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Notas del archivo 'Sociedad actual (Eva Illouz)' :: bienvenidosalafiesta ::    
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domingo, 24 de noviembre de 2013

Es fácil estar de acuerdo en que muchas relaciones amorosas terminan de modo decepcionante. También es fácil comprobar que las ficciones románticas presentan de distintos modos esa decepción. Pero, afirma Eva Illouz, esa constatación de que las «relaciones modernas carecen de seguridad emocional», de que parecen estar o «están siempre al borde de la decepción», debería formularse mejor de otra manera: «el rasgo dominante del amor en la modernidad no sería simplemente la decepción, sino la anticipación de la experiencia decepcionante».

«Cada vez resulta más difícil que se conecten entre sí el deseo, la imaginación y lo real, debido a dos factores fundamentales. El primero es que, progresivamente, la imaginación va quedando cada vez más estilizada y vinculada con los géneros y las tecnologías que activan emociones ficcionales, estimulan la identificación y anticipan las fórmulas narrativas y las escenas visuales. El segundo es que la vida cotidiana se basa en categorías culturales y cognitivas que dificultan la organización de las experiencias y relaciones románticas en un esquema cognitivo de naturaleza holística. En consecuencia, la imaginación y la fantasía han ido adquiriendo cada vez más autonomía respecto a sus objetos».

Lo anterior significa, continúa, que «desear y fantasear son actividades que se entrelazan y que se han tornado autotélicas», es decir, «llevan en mismas la justificación de su propio fin placentero». La consecuencia es desastrosa para quien, en la vida cotidiana real, se compara «de modo constante con los modelos mediáticos de excitación, intensidad y plenitud emocional», algo que no puede sino provocarle un estado de aburrimiento, insatisfacción, e incluso irritación y rechazo, pues «amenaza la capacidad de vivir las emociones a través de escenarios imaginados».

Eva Illouz. Por qué duele el amor. Una explicación sociológica (Why Love Hurts. A Sociological Explanation, 2011). Madrid: Katz, 2012; 364 pp.; serie Ensayos; trad. de María Victoria Rodil; ISBN: 978-84-92946-47-1.

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domingo, 17 de noviembre de 2013

Las emociones ficcionales tienden a ser particularmente vívidas cuando reiteran innumerables veces las mismas imágenes, algo que se aplica, de modo particular, a las que presentan el amor, que son muchísimas y que se asocian además con la felicidad, la juventud y la belleza, que son las características más admiradas en nuestra cultura. Como además, en la cultura visual contemporánea, el realismo es el estilo dominante, acaba siendo natural, dice Eva Illouz, que «la forma narrativa de nuestras emociones, sobre todo [de nuestras] emociones románticas, [sea] la que surge y circula en los relatos de la cultura consumista y mediática». El resultado es que nuestras emociones reales se entrelazan de modo inextricable con las que nos proponen las ficciones (plasmadas en diversas tecnologías) de forma que, con ellas, se componen nuestros proyectos de vida narrados y narrativos: se puede por eso afirmar que buena «parte de nuestra socialización emocional es de naturaleza ficcional» pues estamos totalmente impregnados de emociones ficcionales.

En este punto, Illouz habla de que los mecanismos de identificación que se ponen en marcha cuando leemos o vemos una ficción pueden ser, según Keith Oatley, de reconocimiento o de imitación. «La identificación es el núcleo de un fenómeno que Oatley denomina “simulación”», más o menos «a la manera en que se realizaría una simulación en una computadora. La empatía, la identificación y la simulación implican cuatro procesos básicos que ha de cumplir el autor de la ficción correspondiente: adoptar los objetivos del protagonista, imaginar un universo que resulte vívido, realizar actos de habla que hagan más creíble el relato, sintetizar los elementos de la historia en cierta “totalidad”». Según Oatley, «mediante este proceso cuádruple de identificación y simulación surgen las emociones ficcionales». El resultado, en cualquier caso, es que muchos albergan hoy en su interior unas expectativas inducidas por todas esas emociones ficcionales cuyo final lógico es… una profunda decepción.

Eva Illouz. Por qué duele el amor. Una explicación sociológica (Why Love Hurts. A Sociological Explanation, 2011). Madrid: Katz, 2012; 364 pp.; serie Ensayos; trad. de María Victoria Rodil; ISBN: 978-84-92946-47-1.

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domingo, 10 de noviembre de 2013

La ficción institucionalizada (contenidos televisivos, revistas de historietas, películas, literatura infantil), dice Eva Illouz, «ha pasado a ser un componente central de la socialización» pues moldea el yo del lector-espectador al hacerle vivir a través de los relatos y hacerle concebir emociones que constituirán, o al menos se integrarán en, su proyecto de vida. «En términos estrictos, la “imaginación ficcional” es la imaginación que entra en juego cuando alguien lee material de ficción o interactúa de otro modo con dicho material» y así se generan emociones. Esas «emociones ficcionales son contiguas a las emociones “de la vida real”, pues las imitan, pero no son equivalentes» por cuanto sólo «pueden desencadenarse a partir de situaciones que sabemos que son irreales, o incluso imposibles».

Esto quiere decir que, aunque las emociones ficcionales parece que tienen «el mismo contenido que las emociones de la vida real», en realidad no es así porque sólo «se generan a partir de la interacción con formas estéticas y son autorreferenciales, es decir, se vuelven sobre el yo, en lugar de surgir de un intercambio dinámico y fluido con otra persona». Estas emociones ficcionales son piezas clave de nuestra imaginación pues con ellas visualizamos experiencias anticipativas a las que dotamos de significados emocionales y nos fabricamos como un molde mental en el que luego, no sorprendentemente, la vida real no encaja.

Eva Illouz. Por qué duele el amor. Una explicación sociológica (Why Love Hurts. A Sociological Explanation, 2011). Madrid: Katz, 2012; 364 pp.; serie Ensayos; trad. de María Victoria Rodil; ISBN: 978-84-92946-47-1.

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domingo, 3 de noviembre de 2013

Habla Eva Illouz en Por qué duele el amor de la fantasía institucionalizada de las relaciones amorosas que hay hoy en nuestra sociedad, es decir, de todas esas fantasías guionadas o prefabricadas por la cultura de masas que imaginan el amor como un relato, un suceso y una emoción, y que hacen del anhelo fantasioso su condición perpetua.

Con esa fantasía institucionalizada, dice, se incitan y promueven activamente, como nunca se había hecho antes, representaciones visuales de relatos acerca de cuál es la vida deseable, y se activa de modo poderoso la imaginación utópica en el ámbito de la vida privada. Ese amor, o esos anhelos fantasiosos de amor, bien conocidos por los novelistas ya desde Flaubert, se estructuraban antes por medio del lenguaje, de tramas y secuencias narrativas, y de «ciertas imágenes mentales como la luz de la luna, el paisaje bucólico o los encuentros apasionados»: se puede decir que «la característica eminentemente moderna de este tipo de amor es su naturaleza anticipativa».

Pero todo eso se ha visto alterado con el impacto de las nuevas tecnologías de la comunicación, pues «el cine perfecciona las técnicas de identificación con el personaje, las imágenes de una vida cotidiana organizada en marcos estéticos, la exploración de escenas visuales y conductas desconocidas», con lo que se ha producido una gran «ampliación de las imaginaciones sobre las propias aspiraciones» y de cómo poder llegar a darles forma. Es decir, «las emociones anticipativas y ficcionales vinculan la vida emocional con la vida real de ciertos modos específicos», en primer lugar porque dan una forma propia a la vida emocional personal y porque afectan a las percepciones individuales sobre la vida cotidiana.

Eva Illouz. Por qué duele el amor. Una explicación sociológica (Why Love Hurts. A Sociological Explanation, 2011). Madrid: Katz, 2012; 364 pp.; serie Ensayos; trad. de María Victoria Rodil; ISBN: 978-84-92946-47-1.

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viernes, 27 de septiembre de 2013

Por qué duele el amor. Una explicación sociológica, de Eva Illouz, es un análisis de los cambios que se han dado, en los últimos tiempos, «en tres aspectos del yo: la voluntad (cómo queremos algo), el reconocimiento (cómo construimos nuestro sentido del valor propio) y el deseo (qué deseamos y cómo lo deseamos)». Se podría describir también como un intento de «desenmascarar los fundamentos sociales de los pensamientos» para mostrar cómo «el enojo, la frustración y la decepción que con tanta frecuencia resultan inherentes al amor y el matrimonio, en realidad se fundan en ciertas disposiciones sociales y culturales».

Son luminosas las comparaciones con novelas del pasado para indicar de qué forma se ha dado una «Gran Transformación» de lo romántico, que ha modificado tanto la ecología como la arquitectura de las elecciones amorosas, el ambiente social que las orienta y los criterios y la forma en que se toman las decisiones. Así, por ejemplo, analiza lo que llama la «claridad moral» en el comportamiento y en el sufrimiento amoroso de las heroínas de Jane Austen, e indica cómo «los relatos contemporáneos de traición o abandono carecen por completo de esa “claridad moral” y señalan la existencia de una modificación sustancial en la estructura moral de la culpa y de los sentimientos que la acompañan». Intenta comprender las fuerzas sociales que dan forma a la evasividad emocional masculina y habla de cómo el miedo al compromiso, entre los varones sobre todo, tiene hoy proporciones de un ataque de pánico moral, un punto en el que se han dado cambios históricos.

Al final concluye que muchos aspectos de la cultura contemporánea impiden una verdadera experiencia de la pasión amorosa. Hace notar que «la libertad sexual mercantilizada interfiere con la capacidad de hombres y mujeres para forjar vínculos intensos, significativos e integrales, vínculos éstos que nos permiten saber qué clase de persona nos importa y nos preocupa». Apunta que la libertad ha de ser examinada críticamente en todas las esferas y no sólo en una: quien tiene claro que dar culto a la libertad, que una libertad desenfocada, puede causar devastación en el terreno económico, debería plantearse que lo mismo pasa en el terreno amoroso y sexual.

Desde una perspectiva feminista, la suya, indica que se deberían cuestionar el modelo cultural actual y reexaminar «los estados de alienación y distanciamiento que han generado la interacción y la intersección de la libertad sexual con las emociones y la economía». En su opinión ha llegado el momento de «contabilizar las dificultades inmensas que ha generado la matriz cultural que constituye el núcleo de la modernidad», en especial para las mujeres, que han quedado en una clara situación de desventaja estructural o en inferioridad de condiciones emocionales frente a los hombres, y de plantear una ética de las relaciones amorosas que pueda devolver al amor su verdadero significado.

Eva Illouz. Por qué duele el amor. Una explicación sociológica (Why Love Hurts. A Sociological Explanation, 2011). Madrid: Katz, 2012; 364 pp.; serie Ensayos; trad. de María Victoria Rodil; ISBN: 978-84-92946-47-1.

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viernes, 1 de abril de 2011

El punto de partida para el análisis que hace Eva Illouz en El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo es una sugerente observación del recientemente fallecido Daniel Bell, ya en 1976, «que no ha perdido validez: la cultura del capitalismo se contradice, en tanto exige que las personas sean laboriosas durante el día y hedonistas por la noche. La contradicción cultural entre la esfera del consumo y de la producción se encuentra en el “corazón” de las definiciones actuales del amor romántico; las prácticas amorosas se alimentan al mismo tiempo de dos lenguajes culturales tan generalizados como opuestos: el del hedonismo y el de la disciplina laboral». El objetivo de Illouz es analizar cómo surge dicha contradicción y cómo se refleja en las prácticas románticas de la actualidad.

No pretendo reseñar aquí el libro sino sólo señalar un aspecto que surge del estudio de la autora. Ella explica bien que vivimos en un mundo posmoderno en el cual «el universo transitorio y desechable de los bienes de consumo son cultura, las prácticas repetibles y fragmentarias son cultura»; un mundo donde se anulan «las distancias tradicionales entre la mercancía y la estética, entre los signos y la realidad, entre los sentimientos y su exhibición»; un mundo donde «predomina la imagen frente la oralidad y la palabra impresa que predominaban en el pasado. En esta sociedad «nuestra experiencia cultural y nuestras relaciones sociales se han ido entrelazando cada vez más con los productos y los sentidos de la esfera del consumo» hasta el punto de que «los momentos románticos propiamente dichos se basan en el consumo de bienes de lujo y productos culturales, un proceso de mercantilización que se ha extendido a la esfera del hogar. Y, aunque «el posmodernismo ha adoptado la idea de que los textos narrativos constituyen los cimientos de nuestra identidad, dicha corriente rechaza por completo la noción de que el yo se basa en los grandes relatos (de amor u otros), que le aportan unidad al ofrecerle una dirección y una continuidad»: para el pensamiento posmoderno de muchos, nuestra vida no posee «“centro” alguno de acción o decisión, sino que se compone de una intersección de distintas capas textuales que fragmentan constantemente la “unidad narrativa de la búsqueda humana” y, por lo tanto, la unidad narrativa de la búsqueda romántica».

Eva Illouz. El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo (Consuming the romantic utopía. Love and the cultural contradictions of capitalism, 1992). Madrid: Katz, 2009; 429 pp.; col. Conocimiento; trad. de María Victoria Rodil; ISBN: 978-84-96859-53-1.

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viernes, 11 de marzo de 2011

Otro de los aspectos de La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda, de Eva Illouz, que me ha interesado es su explicación sobre los orígenes y el auge de tanta narrativa terapéutica como ha proliferado en la década de los noventa.

Así, dice, mientras un personaje como Abraham Lincoln aseguraba que «es una locura intentar extraer conclusiones a partir de los primeros años de mi vida. Se pueden condensar en una sola frase: los anales breves y simples de los pobres», la narrativa terapéutica extrae todo tipo de conclusiones a partir de los primeros años de vida. Su principal característica «es que la meta del relato dicta los hechos que son seleccionados paa contar la historia así como los modos en que esos hechos —en tanto componentes de la narrativa— se conectan. Metas narrativas tales como la “liberación sexual”, la “autorrealización”, el “éxito profesional” o la “intimidad” dictan el escollo narrativo que me impedirá alcanzar mi meta, lo que a su vez dictará a qué hechos del pasado deberé prestar atención y la lógica emocional que ligará esos hechos (…). En ese sentido, la narrativa terapéutica es retrospectivamente puesta en intriga o “escrita hacia atrás”: el “final” de la historia (mis aprietos presentes y mi mejoramiento futuro) da inicio a la historia.

Pero llegamos aquí a una paradoja extraordinaria: la cultura terapéutica —cuya vocación primordial es curar— debe generar una estructura narrativa en la que el sufrimiento y la condición de víctima definan de hecho al yo. En efecto, la narrativa terapéutica sólo funciona concibiendo los hechos de la vida como indicadores de oportunidades fallidas del propio desarrollo. Así, la narrativa de la autoayuda es sostenida fundamentalmente por una narrativa del sufrimiento, y esto es así porque el sufrimiento es el “nudo” central de la narrativa, aquello que la inicia y la motiva, que la ayuda a desplegarse y la hace “funcionar”. La narración terapéutica de historias es así inherentemente circular: contar una historia es contar una historia acerca de un “yo enfermo”».

Eva Illouz. La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda (Saving the modern soul: Therapy, emotions, and the cultura of self-help, 2008). Madrid: Katz, 2010; 316 pp.; col. Conocimiento; trad. de Santiago Llach; ISBN: 978-84-92946-01-3.

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viernes, 4 de marzo de 2011

Me han interesado muchas cosas de La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda, de Eva Illouz, un libro que analiza la preponderancia que ha llegado a tener la psicología en nuestra sociedad.

Una de ellas, de tipo general, es lo bien que acaba mostrando cómo la misma psicología «crea —o, al menos, fomenta— las mismas enfermedades que asegura curar», algo que, por cierto, vemos a nuestro alrededor en tantas otras facetas. ¿Quién no ha pensado más de una vez, por ejemplo, en cómo algunas decisiones políticas provocan situaciones lamentables que, después, los mismos políticos que las tomaron dicen que hay que remediar? O bien en situaciones como la que decía un personaje de Cuentos del Arco Largo: «Primero emponzoñan el agua, por mero afán de lucro, y luego ofrecen a la gente el remedio para librarse de esa ponzoña, también por afán de lucro».

La autora señala las no pocas contradicciones del «modelo terapéutico». Por ejemplo, cómo «el hecho de colocar la autorrealización en el centro mismo de los modelos de la personalidad tuvo como efecto hacer que la mayoría de las vidas se tornaran “no autorrealizadas”» con lo que se producen algunas consecuencias lógicas inesperadas: «la afirmación de que una vida no autorrealizada necesita terapia es análoga a la afirmación de que alguien que no utiliza al máximo el potencial de sus músculos está enfermo, con la diferencia de que en el discurso psicológico ni siquiera está claro qué califica como un “músculo fuerte”».

Eva Illouz. La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda (Saving the modern soul: Therapy, emotions, and the cultura of self-help, 2008). Madrid: Katz, 2010; 316 pp.; col. Conocimiento; trad. de Santiago Llach; ISBN: 978-84-92946-01-3.

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