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Notas del archivo 'Ciencia-ficción juvenil (distopías)' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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jueves, 15 de diciembre de 2016

Las novelas que componen El Dador no hablan de rebeliones armadas o de acciones contra el poder, sino de las actitudes de fondo de los personajes y de las cosas que cada uno puede hacer. En ellas queda claro que las deficiencias no nos definen: «”enorgullécete de tu dolor”, le había dicho siempre [a Nora/Kira] su madre [a propósito de su cojera]. “Eres más fuerte que los que no tienen ninguno”». Queda también clara la importancia de poner al servicio de los demás los dones que tenemos, incluso a costa de la propia vida: cada una de las novelas conduce a sus protagonistas a un momento crítico de ese tipo. Pero, en especial, todas reivindican la fuerza del amor familiar y de la bondad.

La segunda novela, En busca del azul, habla de los lazos de Kira con su padre desaparecido y con su madre, que la defendió de las costumbres imperantes de arrojar fuera a quienes tenían defectos irrecuperables; también Kira consolará y dará ánimos a una pequeña niña cantora que había sido separada de su madre. En esa misma novela le dirán a Kira que en Pueblo «se quiere mucho a los hijos» y tanto en El Mensajero como en El hijo, esto se pondrá de manifiesto en muchos momentos, e incluso, en algunos, se dirá expresamente. Así, de Gabriel, que siempre había vivido en el Hogar de Muchachos, se nos dice que «pese a todo, Gabe hubiera preferido vivir con una familia, como Nathaniel, su mejor amigo. Nathan tenía padres y dos hermanas; su casa era ruidosa debido a las peleas y a las risas».

Pero la clave principal está en la primera novela cuando, en el proceso de ir llenando de recuerdos a Jonás, el Dador le dice que le va a transmitir su recuerdo favorito, le hace ver una celebración familiar en Navidad, y luego le pregunta:

«—¿Qué has percibido?
—Calor —respondió Jonás—, y felicidad. Y... déjeme pensar. Familia. Era una celebración de algo, una fiesta. Y algo más..., pero no se me ocurre la palabra.
—Ya te llegará. (...)
—Sí que me ha gustado ese recuerdo. Comprendo que sea su favorito. No he captado el nombre de la sensación entera, esa sensación que era tan fuerte en la habitación.
—Amor —dijo el Dador».

El conjunto de las novelas a mí me hace pensar, por un lado, en la idea chestertoniana de que la familia es la única institución que verdaderamente puede frenar o moderar el espíritu coercitivo del Estado, de que cuando las familias pierden fuerza los gobiernos ganan poder sobre las vidas de las personas. Y, por otro, me trae a la memoria la famosa frase de Dostoievski que, al final de Los hermanos Karamázov, Aliosha dirige a unos chicos: «no hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno. Se os habla mucho de vuestra instrucción. Pues bien, un recuerdo ejemplar, conservado desde la infancia, es lo que más instruye. El que hace una buena provisión de ellos para su futuro, está salvado. E incluso si conservamos uno solo, este único recuerdo puede ser algún día nuestra salvación».

Lois Lowry. El Dador (The Giver, 1993). León: Everest, 2005, 12ª impr.; 172 pp.; col. Punto de Encuentro; trad. de María Luisa Balseiro; ISBN: 84-241-5953-5. Nueva edición el año 2009; 224 pp.; ISBN: 978-84-241-3584-3. [Vista del libro en amazon.es]
Lois Lowry. En busca del azul (Gathering Blue, 2000). León: Everest, 2003; 219 pp.; col. Punto de encuentro; trad. de María Luisa Balseiro; ISBN 84-241-8018-6. [Vista del libro en amazon.es]
Lois Lowry. El mensajero (Messenger, 2004). León: Everest, 2010; 195 pp.; trad. de Alberto Jiménez Rioja; ISBN: 978-84-241-3675-8. [
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Lois Lowry. El hijo (Son, 2012). León: Everest, 2013; 351 pp.; trad. de Alberto Jiménez Rioja y Nuria Jiménez Rioja; ISBN: 978-84-441-4955-4. [
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LowryDador3.jpg
jueves, 8 de diciembre de 2016

Las cuatro novelas que componen la serie que comienza con El Dador tienen tramas intensas que se centran en los problemas interiores de sus protagonistas. Son libros que se desarrollan con calma, en ocasiones con una cierta solemnidad, que están bien escritos, con frases cortas y las descripciones justas.

Igual que muchos relatos de ciencia-ficción tienen mucho de cuentos de advertencia, pues buscan hacer pensar en qué futuro queremos o nos espera. Son buena literatura juvenil, por su calidad literaria y narrativa, porque tienen argumentos tensos de los que atrapan a un lector mínimamente atento, y porque presentan chicos y chicas reflexivos en momentos críticos. No son relatos cómodos para todos los lectores porque su confección responde a criterios literarios y no a la búsqueda del éxito popular, lo que significa precisión, cuidado, unos protagonistas que no son superhéroes y unos desenlaces que son esperanzadores pero nada rotundos.

Presentan cuatro mundos distintos que son contemporáneos entre sí. Cada una de las tres primeras novelas se ambienta casi en un solo lugar: la Comunidad de El Dador —una novela en la que no hay referencias a otros sitios posibles salvo el destino al que parece llegar Jonás cuando huye al final, pero ni a él ni al lector se le da ninguna información al respecto—; la ciudad de En busca del azul, que parece un mundo aislado aunque, al final, se habla de otro lugar y se da una leve indicación de que allí es donde vive Jonás; ese sitio es Pueblo, el escenario donde se desarrolla El Mensajero y la tercera parte de El hijo; y un cuarto enclave, que solo es de paso, es donde sucede la parte intermedia de El hijo.

En la primera novela se presenta un mundo donde todo está planificado, en el que todos los ciudadanos toman medicación para controlar sus ansiedades, donde a los ancianos se los «libera» cuando llega su momento, y a los niños innecesarios o indeseados también se los hace desaparecer. En la segunda, en un ambiente más o menos paramedieval, se da un control también completo y cruel por parte de los gobernantes pero aquí, a quien tiene algún defecto, no se le mata sino que se le expulsa. En el mundo de la tercera, también de aires medievales y sin tecnología, los expulsados de otros lugares han llegado a un modo de convivencia solidario que se ve amenazado por el crecimiento de la codicia y el egoísmo.

Lois Lowry. El Dador (The Giver, 1993). León: Everest, 2005, 12ª impr.; 172 pp.; col. Punto de Encuentro; trad. de María Luisa Balseiro; ISBN: 84-241-5953-5. Nueva edición el año 2009; 224 pp.; ISBN: 978-84-241-3584-3. [Vista del libro en amazon.es]
Lois Lowry. En busca del azul (Gathering Blue, 2000). León: Everest, 2003; 219 pp.; col. Punto de encuentro; trad. de María Luisa Balseiro; ISBN 84-241-8018-6. [Vista del libro en amazon.es]
Lois Lowry. El mensajero (Messenger, 2004). León: Everest, 2010; 195 pp.; trad. de Alberto Jiménez Rioja; ISBN: 978-84-241-3675-8. [
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Lois Lowry. El hijo (Son, 2012). León: Everest, 2013; 351 pp.; trad. de Alberto Jiménez Rioja y Nuria Jiménez Rioja; ISBN: 978-84-441-4955-4. [
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LowryDador2.jpg
jueves, 1 de diciembre de 2016

En lo que yo conozco diría que El Dador es la mejor distopía juvenil moderna, con diferencia sobre las demás. No sé hasta qué punto Lois Lowry la escribió pensando en prolongarla o no con otros relatos —a primera vista diría que no—, pero, sea como sea, lo cierto es que luego la continuó con En busca del azul, El Mensajero y El hijo. Años atrás leí la segunda: me sorprendió que fuera tan diferente de El Dador, por más que viera semejanzas de fondo; y me sonaba extraño que, para mostrar las peculiaridades del modo de hablar de algunos personajes, en la traducción al castellano se usasen modos asturianos de decir. Pero como Lowry es una muy buena escritora decidí leer seguidas las cuatro: ha sido una buena experiencia. Resumo hoy los argumentos de las novelas dos, tres y cuatro.

En busca del azul ocurre varios años después de El Dador (según se sabrá más adelante), en un pueblo de campesinos en el que no se aprecia ninguna tecnología. Nora (Kyra, en el original), es una chica coja de dieciséis años que, cuando su madre fallece, queda bajo la protección del Consejo de Guardianes debido a su don para bordar. Es internada en un lugar especial para que pueda bordar el gran manto que se usa en una gran celebración anual. Poco a poco averigua otros secretos, sobre su pueblo y su pasado. Gracias a un chico pequeño llamado Mat, que le tiene mucho afecto y que hace un largo viaje para conseguir los materiales necesarios, que no tenía en su pueblo, acaba pudiendo usar el azul en su trabajo.

Varios años después de la novela previa suceden los hechos que se cuentan en El Mensajero, que se desarrolla en un lugar llamado Pueblo. El protagonista es Mati (los traductores de las novelas son distintos y los nombres cambian), el chico que había ido en busca del azul, que vive con Veedor, un hombre ciego al que había llevado a ver a Nora/Kira en la novela previa. En Pueblo viven personas que han sido expulsadas o que han huido de sus lugares de origen y que allí, gracias a un gobierno benevolente cuyo Líder es el joven Jonás, el protagonista de El Dador, van recomponiendo sus vidas. Pero cuando entra en escena un personaje misterioso, llamado Canjeador, las cosas cambian: hay quienes plantean vallar Pueblo e impedir la entrada de quienes lleguen de otros sitios, y el Bosque que les rodea —a través del cual Mati ha viajado siempre sin dificultad— empieza a comportarse modo poco amistoso.

La cuarta novela, El hijo, está dividida en tres partes: Antes, Durante, Después. Su protagonista principal es Clara y, en la tercera parte, lo es también su hijo Gabriel. La primera se desarrolla, igual que El Dador, en la Comunidad: Clara era lo que allí se llamaba Biomadre y tuvo un niño que, a continuación, pasó a disposición de la Comunidad; ella se las arregló para saber que su hijo era el niño 36 y conseguir tener alguna relación con él. El niño, recién nacido, vivió un tiempo con la familia de Jonás y, cuando este huyó, se lo llevó con él porque supo que la Comunidad había decidido «liberarlo». En la segunda parte, Clara, que ha huido de la Comunidad para intentar reencontrarse con su hijo, termina en un lugar de vida campesina, donde ha de recuperar su memoria, y donde un hombre lisiado la entrena para que consiga lo que él no logró: salir de allí y llegar a Pueblo. La tercera, unos años después, se desarrolla ya en Pueblo: Clara ha conseguido su objetivo pero no en las condiciones que le gustaría.

Lois Lowry. El Dador (The Giver, 1993). León: Everest, 2005, 12ª impr.; 172 pp.; col. Punto de Encuentro; trad. de María Luisa Balseiro; ISBN: 84-241-5953-5. Nueva edición el año 2009; 224 pp.; ISBN: 978-84-241-3584-3. [Vista del libro en amazon.es]
Lois Lowry. En busca del azul (Gathering Blue, 2000). León: Everest, 2003; 219 pp.; col. Punto de encuentro; trad. de María Luisa Balseiro; ISBN 84-241-8018-6. [Vista del libro en amazon.es]
Lois Lowry. El mensajero (Messenger, 2004). León: Everest, 2010; 195 pp.; trad. de Alberto Jiménez Rioja; ISBN: 978-84-241-3675-8. [
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Lois Lowry. El hijo (Son, 2012). León: Everest, 2013; 351 pp.; trad. de Alberto Jiménez Rioja y Nuria Jiménez Rioja; ISBN: 978-84-441-4955-4. [
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MottVuelven.JPG
jueves, 8 de enero de 2015

Dentro de las distopías de moda las hay con un planteamiento inicial interesante que luego, por distintas razones, no se desarrolla bien. Normalmente, me parece, a los autores y editores les ha faltado tiempo y paciencia para condensar el relato y reducirlo a sus proporciones justas. O, vistas las cosas al revés, han aplicado la solución comercial de moda que pide prolongar la idea en tres o cuatro volúmenes (lo cual casi nunca significa más trabajo sino menos). Un ejemplo de lo anterior es El corredor del laberinto, un relato con una buena idea de partida que, por tanto, al transformarla en película (parece ser que) mejora: eso se cuenta bien en este comentario titulado «Véala antes de leerla».

Otro ejemplo de libro con una potente idea inicial es Vuelven, de Jason Mott. El punto de partida es que, sin que nadie sepa cómo ni por qué, reaparecen, en todo el mundo, personas que han muerto en el pasado, y lo hacen con la misma edad que tenían entonces. Esto se centra en una pareja de ancianos, Harold y Lucille Hargrave, de Arcadia, Missouri, cuyas vidas cambian radicalmente cuando «regresa» su hijo Jacob, de ocho años, que se había ahogado en 1966. El relato trata de las vidas de los Hargrave y sus vecinos, de las reacciones de las autoridades ante lo que ocurre —creación de una Oficina para los Regresados, campos de internamiento para ellos, grupos de apoyo psicológico…—, y de la constitución y crecimiento del iracundo Movimiento por los Auténticos Vivos.

La novela tiene algunas cosas buenas: su arranque, algunos personajes bien construidos, la forma en que la histeria se apodera de alguna gente cuando algo se siente como amenazador, reflexiones acerca de cómo habríamos actuado si tuviéramos una segunda oportunidad, etc. Tiene, sin embargo, graves problemas constructivos: en una novela del género se esperan explicaciones a lo que ocurre y aquí no las hay; todo parece indicar que su autor ha hecho avanzar la historia sin lograr darle un desenlace más o menos concluyente; las reflexiones de interés se mezclan, como es típico de muchos relatos de ciencia-ficción, con otras que son como pedaleos en el vacío.

De nuevo estamos ante un caso de un andamiaje novelesco que puede llegar a ser una buena película (y parece que hay ya una serie basada en ella, que no conozco). Tal vez en imágenes sea más fácil sugerir la idea de que los Regresados son como «tiempo ganado a la derrota», «tiempo desincronizado, tiempo más perfecto de lo que era antes», «vida tal como debería haber sido hacía tantos años». El autor termina su relato formulando «la esperanza de que los lectores puedan entrar en este mundo y encontrar las palabras nunca pronunciadas y las emociones irreconciliadas de sus propias vidas»: buenos deseos que no bastan para construir una novela consistente.

Jason Mott. Vuelven (The Returned, 2013). Barcelona: Planeta, 2014; 378 pp.; trad. de Mireia Carol Gres; ISBN: 978-84-08-12579-2.[Vista del libro en amazon.es]

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BacigalupiCemBar.JPG
jueves, 10 de abril de 2014

El cementerio de barcos,
de Paolo Bacigalupi, es una distopía más pero algo mejor que otras.

Mundo futuro. Golfo de México. Playa de Bright Sands. Antiguos petroleros y mercantes encallados o hundidos. Mucha gente malvive trabajando como desguazadores. Nailer, de 17 años, pertenece a una cuadrilla de adolescentes que se ocupan de sumergirse para llegar a lugares difíciles y recuperar algunos materiales como las conducciones de cobre. Su padre, Richard, es alcohólico y, en ocasiones, es extraordinariamente violento con él. Encuentra un cierto apoyo en su jefa, una chica un poco mayor llamada Pima, y en la madre de Pima, Sadna, una mujer sensata y fuerte. Un día Nailer se ve atrapado en un depósito de petróleo y tiene un accidente. No puede trabajar unos días y, además, hay un gran huracán, después del cual Pima y él descubren descubren un clíper de lujo averiado entre las rocas y, en su interior, todos los tripulantes muertos menos una chica joven que resulta ser la heredera de una gran familia, Nita. Se puede decir que ahí comienza el relato: Nailer elige hacer caso a la chica y acompañarla para que pueda volver con su padre. Va con ella a Nueva Orleans, junto con Tool, un «medio hombre» diferente a otros, mientras Richard y los rivales del padre de Nita los persiguen.

Como suele ocurrir, abundan las descripciones de detalles intrascendentes, algunos necesarios para situar al lector pero muchos otros no, y son demasiados los pensamientos y emociones de los protagonistas difíciles de imaginar, dadas las situaciones tan raras y tan límites que tienen que vivir. Se podría discutir también el acierto de algunas metáforas que desean transmitir al lector las dificultades del héroe —una avalancha de petróleo como «un torrente de ébano», la potencia de un huracán tropical con el empuje de un carro de combate del viejo mundo…—. Luego, la religiosidad sincrética de los personajes es tan artificiosa que hace pensar en que ha sido concebida por alguien cuyas fuentes son las ideas que le han dejado la lectura del New York Times o los programas de televisión de la CNN (por poner ejemplos lejanos, pero podríamos decir la lectura de El País y de El Mundo).

Dicho esto, hay que añadir que la historia se sigue bien, que Nailer está bien dibujado, que la violencia que se desata en algunos momentos tiene la lógica propia del argumento, que son interesantes los «medio hombres» —«engendros del diseño genético»— y en especial la figura de Tool —alguien que aprende a tomar sus propias decisiones—, que son atractivos los escenarios —el mundo de los barcos al principio y Nueva Orleans después—. Además, los conflictos de lealtades personales se plantean bien: una chica de su cuadrilla que quiere hacerse con el puesto de Náiler decide no prestarle ayuda cuando la necesita; eso hace que Náiler decida no actuar igual cuando ha de tomar una decisión semejante. Bien, expuesto este planteamiento de la trama que me ha parecido interesante, debo añadir que temo a la continuación —pedirá mucho tiempo de lectura, ya conozco a los personajes, las perspectivas que se abren al final no me atraen mucho…—, pero le daré una oportunidad.

Paolo Bacigalupi. El cementerio de barcos (Ship Breaker, 2010). Barcelona: Plaza Janés, 2012; 345 pp.; trad. de Manuel de los Reyes; ISBN: 978-84-01-35254-6.

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jueves, 21 de noviembre de 2013

Casi todo el mundo conoce la historia de la rana que, si la echas en una olla de agua caliente, inmediatamente salta fuera; pero que si la echas en una olla de agua normal, y luego, poco a poco, vas calentándola, la rana se va sintiendo superagusto, tan calentita y, cuando se quiere dar cuenta, está completamente cocida. He vuelto a pensar en eso al leer La quinta ola, de Rick Yancey, primera entrega de una nueva distopía, en la línea de las que últimamente son habituales en las colecciones de literatura juvenil: las que presentan mucha violencia sin un marco claro de referencia moral y de las que presciden de cualquier consideración acerca de si es sensato dedicarnos a juguetear imaginativamente con situaciones tan imposibles como extremas.

El punto de partida es una terrorífica invasión alienígena de la Tierra que los hombres perciben en forma de cuatro sucesivas olas que lo van destruyendo casi todo y matando a casi toda la humanidad. Además, hay también alienígenas que, tiempo atrás, han sido como «infundidos» en cuerpos humanos para despertar en el momento adecuado y, desde dentro, completar la matanza. La principal protagonista es Cassie, una chica de 16 años cuya familia ha muerto y cuyo hermano pequeño, Sammy, ha sido internado con otros niños en un lugar de entrenamiento militar llamado Campo Asilo. Cada capítulo lo narra en primera persona uno de los personajes, aunque casi todo el peso lo lleva Cassie.

El comienzo de la narración atrapa. El personaje de Cassie, tan del gusto actual, es un estereotipo ya pero tiene fuerza: es una chica lista y físicamente muy capaz, insegura en muchas cosas pero también dura, con una veta sarcástica fuerte, etc. El relato transcurre con mucho diálogo, mucho punto y aparte después de frases muy cortas, y abundantes monólogos interiores. Poco a poco van llegando las respuestas a las incógnitas que se habían ido abriendo en la historia. Como suele ocurrir, la narración está en presente: un recurso útil para extenderla lo que haga falta y para describir todo lo que pasa aunque no tenga relevancia posterior (como un sastre que malgasta tela y tela). Hay niños y niñas de seis y siete años sometidos al entrenamiento de marines, con los habituales «¡señor!, ¡sí!, señor!», a los que no hace falta decir lo que les pasa cuando entran en combate. En la enorme violencia que esos y otros niños cometen y sufren se le va la mano al autor, aunque haya que decir que su relato continúa una tradición ya muy asentada en los últimos años: el público, como la rana del principio, ya no reacciona e incluso le gusta. Eso sí, todos los personajes más o menos amables, dentro de la ficción, sienten una gran preocupación por los niños.

Rick Yancey. La quinta ola (The 5th Wave, 2013). Barcelona: RBA, 2013; 474 pp.; trad. de Pilar Ramírez Tello; ISBN: 978-84-272-0422-5.

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jueves, 4 de octubre de 2012

Después del citado ayer, otro libro que da idea de la facilidad con la que Michael Grant puede armar historias complicadas es Olvidados, la primera novela de una serie de seis libros de fantasía y ciencia-ficción de los que se han publicado los cinco primeros en los EE.UU. (El título original es Gone: no sé si Olvidados responderá a lo que narran las otras novelas).

En el pueblo californiano de Perdido Beach y sus alrededores ocurre algo extraño: desaparecen repentinamente todos los mayores de quince años y los chicos que quedan intentan organizarse. Hay varios grupos: uno, en torno al sensato Sam Temple; otro, en torno a Orc, el matón; otro, en torno a Caine Soren, un chico de un colegio cercano que se hace con el dominio de la situación. Pronto se descubre que hay quienes tienen poderes especiales. La situación se deteriora cuando los servicios de control y policía, creados por los mismos chavales, se comportan de modo salvaje. Además, hay un hilo argumental aparte que sigue a una chica que ha tenido un accidente y que, como consecuencia, descubre que puede curar las heridas con sólo tocarlas y que hay un ser misterioso que controla a unos coyotes que le obedecen.

Los relatos son largos —en este tipo de sagas no se considera que la buena literatura, entre otras cosas, debe hacer corta una historia larga, sino todo lo contrario—, y los personajes y las derivaciones son muchas. No faltan las referencias a películas, canciones y libros. Todo acaba siendo desbordante, aunque la narración es clara y la acción corre rápido hacia delante, con buenos diálogos, observaciones escuetas, y continuos momentos de tensión (el autor es experto en esto y se nota: en este sentido la novela gana por goleada a las distopías citadas en notas anteriores). Como a la edad de quince años se desaparece, se usa el recurso de que cada capítulo indica el tiempo que falta para que desaparezcan tanto Sam como Caine, que han nacido casi al mismo tiempo.

Algunos comentarios han comparado esta novela con El Señor de las moscas. Sin duda, el arranque y el planteamiento inicial recuerdan un poco a esa novela, pero (dejando de lado la fuerte componente fantástica) eso pronto deja paso a una situación muy distinta: no estamos ante una novela seria que provoca la reflexión y hace notar el horror, sino ante una novela de entretenimiento que recurre a presentar niños que maltratan e incluso matan a otros niños, aparte de que haya momentos macabros y sucedan más cosas desagradables (y, según he leído aquí, parece que, al avanzar la serie, todo va enrareciéndose más). Por tanto, igual que a varias distopías citadas semanas atrás, por mi parte colocaría Olvidados en una categoría particular de novelas abyectas. No deberíamos necesitar muchas más experiencias de las que ya tenemos para comprender que trivializar la violencia y convertirla en espectáculo engendra violencia, y más aún cuando hablamos de ficciones que tratan sobre escolares y que se dirigen a escolares.

Michael Grant. Olvidados (Gone, 2008). Barcelona: Molino, 2012; 509 pp.; trad. de Raquel Herrera; ISBN: 978-84-2720-211-5.

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OliverDelirium.JPG
jueves, 27 de septiembre de 2012

Delirium y Pandemonium, de Lauren Oliver, son dos novelas muy muy parecidas a las mencionadas de Ally Condie: se publicaron con pocos meses de diferencia y tienen hilos narrativos calcados, con una chica protagonista que también es corredora, que también descubre poesías clásicas prohibidas, y acaba en medio del triángulo amoroso habitual del subgénero.

Un Estados Unidos donde el amor se considera una enfermedad: delirium. Por esa razón, a los 17 o 18 años los jóvenes sufren una operación que les cura de esa enfermedad. Cuando le faltan 95 días para ese momento, Lena conoce a Alex, un chico que resulta ser un «inválido»: así se conoce a quienes no están curados y, al menos en principio, deberían vivir en la llamada Tierra Salvaje. Todo cambia y Lena empieza a cuestionarse la sociedad en la que vive.

En Pandemonium, que comienza cuando Lena piensa que Alex ha muerto, hay dos hilos narrativos con tipografías diferenes: Ahora y Entonces. En Entonces vemos a Lena viviendo en la Tierra Salvaje y preparándose para formar parte de la Resistencia. En Ahora la vemos en Nueva York, ya trabajando para la Resistencia y, en una operación, acaba tratándose con Julián Fineman, un chico que representa todo lo que combate pero del que se enamora.

La primera novela es muy lenta, pues casi toda ella se va en el autoanálisis de Lena, y la segunda novela es confusa, un verdadero pandemónium. El presupuesto básico del argumento —una operación en el cerebro para quitar las inclinaciones amorosas— rechina mucho. A las novelas les falta tirón porque no hay ningún oponente real salvo las estructuras sociales. Supongo que habrá lectores y lectoras encantados con los momentos supuestamente poéticos como, por ejemplo, cuando Lena mira a Alex y piensa esto: «En algún sitio, creo, posee un núcleo. Ese núcleo brilla como un fragmento de carbón aplastado lentamente por el peso de toneladas de roca hasta convertirse en diamante».

Como es habitual, la narración es en presente, un recurso que suena falso y resulta cargante. La idea del narrador que mira, reflexiona y nos lo cuenta, tiene sentido cuando la insignificancia de los detalles es precisamente lo significativo. La mala literatura, sin embargo, se caracteriza porque el lector percibe, a cada paso, que no hay nada significativo en lo que se le cuenta, que se acumulan detalles superfluos uno tras otro. Esto suele ocurrirles a los escritores que han visto muchas películas y multiplican hasta el infinito informaciones auditivas o visuales como la de que suenan los «tacones en el linóleo» y que «el corredor tiene una claridad cegadora»: ¿y? Para esto es mejor no recomendar libros sino, directamente, películas.

Lauren Oliver. Delirium (2011). Madrid: SM, 2011; 445 pp.; trad. de Carmen Valle; ISBN: 978-84-675-4733-7.
Lauren Oliver. Pandemonium (2012). Madrid: SM, 2012; 379 pp.; trad. de Carmen Valle; ISBN: 978-84-675-5318-5.

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jueves, 13 de septiembre de 2012

Juntos y Caminos Cruzados, de Ally Condie, son la primera y segunda entregas de una trilogía distópica más, de las que siguen el esquema básico de El Dador, que por lo que voy viendo sin duda es la mejor novela juvenil del género.

Juntos presenta un mundo futuro donde la Sociedad lo controla todo: qué hacer, qué ver, qué leer, cómo actuar… Cuando llega la edad correspondiente, hay una ceremonia en la que a cada chica o chico se le asigna una pareja. A Cassia, la narradora, le toca su amigo de la infancia, Xander, con el que se lleva muy bien. Pero, por un error, también por un momento se le dice que su pareja es Ky, otro chico misterioso de su calle. A partir de ahí, y de otros acontecimientos que afectan a sus padres, Cassia se replantea cosas y ve que su mundo no es tan perfecto como suponía.

Caminos cruzados empieza cuando a Cassia y a Ky los han separado y ambos están destinados en las provincias exteriores. En capítulos alternos, unos narrados por Cassia y otros por Ky, vemos cómo Cassia intenta por todos los medios encontrar a Ky. Se desvelan más cosas del pasado de los dos y se aprecia, con más información y perspectiva, la rebelión en marcha contra la Sociedad.

La primera novela tiene un cierto interés a pesar de sus similitudes con otras. La segunda es una pura preparación para el conflicto total que se supone que ocurrirá en la tercera. El hecho de guiarse por criterios comerciales y construir una trilogía, sea esa una decisión del autor o de la editorial, es como una maldición: sobran muchísimas páginas. Centrar la historia en los sentimientos amorosos de Cassia puede atraer a lectoras jóvenes pero provoca demasiadas frases ampulosas y vacías de las que dan rubor. Darle al relato un aire poético —pues los protagonistas comparten poemas, desconocidos en su sociedad, de Dylan Thomas y Tennyson—, es muy artificial.

Lo rescatable tiene que ver con un temor que, ahora mismo, es real en quienes leen la historia: al igual que el protagonista de El Dador, Cassia se da cuenta de que, aunque «nuestra Sociedad se precia de no matar nunca a nadie, de haber abolido la pena de muerte», las estructuras y las normas imponen matar a los débiles, naturalmente que por motivos de compasión y «con la ayuda de nuestros dioses, por supuesto, los funcionarios». Otra es esto último: suena cercana la figura del funcionario que se atribuye a sí mismo misiones de ingeniería social, como la misma Cassia, que ha comenzado a trabajar y, en un momento dado, se lamenta: «he jugado a ser una funcionaria. Me he permitido creer que sabía qué era lo mejor y he cambiado la vida de alguien». Y, precisamente, el que podría ser un gran personaje de la primera novela si no fuera tan esquemático, es una exigente y amable mujer que vigila en todo momento a Cassia.

Volveré a otras cuestiones y a los curiosos parecidos con novelas semejantes.

Ally Condie. Juntos (Matched, 2010). Barcelona: Montena, 2011; 348 pp.; trad. de Rosa Pérez; ISBN: 978-84-8441-693-7.
Ally Condie. Caminos cruzados (Crossed, 2011). Barcelona: Montena, 2012; 361 pp.; trad. de Rosa Pérez Pérez; ISBN: 978-84-8441-863-4.

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viernes, 22 de junio de 2012

Una vez mencionadas algunas novelas juveniles distópicas, puede venir bien echar una mirada hacia atrás.

El rasgo argumental más característico de Los juegos del hambre es el de ser un concurso televisivo, seguido con pasión por la gente, donde los protagonistas jóvenes compiten hasta la muerte. No pocos comentaristas han hecho notar que ya Stephen King basó dos novelas suyas antiguas —de las que publicó con el seudónimo de Richard Bachman— en lo mismo: La Larga Marcha y El fugitivo. Ambas tienen lugar en un mundo futuro dictatorial donde la televisión es un instrumento de control. En la primera no se indica el año y la segunda tiene lugar en 2025. Como suele suceder con las novelas de ciencia-ficción del pasado, se comprueba pronto que los avances técnicos que se imaginaron entonces han sido muy distintos de los que luego se han producido.

La Larga Marcha es una competición televisada para todo el país. En ella cien chicos han de andar hacia el sur ininterrumpidamente, comenzando en el norte de Maine, a una velocidad mínima de 6,5 km por hora. Pueden recibir hasta tres avisos si bajan el ritmo, y cada aviso se puede borrar si luego se camina una hora sin recibir un nuevo aviso, pero, al cuarto, los soldados que acompañan la marcha matan al concursante. Gana el que sobrevive. La narración se centra en Ray Garraty y en los conocidos que hace durante la marcha, cuyo pasado y motivos para estar allí, van desgranándose. Cada capítulo tiene una cita introductoria tomada de concursos televisivos o de competiciones deportivas reales.

El fugitivo es Ben Richards, un hombre desesperado por la enfermedad que sufre su hija pequeña —consecuencia de que la tierra sufre unos graves problemas de contaminación—, que se presenta voluntario para uno de los muchos concursos televisivos que hay. Es elegido para el concurso más dramático, el que sigue todo el país, en el cual ha de ponerse a huir mientras es perseguido a muerte por un equipo de especialistas y puede ser denunciado por cualquiera que le reconozca. Recibirá 100 dólares por cada hora que logre sobrevivir y mil millones si sobrevive durante un mes. Pero, hasta el momento, ningún participante ha vivido más de ocho días.

La Larga Marcha, la primera novela escrita por King aunque no fue la primera que publicó, da idea de su ímpetu narrativo. En ella, las formas de hablar y algunas situaciones son burdas, pero no tanto como en El fugitivo, donde, quien más quien menos, tiene siempre una revista de perversiones entre las manos, cosa que contrasta con el comportamiento fiel del héroe hacia su mujer. Es mejor novela la primera y es un thriller cinematográfico de persecución la segunda. Ambas están bien estructuradas para ir aumentando la tensión y en las dos van aclarándose los pasados de los héroes al hilo de los sucesos que van ocurriendo.

No son novelas que yo recomendaría —aunque sí serían buenos ejemplos para mostrar por qué King tiene tanta fuerza y tanto éxito— pues abusan de lo morboso innecesariamente, pero, en mi opinión, son novelas muchísimo mejores que las recientes Los juegos del hambre o Divergente. Las razones están, aparte de que sean anteriores y más originales, en la honradez del planteamiento. Por un lado, King nunca dijo ni pretendió que sus relatos fueran para jóvenes aunque sean chavales los protagonistas de La Larga Marcha. Por otro, lleva sus novelas al desenlace que deben tener: devastador en un caso y hollywodiense en el otro, pero sin pretender alentar falsas esperanzas en ninguno.

Además, las dos novelas reflejan bien que la canallez está también en los participantes y en los espectadores: «La razón de que esto sea tan terrible es precisamente su trivialidad, ¿comprendes? Hemos vendido nuestra alma por cuatro banalidades», dice un concursante de La Larga marcha, novela donde la Multitud adquiere por momentos categoría de protagonista. En fin, casi se podría sospechar, dada la inteligencia y la ironía reconocidas de King, que ha escrito sus historias para que sus propios lectores se vean en el espejo.

Stephen King. La larga marcha (The Long Walk, 1979). Barcelona: Plaza & Janés, 1998; 350 pp.; trad. de Hernán Sabaté; ISBN: 84-402-2363-3. Otra edición en Barcelona: Debolsillo, 2008, 4ª ed.; 349 pp.; ISBN: 978-84-9793-001-7.
Stephen King. El fugitivo (The Running Man,1982). Barcelona: Martínez Roca, 1986; 257 pp.; trad. de Hernán Sabaté; ISBN: 84-270-1031-1.

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jueves, 21 de junio de 2012

El corredor del laberinto
y Las pruebas, de James Dashner, son las dos primeras novelas de una trilogía de ciencia-ficción.

En la primera un chico de dieciséis años llamado Thomas aparece, sin recordar nada de su pasado, en el Claro, un lugar rodeado por muros donde viven unas decenas de chicos que, como él, llegaron tiempo atrás, uno al mes, en sus mismas condiciones. Tom ve que cada uno tiene allí un trabajo adaptado a sus condiciones y que, algunos, los corredores, entran cada día en el Laberinto, un lugar fuera del Claro que cambia continuamente, para intentar hacer un mapa que les permita saber cómo escapar. Es un lugar peligroso pues allí han de hacer frente a los Laceradores, una especie de robots de lo más dañinos. Pero, poco después de la llegada de Tom, llega una chica, Teresa, y todo cambia. Se ve que, detrás de todo, está una organización que se llama a sí misma CRUEL (WICKED).

En la segunda novela, los supervivientes están en un escenario diferente. Si el Laberinto era la Fase 1 de una serie de pruebas que debían superar, ahora comienzan la Fase 2: han de viajar hasta un lugar donde, supuestamente, recibirán la cura para una enfermedad, el Destello, que está asolando el mundo y que termina volviendo locos a quienes la contraen. Mientras atraviesan unos parajes devastados y abrasadores Tom y sus amigos averiguan que, igual que les ocurrió a ellos, hubo un grupo de chicas, con un chico, que tuvieron que hacer frente a sus mismas pruebas y que también viajan hacia el mismo lugar. Hay encuentros con seres muy raros y traiciones inesperadas.

Novelas donde todo está en manos del poder fabulador del autor y en su capacidad de imaginar nuevos giros y situaciones pues, se podría decir, nada de lo que sucede se deriva de lo anterior. La primera es intrigante y la segunda tiene tramos que parecen de película de zombies. El hecho de que los protagonistas sean chicos sin memoria que han tenido que crearse un lenguaje más o menos propio propicia que usen palabras extrañas cuya traducción castellana suena rara. La evolución de algunos personajes es poco creíble pero el hecho de que todos estén más o menos controlados a distancia significa que pueden hacer cualquier cosa completamente distinta a lo esperado.

La narración es buena aunque no falten frases enfáticas poco acertadas. Como suele pasar, las peleas de los héroes con criaturas robóticas intimidantes parecen imaginadas para ser filmadas y no para ser contadas por escrito. La acción no tiene respiro y el humor es escaso. Se suceden las situaciones límite y, por eso, los comentarios acerca de las emociones de los protagonistas no son nada convincentes. La violencia es mucha pero, frente a novelas recientes del género, a falta de ver qué ocurre en la tercera entrega, las reflexiones morales del protagonista parecen ir en una dirección correcta: mientras sus compañeros se dejan llevar, más o menos, y aceptan la explicación de que han de seguir luchando para sobrevivir pues más adelante lo comprenderán todo, él no ve nada claro que se puedan realizar experimentos de ninguna clase con seres humanos.

James Dashner. El corredor del laberinto (The Maze Runner, 2009). Madrid: Nocturna, 2010; 524 pp.; trad. de Noemí Risco Mateo; ISBN: 978-84-938013-1-1.
James Dashner. Las pruebas (The Scorch Trials, 2010). Madrid: Nocturna, 2011; 490 pp.; trad. de Noemí Risco Mateo; ISBN: 978-84-939200-0-5.

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viernes, 25 de mayo de 2012

Un segundo ejemplo de «serie juvenil distópica» —la que, ahora mismo, parece destacar más—, es la que se inició con Divergente, la primera novela de Veronica Roth —que la escribió con 22 años—, que continúa con Insurgente, recién publicada en los EE.UU. y que no he leído, y a la que parece que seguirá una tercera entrega en 2013.

Una Chicago del futuro está dividida en cinco facciones: Cordialidad, Abnegación, Osadía, Erudición, Verdad. Cuando llegan a los 16 años todos han de participar en la Ceremonia de la Elección: en ella confirman que desean seguir en su facción o bien que desean ser trasladados. Los nuevos incorporados pasan, en sus facciones respectivas, por un periodo de aprendizaje, y los que no superan las pruebas son expulsados y pasan a ser una especie de parias. La protagonista, Beatrice Prior, pertenece a Abnegación pero, sin que sus padres lo sepan, elige Osadía y decide llamarse Tris a partir de entonces. Pero, antes de hacerlo, pasa por unas pruebas que revelan que es una divergente: la persona que lo descubre le advierte, misteriosamente, que nunca lo diga pues, para las autoridades, sería una persona difícil de categorizar y potencialmente peligrosa. Esta es la presentación de la historia. La novela luego cuenta el entrenamiento de Beatrice para ser miembro de Osadía: ha de superar pruebas de temeridad suicida, ha de aprender a combatir físicamente y a utilizar armas, ha de lograr un férreo dominio emocional y un completo control mental. Hace amigos y se gana enemigos; tiene un tutor que la protege y del que se enamora. También se va desplegando una intriga de gran alcance que, al final, estalla y prepara el terreno a la próxima novela.

La novela tiene muchos parecidos con otras obras —como El Dador, Harry Potter y Los juegos del hambre sobre todo, pero también con historias que cuentan un entrenamiento salvaje para cuerpos de combate—. La protagonista y narradora resulta convincente aunque sorprende que una chica tan lista y (normalmente) sensata exclame un «ahora lo entiendo» ante algunas cosas. En cuanto a la construcción de personajes resulta obvio que la maldad de algunos se acentúa para que luego al lector también le apetezca que reciban su merecido... Todo se cuenta en tiempo presente y con sobriedad, cosa que se agradece, aunque algunas veces chirría cuando la narradora dice cosas del estilo «me aprieta con el pulgar la suave piel de encima de mi antebrazo».

Como es sabido, la novedad en este tipo de novelas no está en los argumentos, pues hay relatos de ciencia-ficción más o menos parecidos desde hace tiempo, sino en la brutalidad de muchos pasajes argumentales en libros que se promocionan en colecciones juveniles. Así, en Osadía, todos buscan emociones continuas y extremas: no son capaces de coger y abandonar un tren de forma normal sino que siempre han de hacerlo en marcha y jugándose la vida. Cuando a Tris la convencen de incorporarse a una incursión nocturna con sus compañeros se «pregunta si se trata de una misión suicida disfrazada de juego». El entrenamiento por el que ha de pasar incluye peleas salvajes con sus compañeros y tener que hacer frente a desafíos y situaciones extremadamente crueles. A Tris le ayuda su tutor —en este ambiente no es de extrañar que no haya juego limpio—, con quien su relación amorosa termina incluyendo momentos abiertamente sexuales.

La novela quiere representar, y no lo hace mal, algunas dificultades propias de los adolescentes cuando desean afirmar su personalidad frente a su entorno, cuando se proponen averiguar por qué razones se han de comportar de una manera y no de otra, y cuando se inquietan por formar o no parte de un grupo en el que desean ser aceptados. Tris va dando cuenta de su mundo de sentimientos interiores en conflicto y, se puede decir, de la gran falta de coherencia de la educación que ha recibido, llena de recomendaciones concretas de por dónde ir pero sin ningún mapa de dónde estamos y a dónde vamos. Por ejemplo, para ella resulta un gran descubrimiento que el valor moral es más valioso y necesario que el valor físico. Pero, sea como sea, la forma morbosa en que su relato atrae a los lectores jóvenes —con descripciones de acciones insensatas y momentos de intensa violencia— es descaradamente comercial y, en mi opinión, merece iguales críticas a las que hice a Los juegos del hambre.

Veronica Roth. Divergente (Divergent, 2011). Barcelona: Molino, 2011; 483 pp.; trad. de Pilar Ramírez Tello; ISBN: 978-84-272-0118-7.

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jueves, 24 de mayo de 2012

Cuando los libros de Harry Potter triunfaron, en las novelas juveniles proliferaron los jóvenes magos adolescentes; cuando lo hicieron Crepúsculo y sus secuelas, las ficciones se llenaron de vampiros, hombres-lobo y demás híbridos con problemas amorosos; ahora que Los juegos del hambre ha impuesto una nueva moda, le toca el turno a las series a caballo entre la fantasía y la ciencia-ficción que han dado en llamarse «distópicas», es decir, ambientadas en futuros difíciles y conflictivos.

Un ejemplo es el libro primero de una nueva serie: Después de la nieve, de S. D. Crockett, que se sitúa el año 2059, en la sexta edad del hielo y en un mundo controlado por un poder dictatorial. El confuso narrador, un chico de 15 años llamado Willo, comienza su relato haciéndonos saber que su familia, que no está en casa cuando él ha vuelto de caza, vivían en las montañas al margen del mundo controlado por el gobierno. Al ponerse a buscarlos, encuentra una chica de 13 años, Mary, que se marcha con él. Después, terminan entrando en una ciudad escondidos en un camión de transporte. Allí un tipo descubre que Willo sabe coser pieles con gran destreza, por lo que le ofrece trabajo y eso facilita que, poco a poco, tanto él como el lector vayan comprendiendo el mundo que le rodea y descubriendo cosas del pasado y del padre de Willo.

En cierto sentido es un notable debut novelístico: el relato en sí mismo, sobre todo al comienzo, tiene originalidad y fuerza. En otro sentido, es pronto para decir si es un notable debut literario: por supuesto, no es, como la promoción indica ridículamente, un «clásico moderno» y, además, no es posible saber mucho de la destreza de un autor cuando la voz narrativa es la de un chico ignorante que habla muy raro. Además, no facilitan la lectura sus diálogos extraños con una calavera de perro que lleva colgada y que cumple una función como de voz de la conciencia o de diosecillo particular. En la segunda parte, cuando Willo está en la ciudad —que no nos sorprende que tenga un aire Blade Runner—, el tono va cambiando y se producen descubrimientos y coincidencias que colocan a Willo en medio de la revuelta que parece avecinarse.

Sorprende que la novela plantee, sin anestesia, un mundo futuro dominado por los chinos: cuando llegó el cambio de clima, dice, «fueron los chinos quienes construyeron reactores nucleares mientras nosotros levantábamos parques eólicos y paneles solares»… Está bien, al menos para mi gusto, que los renegados deseen un mundo en el que, afirma el líder, «la gente tiene que volver a hacer las cosas con sus propias manos y a pensar por sí misma». Pero, y ojalá me confunda, el argumento de la segunda mitad de la novela me pareció algo deshilachado, ya con lugares comunes, y poco prometedor para el futuro. Veremos.

S. D. Crockett. Después de la nieve (After the Snow, 2012). Madrid: MacMillan, 2012; 296 pp.; trad. de Jaime Valero; ISBN: 978-84-1543-008-7.

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jueves, 19 de abril de 2012

Reseña de la trilogía
que comienza con Los juegos del hambre, que me pidieron con motivo del estreno de la película, y que amplía un poco la que titulé Circo romano por televisión.

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jueves, 3 de junio de 2010

En su momento leí Los juegos del hambre, de Suzanne Collins, y ahora he leído En llamas, la continuación de la historia.

En la primera se presenta una sociedad dictatorial futura donde, anualmente, son seleccionados por sorteo un chico y una chica de cada uno de los doce estados para luchar entre sí hasta que sólo quede uno vivo; esto tiene lugar en un estadio un tanto especial —con bosques y lagos y todo tipo de escenarios— desde donde los combates son retransmitidos en directo a todo el país; la protagonista y narradora, Kaniss, se presenta por su estado para sustituir a su hermana pequeña, que había sido la elegida. En la continuación, después de una introducción algo más larga, los protagonistas vuelven al estadio para competir de nuevo a muerte, pero la rebelión contra el poder está en marcha y Katniss, sin ella saberlo, se ha convertido en la bandera de los rebeldes, digamos que parece anunciarse como un nuevo Espartaco.

Como bastantes escritores que han tenido éxito en las últimas décadas, también en este caso la autora fue durante años guionista de programas televisivos: una experiencia que, sin duda, facilita el trabajo de confeccionar novelas que lleguen bien a los lectores jóvenes. Las dos son narraciones absorbentes y bien construidas, que tocan muchas teclas apropiadas para conectar con el público: elección de los rasgos de los distintos protagonistas, enamoramientos cruzados, presentación de chicas con grandes habilidades físicas para la lucha, gran atención a cuestiones de vestuario y maquillaje, etc. Pero, como ya comenté en Novelas inquietantes o sociedad inquietante, son relatos que me parecen morbosos y socialmente dañinos pues pienso que la representación en ficciones de los programas televisivos que juegan con la curiosidad acerca de las vidas de otras personas, o de los espectáculos del tipo que sea donde se producen accidentes terribles y muertes, les da carta de normalidad y facilita más todavía su aceptación social.

Una especie de prueba de que también se busca eso está en que quienes los escriben, o los publican, o los elogian, no dan explicaciones sencillas y directas, que todos podríamos entender aunque no compartiéramos, del tipo «escribo, (o publico, o leo) novelas así porque son las que me gustan», o «porque quiero ganar dinero» en el caso de los autores y editores. Por el contrario, las explicaciones que abundan contienen coartadas educativo-culturales-morales, como, por ejemplo, «son novelas que reflexionan sobre la injusticia, pues en ellas los pobres son los oprimidos y la chica lucha por salvar a su hermana pequeña y a su familia», o «son una forma inteligente de acercar a la juventud a los viejos mitos griegos, como el del Minotauro», o «qué instructivos relatos para que los lectores jóvenes se den cuenta de la crueldad inhumana del Circo Romano y así nunca se vuelva a repetir», etc.

Suzanne Collins. Los juegos del hambre (The Hunger’s Games, 2008). Barcelona: Círculo de lectores, 2009; 379 pp.; trad. de Pilar Ramírez Tello; ISBN: 978-84-672-3563-0.
Suzanne Collins. En llamas (Catching Fire, 2009). Barcelona: Molino, 2010; 487 pp.; trad. de Pilar Ramírez Tello; ISBN: 978-84-2720-000-5.


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jueves, 30 de junio de 2005

La ciencia-ficción, si tiene calidad, es un género con un poder particular para suscitar reflexiones de calado: al colocarnos en un ambiente diferente y provocar pensamientos tipo «¿qué pasaría si...?», puede sacudirnos un poco. Es el caso de una buena narración de ciencia-ficción juvenil como El Dador de Lois Lowry, un relato que plantea con crudeza el dolor que siente un chico cuando descubre la incoherencia de los adultos y, sobre todo, de sus padres..., también cómplices de horribles crímenes en nombre de la estabilidad social y de las comodidades adquiridas.

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