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Notas del archivo 'Sociedad actual (Zygmunt Bauman)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 28 de mayo de 2016

Las reflexiones de un libro como Ceguera moral pueden servir, entre otras cosas, para identificar mejor algunos problemas y, por tanto, para pensar cómo enfrentarse a ellos. Algunos son:

—atención al lenguaje empobrecido. Bauman: «el espacio de la atención humana (…) se ha reducido al tamaño y la duración de mensajes compuestos, enviados y recibidos. La primera víctima de una vida apresurada y de la tiranía del momento es el lenguaje, demacrado, empobrecido, vulgarizado y despojado de los sentidos que presumiblemente transmite. Y los “intelectuales”, los caballeros andantes de las palabras significativas y sus sentidos, son sus bajas colaterales».

—atención a los payasos políticos. Bauman: «Observemos los numerosos payasos políticos que hoy en día adquieren mayor popularidad que cualquiera de los anticuados políticos del tipo burocrático o experto, porque o las “noticias políticas” se someten dócilmente a las reglas del “infoentretenimiento”, o no tienen otra posibilidad que la de ser ofrecidas a un estrecho y normalmente marginado “nicho de audiencia”».

—atención a las mentiras. Donskis: «En un mundo de vínculos humanos intermitentes y de palabras y votos y promesas inflados, la deslealtad no sorprende. Cuando la fidelidad deja de estar en el centro de nuestra personalidad y ya no es una fuerza que integra la identidad de un ser humano, entonces la traición pasa a ser una “norma” y una “virtud” situacional. (…) Solo en las relaciones de verdadera fidelidad tiene sentido el concepto de “traición” y la práctica que deriva de él. Donde no hay lealtad ni fidelidad, la traición no es más que el acto rutinario de romper la palabra dada y mentir, justificado por el cambio constante y dramático en las situaciones (supuesto o real), “nuevos retos” y “circunstancias imprevistas”».

Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis. Ceguera moral (Moral Blindness, 2013). Barcelona: Paidos, 2015; 271 pp.; trad. de Antonio Francisco Rodríguez Esteban; ISBN: 978-84-493-3103-9. [
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viernes, 27 de mayo de 2016

En Ceguera moral, un diálogo entre Zygmunt Bauman y el sociólogo Leonidas Donskis, subtitulado «La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida», se habla de cómo las redes sociales son una fruta madura caída del cielo para cualquier dictador y sus servicios secretos pues la vigilancia a través de las redes es muy eficaz gracias a la cooperación de las víctimas. Para explicar este aspecto de nuestra sociedad, una sociedad que se somete a una vigilancia voluntaria y autoinflingida, los autores hacen muchas referencias a las novelas Un mundo feliz, 1984 y Nosotros. Más adelante también se remiten a novelas de Houllebecq como Sumisión o La posibilidad de una isla que, por lo que yo sé, no habría que colocar al mismo nivel.

Dice Bauman: «Podría decirse que la visión de Orwell estuvo inspirada menos por la experiencia histórica occidental que por la del Este. Esa visión constituía una anticipación de la forma de Occidente después de ser inundado, conquistado, sojuzgado y esclavizado por el despotismo típico del Este; su imagen central era la bota de un soldado aplastando un rostro humano contra el suelo. La visión de Huxley, por el contrario, era una respuesta preventiva a la inminente llegada de la sociedad consumista, creación eminentemente occidental. Su tema principal era también la servidumbre de los seres humanos despojados de derechos, pero en este caso se trataba de una “servidumbre voluntaria” (término acuñado tres siglos antes por Étienne de la Boeétie, si creemos a Michel de Montaigne) que recurre más a la zanahoria que al palo y que despliega la tentación y la seducción como forma fundamental de proceder, en lugar de la violencia, el dominio manifiesto y la coerción brutal. Hay que recordar, no obstante, que ambas utopías fueron precedidas por Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, en la que ya se había contemplado una mezcla y despliegue simultáneo y complementario de ambas “metodologías de esclavitud”, más tarde elaboradas de forma independiente tanto por Orwell como por Huxley».

Apostilla luego Donskis que «fue Nosotros, de Zamiatin, quien habló de la muerte de lo clásico y de la muerte del pasado. En el sistema educativo del Estado único, los estudios clásicos ya no existen, y las humanidades en general desaparecen. (…) En la distopía de Zamiatin, el pasado se asocia a los bárbaros, cuyos libros primitivos, que amenazan el progreso y la racionalidad, no pueden ser estudiados, mientras que la peor enfermedad en el Estado único es lo que los antiguos griegos denominan alma». Por eso, al preguntarse cuál es la dirección en la que va nuestra sociedad, al lamentar el aislamiento individual y la fragmentación creciente de la sociedad, Donskis teme que «pronto Dante o Shakespeare no significarán nada para nosotros porque ya no experimentaremos los sentimientos y los dramas humanos que dieron origen a sus obras inmortales». (Con otra perspectiva lo mismo decía Allan Bloom: Otra razón más).

Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis. Ceguera moral (Moral Blindness, 2013). Barcelona: Paidos, 2015; 271 pp.; trad. de Antonio Francisco Rodríguez Esteban; ISBN: 978-84-493-3103-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 17 de mayo de 2014

He pensado en las habituales peticiones de dinero público por parte de quienes afirman de sí mismos que son la cultura (como si fueran por eso superiores a otros ciudadanos, como si a la cultura no perteneciéramos todos, como si la cultura no la hiciéramos entre todos), y, por tanto, porque son la cultura, se atribuyen a sí mismos un supuesto derecho a privilegios económicos, al leer esto de Zygmunt Bauman:

«Las primeras financiaciones del arte por parte de las autoridades, así como otras iniciativas que hoy se enmarcarían bajo la rúbrica de “política cultural”, aparecieron un buen par de siglos antes de que se acuñara el término “cultura”, de modo que podemos conjeturar que el concepto se forjó a partir de la iniciativa y la ambición de los reyes. El concepto francés de culture emergió como un nombre colectivo para los esfuerzos gubernamentales en pos de fomentar el aprendizaje, suavizar y mejorar los modales, refinar los gustos artísticos y despertar necesidades espirituales que el público no había sentido hasta entonces, o bien no era consciente de que las sentía. La “cultura” era algo que algunas personas (la elite instruida y poderosa) hacían o se proponían hacer para otras personas del “pueblo” o la “gente común”, en ambos casos privados de educación y poder. En sus primeros tiempos, la “cultura” francesa era una noción de cierto carácter mesiánico, que ponía de manifiesto intenciones proselitistas: ilustrar, abrir los ojos, convertir, refinar, perfeccionar. Esta vocación mesiánica fue apropiada desde el primer momento por las autoridades estatales, o quizá confiada a ellas».

Zygmunt Bauman. La cultura en el mundo de la modernidad líquida (Culture in a Liquid Modern World, 2011). Madrid: FCE, 2013; 101 pp.; trad. de Lilia Mosconi; ISBN: 978-84-375-0697-5.

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sábado, 10 de mayo de 2014

Uno de los conceptos que Zygmunt Bauman explica con claridad en La cultura en el mundo de la modernidad líquida es el de multiculturalismo. Escribe que «la nueva indiferencia ante la diferencia se presenta como una aprobación del “pluralismo cultural”: la práctica política formada y respaldada por esta teoría se define con el término “multiculturalismo”. Parece inspirarse en el postulado de la tolerancia liberal y el respaldo a los derechos de las comunidades a la independencia y a la aceptación pública de sus identidades elegidas (o heredadas), pero en realidad actúa como una fuerza socialmente conservadora. Lo único que consigue es disfrazar la desigualdad social —un fenómeno que difícilmente obtendría la aprobación general— de “diversidad cultural”, es decir, un fenómeno que merece respeto y atento cultivo.

Mediante esta operación lingüística, la fealdad moral de la pobreza se transforma mágicamente, como tocada por la varita de un hada, en el encanto estético de la diversidad cultural. En el camino se pierde de vista el hecho de que cualquier lucha por el reconocimiento está condenada al fracaso si no se basa en la redistribución. También se deja de advertir que el llamado a respetar las diferencias culturales brinda escaso confort a muchas comunidades privadas del derecho a la independencia en virtud de su desventaja y condenadas a dejar que sus “propias” decisiones sean tomadas por otros poderes más sustanciales». Este multiculturalismo políticamente correcto —«un saber que sirve para pensar pero que rara vez —o quizá nunca— es el tema sobre el cual se piensa»—, continúa, «al igual que el anterior racismo, se empeña en sofocar la conciencia moral y aceptar la desigualdad humana como un hecho que excede las capacidades de intervención humana (en el caso del racismo) o como condición con la cual no se debe interferir, por deferencia a sus venerables valores culturales».

Zygmunt Bauman. La cultura en el mundo de la modernidad líquida (Culture in a Liquid Modern World, 2011). Madrid: FCE, 2013; 101 pp.; trad. de Lilia Mosconi; ISBN: 978-84-375-0697-5.

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sábado, 3 de mayo de 2014

A diferencia de lo que se comprendía por cultura en el pasado, dice Zygmunt Bauman que «hoy la insignia de pertenencia a una elite cultural es la máxima tolerancia y la mínima quisquillosidad. El esnobismo cultural consiste en negar ostentosamente el esnobismo. El principio del elitismo cultural es la cualidad omnívora: sentirse como en casa en todo entorno cultural, sin considerar ninguno como el propio, y mucho menos el único propio». Para sintetizar, continúa, «la cultura de la modernidad líquida ya no tiene un “populacho” que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir. En contraste con la ilustración y el ennoblecimiento, la seducción no es una tarea única, que se lleva a cabo de una vez y para siempre, sino una actividad que se prolonga de forma indefinida. La función de la cultura no consiste en satisfacer necesidades existentes sino en crear necesidades nuevas, mientras se mantienen aquellas que ya están afianzadas o permanentemente insatisfechas. El objetivo principal de la cultura es evitar el sentimiento de satisfacción en sus exsúbditos y pupilos, hoy transformados en clientes, y en particular contrarrestar su perfecta, completa y definitiva gratificación, que no dejaría espacio para nuevos antojos y necesidades que satisfacer».

Zygmunt Bauman. La cultura en el mundo de la modernidad líquida (Culture in a Liquid Modern World, 2011). Madrid: FCE, 2013; 101 pp.; trad. de Lilia Mosconi; ISBN: 978-84-375-0697-5.

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sábado, 26 de abril de 2014

Zygmunt Bauman: «De acuerdo con su concepto original, la “cultura” no debía ser una preservación del statu quo sino un agente de cambio; más precisamente, un instrumento de navegación para guiar la evolución social hacia una condición humana universal. El propósito original del concepto de “cultura” no era servir como un registro de descripciones, inventarios y codificaciones de la situación imperante, sino más bien fijar una meta y una dirección para las iniciativas futuras. El nombre “cultura” fue asignado a una misión proselitista que se había planeado y emprendido como una serie de tentativas cuyo objeto era educar a las masas y refinar sus costumbres, para mejorar así la sociedad y conducir al “pueblo” —es decir, a quienes provenían de las “profundidades de la sociedad”— hacia sus más altas cumbres. La “cultura” se asociaba a un “rayo de luz” que pasaba “bajo los aleros” para ingresar a las moradas del campo y la ciudad, llegando a los oscuros escondrijos del prejuicio y la superstición que, como tantos otros vampiros (se creía), no sobrevivirían a la luz del día». Y termina Bauman este párrafo citando literalmente a Matthew Arnold: «la cultura es la pasión por la belleza y la inteligencia, y (más aún) la pasión por hacerlas prevalecer».

Zygmunt Bauman. La cultura en el mundo de la modernidad líquida (Culture in a Liquid Modern World, 2011). Madrid: FCE, 2013; 101 pp.; trad. de Lilia Mosconi; ISBN: 978-84-375-0697-5.

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domingo, 8 de diciembre de 2013

Zigmunt Bauman: «Desviar la atención (mediante la tentación y la seducción) de la tarea de adquirir un adiestramiento y, en consecuencia, de lo que es “relevante en la vida” para sustituir todo ello por la búsqueda de las impresiones sensuales, es una técnica insidiosa, una técnica que convierte en placentera la constante privación, y que genera una servidumbre que es percibida y sentida como libertad de expresión. (…)  [Esa técnica es propia de una sociedad de consumidores como la nuestra, de una] cultura del “aquí y ahora", inquieta y en perpetuo cambio, de una sociedad que promueve el culto de la novedad y de las oportunidades azarosas. (…) Podemos decir que la línea que separa un mensaje importante, ostensible objeto de la comunicación, de su conocido adversario y obstáculo, nombrado ruido de fondo, ha desaparecido por completo. (…) [En este ambiente, cuando, además,] una cantidad cada vez más grande de información se distribuye a una velocidad cada vez más alta, la creación de secuencias narrativas, ordenadas y progresivas, se hace paulatinamente más dificultosa. La fragmentación amenaza con llegar a ser hegemónica. Y esto tiene consecuencias en el modo en que nos relacionamos con el conocimiento, con el trabajo, y con el estilo de vida en un sentido amplio».

Zygmunt Bauman. Sobre la educación en un mundo líquido. Conversaciones con Riccardo Mazzeo (On Education, 2012). Barcelona: Paidós, 2013; 151 pp.; col. Estado y sociedad; trad. de Dolores Payás Puignarnau; ISBN: 978-84-493-2811-4.

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domingo, 6 de enero de 2013

El siguiente comentario de Zygmunt Bauman describe bien algunos cambios que se han producido en nuestra sociedad:

«Cuando yo era joven, me advertían con frecuencia: “Lo que rápido se aprende, rápido se olvida”. Pero aquella máxima respondía a otro tipo de sabiduría, la sabiduría de una época que valoraba al máximo el “largo plazo” y en la que las personas que ocupaban la cima social marcaban su posición de privilegio rodeándose de objetos duraderos y dejaban lo fugaz y efímero a los que ocupaban los peldaños más bajos de la escala; aquella era una época en la que la capacidad de heredar, mantener, guardar, preservar, legar y, en definitiva, cuidar de cosas, se valoraba mucho más que la (entonces vergonzosa, lamentable y lamentada) capacidad de eliminación.

Hoy, sin embargo, muchos de nosotros no aprobaríamos una sabiduría como aquella. Lo que en tiempos fue virtud ha pasado a ser considerado vicio. En la jerarquía de las habilidades útiles y deseables, el arte de surfear la superficie ha ocupado el lugar del anterior arte de sondear las profundidades. (…) La posibilidad de olvido instantáneo no nos genera (…) molestia ni alegría alguna. Simplemente, resulta irrelevante. En esas condiciones, nadie tomaría en serio la vieja advertencia (“lo que rápido se aprende, rápido se olvida”), pero tampoco se molestaría nadie en burlarse de ella. Esta sería acogida, muy probablemente, con la más absoluta incomprensión».

Sin embargo, se podrían añadir algunas observaciones a lo anterior. Una, que Bauman aplica la máxima primera a los bienes de consumo materiales cuando su aplicación genuina es a otra clase de bienes. Dos, que lo de menos es cómo actuaban las personas que ocupaban la cima social, y lo de más es de hasta qué punto aquella forma de pensar y actuar era sabiduría verdadera y permanente, o no. Tres, que cuando dice «muchos de nosotros no aprobaríamos…» supongo que no se refiere a él mismo: Bauman puede hablar como lo hace y tener las intuiciones que tiene gracias a pertenecer a, o haber crecido en, un mundo donde aquella sabiduría sólida se valoraba mucho.

Zymunt Bauman. Esto no es un diario (This is not a diary, 2011). Barcelona: Paidós, 2012; 283 pp.; col. Estado y sociedad; trad. de Albino Santos Mosquera y Antonio Francisco Rodríguez Esteban; ISBN: 978-84-493-2717-9.

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sábado, 8 de diciembre de 2012

Vale la pena pararse a pensar, dice Zygmunt Bauman, que «si nuestros ancestros fueron formados y entrenados, sobre todo, como productores, a nosotros se nos forma y se nos entrena primero como consumidores y luego como todo lo demás. Los atributos que se consideran ventajas en un productor (la adquisición y retención de hábitos, lealtad a las costumbres establecidas, prontitud para demorar las gratificaciones, estabilidad de necesidades) se convierten en los vicios más impresionantes de un consumidor. Por mucho que siguieran existiendo o se convirtieran en normales, serían el toque de difuntos de la economía centrada en el consumidor».

En nuestro mundo, «las instituciones de “educación para toda la vida del consumidor” son innumerables y están en todas partes, comenzando por la avalancha televisiva cotidiana, el periódico y los anuncios en paredes y vallas, y pasando por montones de relucientes revistas “temáticas” que se disputan la publicidad del estilo de vida de los famosos que marcan tendencia, de los grandes maestros de las artes del consumo, y concluyendo en los vociferantes expertos/consejeros que ofrecen recetas último grito, estudiadas y probadas a conciencia en laboratorio para detectar y resolver “problemas vitales”».

Zygmunt Bauman. Identidad: conversaciones con Benedetto Vecchi (Identity: Conversations with Benedetto Vecchi, 2004). Madrid: Losada, 2005; 214 pp.; col. Filosofía; trad. de Daniel Sarasola; ISBN: 84-96375-20-X.

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domingo, 1 de abril de 2012

Zygmunt Bauman:
«Tanto la supresión de los deseos “naturales” como el fomento o la construcción de los deseos artificiales son para el mercado de consumo lo que las tierras vírgenes para un agricultor: un imán, la promesa de una rápida expansión y de abundantes riquezas nuevas obtenidas con un esfuerzo comparativamente menor. De hecho, ésa es la práctica habitual de la industria médica y farmacéutica: determinadas condiciones humanas no comercializadas (y consecuentemente no rentables) se convierten en territorios de potencial (y provechosa) explotación en cuanto se consigue reclasificarlas como patologías. Y las ocasiones de tales reclasificaciones surgen cada vez que los departamentos de I + D de las empresas dan con un nuevo aparato o con una nueva receta capaz de proporcionar respuestas a preguntas que nadie se habían planteado hasta entonces, de modo que la secuencia de los acontecimientos obedece a la regla siguiente: “tenemos una respuesta… ¿cuál podría ser la pregunta?”»

Zygmunt Bauman. El tiempo apremia (Living on Borrowed Time, 2009). Conversaciones con Citlali Rovirosa-Madrazo. Barcelona: Arcadia, 2010; 331 pp.; trad. de Elisenda Julivert; ISBN: 978-84-937025-8-8.

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viernes, 30 de marzo de 2012

Zygmunt Bauman:
«El mensaje más importante de los mercados de consumo, su verdadero y profundo metamensaje (es decir, el mensaje que fundamenta y da sentido a todos los demás mensajes), es el carácter indigno de cualquier malestar o molestia. No sólo se condena a priori el aplazamiento de la satisfacción, sino también la complejidad de cualquier tarea que supere las capacidades, las herramientas o los recursos que poseen quienes la desempeñan, y por añadidura se condena la combinación de las dos (la necesidad de asumir una formación y un trabajo a largo plazo que hagan viable la satisfacción de estos deseos): todas ellas son tareas injustificadas e injustificables, y sobre todo innecesarias y prescindibles. La mayor parte del poder de seducción de los mercados de consumo depende de que este mensaje penetre y sea asimilado por los individuos. El mensaje es el siguiente: el complejo arte de la vida podría reducirse a una sola técnica, la del devoto consumo inteligente. Todos los bienes y los servicios que ofrece el mercado se proponen, en última instancia, conseguir que la práctica del arte de la vida se libere de todos los actos incómodos, penosos, que implican riesgo sin garantizar el éxito».

Zygmunt Bauman. El tiempo apremia (Living on Borrowed Time, 2009). Conversaciones con Citlali Rovirosa-Madrazo. Barcelona: Arcadia, 2010; 331 pp.; trad. de Elisenda Julivert; ISBN: 978-84-937025-8-8.

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