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Notas del archivo 'Heroínas' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 11 de diciembre de 2008

En Lucy Gayheart, una de las últimas novelas de Willa Cather, más corta que sus obras más famosas, la escritora vuelve a uno de sus temas favoritos: la diferencia entre quienes tienen un don artístico y quienes no lo tienen, y entre quienes tienen horizontes amplios y quienes están encerrados en un mundo pequeño. Su protagonista es una chica resplandeciente que procede de un pueblo del Medio Oeste y, como profesora de piano en Chicago, entra en relación con un famoso barítono a quien acompaña en sus ensayos. Pasado un poco de tiempo, este personaje admira el modo de ser de Lucy, una chica cuyos afectos «eran más parecidos a la lealtad caballeresca que a la pasión juvenil» y con «un espíritu que desdeñaba el beneficio».

Willa Cather. Lucy Gayheart (1935). Barcelona: Alba, 2008; 221 pp.; col. Alba Clásica; trad. de Catalina Martínez Muñoz; ISBN: 978-84-8428-417-8.

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viernes, 1 de febrero de 2008

En cuatro de las seis grandes novelas de Jane Austen «hay una escena de reconocimiento en donde la persona a la que el héroe o la heroína reconoce es ella misma. “Hasta este momento nunca me había conocido”, dice Elizabeth Bennet (Orgullo y prejuicio). “Cómo comprender los engaños que consigo mismo había tenido y seguir viviendo”, medita Emma. El autoconocimiento es para Jane Austen una virtud tanto intelectual como moral, muy cercana a otra virtud que considera fundamental»: la constancia. Esta «es fundamental en dos novelas por lo menos, Mansfield Park y Persuasión, en cada una de las cuales es la virtud central de la heroína. La constancia, según palabras que Jane Austen pone en boca de Anne Elliot en su última novela (Persuasión), es una virtud que las mujeres practican mejor que los hombres. Y sin constancia, todas las virtudes pierden su objetivo hasta cierto punto. (...) No es casual que las dos heroínas que muestran la constancia más notable tengan menos encanto que el resto de las heroínas de Jane Austen, y que una de ellas, Fanny Price, haya sido considerada positivamente poco atractiva por muchos críticos. Pero la carencia de encanto de Fanny es fundamental para las intenciones de Jane Austen. Porque el encanto es la cualidad típicamente moderna de quienes carecen de virtudes, o las fingen, y eso les sirve para conducirse en las situaciones de la vida social típicamente moderna. Camus definió una vez el encanto como aquella cualidad que procura la respuesta “sí” antes de que nadie haya formulado pregunta alguna. Y el encanto de Elizabeth Bennet o incluso el de Emma puede confundirnos, aún siendo auténticamente atractivo, en nuestro juicio sobre su carácter. Fanny carece de encanto, sólo tiene virtudes, virtudes auténticas, para protegerse, y cuando desobedece a su guardián, sir Thomas Bertram, y rehúsa casarse con Henry Crawford, sólo puede ser porque su constancia lo exige. Con este rechazo demuestra que el peligro de perder su alma le importa más que la recompensa de ganar lo que para ella sería un mundo entero. Persigue la virtud por la ganancia de cierto tipo de felicidad, y no por su utilidad».

Alasdair MacIntyre. Tras la virtud (After virtue, 1984). Barcelona: Crítica, 2004, 2ª impr.; 352 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Amelia Valcárcel; ISBN (10): 84-8432-170-3. Otra edición en Jane Austen. Mansfield Park (1814). Madrid: Rialp, 1995; 382 pp.; trad. de Miguel Martín; ISBN: 84-321-3081-8. Y otra más en Madrid: Alianza, 2016; 624 pp.; col. 13/20; trad. de Miguel Ángel Pérez; ISBN: 978-8491045144. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 21 de septiembre de 2007

Respecto a otras novelas, Willa Cather cambia de acentos en Una dama extraviada. Aquí la protagonista es Marian Forrester, una mujer que «tenía el poder de sugerir cosas mucho más bellas que ella misma, igual que el perfume de una única flor puede invocar toda la dulzura de la primavera». En segundo plano está su marido, el capitán Daniel Forrester, un hombre mayor al que todos ven al principio como un lastre para su mujer, aunque cuando fallezca será patente que, en realidad, era su ancla. El capitán Forrester, comenta el narrador, era uno de los soñadores que había conquistado el viejo Oeste, uno de aquellos «aventureros de corazón pródigo, cuya falta de sentido práctico rayaba en la magnificencia; una hermandad de caballeros, fuerte en el ataque pero débil en la defensa, que sabía conquistar pero no conservar». Y, cuando él falta, llega una clase de hombres diferentes que «disiparían el frescor de la mañana» y «extirparían el gran y fértil espíritu de la libertad».

Willa Cather. Una dama extraviada (A Lost Lady, 1923). Barcelona: Alba, 2002; 206 pp.; trad. de Ismael Attrache; ISBN: 84-8428-162-0.

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viernes, 14 de septiembre de 2007

Igual que Pioneros, Willa Cather ambienta Mi Ántonia en Nebraska y a fines del siglo XIX, pero esta vez su protagonista es una chica de origen bohemio. Al final, así la describe su amigo y narrador Jim Burden:

«Ántonia había sido siempre una de esas personas que graban imágenes en el cerebro que no se desvanecen, que se hacen más vívidas con el tiempo. En mi memoria guardaba una sucesión de tales imágenes, indelebles como las viejas ilustraciones del primer libro de texto (...). Ya no era una preciosa muchacha sino una mujer ajada, pero aún poesía ese algo que inflama la imaginación, aún podía hacer que a uno se le cortara la respiración con una mirada o un gesto que, sin saber cómo, desvelaba el significado de las cosas vulgares».

Willa Cather. Mi Ántonia (My Ántonia, 1918). Barcelona: Alba, 2000; 382 pp.; col. Alba Clásica; trad. de Gema Moral Bartolomé; ISBN: 84-8428-013-6.

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viernes, 31 de agosto de 2007

Otra novela de Willa Cather es El canto de la alondra. En este caso la protagonista es Thea, una chica de Colorado que acaba yéndose del pueblo para estudiar música y triunfa como cantante de ópera. Se nos presenta como una mujer que ha nacido para las sacudidas de los rompeolas, como una persona que «detestaba las cosas difíciles pero no dejaba pasar ni una» y «no descansaba hasta haberlas dominado».

Pues Thea declara esto: «Si amas las cosas buenas visceralmente, lo bastante para renunciar por ellas a todo lo que hay que renunciar, entonces tienes que detestar la pacotilla con igual fuerza. ¡Te digo que existe un odio creativo! Un desprecio que te impulsa a cruzar el fuego, a arriesgarlo todo y perderlo todo, que te hace, con mucho, mejor de lo que creías poder ser».

Willa Cather. El canto de la alondra (The Song of the Lark, 1915). Valencia: Pre-Textos, 2001; 536 pp.; col. Narrativa Clásicos; prólogo de José María Marco; trad. de Eva Rodríguez-Halffter; ISBN: 84-8191-386-3.

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viernes, 24 de agosto de 2007

Una buena parte del atractivo de las novelas de Willa Cather es que, en primer plano, hay siempre personalidades inolvidables. En Pioneros es Alexandra, la mayor de los Bergson, una familia de colonos de origen sueco instalada en Nebraska, que se hace cargo de la marcha de la granja y de la educación de sus hermanos Oscar y Lou cuando fallece su padre. La narración remarcará la diferencia sustancial entre Alexandra y sus hermanos que, «como la mayoría de sus vecinos, estaban destinados a seguir una senda ya trazada y no a abrir nuevos caminos en un país nuevo. Un trabajo estable, unos cuantos días festivos, nada en qué pensar, y habrían sido completamente felices. No tenían la culpa de que los hubieran llevado a una tierra salvaje cuando eran niños. Un pionero debía tener imaginación, debía ser capaz de disfrutar con la idea de las cosas más que con las cosas en sí mismas».

Willa Cather. Pioneros (O Pioneers!, 1913). Barcelona: Alba, 2001; 270 pp.; col. Alba Clásica; trad. de Gema Moral Bartolomé; ISBN: 84-8428-099-3.

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viernes, 6 de julio de 2007

«He estado pensando en el pasado, intentando juzgar con imparcialidad errores y aciertos, en relación con mi persona, y la conclusión es que hice bien, que acerté plenamente, a pesar de lo mucho que sufrí, al dejarme guiar por esta persona, a la que aprenderás a querer en el futuro. Para mí, ocupó el lugar de una madre. Sin embargo, no quiero que me malinterpretes. No estoy diciendo que no errara en su consejo. Se trataba, quizá, de uno de esos casos en los que el consejo sólo es bueno o malo según deciden los acontecimientos; yo, si me encontrara en la misma tesitura, nunca daría un consejo semejante. Pero insisto en que obré bien haciéndole caso y que, si no lo hubiera hecho, habría sufrido más manteniendo el compromiso que rompiéndolo porque mi conciencia me habría hecho sufrir. Ahora, dentro de los límites que la naturaleza humana concede a dicho sentimiento, no tengo nada que reprocharme; si no estoy muy equivocada, un férreo sentido del deber es una buena cualidad para una mujer».

Jane Austen. Persuasión (Persuasion, 1818). Madrid: Cátedra, 2003; 330 pp.; col. Letras universales; edición de Pilar Hidalgo, trad. de Juan Jesús Zaro; ISBN: 84-376-2062-7. Otra edición en Madrid: Alianza, 2016; 320 pp.; col. 13/20; trad. de Juan Jesús Zaro; ISBN: 978-8491045151.[Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 29 de junio de 2007

En la nota novelas que enseñan cómo y qué desear hay un comentario a Emma, de Jane Austen. Esta nota sólo quiere hacer constar el momento el momento en el que la protagonista reconoce sus errores del pasado:

«Con una vanidad espantosa había creído estar en posesión del secreto de los sentimientos de todo el mundo; con una arrogancia imperdonable se había propuesto arreglarles el destino a los demás. Se había demostrado que estaba rotundamente equivocada; y ni siquiera había sido una inútil total, porque sí había hecho daño».

Jane Austen. Emma (1816). Madrid: Cátedra, 1997; 617 pp.; col. Letras universales; edición y trad. de Juani Guerra; ISBN: 84-376-1560-7. Otra edición en Madrid: Alianza, 2013; 576 pp.; col. 13/20; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN: 978-8420678405. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 22 de junio de 2007

«Consideré lo ocurrido, vi que (...) mis actos no habían sido sino una sucesión de imprudencias cometidas contra mí misma, una falta de consideración hacia los demás. Vi que mis propios sentimientos habían preparado mis agonías, y que había sido mi falta de entereza ante ellos la que casi me lleva a la tumba. (...) Siempre que recordaba lo sucedido, veía algún deber incumplido, alguna falta cometida. Todos parecían haber sufrido algún daño por mi culpa».

Jane Austen. Juicio y sentimiento (Sense and Sensibility, 1811). Madrid: Rialp, 1993; 367 pp.; trad. y prólogo de Luis Magrinyà; ISBN: 84-321-2987-9.

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viernes, 15 de junio de 2007

«“¡Cuán ruinmente me he comportado!” exclamó. “¡Yo, que siempre he presumido de mi discernimiento! ¡Que me he valorado por mi inteligencia! Que con frecuencia he desdeñado el generoso candor de mi hermana para satisfacer mi vanidad con una desconfianza tan inútil como condenable. ¡Qué humillante es este descubrimiento! Y, sin embargo, ¡qué humillación tan merecida! Ni siquiera el amor podría haberme hecho actuar con una ceguera más lamentable. Pero la causa de mi locura ha sido la vanidad, no el amor. Halagada por la preferencia de uno y ofendida por la indiferencia de otro al comienzo mismo de nuestra relación, he cortejado el prejuicio y la ignorancia y he puesto en fuga a la razón en todo lo relacionado con cualquiera de los dos. Hasta este momento nunca me había conocido».

Jane Austen. Orgullo y prejuicio (Pride and Prejudice, 1813). Madrid: Alianza, 1996; 424 pp.; col. Alianza Tres; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN: 84-206-3290-2.

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