a que presenten una protesta, cada una en su propio templo, contra “los extremos de la derecha y las traiciones de la izquierda”».

El tercer libro de Stevenson fue Viajes con una burra, la narración de un viaje de casi quince días por los Cevennes, montañas en el centro-sur de Francia, en la burra Modestine y sin nadie que le hiciera compañía. Lo escribió por interés económico —deseaba tener dinero sin depender de su familia—, tenía 28 años y parece que deseaba tanto ponerse a sí mismo a prueba como pensar en el paso que iba a dar: marcharse a los Estados Unidos para reunirse con Fanny Osbourne. Fue un libro casi escrito sobre la marcha y está considerado como uno de los primeros libros que presentan el paseo por el campo y la acampada como actividades llamémoslas deportivas. Uno de los elementos cómicos y amables del relato es el trato que mantiene con la burra, un ser paciente y tozudo.

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viernes, 10 de abril de 2015

En semanas sucesivas voy a ir poniendo comentarios y reseñas sobre distintos libros de Stevenson. Como hace poco se ha publicado Viajar. Ensayos sobre viajes empiezo por los artículos y libros de viajes, que dan mucha idea de, por un lado, su talante humano y, por otro, de su continuo esfuerzo por convertirlo todo en escritura, y en escritura de calidad.

En ellos se ve bien su espíritu observador, su interés en conocer a toda clase de personas, su sentido positivo ante los inconvenientes, su afabilidad y amabilidad en el trato sin distinción de clases… También se aprecia la precisión de su escritura, su capacidad para la descripción justa y para el dibujo de personajes de muy distinto tipo, su sentido de la oportunidad para contar una anécdota, etc. Y no faltan observaciones apropiadas de carácter permanente, como la de que «el turismo es el arte de la decepción» (Los colonos de Silverado).

Además, dejan ver también parte de su vida pasada, su mundo interior y sus preocupaciones. Así, en Notas sobre Edimburgo, señala lo sórdido y deprimente que es el invierno en Edimburgo (igual que en El emigrante amateur dirá que «hay una cosa que no se aprende en Escocia: la manera de ser feliz»). En Fontainebleau. Comunidades de pintores, dice que hay algo en el aire mismo de Francia que transmite amor por el estilo y apunta cómo, en París, el arte parece estar vivo.

En El emigrante amateur afirma que «la charla de un obrero suele ser más interesante que la de un comerciante adinerado, porque sus ideas, esperanzas y miedos, aquellos de los que se compone su vida, están más cerca de la naturaleza y la necesidad. Son más inmediatos, su relación más estrecha con la existencia humana. Calcular los ingresos de una semana es algo mucho más humano que calcular los de todo un año, y una renta exigua, aunque sólo sea por su escasez, es más humana que una abundante».

En A través de las praderas, al describir la situación de los indios norteamericanos escribe: «me avergoncé enormemente de lo que llamamos civilización. Deberíamos, al menos, sentir cierto cargo de conciencia por el mal comportamiento de nuestros antecesores, ya que continuamos sacando provecho de la situación».

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